Barras bravas: el fútbol como excusa

Diego Alcalá e Irene Lozano//

Una estructura jerárquica dirigida por un ‘capo’. Drogas, armas y actos violentos que, en ocasiones, terminan en asesinato contra los miembros de grupos rivales. Extorsión y negocios ilegales, la mayoría de las veces consentidos por las autoridades. Luchas entre clanes en las que mantener el honor del grupo es lo primordial.

Aunque la descripción se ajusta a El padrino o a cualquiera de las historias que hemos oído sobre la mafia, también se ciñe a la realidad de las barras bravas del fútbol. Este es el nombre con el que se conoce en América Latina a los grupos organizados dentro de las hinchadas de los clubes, caracterizados por cometer actos violentos. Hooligans, en Inglaterra; ultrasen España: distintas formas de referirse a una realidad similar, pero con algunas diferencias de base.

Alejandro Flores, más conocido como “Chiquitona”, era el jefe de la barra del club argentino Atlético Excursionistas. Un ex presidiario que había conseguido el liderazgo en la barra acuchillando al líder anterior, como nos mostraba el reportaje Entre barras bravas, de Jon Sistiaga (2012). Sin embargo, una semana después de la emisión, “Chiquitona” fue asesinado a manos de otro compañero de su propia barra. Como leones que matan al jefe de la manada para ocupar su lugar, los miembros de las barras bravas son capaces de asesinar al líder de la banda para ocupar su puesto. Esto no es habitual entre los hooligans británicos, pioneros de estos aficionados violentos. Para ellos, el fútbol es lo de menos; mantener una reputación y ser considerado el grupo más fuerte es lo único importante. Pero aquí, la violencia se ejerce únicamente contra miembros de hinchadas rivales, nunca contra compañeros.

Imagen deEl País. Los barras bravas del Boca Juniors agreden a agentes de seguridad

Los barras bravas del Boca Juniors agreden a agentes de seguridad

En América Latina, para millones de aficionados, el fútbol más que un deporte, es una religión. El motivo, según el antropólogo chileno Andrés Recasens, en su libro Diagnóstico antropológico de las barras bravas (Bravo y Allende, 1996) es que “los países pobres de Latinoamérica fanáticos del fútbol ganador porque llenan el vacío de éxito de la gente común. No se sienten protagonistas de nada y por eso se toman las victorias como éxitos propios”.

A pesar de todo, las barras bravas son solo unos pocos aficionados de los clubes latinoamericanos, aunque con poder suficiente para amedrentar al resto. Para ellos, la religión del fútbol se convierte en fanatismo.  Los asesinatos y peleas habituales se unen a otros delitos menores como la venta de drogas o la reventa de entradas a precios astronómicos: para los miembros de las barras bravas, el fútbol es solo una excusa para delinquir.

La ONG “Salvemos al fútbol”, que busca conseguir un fútbol sin violencia ni corrupción, aglutina en una lista el número de muertes registradas en acontecimientos deportivos argentinos. Un total de 286 desde el año 1922. La última baja a manos de miembros de una barra ocurrió el 27 de diciembre de 2013. Un joven fue asesinado de un balazo en la cabeza en la final de la Liga Mendocina de Fútbol Sala tras un enfrentamiento entre las barras de los dos equipos participantes.

 100 horas de partido armado

Esta violencia extrema contra los miembros de otras barras se refleja a la perfección en el reportaje La guerra del fútbol (Anagrama, 1992), del periodista Ryszard Kapuscinski.

Corría el año 1969. Honduras y El Salvador se disputaban en un partido de ida y vuelta el derecho a participar en la copa del mundo de México. El reportaje recoge con detalle los métodos utilizados por los hinchas de ambos equipos para destruir la moral de los adversarios: bocinazos continuados a las puertas del hotel en el que dormía el equipo contrario; lanzamiento de piedras a las ventanas de sus habitaciones; gritos y cánticos hostiles durante toda la noche para no dejar dormir a los jugadores e impedir así que rindieran en el partido. “En América Latina estas son prácticas comunes”, aseguraba Kapuscinski.

En esta ocasión, estas “prácticas comunes” que se cometen utilizando el fútbol como excusa, sumadas a los problemas políticos y económicos que ambos países arrastraban desde hacía años, desembocaron en una guerra entre ambos países. Una guerra que duró 100 horas. Una guerra que dejó atrás 6.000 muertos y más de 12.000 heridos. Una guerra en la que el fútbol fue la chispa que sirvió para encender una oleada de violencia, esta vez, llevada al extremo de la contienda.

Los miembros de las barras bravas dicen hacer todo por su equipo. Justifican sus excesos en un mal necesario para defender el honor de su club, aunque, a los aficionados pacíficos les duele ver como el deporte rey se desvirtúa con prácticas tan poco deportivas.  Lo cierto es que, como nos muestra cada día la televisión, las barras bravas forman parte del espectáculo futbolístico. Los estadios se convierten cada domingo en una batalla campal entre hinchadas y la policía prefiere quedarse al margen. La violencia y la guerra de bandos contrarios han encontrado en el fútbol la esfera perfecta donde descargar su ira. Pero ellos no son hinchas, ni siquiera seguidores y mucho menos aficionados. El fútbol es otra cosa.