Ser ciudad para ser humano

Texto y fotografía: Paz Pérez. Ilustración: Laura Pérez//

El modo de ser de la ciudad contemporánea tiene algo no solo negativo, sino difícil de solucionar. No se trata de algo propio de las grandes ciudades como El Cairo, Calcuta o Río de Janeiro. Se trata más bien de un fracaso generalizado y visible incluso en las metrópolis medianas. Las ciudades son islas de calor, generadoras de residuos, espacios desordenados que favorecen la incomunicación. En ellas algo va mal, y el síntoma más claro es que se están volviendo inhabitables.

Ilustración Laura Pérez

Ilustración de  Laura Pérez

Max Scheler, filosofo alemán, solía afirmar que la primera casa del ser humano era su propio cuerpo. Luego, le seguía la ciudad. Urbe y piel conformaban así la corporeidad humana. “La ciudad como extensión de nosotros mismos”, una idea sencilla y, paradójicamente, inasumible para las megalópolis contemporáneas. Scheller tenía claro que las urbes y las calles debían ser vividas como  prolongación de nuestro cuerpo, “como un refugio que mitigue la existencia de tiempos y espacios de anonimato”.

Al igual que nuestro cuerpo nos permite respirar, las ciudades deben permitirnos tomar aire y expulsarlo. Deben permitirnos apropiarnos de ellas desde nuestra propia subjetividad, como el anciano que saca la silla a la calle del pueblo y la considera una extensión de su casa.

A grandes rasgos, la ciudad moderna es interpretada hoy como un dispositivo en el que las avenidas funcionan como arterias y las plazas como pulmones. El problema radica en que la sangre no llega a los pulmones. Para reconducirla, están surgiendo movimientos transformadores que tienen como objetivo volver a enseñar a respirar a los habitantes de una ciudad. Los huertos comunitarios son un buen ejemplo: luchan contra la cosificación urbana y redefinen espacios para ser habitados en el pleno sentido de la palabra.

Además, muchos ciudadanos se convierten en agentes activos del cambio urbano, adaptando las infraestructuras de la ciudad a sus necesidades. Javier Fernández, integrante del huerto urbano en el solar del barrio San Pablo en Zaragoza, explica que “cultivar tomates es ahora también cultivar cultura”. Convirtieron un solar abandonado en un huerto comunitario, y celebra que suponga una excusa para reunirse, debatir y compartir cosechas, “una forma de mitigar los tiempos de anonimato”, en palabras de Scheler. De esta manera, los vecinos de San Pablo se han apropiado de estos espacios y le han otorgado un significado. Una extensión del cuerpo vecinal, puesto que el espacio mantiene una relación con los elementos materiales y  personales.

Pero estos ejemplos no son los habituales. La ciudad funciona mal porque no escucha y genera estructuras inertes que solo fomentan el tránsito. Y, a su vez, el tránsito continuo fomenta la soledad y la búsqueda desesperada de lo instantáneo. Pasamos, no permanecemos, y esto hace que no se creen lugares, sino calles hostiles, estrechas, carentes de mobiliario urbano o de reclamos culturales. Desgraciadamente, somos más transeúntes que habitantes, y la ciudad, en vez de ser una extensión, limita nuestro cuerpo y nos limita a nosotros mismos.

 

Heridas urbanas


La reivindicación de pulmones urbanos no solo busca regenerar espacios deteriorados, también pretende luchar contra las llamadas
“fronteras urbanas”, un término que engloba a los obstáculos de cualquier naturaleza que limitan la interacción social y que resultan especialmente castrantes para los cuerpos catalogados como negativos (un concepto tan amplio que abarca desde las mujeres a los minusválidos). Los pinchos que Esperanza Aguirre quería instalar en las zonas del centro de Madrid donde duermen los sin techo serían, desgraciadamente, un buen ejemplo de frontera urbana.

Cada zona de la ciudad adquiere significados diferentes en función de las experiencias personales. Óscar Ramos, autor del libro Atmósferas sonoras y paisajes invisibles, afirma que la violencia es una de las fronteras urbanas más comunes y difíciles de derribar. “Asignamos a un barrio el calificativo de peligroso, corporizando el miedo que nos produce, arrebatándole no solo el tránsito ajeno, sino también los espacios de refugio y de comunidad”. De esta manera, a partir de una percepción muchas veces injusta y generalizante, el barrio queda estancado y sus propios vecinos reniegan habitar en él, circunscribiendo su espacio vital a las paredes de su casa. Esto limita también la prosperidad económica del distrito, convirtiéndolo, según Ramos, en un  “paisaje invisible”. Según el citado autor, en el momento en que se califica a un barrio como peligroso, se fortalecen las fronteras urbanas negativas, “entrando así en un bucle infinito que lleva a estas zonas y a sus habitantes al abismo”.

fronterasurbEn este contexto, los ciudadanos reivindican alterar esas fronteras. Y para ello hay muchas formas, entre ellas, el parkour. Un deporte basado precisamente en esa conexión del cuerpo con el espacio urbano y la superación de los obstáculos. La citada disciplina logra cambiar la forma en la que se percibe la ciudad: crea trayectos alternativos, redefine los espacios, ridiculiza las fronteras… Y no solo en un sentido físico (escaleras, vallas, autopistas en medio de barrios), también en un sentido psicosocial (violencia, segregación económica, trabas a los movimientos culturales, percepción de la seguridad…).  

Son microanarquismos dentro de las urbes. Rebeliones colectivas e individuales que generan líneas de deseo contrarias a las trayectorias marcadas por el asfalto. Decidir conscientemente que hoy vas a tomar una ruta diferente a la establecida: imaginar pasos de cebra donde no los hay, atravesar el césped, saltar una valla… Transgresiones que, poco a poco, pueden transformar la ciudad. Para Óscar Ramos, “las líneas del deseo son expresiones de la libertad individual, caminos con pasión, alternativas a las restricciones de las barandillas, verjas y muros que han convertido al individuo en un autómata apático”. Una reconquista silenciosa.

Además, estas líneas pueden servir para detectar posibles fallos de diseño de nuestras ciudades. De hacer caso a ese “habitar” humano, las Babilonias del siglo XXI podrían convertirse en “lugares activos que interactúan con sus elementos y los escuchan”. Noruega es pionera en esto y, durante las grandes nevadas, se analizan las pisadas de los ciudadanos para determinar cuáles son los trayectos más recurrentes y adaptar así la morfología de las ciudades a los deseos de sus habitantes.  

Lineas-de-deseo

Hábito, luego existo

Para Alberto Caturelli, filósofo y profesor universitario argentino, el Cogito ergo sum  del homo urbanus podría sintetizarse en la frase “Hábito, luego existo”. Ese habitar es inconcebible si solo transitamos. Si nos dejamos ser únicamente figuras anónimas y difusas moviéndonos de un punto A a un punto B sin detenernos, enjaularemos nuestro cuerpo en la incomunicación. 

Cuerpo y ciudad son los hábitats de nuestra psique, y ese segundo espacio, la ciudad, se está viendo amenazado por estructuras dominantes que favorecen el declive de lo colectivoÓscar Ramos considera que la imagen de lo urbano como un todo estático nos condena a la incomunicación e impersonalidad, y apuesta por “espacios donde se compartan aspiraciones, espacios culturalmente vibrantes en los que se asienten los pilares de la sociedad local”.

Habitar como sinónimo de permanencia y creación de lazos. Habitar como expresión de la propia identidad en el asfalto. No podemos prescindir de las ciudades, así que necesitamos modos de hacer ciudades más conscientes, más tolerantes con los cuerpos y más sabias que nos permitan expandirnos y comunicarnos. Una ciudad nunca debe ser un mero espacio estático que no escuche a sus habitantes y que impida que se escuchen entre ellos. Una urbe sorda es una urbe muerta y, para evitarlo, debe formarse de proyectos abiertos que se fabriquen a diario. El espacio urbano tiene que tener arterias para una adecuada circulación de la sangre por todos los enclaves urbanos, pero también debe estar repleta de pulmones que permitan respirar comunidades.

Habitar ciudad

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