La danza de la locura de Nijinsky

Blanca Usón//

Excéntrico, voluble, narcisista y sumido en la más terrible de las locuras. Se alzó como una de las figuras más célebres de los escenarios de medio mundo y, con pasión desmedida, marcó las primeras directrices del nuevo ballet. Vaslav Nijinsky, aquel que hizo de la esquizofrenia la esencia de su danza para transformarse en todo un dios de la quinta arte.

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Ya no había nada que hacer, Vaslav Nijinsky –aquel que se autoproclamó ‘el Dios de la danza’– había sucumbido a una locura febril que desde hacía años le acechaba. Una enfermedad que se hizo dueña de una de las leyendas más insignes del ballet ruso el 19 de enero de 1919; una fecha cualquiera que, sin embargo, ennegreció la que parecía ser una trayectoria brillante. Aquel día sería el último que el padre de la danza moderna reverenciase al público que en tantas ocasiones le había acompañado. Nijinsky jamás volvería a bailar.

Lo que ocurrió durante la función del hotel Souvretta de Saint Moritz (Suiza) escapó a la comprensión de todos los asistentes que presenciaron el suicidio artístico de aquel que tantas veces protagonizó L’Après-midi d’un Faune’. Tras el saludo acompañado por los primeros compases del ‘Till Eulenspiegel’ de Strauss, Nijinsky interpretó una coreografía violenta, interrumpida y tropezada donde las palabrotas marcaban el tempo y los insultos de Vaslav sustituían los aplausos de todos aquellos que vieron horrorizados los espasmos coreografiados de la estrella rusa, fiel reflejo de la perturbada psique de un Nijinsky ya preso de la esquizofrenia. Una despedida amarga que acabó con su carrera y su vida pública.

Pero la decadencia de su trayectoria profesional no marcó un final para Nijisnky. Aquel mismo día nació ‘Diario’: un cuaderno compuesto por dos tomos (‘Sobre la vida’ y ‘Sobre la muerte’) donde, además de revelarse como un artista cultivado, interesado por la política, la literatura y el pensamiento ruso, vomitó las infamias de su devenir mental, sus delirios, alucinaciones y obsesiones. Las dos caras de una misma moneda que consiguieron hacer del bailarín todo un mito.

Sobre la vida

NijinskyZGrados2Polaco de nacimiento, pero ruso de corazón, el bailarín se empapó de las doctrinas comunistas como sacrificio a ‘la madre patria’ que alumbró el ballet. Repudió y escupió sobre sus raíces para entregarse en cuerpo y alma a Rusia en pos de mejorar su técnica, creyendo que la nación potenciaría sus dotes artísticas. Una metamorfosis que comenzó con un adoctrinamiento fervoroso de las enseñanzas filosófico-religiosas de Tolstoi y que giró sobre tres pilares: veganismo, celibato y pacifismo.  Un estudio concienzudo que le llevó a consagrarse como artista cultivado, asumiendo todo lo leído como pensamiento propio, y en el que buscó teñir sus entrañas del color rojo de la Rusia de principios del siglo XX.

Claro que, en su camino hacia la erudición, le acompañó de forma asidua la esquizofrenia, que por aquel entonces aparecía de forma intermitente, ‘forzándole’ a cometer el que él consideró el más grave de los errores: fallar a su doctrina. La enfermedad le llevó a desobedecer en numerosas ocasiones las máximas que con tanta devoción defendía ante personalidades de todo el país por culpa de “mandatos divinos” que ponían a prueba la fe del bailarín en ‘la madre patria’.  Y es que, Nijinsky aseguró en repetidas ocasiones que tenía encuentros fugaces con Dios –cabe destacar que el autor de Diario no era católico aunque sí creyente– que le llevaban a traicionar su patriotismo momentáneamente. También reconoció que fue el Todopoderoso quien le otorgó el título de “dios de la danza”, galardón que para muchos expertos le sigue perteneciendo.

Pero Nijinsky era mucho más que pensamientos coléricos. El bailarín hizo gala de una lucidez abrumadora y su obra evidenció la importancia y trascendencia de su legado artístico para la danza clásica y contemporánea del siglo XX. Todo un revolucionario que fue capaz de sorprender a la sociedad y cultura oficial del momento, de sacudir el molde académico del mundo artístico y social y de poner de manifiesto la sensualidad y sexualidad de la nueva danza de principios de siglo. Y todo ello, incluidas sus alteraciones mentales, supo aprovecharlo para potenciar esa esencia que siempre le caracterizó, la misma que le convirtió en una figura única a la que el paso de los años jamás le arrebataría esa condición divina.

El avanzado Nijinsky, sin embargo, intentó ocultar su obsesión por prácticas sexuales donde todo lo escatológico tenía cierto protagonismo. Fantasías y pasiones prohibidas que le llevaron a compartir alcoba con alguna de las personalidades más influyentes de la época, como Sergei Diaghilev, director de los Ballets Rusos y descubridor de estrellas como Anna Pavlova, a quien abandonó para casarse con Rómola, una mujer hermética que nunca supo entender ni la vida ni la obra de su esposo.

Además, sus recurrencias al onanismo y la concupiscencia le exasperaban, pues notaba que se alejaba de Dios, un dolor que incidía una y otra vez en ese rincón de su mente donde se escondía su amada, y a la vez abominada, enfermedad.

Sobre la muerte

Vaslav Nijinsky murió el 8 de abril de 1950 a los 60 años por una insuficiencia renal. Tres años después sus restos serían trasladados al cementerio de Montmartre en París donde, de vez en cuando, alguien se acuerda del atormentado bailarín y de su pas de deux con una enfermedad que le ayudó a alumbrar una obra única: su diario. Todo un regalo para los entusiastas de esta leyenda del ballet y de su encanto, marcado por sus alucinaciones, sus constantes entradas en el psiquiátrico, las tendencias suicidas y un sentimiento pasional. Bailarín disciplinado, entregado a la actuación, un coreógrafo inigualable. Puede que para muchos su figura no sea reseñable pero, por primera vez, el ballet de Nijinsky puso en jaque los sentimientos de un público ávido de buen hacer,haciéndoles partícipes de su propio espectáculo: una encarnizada danza con la locura en la que el telón caería con la muerte de ambos.

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