Una verborrea que no llena estómagos

Mikel Forcadell//

Desde hace años son frecuentes en Europa los discursos que lamentan el hambre y la desigualdad pero que no van acompañados de acciones efectivas.

evasion fondo rojo

Hambre. Un hambre atroz que devora las entrañas y consume el alma de quien lo padece. Eso es lo primero que pasó por mi cabeza cuando leí Evasión del campo 14, un libro escrito por Blaine Harden, periodista del The Washington Post. La novela se adentra en la vida de Shin Dong-hyuk, un joven norcoreano que padeció lo insufrible durante sus veinte años en el campo de concentración nº 14 en Corea del Norte. El último reducto de un comunismo de mentira. Un comunismo hereditario. El hambre movió la infancia de Shin. Por él traicionó a su madre y a su hermano a expensas de recibir más comida en el futuro. Si miramos la imagen de un satélite vemos el país apenas iluminado. Las luces hacen brillar su capital, Pyongyang, como si fuera un enjambre de luciérnagas en mitad de un gigantesco campo. El resto del mundo está sumido en una oscuridad parecida: la de no querer saber, la de ignorar. Como dice Martín Caparrós a propósito de su último libro, El Hambre: “Es curioso. Resulta como un cliché. Uno habla del hambre en el mundo y ya no parece que hubiera nada que contar. Que todos supiéramos de qué se trata. Y, en realidad, no lo sabemos”. Preferimos desviar la mirada, sosegar nuestra conciencia.

En el mundo de Shin lo normal era sufrir palizas por robar apenas unos granos de arroz, un alimento que, para prisioneros como él, era como una delicatessen en un restaurante con estrellas Michelin. Gritamos, denunciamos y escribimos algunos post furiosos en Facebook. Los gobiernos condenan. Siempre condenan. Como si las palabras bastasen para entender cómo el hambre organizaba la vida en el campo de concentración nº 14. Como si por un instante comprendieran la alegría que sintió cuando pudo comer todo lo que quiso sin pensar en si podría llevarse algo a la boca al día siguiente. En un país que adora a su líder como una divinidad, las palabras no llenan platos de comida ni liberan prisioneros. Shin escapó. Ahora vive felizmente casado. Pero, a diferencia de los prisioneros de los campos de exterminio alemanes rescatados por los soldados rusos o americanos, Shin huyó corriendo por encima de su compañero muerto tras tirar una valla electrificada. El hambre se pasea por los campos de concentración mientras Corea del Norte espera su 5 de mayo. El día que, casi justo setenta años atrás, Mauthausen fue liberado.

El infierno está vacío y los demonios campan a sus anchas por la tierra. Eso fue lo segundo que pensé. En los bajos fondos de Corea del Norte, en la oscuridad que se esconde tras el telón de un país hermético, la realidad es angustiosa. Solo una vida de prisión, trabajos forzados y el miedo inminente a la muerte, constituye la existencia de aquellos que tuvieron la desgracia de nacer siendo familiares de coreanos que huyeron a Corea del Sur tras su guerra civil. Tres generaciones pagando los platos rotos de una vajilla deteriorada como es el país de Kim Jong Un… Sí, el infierno está vacío. O tiene muchas caras y cada una se da cita en diferentes lugares del mundo.

El caso de Shin es tan solo uno de los muchos que suceden día tras día en el mundo. A pesar de que las últimas sombras de la Segunda Guerra Mundial desaparecieron del continente europeo, siete décadas después una miseria parecida al final de la misma llegó a sus fronteras: la crisis de los refugiados. Una verborrea insaciable llena los discursos de políticos que con palabras vacías y aires ególatras deciden sobre la vida de miles de personas que huyen del hambre, de la guerra, de todo aquello que nadie debería vivir. Una suerte de actuación que Europa y Occidente han practicado desde siglos cuando establecían qué era lo correcto y situaban a los colonizados y a aquellos no occidentales como subalternos, como seres meramente inferiores y sin derecho a que su palabra contase. Esto entra a colación debido a lo ridículo que suena que señores de bien, como son las élites políticas europeas, hablen y hablen sobre la necesidad de ayudar a los refugiados cuando la práctica está cerca de lo contrario. Quizás haya que actuar más activamente en los territorios de los que huyen los refugiados para que desde un primer momento ni siquiera tengan que pensar en abandonar sus hogares. Shin es un único ejemplo, pero su historia de desesperación, de hambre, huida y persecución podría ser la de millones de personas en el mundo. Mientras, aquellos que están en disposición de hacer, siguen con su verborrea de palabras que no dicen nada.

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