Flash: el juguete escarlata del destino

David Lorao//

El Velocista Escarlata. El borrón rojo. El hombre más rápido del mundo también sabe lo que es el miedo, pero aceptó su papel en la existencia para servir a la humanidad convirtiéndose en… ¡Flash!

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“Mis rivales no me quieren porque mi pecado es ser veloz”. Velocidad. Anticipación. Rapidez. Tiempo. Desde los albores de la civilización humana y de cualquier forma de vida descubierta hasta la fecha, el tiempo ha sido el mayor enemigo de la existencia. Porque es la existencia en sí. Llevamos combatiendo el paso del tiempo desde que el hombre recopila información, incluso antes. Pero, ¿cómo se puede parar algo que no se puede tocar? Es una idea, un concepto, un imposible. Una ilusión, quizás. Aunque, en ocasiones, el destino nos da una oportunidad. Y es entonces cuando suceden los milagros.

Central City y Keystone City. En Estados Unidos existen dos urbes en permanente contacto, compartiendo un mismo sino y conformando un pequeño bloque de civilización que se sostiene de manera recíproca. Las ciudades gemelas, las llamaban. Pretérito. Y digo las llamaban porque, desde hace muchos años, un sueño escarlata se hizo realidad en las calles de ambas ciudades. “Hay dos ciudades que, entre las dos, tienen una población de unos 3’5 millones de personas; es decir, me necesitan 3’5 millones de personas y voy a intentar ayudarlas a todas”. Esas palabras salen de una boca como la mía, de un cuerpo como el mío, de una vida como la mía. Pero no es así. Ha llegado a la azotea del Central City Citizen siendo apenas un borrón rojo, transformándose en algo corpóreo y materializándose en una forma humana de fina complexión. “Eres puntual”, bromeo mirando el reloj. Sonríe: “Soy metódico”. “No”, pienso, “eres una leyenda, eres… Flash”.

Hace cuatro horas, me sentaba en uno de los trenes que conectan Gotham con Central y Keystone City. El trayecto no era largo, pero tenía que hacer mis deberes bien hechos. No todos los días se puede conocer al Velocista Escarlata, ¿verdad? Estaba hecho un manojo de nervios y, a pesar de conocerme el informe oficial de la Secretaría de Estado de los Estados Unidos de América prácticamente de memoria, volví a leer de nuevo aquella historia de ciencia ficción:

Flash_ZGrados4_MMillánExistió un hombre llamado Barry Allen que se crió en una pequeña ciudad de Iowa. Metódico y disciplinado, su interés por la química y su sentido de la justicia le llevaron a convertirse en criminalista del cuerpo de policía de Central City, una ajetreada ciudad del oeste de Estados Unidos estrechamente vinculada a Keystone City, capital americana de la mecánica.

Barry se hallaba comprometido con la periodista Iris West y trabajaba a las órdenes del Capitán Harvey Paulson cuando, una noche tormentosa, un relámpago cambió su vida para siempre, cayendo sobre él como una bendición para convertirle en el hombre más rápido del mundo y otorgarle, además, la capacidad de controlar la frecuencia vibratoria de las moléculas de su cuerpo. Ataviado con un disfraz carmesí que guardaba en su anillo, a partir de aquel momento comenzaría una incansable lucha contra el crimen bajo la identidad de Flash, el Velocista Escarlata.

Pero la vida de Barry Allen antes de Flash no es un relato épico-fantástico propio de un best-seller juvenil, sino más bien el drama diario del que formamos parte llamado vida. La made de Barry Allen fue asesinada en extrañas circunstancias cuando este era apenas un niño. La falta de pruebas y la probable incriminación del padre de Barry en el asesinato acabaron con el progenitor entre rejas, mientras el pequeño Barry Allen quedaba al amparo de una sociedad injusta en la que se vería obligado a aprender los mecanismos necesarios para hacerle frente sin traspasar la legalidad. Hasta que un día todo cambió y se convirtió en Flash. Hasta que se convirtió en el hombre que tengo delante.

Al tenerlo tan cerca es difícil no creer que te has sumergido dentro de una especie de fantasía. La pulcritud de su traje escarlata, en el que relámpago dorado sobre fondo blanco parece brillar con luz propia, es realmente fascinante. Una mirada azul eléctrica, intensa, observa desde dos respectivos recovecos coronados por una especie de caro y completo aparato auditivo. Es del color del relámpago y está ubicado horizontalmente, lo que me hace pensar que quizás sea un mecanismo para controlar la velocidad. Igual que su anillo, el cual no porta convertido en Flash pero se ha convertido en una leyenda urbana tan popular como su propia existencia. “En él guardo la Fuerza de la Velocidad. Es el nombre que le di a mi poder o poderes, como si fuera una mascota. Así no tengo problemas de personalidad cuando me convierto en Barry Allen. Problemas como los de Batman, por ejemplo“. Paradójicamente, problemas fueron los que llevaron a Barry Allen a convertirse en Flash.

– Cuéntame cómo vivió Barry Allen aquella noche, la del rayo…

Bufff… Te lo juro, pensé: “Esta debe de ser la parte en la que me muero”. O sea, me golpeó un relámpago y los productos químicos me abrason la piel… Me sentía como si resbalara y todo quedó a oscuras. Todo excepto mis recuerdos, que siguieron brillando. Vi mi vida pasar como si fuera un fogonazo. Y claro, pensé que estaba muerto. ¡La vida me pasaba por delante y mi mente iba a toda velocidad! No tenía sentido y me sentía atrapado, pero la percibía. Percibía a mi madre y me estaba acercando a ella. Me sentía muy extraño, estaba inmovilizado y atrapado por fuera. Pero por dentro quería estallar de este cuerpo y la electricidad me recorría cada parte de él. Necesitaba salir y ser libre.

– ¿Y el traje?

He necesitado varios intentos. No es como en las películas, porque no sirven unas simples mallas. Vamos… ¡En mi caso no! Yo necesito algo más fuerte, como una armadura. Al parecer el metal reaccionó de una forma extraña cuando lo colocaba cerca de mí, como si a mí velocidad la rodease una fuerza que provoca una expansión térmica. De ahí el anillo, por supuesto.

En un visto y no visto, Flash había vuelto con varios cafés y refrescos. Mi ojo ni siquiera pudo percibir el movimiento, únicamente una ráfaga del color de su atuendo. “¿Cómo puede existir alguien con semejante velocidad?”, pienso. Supongo que mi cara refleja mis pensamientos, porque Flash no tarda en sonreír bajo la capucha y mostrarse sincero: “¿Es la primera vez que ves algo así, verdad? Siempre he dicho que mi transformación fue una especie de milagro o algo parecido”. Me ofrece refrigerio y elijo un café solo, sin azúcar; él se decanta por un zumo de piña y uva. “¿Los superhéroes no pueden perder la forma?”, cuestiono medio en broma. Flash asegura que intenta no tocar la cafeína en la medida de lo posible. Es curioso, me siento cómodo junto a él. Seguro.

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– ¿La cafeína es mala para los poderes de Flash?

El café huele mejor de lo que sabe. Es una pasada lo bien que huele para lo amargo que es, pero lo consume más del 50% de la población adulta. Eso son… Aproximadamente unos 150 millones de personas que beben café diariamente en Estados Unidos. ¡Es muchísimo! Pero yo no soy uno de ellos. Me ponen como un flan, no lo sabes tú bien… El caso es que ahora mismo estoy un poco hiperactivo porque he descubierto que mi cerebro también puede acceder a la fuerza de la velocidad. Resulta que no soy sólo un tipo capaz de correr muy deprisa, sino que puedo hacer cosas todavía más increíbles: correr sobre el agua, invisibilidad limitada, crear vórtices…

– ¿Cómo has aprendido todas estas habilidades?

Estas cosas no me las ha enseñado nadie. Mis poderes no venían con un manual de instrucciones. Los descubrí casi todos por casualidad al principio, cuando iba a tientas. Me pasó lo mismo con la capacidad de atravesar vibrando los objetos sólidos. ¿Que cómo aprendí a hacer todo eso? Por accidente. Con un expreso cuadrúple con hielo mientras trabajaba toda la noche en el laboratorio. Me alteré tanto y me puse tan nervioso que, antes de poder controlarme, caí del laboratorio del cuarto piso y terminé en el vestuario femenino del sótano. Fue mi primera y última experiencia con el café.

– Pero… ¿Flash puede sentir dolor?

¡Por supuesto! Por suerte, las neuronas sensoriales son increíbles. Toman los estímulos externos y envían señales al sistema nervioso central. Y, en este caso, la supervelocidad también ayuda. Mi cuerpo envía mensajes de dolor al cerebro tan deprisa que reacciono al femtosegundo que noto algo. ¡Noto hasta el mínimo cambio de presión en el aire que me rodea! Lo que me hace casi intocable. Sinceramente, casi nunca llego a tanto porque ni siquiera una bala es tan rápida como para pillarme con la guardia baja.

-Antes has hablado de que posees una habilidad que desconocías; ¿a qué te referías?

Hace dos días me enteré de que mi cerebro puede acceder a la fuerza de la velocidad igual que hace mi cuerpo para correr deprisa. Con ese poder… Prácticamente puedo parar el tiempo, ver todas las variables y calcular cualquier acontecimiento antes de que suceda. Es decir, mi cerebro procesa al mismo tiempo toda la información que me rodea y pienso más deprisa. ¡Es increíble lo veo todo antes de que ocurra! Puedo sopesar todos los resultados posibles, puedo tomar la decisión correcta y puedo hacer algo al respecto. Antes de que nadie se dé cuenta… Todavía hay muchos aspectos de mis poderes que no comprendo, pero los tengo que ir aprendiendo sobre la marcha. Hay mucho que hacer, pero estoy en ello. Cada cosa a su debido tiempo.

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Ahora lo entiendo. Esa es la base para no perder el juicio con semejante poder: frenar, tomarte tu tiempo, reflexionar y hallar la respuesta correcta. Sólo los verdaderos superhéroes son aquellos que se ven obligados a tomar la decisión que una persona normal y corriente, como yo, no puede tomar. Y Flash tiene su particular rol en la sociedad. Precisamente, cuando le pregunto acerca de esto él tiene claro que el destino le convirtió en lo que es ahora porque era el cometido que la vida le tenía preparado: “Debo verlo todo en su conjunto, proteger la casa antes de ponerla en orden. Todos tenemos un papel que desempeñar… Aunque algunos tenemos más de uno“. Pero, ¿cómo puede, incluso un superhumano, tener tanta presión encima y soportar el peso del resto cuando todo se viene abajo? ¿Suerte, quizás? Niega: “La suerte es una mezcla de preparación y oportunidad”.

– Háblame de tu infancia.

Tenía siete años cuando mi padre me llevó a mi primera excursión. Fuimos en coche a Utah para pasar la semana del motor en las salinas de Bonneville. Yo no era precisamente amante de la velocidad, pero a mi padre le encantaba. En aquel viaje en coche no habló mucho, se limitó a mencionar lo emocionante que sería presenciar un nuevo récord del mundo. Dijo que podíamos formar parte de la historia, pero aquel año no se batió ninguna marca así que prometió llevarme al siguiente. Papá estaba decepcionado, desesperado por formar parte de algo especial. No comprendía que estar allí ya era algo especial.

– ¿Por qué?

Porque nos encontrábamos en lo que, hace más de 10.000 años, era un gran lago. Sin embargo, sólo le interesaba un récord del mundo y yo simplemente era feliz por pasar tiempo con mi padre. En un sitio donde se han batido tantas marcas terrestres de velocidad, lo normal es que hubiera una tracción estupenda. Pero no es así. La sal hace que la superficie resbale más, así que hay que saber lo que se hace para correr en línea recta. Al principio puede que pierdas estabilidad e incluso caigas, pero si empiezas despacio, te concentras y aumentas la velocidad de forma gradual… Esta larga llanura te recompensa. Es asombroso, la verdad. Desde aquí tienes ante ti varios kilómetros de camino libre, un camino que te permite tomarte tu tiempo para alcanzar todo tu potencial. Por eso todavía me gusta venir, me ayuda a despejarme, me ayuda a pensar sin distracciones. Empezar despacio, concentrarme, ir aumentando la velocidad, mirar el horizonte… No hay nada igual, la verdad. Pero la velocidad tiene una pega: en cuanto la pruebas, te haces adicto a la adrenalina. Lo único que quieres es ir más deprisa y más deprisa. Y cuando corres tan deprisa como yo, el mundo que te rodea se vuelve borroso.

-¿Flash tiene miedo?

Como el resto de los humanos. Además, de pequeño me enseñaron que el miedo puede ser bueno. A veces nos hace saber que corremos peligro. El miedo puede ser la chispa que necesitamos para reaccionar de dos maneras: luchando o huyendo. Por desgracia, a veces, se presenta demasiado tarde. O peor. A veces nos paraliza. A todos nos da miedo algo, pero la cuestión es que tener miedo es normal. Más que normal, es necesario. Sin el miedo no existe el valor. No pasa nada por tener miedo mientras no dejemos que ese miedo nos detenga.

– Pero… Precisamente, tú deberías saberlo: siempre huimos de algo.

Tienes razón a medias. Una vez, mi madre me dijo: “La vida es movimiento, si no te mueves no estás vivo. Pero llega el momento en que tienes que dejar de huir de cosas para empezar a correr hacia algo. Tienes que seguir adelante, seguir moviéndote. Aunque la senda no esté iluminada, confía en que hallarás el camino”. Pero, sí. El caso es que… Por deprisa que corras o por lejos que huyas no serás más rápido que tú mismo.

– ¿Nunca has pensado en tirar la toalla y dejar todo este mundo atrás?

No. Corro porque debo hacerlo. Corro porque el tiempo y el espacio necesitan que expanda la energía de la fuerza de la velocidad. Trabajo con la Liga de la Justicia porque, a veces, este mundo corre peligros muy graves. Protejo las ciudades gemelas de quienes quieren hacerles daño porque son mi hogar. A veces es muchísimo trabajo, lo reconozco. Pero, como te he dicho antes, conozco mi papel.

– Pero es más difícil de lo que parece desempeñar esa función, ¿no?

¡Bingo! Parece que haya pasado todo este tiempo en el que he sido Flash anticipándome al peligro, intentando ponerme al día y haciendo demasiadas cosas. Además, de cada decisión han brotado más consecuencias y, por lo tanto, más decisiones y desafíos. Y ha habido complicaciones… Pero la respuesta no siempre consiste en hacer más. Los problemas no siempre se resuelven corriendo más deprisa. A veces la mejor solución es la más sencilla.

El hombre de la catársis, el Velocista Escarlata, el borrón rojo, el milagro, el juguete del destino, el papel, la función, el rol… Flash. El superhéroe de la velocidad. “Basta de pensar demasiado. En realidad, todo esto es más sencillo de lo que parece. Debo correr hacia el peligro porque proteger las ciudades gemelas es mi trabajo. Proteger a mis amigos. Y no importante el precio que tenga que pagar, no pararé de correr”. ¿Por qué? “Porque el mundo necesita que yo sea Flash“.

En ese preciso instante, Flash se quita la capucha y puedo ver las facciones cuadriculadas y la mata de pelo rubio de Barry Allen acercarse para darme las manos. Sus ojos azules están iluminados y parecen darme las gracias por esta conversación, pero antes de que el hombre que está detrás del Velocista Escarlata me dé las gracias escucho ruido que surge desde su capucha. “Los Villanos han vuelto a escaparse Iron Heights”, se excusa. Guardo la grabadora y la libreta de apuntes y le agradezco el tiempo que me ha dedicado. Y entonces el hombre de la catársis, el Velocista Escarlata, el borrón rojo, el milagro, el juguete del destino, el papel, la función, el rol, el superhéroe de la velocidad se marcha dejando un eco de luz a su paso. De repente, con un golpe de viento reaperece ante mí, nuevamente con la capucha roja colocada sobre el rostro. “Por cierto, ¿quiere un titular?”, pregunta. Asiento. “Para mí todo tiene sentido ahora. Sé que todo lo que pasó y todo lo que tenido que pasar ha sido por una razón: convertirme en lo que soy”. “Pero, ¿qué eres exactamente?”, pregunto. “Soy Barry Allen, el hombre más rápido del mundo”. La eterna luz escarlata del destino vuelve a pasar por mi lado y me susurra al oído: “Soy Flash”.

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