La eterna olvidada de las artes

Leticia Pellicer Franco//

Si le dieran a elegir, reservaría una butaca en la Royal Opera House de Londres para disfrutar de un espectáculo en el que los bailarines Rudolf Nureyev y Margot Fonteyn fueran  los protagonistas. Ana Abad Carlés, licenciada en historia del arte, doctora en música  y experta en Ballet Studies por la universidad de Roehampton, puede presumir de haber  trabajado en alguna de las principales instituciones de danza de nuestro país. Los Conservatorios Profesionales de danza de Madrid, Murcia, Zaragoza, Fortea y Lugo, así como  los Conservatorios Superiores de Danza de Madrid y Valencia, han sido escenario de sus clases. Sin  embargo, gran parte de su carrera, en concreto dieciocho años, ha sido construida en el  extranjero. La fuga de cerebros no es algo nuevo: los que se dedican al mundo de las artes  llevan fugados más tiempo del que deberían; algo que Abad denuncia por la gran calidad de artistas españoles y, en concreto, de bailarines.

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El Instituto de Altos Estudios Sociales en Buenos Aires, la Escuela Nacional de Aída Mastrazzi, también de la capital argentina, The Urdang Academy, Creative Capital, y el Council for Dance Education and Training, todos ellos con sede en Londres, han disfrutado de su experiencia profesional. Ahora el  Conservatorio Superior de Arte Dramático y Danza de Euskadi la rechaza por estar titulada en centros extranjeros.

-¿Por qué la danza y no otra profesión? ¿Qué te hizo querer adentrarte en este mundo?

-Creo que cuando se habla de ciertas profesiones no es tanto el que tú las elijas como el que ellas  te elijan a ti. Para mí la danza es expresión en movimiento. Significaba -y significa- la posibilidad de expresarte más allá de las palabras. Como dijo el gran Serge Lifar: “la danza empieza donde acaban las palabras” y creo que esa fue y sigue siendo una de las razones principales para elegirla. En un primer momento me fascinó la posibilidad de poder expresarme a través de la música, en  el espacio, a través del cuerpo… Creo que esa fue y sigue siendo la principal razón. La  capacidad de poder expresar cosas para las que el lenguaje verbal falla en ocasiones y poder hacerlo con el cuerpo usando la música, otra de mis pasiones.

-¿Crees que esta disciplina está lo suficientemente valorada en nuestro país?

-No. No creo que sea solo esta disciplina. Las artes en general hoy no tienen un reconocimiento mínimo en nuestro país. Es algo global, solo que en este país llegamos muy tarde a la construcción de un entramado artístico y no se tuvo una idea muy clara de qué era lo que se quería o cómo llevarlo a cabo. Faltaron los objetivos y los caminos, y cuando llegó la crisis fue como un gran tsunami. Vivimos en un momento en el que las artes son percibidas como accesorias y no como  necesarias. La danza, que dentro de las artes ocupa siempre el escalón más bajo por muchos motivos, pasa por esa misma percepción. Es un gran problema porque cuando no eres necesaria, en épocas como las que nos toca vivir, estás abocada a invisibilizarte y cuando te invisibilizas, cuando no estás presente en la vida diaria de las personas, estas no te pueden valorar. No porque no quieran, sino porque no te conocen, no saben de ti, no tienen referentes para emitir un juicio o una apreciación. Solo así se entiende que un ministro de educación en este país pueda decir que las asignaturas  de humanística distraen del resto de asignaturas y no se genere un debate parlamentario de primer nivel. Esto no pasa en otros países. Pero nos ha faltado la educación en las artes y las artes no han sabido convencer a la gente de su importancia, supongo que porque el mejor de nuestro talento salió del país y las personas que tenían que haber realizado la tarea de difundir y educar tuvieron otras prioridades que no siempre fueron artísticas.

-¿Cuáles son las principales diferencias en cuanto a reconocimiento entre España y el resto de países europeos e incluso americanos?

-A mí siempre me ha fascinado el reconocimiento que los franceses otorgan a sus artistas. Son contribuyentes al entramado social y cultural del país y se les trata como tales. En el caso de la danza, los bailarines de la Ópera salían continuamente en televisión como las estrellas que eran. En Rusia, pese a que el país no está en su mejor momento para el florecimiento de las artes, siguen produciendo bailarines y bailarinas de primer orden. El entorno anglosajón es diferente, es más reciente históricamente y allí las compañías se han ganado a pulso el reconocimiento del público. La gente olvida que el Royal Ballet llegó a la Royal Opera House tras haber bailado a lo largo y ancho de su país para levantar la moral de sus gentes durante la II Guerra Mundial. No se les dio un teatro porque sí, sino porque se lo ganaron a fuerza de devolver la dignidad a su gente en momentos muy difíciles. Digamos que en otros países existe la creencia de que las artes son necesarias y aquí no. En otros países, los dirigentes las han apoyado y aquí ha faltado voluntad y un mapa de ruta para construir algo sólido. En una crisis como la que estamos viviendo, las artes tendrían que estar ahí para hacer reflexionar a la gente, para dar fuerzas, para aprender cómo otras y otros salieron de momentos mucho más difíciles antes que nosotros, para curar el alma y alimentarla de esperanza…

-¿A qué  dificultades has tenido que enfrentarte en estos 18 años de dedicación a la danza en el extranjero?

-Uy, a muchas… Ya vivir en el extranjero es difícil. Tener que marcharte de un sitio para adentrarte en lo desconocido siempre es una decisión importante. Por eso no soporto que nuestros políticos actuales frivolicen con estos temas. Yo quise irme y me fui, pero no todo el mundo puede o quiere tomar esta salida. Volviendo a la pregunta, creo que la mayor dificultad en cada país en el que viví -Gran Bretaña y Argentina- fue el comprender su idiosincrasia. Cuesta tiempo entender las estructuras de un  país, la mentalidad… Es maravilloso porque te permite abrir tu mente a cosas que ni siquiera sabías que existían, pero lleva un tiempo y un proceso de reflexión y adaptación. No es fácil y, obviamente, pasas por épocas difíciles en las que no entiendes nada y cuestionas todo… hasta que te das cuenta de que no puedes encerrar círculos en cuadrados y empiezas a cambiar tu punto de vista y a flexibilizarlo. También la distancia de tus seres queridos es dura, aunque yo siempre tuve la suerte de encontrar gente maravillosa en mi camino. Igual, en mi experiencia, lo positivo en estos países siempre contrarrestó las dificultades.

Ana recientemente ha hecho saber a través de una carta que escribió para un diario digital vasco, el Naiz, su descontento por los requisitos que había que cumplir para formar parte del equipo docente de Dantzerti, el Conservatorio Superior de Arte Dramático y Danza:

-¿Qué es lo que falla en el sistema para que personas altamente cualificadas no puedan encontrar su hueco en el mundo de las artes por haberse formado en el extranjero?

-Falla el sistema en sí. No se pueden crear ciertos estudios sin saber cuáles son los objetivos y los requerimientos básicos que se deben exigir a su profesorado. En este caso concreto, se trata de impartir un equivalente a grado, una enseñanza superior en un área artística que en este país no  ha tenido un desarrollo académico, y los requerimientos eran la titulación expedida por los  propios centros superiores de danza. Es decir, se está queriendo formar a alumnos en estudios superiores sin que el profesorado tenga las especializaciones que requieren este tipo de estudios, ya que tanto las áreas de creación coreográfica como la de historia de la danza no son, actualmente, especialidades específicas en estos estudios.

-¿Te habías encontrado con algo así hasta ahora?

-No, nunca. Si bien cada país tiene su propia idiosincrasia en temas profesionales y de selección de personal, lo que me he encontrado en este país tanto en la convocatoria del Conservatorio Superior de Danza de Madrid para la asignatura de Historia de la Danza, donde se desestimaba toda actividad profesional no realizada en los conservatorios de Madrid, o el caso de Dantzerti, donde desestimaban toda formación que no fuera un título que no es tan siquiera un grado, me ha dejado pasmada. No tiene sentido y dice muy poco de la seriedad de estos centros y de la educación superior de danza en España.

-En la carta comentas que has elevado tu queja al departamento de Educación, Política Lingüística y Cultura del Gobierno Vasco, ¿Has recibido ya alguna respuesta?

-“Desestimado: Titulación no válida. Recurso fuera de plazo.” Lo cual no es cierto porque envié mi carta certificada antes del fin de plazo para presentarlo.

-Graduada en Historia del Arte, con un Master in Ballet Studies de la Universidad de Roehampton. Doctorada cum laude en Música con una tesis doctoral titulada “Coreógrafas, Directoras y Pedagogas: la contribución de la mujer a la historia del ballet y el cambio de paradigmas en la transición al s. XXI”. No será por cualificación…¿Qué más hay que tener para poder trabajar en el sector de la danza en España?

-Primero tendríamos que tener un sector profesional. Actualmente el único sector profesional es la educación y, como se ha comentado, no funciona muy bien, aunque es cierto que a nivel de  formación técnica hay grandes maestros y maestras en nuestro país. Desde mi vuelta en marzo  del 2014 por motivos familiares, he tenido la suerte de encontrarme con profesionales muy buenos a lo largo y ancho del país. Sin embargo, no hay un tejido de compañías en las que los  bailarines españoles puedan bailar. Quedan las compañías nacionales y hasta estas operan bajo mínimos. Recuerdo a una ex bailarina y coreógrafa británica que vivió en Madrid y que, cuando me la encontré de nuevo en Londres, me comentó que España era el único país en el que un buen currículum te jugaba en contra. Lo mejor de nuestro país en este sector está fuera, bailando y trabajando. Tendrían que ser estas personas, que han visto otros sistemas en funcionamiento, las que tendrían que asesorar y compartir sus experiencias. Habría que insertar la danza en la Universidad, hacer de los estudios superiores estudios de calidad, fomentar la creación de centros coreográficos que faciliten el desarrollo de talento coreográfico y permitan a los bailarines jóvenes empezar a trabajar y conocer diferentes lenguajes y estilos coreográficos… En España, hay mucho miedo por parte de las personas que ostentan el poder a lo nuevo o a lo  diferente y así se van perpetuando sus modelos, que ni son únicos ni lo suficientemente amplios  como para permitir que la danza se desarrolle en toda su extensión artística.

-¿Está la danza sometida a un sistema de mediocridad en el que la meritocracia no  sirve y da paso a un sistema para que se queden los de siempre?

-Sí, claramente. Esto se ve en las convocatorias de bolsas de trabajo. Se ponen requisitos que son  totalmente ilógicos en vez de abrirse las mismas para que concursen todas las personas en  igualdad de oportunidades. La meritocracia tiene en este país un significado extraño. En realidad, meritocracia significa poder acceder a un puesto de trabajo en igualdad de condiciones y acceder a él por méritos, no por contactos. Al favorecerse experiencias laborales circunscritas al ámbito del centro que  convoca las plazas o titulaciones expedidas por ellos mismos, se da paso a un sistema que  mantiene el status quo de los que diseñaron tales centros, al margen de su validez académica o  profesional. De esta forma, se continúa en el tiempo una línea de sucesión en la que no importa  si tu carrera o formación han sido excelentes, sino que importa  que tu carrera se desarrollara  según los términos definidos por estas personas. Lamentablemente, esto no ocurre solo en la  danza, pero en este sector, como ya he comentado, tenemos el factor añadido de que en España  no hay ni tradición escénica, ni coreográfica ni académica. Esto es algo que ya el bailarín  Francisco Miralles comentó en los años veinte, Roger Salas en los ochenta y, en el s. XXI,  seguimos igual. No conseguimos romper con esta dinámica y el tiempo pasa y el talento sigue  marchándose del país.

-¿Hay algún consejo que quieras dar a los jóvenes que se estén formando y quieran triunfar en la danza?

A los jóvenes que se están formando creo que hay que hablarles claro y explicarles cómo están  las cosas. Las carreras son muy cortas y cada vez lo son más. El sector profesional a nivel performativo ha cambiado mucho en la última década y también lo han hecho los repertorios. Yo a los jóvenes siempre les digo que son el futuro de este arte. Quizás hay que enfatizar eso: en que la danza es un arte. Y en sus manos estará el que la danza sea una forma artística y no “un  arte de formas”, que es lo que parece primar en estos momentos, como ya vaticinó el historiador Giannandrea Poesio. Me parece fundamental transmitir la pasión, el amor y el respeto por este arte que ha tenido  artistas maravillosos que las nuevas generaciones parecen desconocer. Debemos un respeto a las bailarinas y bailarines que nos precedieron, a las coreógrafas y coreógrafos que legaron sus  repertorios; debemos ser conscientes de que la danza es una forma de expresión, una forma de  entender el mundo y que, como tal, está abierta a muchas visiones y muchos puntos de vista. Que la técnica, aunque necesaria, es una vía y no un fin. Que un buen bailarín no es el que tiene  un certificado que así lo disponga, sino aquel o aquella que tiene la capacidad de contarnos algo  en un escenario. Nadie te va a pedir un certificado en una audición, sino que bailes bien.

-¿Después de toda tu andadura profesional, con qué anécdota te quedarías?

-En 1991 participé en un Practical Ballet Weekend en la Royal Opera House, en el que se montó  una pequeña obra con miembros del Royal Ballet. Yo estaba tan emocionada que hablé con todo  el mundo, entre ellos con la que era entonces directora del departamento de educación y  ex bailarina de la compañía, Darryl Jaffray. Cuando regresé a Londres en el 2000, fui a un ensayo abierto de Ondine y allí estaba Darryl Jaffray… al salir del ensayo, me sonrió y saludó. Yo  me quedé parada y le pregunté: “¿Se acuerda de mí?” Y ella me contestó: “Claro, tú eras una de  nuestras princesas”. Me emocionó que recordara mi paso por ese curso de solo un fin de  semana. Años después, ya trabajando en el Council for Dance Education and Training tuve el  placer de hablar con ella en varias ocasiones y siempre fue encantadora conmigo. Luego tuve la  suerte de colaborar en varios proyectos con el departamento que ella creó y fueron experiencias  fantásticas… Pude recuperar contacto con la coreógrafa de la obra, Jennifer Jackson y con Susie  Crow, con la que también colaboré profesionalmente en proyectos y que me ayudó mucho en mi  tesis doctoral. Londres me brindó muchas anécdotas con gente maravillosa y muy generosa para  con este arte. Nota: nunca desaproveches la oportunidad de hablar con gente a la que admiras. Suele ocurrir que los más grandes son los más generosos.

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