Zaragoza tuvo mar por una noche

Sandra Lario//

“Amerizaje (del francés amérissage): acción y efecto de amerizar./ Amerizar: Dicho de un hidroavión o de un aparato astronáutico: posarse en el mar”. Eso dice la Real Academia Española.

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Diego Ojeda es ahora uno de esos aparatos que tras un largo vuelo, y a pesar de los aviones, hace vibrar las cuerdas de su guitarra y de su garganta provocando un “impacto controlado de estas canciones sobre la superficie marina de sus caderas”, como explica en Siempre donde quieras, el libro unido a su nuevo disco que no nació para llamarse de otra manera que no fuera esta: Amerizaje. Este disco que suena a poesía está dividido en capítulos a los que también ponen voz poetas y amigos como Escandar Algeet, Marwan, Carlos Salem, Elvira Sastre, Fredi Leis y Rayden. Capítulos que son canciones que a su vez son la prueba de que el amor es la mayor de todas las revoluciones y de que la revolución empieza cuando alguien ama de la forma más inmensa que su pecho le permite. Y a veces todo eso revienta en acordes y versos que Diego ordena para que tal fenómeno pueda ser contado al mundo.

Este viernes el mundo cupo bajo el techo de La Bóveda del Albergue de Zaragoza. Dos guitarras descansaban en el escenario mientras sonaba un poema por los altavoces y Diego aguardaba tras el vano abierto en la pared de piedras de la sala. El poema enmudeció y entonces comenzó el amerizaje sobre el mar de todas las personas que miraban cómo las dos pequeñas farolas del bar brillaban y la poesía inundaba en bar en forma de canción. Entonces todos fuimos pequeños barcos que navegaban el mar de Diego, observando la sucesión de aguas tranquilas, oleajes y mareas nocturnas imantadas por el efecto lunar. Sus versos hechos acordes, directos y cercanos, no nos dejaron hundirnos. Aquí la poesía es un bote salvavidas.

Pero Diego no vino solo. Lo supimos cuando la poesía se puso el sombrero para que nosotros nos lo quitásemos cuando Pablo Benavente subió al escenario. Pablo, –autor de Circo de Quimeras-, lleva la palabra poesía tatuada en el antebrazo izquierdo y en cada frase que dice. En su día firmó el prólogo de Siempre donde quieras y la noche del viernes firmó versos antes, durante y después de las canciones, y un poema que reinventó el silencio del público de los conciertos mientras la sonrisa de Loreto Sesma era una tercera farola en el bar. Ella también vino a completar la magia, con 317 kilómetros y dos salidas de emergencia, un libro vomitado cuando el amor fue un nudo demasiado grande en su garganta que tuvo que estallar salpicando tinta.

Pero volvamos a la RAE: Quimera –como el libro de Pablo-:

  1. Monstruo imaginario que, según la fábula, vomitaba llamas y tenía cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón.

Parece que la poesía es eso, un híbrido fruto de todos los retales de vida que hemos ido cosiendo a nuestro pecho, un animal fantástico –en ambos sentidos de la palabra- que vomita llamas encendiendo cada vez más hogueras.

Diego se inclina sobre su guitarra con una sonrisa en la que cabemos todos y abraza a Pablo y a Loreto. El poema inicial vuelve a sonar en los altavoces y entonces queda la resaca tras la vida contada en el formato de la libertad que hoy en día es la bandera de esta nueva generación de poetas y cantautores que amerizan nuestros mares y encienden dichas hogueras.

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