Noches de Poemia (II): ¡Bukowski está vivo!

Texto: Paz Pérez/ Imágenes: Sandra Lario//

La poesía tiene ese tipo de eternidad intermitente, que se desvanece a veces, pero permanece siempre. La poesía es infatigable y no está muerta. O por lo menos, no la dejan morir proyectos como Noches de Poemia, en el que cada miércoles a las 20.30 resucita, se eleva y juega a transformarse en cada palabra y en cada mente.

 

Nunca había estado en este lugar, bajo por unas escaleras circulares que llevan a una sala renegrida, escondida en las entrañas de la ciudad. La Bóveda es una habitación concreta cuyas paredes limitan un no lugar que se adivina urbano, metropolitano; son las vísperas de la poesía. Aquí podría ocurrir un futuro recital de un futuro Allen Ginsgberg, con un futuro Aullidos y un futuro símbolo de una generación poética.

S20Le imagino aquí, mientras espera a que comience, escribiendo acerca de esta sala subterránea: hipsters con cabezas de ángel, pobres, harapientos y ojerosos y drogados pasando la noche fumando versos en la oscuridad sobrenatural, flotando bajo las cimas de las ciudades, que desnudaron sus cerebros ante el cielo y rompieron a llorar temblorosos frente a la maquinaria de otros esqueletos.

Entre estas divagaciones, los micrófonos me sorprenden reclamando la atención a una voz que se presenta. Ars poética entra en escena, tres chicos con un montón de papeles caóticos entre sus manos, serán los que tomarán las riendas de este no lugar. Uno de ellos decide leer un poema de Bukowski y alguien grita ¡está vivo! Entonces, recuerdo que este escritor solía decir que los grandes poetas mueren en calderos humeantes de mierda, y le imagino diciéndolo en el fondo de la sala con una cerveza en la mano, y demasiadas encima, mientras el resto le dedican una mirada de lástima.

 

Se van pasando el micrófono y los nervios, y tras sus lanzamientos de poemas arrugados contra el público y de explicaciones que –misteriosamente- siempre llevan a Salou, el lugar vuelve a no ser y se llena de posibilidades. La incertidumbre dura poco, los poetas anónimos se agolpan bajo el escenario, ansiosos de leer sus poemas y esperar escuchar la aprobación del público.

Cada voz que recubre este no lugar se viste de poesía y la transforma. Quién sabe si en esta sala una gran figura literaria que se esconde, entre los pliegues de la bóveda, esperando a llevarnos hacia el abismo de la poesía. Después cada uno que decida si tirarse de cabeza.

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