Un pingüino en el desierto

Héctor Pérez//

La industria musical se ha convertido en una especie en peligro de extinción por su incesante avance hacia el abismo que, multinacionales y consumidores, hemos provocado. La recuperación pasa por cambiar los hábitos de consumo y los valores propios.

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Una caída siempre es igual: precedida de la causa y seguida de un efecto. Y después, claro está, viene el momento de volver a levantarse y pensar de qué manera. Podría estar refiriéndome a cualquier aspecto de la vida pero, en este caso, estoy hablando de esa inmensa jungla en la que se ha convertido la industria musical.

Hablaba ayer por teléfono con un conocido que había trabajado durante más de 30 años en una de las tres mayores multinacionales de esta industria. Me contaba todo lo que ha cambiado el entorno y el negocio, las materias primas y la forma de sacarles provecho. Y había nostalgia en sus palabras, recordando tiempos mejores, aunque también muy criticados por los artistas. ¿Qué fue -preguntaba- del disco físico y de la magia de llegar a casa y escucharlo con el libreto entre las manos? “Desde que me jubilé, no he querido volver a saber nada de la industria musical. Por decisión propia. Es tan triste cómo ha cambiado todo que he decidido aislarme”.

Yo, que no llegué a ver cómo Michael Jackson se inflaba a ganar un Disco de Oro año sí y año también, intento imaginar tiempos mejores. Y no es difícil. Empezando por lo más general que nos afecta a todos: el más que elevado IVA cultural. A esto le acompaña  otros factores igual de grave: la concepción de la música como un objeto de usar y tirar. Actualmente, las grandes compañías fichan a sus artistas fijándose en variables como el número de reproducciones que tiene su canción en las redes sociales o el número de visitas que tuvo alguno de sus vídeos. Puede resultar impresionante que una sola canción tenga más de tres millones de reproducciones en Spotify, pero igual de sorprendente es el número de personas que no se acuerdan de esa canción al cabo de una semana.

Ahora está todo al alcance de la mano, incluso puedes escuchar un disco días antes de su salida al mercado. Y lo peor es que nos hemos acostumbrado a disponer de todo eso gratis. ¿Imaginan entrar en un bar, pedir una cerveza y marcharse sin pagar? Resulta inconcebible. La industria musical ha tenido que adaptarse a un medio difícil de aceptar, un ecosistema casi incompatible con su existencia: las plataformas digitales de consumo libre. Como un pingüino en el desierto.

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Dice mi conocido en el sector que, afortunadamente y tras varios años de vagar por el desierto, el negocio está volviendo a sus orígenes: la música en directo. Y ojalá no se equivoque. Dylan tuvo que bajar a los infiernos para poder subir más alto que nadie, a base de ganarse a sus adeptos desde el bar más pequeño. ¿Acaso es tan descabellado? El secreto de la recuperación está más que claro: apaguemos la tablet y compremos una entrada para el concierto de este sábado. Emociones en directo. Porque la música no es otra cosa que eso: emoción en directo.

Las caídas dejan huella. Y esta ha dejado su firma en varias generaciones. Lo importante es que la industria sepa levantarse con la lección aprendida. Ya habrá tiempo de contarle a la gente el tortazo que nos pegamos a principios del siglo XXI. Ahora es el momento de volver a los orígenes, de sentarse y escuchar olvidándonos de balances y estadísticas de mercado que solo son eso al fin y al cabo: números frente a emociones.

Se trata, en definitiva, de rescatar a ese pingüino que es la industria musical para devolverlo a su hábitat natural: un mundo en el que se valore más al artista que produce esa música de la que se nutre tantísima gente. El pingüino tiene hambre y hay que darle de comer.

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