Algo tan pequeño

Belén Remacha//

Cuando en los años 60 la píldora anticonceptiva llegó a la vida de las mujeres –y de los hombres-, se decía que nunca en la Historia de la humanidad algo tan pequeño había tenido consecuencias tan grandes. Hoy, existen interpretaciones de todo tipo: Paul B. Preciado afirma que este método no es sino otra forma de control hacia la mujer. Pero lo cierto es que la píldora nos sigue otorgando autonomía e independencia, como lo hacía hace cincuenta años.

 

En diciembre de 1999 Iñaki Gabilondo preguntó a sus oyentes de la Cadena Ser: “¿cuál ha sido el invento más relevante del siglo que dejamos atrás?”. Mi madre, gran aficionada a escuchar la radio, llamó para responder que la píldora anticonceptiva y la lavadora. Ella nació en 1956 y sus pensamientos estaban puestos en su propia madre, mi abuela, y en todas las mujeres de su generación. Cuánta libertad e independencia obtuvieron en el ámbito familiar, doméstico, sexual e incluso social con estas dos revoluciones.

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La popularización de la lavadora llegó tras la II Guerra Mundial, y la píldora fue puesta a la venta en Estados Unidos en 1960 –y como todo, de ahí al mundo-. Una frase de la época decía que nunca en la Historia de la humanidad algo tan pequeño tuvo consecuencias tan grandes. En esos años comenzó a investigarse la sexualidad de la mujer, considerada hasta entonces un asunto tabú y sin interés. El doctor William Masters y su ayudante Virginia Johnson, a quienes ahora conocemos por la recomendable serie Masters of Sex, descubrieron también en los sesenta los entresijos del placer femenino.

La píldora fue una victoria feminista –una de sus impulsoras fuera Margaret Sanger, enfermera estadounidense fundadora de la Liga Americana para el Control de la Natalidad-. Hoy, superada la Tercera Ola, tenemos, como para casi todo, lecturas de todo tipo. Paul B. Preciado, uno de los mayores referentes en España en Teoría Queer y filosofía del género, afirmaba aún como Beatriz Preciado en su libro Testo Yonki (2008) que a mitad del siglo XX entramos en una era en la cual el capitalismo encontró su filón en el sexo, concretamente en el porno y los fármacos. A esta segunda relación que denomina farmacopoder le achaca el control sobre la población a través de las hormonas comercializadas. En especial sobre las mujeres: no olviden que la pastilla masculina más popular, la viagra, no se lanzó al mercado hasta 1998, y sus niveles de consumo y consecuencias distan mucho de los de la píldora anticonceptiva. Si los tacones nos limitaron los movimientos, las hormonas hicieron lo propio con las emociones. Ya saben, ese listado interminable de efectos secundarios incluido en su caja de Dretinelle, Belara o Marvelon. Cambios de humor, bajada de libido, sangrados o candidiasis. Puede usted culpar a  las antibaby de cualquier anomalía que encuentre en su cuerpo y en su ánimo durante el tiempo que las use.

algotanpequeñoPreciado llama a este sistema feminismo de estado. Sugiere que podrían haber existido otras soluciones para el control de la natalidad que no pasasen por modificar y controlar el cuerpo de las que denomina biomujeres, ni por hacer de él un cliente objetivo de la industria farmacológica: masturbación obligatoria, huelgas sexuales, ligaduras de trompas masivas, aborto libre y gratuito, o suministros hormonales que neutralizasen los géneros y convirtiesen el sexo heterosexual en sexo gay. Evidentemente, si defendemos el derecho a vivir con libertad nuestra orientación sexual, nuestra identidad de género y nuestros deseos, muchas de estas opciones no son posibles más allá de la poderosa mente de Preciado. Salvo el aborto, que tanto tardó en llegar y tan rápido se puede esfumar en una maniobra de control muy distinta, la misma que cada año encarece la píldora. No hay que olvidar que van surgiendo, o ya existen desde hace tiempo, alternativas más plausibles, como la aún en desarrollo pastilla masculina –que implicaría poner tu útero en manos de otra persona- o el desconocido diafragma. Por distintos motivos no tienen la publicidad ni la aceptación social actual de la píldora femenina; de hecho, recordemos que todavía para muchos tomar el anticonceptivo masculino significaría sacrificar su virilidad. Y eso nunca.

Lo que tengo claro es que las soluciones de Preciado no son factibles para un número considerable de mujeres, ni sus ideas terminan de ser justas con aquellas personas que tanto lucharon y luchan porque ahora tengamos ciertos derechos reproductivos.  Aunque no le falte razón al denunciar que tenga que ser siempre el cuerpo femenino el recipiente de control, sometimiento y marketing. Pero la píldora, aún para nosotras como lo fue para nuestras abuelas, sigue siendo de momento uno de los métodos más accesibles para lograr autonomía y capacidad de decisión sobre nuestra propia vida. Incluso con todas sus desventajas y contraindicaciones -que tampoco nos afectan a todas por igual-. El mal menor, quizá. Así pues, que cada una se informe, sopese y valore el anticonceptivo que le conviene. Exijamos que la investigación en materia de control de la natalidad continúe y que nuestra píldora tenga la menor carga hormonal posible en función de nuestras necesidades. Y sobre todo no demos pasos atrás, no permitamos cada vez más trabas –a golpe de recortes en sanidad– para conseguirla. La independencia y la libertad también es todo eso.

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