El Medievo de nunca acabar

Juan Mari Sauras//

Hace unas semanas, mientras disfrutaba de unas cervezas en compañía de algunos amigos, la conversación, tan cambiante como suelen ser aquellas nacidas al amparo del alcohol y la diversión, arribó a la muy lejana galaxia de Star Wars. Admitiré sin pudor que siempre he detestado la magna creación de George Lucas, aunque ello me suponga una condena a muerte por parte del “Comité de la Pureza Friki”. Por mucho que se hayan empeñado en convertir dicha saga en una especie de Sagrado Mandamiento de la ficción, nunca he sido capaz de ver en ella nada más que una simple resurrección fílmica del género de la space opera que antiguamente inundaban las revistas mensuales de literatura pulp. Aunque con efectos especiales, que siempre molan mucho más, claro.

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Sin embargo, en aquella ocasión no me vi obligado a librar la acostumbrada guerra dialéctica contra los furibundos fans de Yoda y compañía, sino que la discusión giró en torno al género que acogía a Star Wars. Todos los participantes insistían en catalogar la saga como Ciencia Ficción, hecho a lo que yo me negaba rotundamente, pues defendía que la fantasía primaba sobre el componente especulativo. Los intentos por acercar posturas fracasaron estrepitosamente ante mi declaración de que me bebería un chupito de stroh antes que admitir que Star Wars era una obra de ciencia ficción. Momentos después, el debate fue sustituido por un nuevo tema de conversación igualmente desenfadado.

Este debate, empero, no pudo sino hacerme pensar en los estrechos límites por los que camina el género de la fantasía, especialmente en la literatura, tal vez su mayor exponente. Según la concepción de la que a menudo hace gala el público mayoritario, este género, inevitablemente, ha de ir unido a argumentos situados en mundos medievales y poblados de dragones, magos, elfos y poderosos artefactos míticos de incalculable poder. Es decir, a lo que J.R.R. Tolkien, insigne padre de la fantasía moderna, escribió hace 60 años. ¿Es posible que en más de medio siglo la situación no haya cambiado para nada?

Lo cierto es que la propia comunidad de autores no ayuda a modernizar unos conceptos que, por otro lado, siguen dando muy buenos resultados a aquellos con la sensibilidad suficiente para dar nacimiento a algunas de las epopeyas más asombrosas de los últimos años. Sin embargo, el escenario acostumbra a ser el mismo, como un teatro que pese a representar múltiples funciones, nunca cambia de decorado.

Y la ambientación, no obstante, constituye un elemento menor que, más allá de sustentar la coherencia interna del propio relato y situar la acción de los hechos, no supedita el género ni el desarrollo del argumento. Los paisajes medievales, a los que estamos ya tan acostumbrados, aunque son idóneos en su concepción histórica como periodos en los que las leyendas recorrían con total libertad las tierras de los hombres, se han convertido en una especie de jaula que impide una evolución estilística de peso.

Foto 1¿O imagináis la Batalla de Waterloo con magia y dragones?

Si atendemos a las definiciones mayoritariamente aceptadas, la literatura fantástica engloba a aquellos relatos en los cuales el componente irreal o sobrenatural se constituye como una de las piedras angulares de la obra. Más allá de este requisito, cualquier autor es libre de desarrollar un mundo a su medida. Recordemos las Historias de Terramar de Ursula K. Le Guin, situadas en una suerte de mundo insular anclado en la Edad Antigua. O la Trilogía Terrarca, escrita por William King, y en la que los mosquetes del siglo XVII toman un papel protagónico.

No queda pues sino recordar que, pese a la extensión de algunos tópicos a menudo inevitables dentro de una construcción artística que se basa en la inspiración y recreación de quienes nos han precedido en el camino, la escritura, y sobre todo el género fantástico, máximo exponente de la audaz inventiva humana, únicamente obedecen a los designios de la imaginación, que no conoce más fronteras que las que ella opta por construir.  

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