Eloy Porroche, un ciclista con un gran fondo

Antonio Pardo//

A sus 70 años, el historial de puertos ascendidos por Eloy Porroche no tiene nada que envidiar al de cualquier ciclista profesional. Tampoco, el listado de rutas clásicas que ha completado por el continente europeo. Pero el ciclista de Fuentes de Ebro quería hacer algo más este año. Había planificado realizar, con un día de antelación, el recorrido de la Vuelta a España para recaudar fondos que se destinarían a diferentes asociaciones que contribuyen con la investigación de las enfermedades raras. Sin embargo, el sueño altruista de Eloy no se ha cumplido. La dificultad de rentabilizar mediáticamente la imagen de sus principales patrocinadores ha sido el obstáculo que ha derribado el reto de este entusiasta ciclista que acumula más de 800.000 kilómetros en sus piernas y un gran relato en torno al mundo del pedal.

La vitrina del salón de Eloy da cuenta de su historia ciclista. No queda hueco alguno en sus baldas y es casi imposible apartar la vista por un instante del tropel de trofeos, medallas e insignias que conserva, prácticamente, con el brillo del primer día. Los metales por su participación en las ediciones cicloturistas de Amstel Gold Race y de Ronde Van Vlaanderen, comúnmente conocido como Tour de Flandes, son solo una ínfima parte. También, hay varios adoquines de París-Roubaix, una de las clásicas por excelencia, y exhibe en sus manos, con orgullo, el reconocimiento de Randonneur 5.000; otorgada por el Audax Club Parisien, la placa acredita a los ciclistas que, durante cuatro años como máximo, han recorrido 5.000 kilómetros, incluyendo una flecha velocio y la París-Brest-París de 1.200 km. En España, el número de cicloturistas con esta distinción no alcanza los noventa.

Eloy guarda decenas de crónicas deportivas que narran sus hazañas ciclistas.

Eloy guarda decenas de crónicas deportivas que narran sus hazañas ciclistas.

Un romance precoz

La relación entre la bicicleta y Eloy Porroche surgió de manera temprana. “Recuerdo que tenía menos de seis años y ya se me iban los ojos detrás de esas Orbea, cuando pasaban por las calles de Fuentes”, cuenta con una sonrisa. Su amor por los velocípedos llegó al extremo de trabajar en una trilladora con la condición de poder utilizar la bicicleta del jefe para transportar los sacos. “A veces, dependiendo de la carga, me tocaba ir con la bicicleta en la mano, pero no importaba”, dice.

Sin embargo, no fue hasta su llegada a Francia, a los 12 años, cuando tomó un contacto real con el mundo del ciclismo. Los Porroche-Canela habían emigrado al país vecino para mejorar sus condiciones de vida, al igual que muchas otras familias españolas. “La mayor alegría al llegar allí fue ver que mi padre, que se había marchado unos meses antes, tenía una bicicleta de las de media carrera”, comparte.

Eloy, coetáneo de Luis Ocaña, también disfrutó de los éxitos encima de la bicicleta en el país galo, aunque la primera carrera no transcurrió por un camino de rosas. “Tenía 14 años y era la primera vez que competía. Recuerdo que tuve cuatro pinchazos y acabé último. No contaba con el material adecuado, porque en mi casa no entraba mucho dinero. Éramos emigrantes y mis padres no podían hacer más” explica. Este amargo varapalo se endulzó en la tercera carrera, donde el joven ciclista español ya saboreó su primera victoria.

Tras ascender en casi un año las cuatro divisiones del ciclismo de aficionados en Francia, la oportunidad en firme le llegó de la mano del Peugeot. Por entonces, la formación francesa contaba con un equipo filial donde pulía los diamantes en bruto de Francia. En la mina del pelotón amateur, la formación del automóvil fijó su atención en el “fuerte e inteligente Eloy Porroche”, tal y como rezaba una de las crónicas que el de Fuentes de Ebro guarda enmarcada. “Ahí, en el Peugeot, fue donde pasé los dos mejores años de mi vida ciclista. Llegué incluso a recibir ofertas de otros equipos como el Gitane, pero las rechacé”, relata.

 Vivía con la ilusión de un niño por llegar a profesionales.

Vivía con la ilusión de un niño por llegar a profesionales.

A los 21 años, las condiciones de Eloy en el equipo filial eran muy parecidas a las de la plantilla profesional del Peugeot. “Contábamos con una bicicleta nueva cada temporada, con dietas para desplazamientos y con primas por kilómetros recorridos”, explica. Además, pese a no disponer de licencia profesional, el ciclista de Fuentes de Ebro compartía carreras, y alguna que otra escapada, con los ciclistas de mayor lustre en Francia. “Mi espíritu competitivo me llevaba a estar con ellos en todas las escapadas”, confiesa Eloy, que no olvida aquella fuga con los hermanos Sylvain y Alain Vasseur, maillot amarillo del Tour. “Por entonces yo era un crio, y al verme con ellos, en ese grupo de seis o siete, no cabía en la bicicleta. Luego, la veteranía y el peso se terminaban notando, y me dejaban descolgado”, añade.

Durante aquel tiempo, el sueño de firmar un contrato con un equipo profesional rondaba por la cabeza del ciclista aragonés. “Estaba convencido de que podía pasar a profesionales”, afirma mientras hace un repaso guiado por las más de cien instantáneas de aquellos tiempos mozos, en las que las victorias y los besos de las azafatas se contaban a pares. Respecto al tipo de ciclista que hubiera sido Eloy, reconoce que “no destacaba en las etapas de montaña”. Por su estatura, casi un metro noventa, se ajustaba más al perfil de rodador: “donde yo me hacía fuerte era en el llano. Allí, rodando solo, podía tapar un hueco de un minuto en menos de diez kilómetros”.

El gran error

Las aspiraciones profesionales se truncaron a finales de la segunda temporada en el Peugeot. ¿Una caída, una decisión técnica o una lesión crónica? No. Fue algo mucho más simple que todo esto y que tenía bien poco que ver con el ciclismo: la “mili”. Eloy había recibido una carta de España en la que se le notificaba que estaba llamado al servicio militar obligatorio. Por su condición de residente en Francia y deportista con proyección, el joven aragonés tenía reservada una plaza en el Batallón de Joinville, donde compaginaban la formación castrense con la práctica deportiva, pero decidió rechazarla, al igual que el año de contrato que tenía con el Peugeot. “Había una ley en España por la que, si vivías en el extranjero y no realizabas el servicio militar, te impedían fijar residencia antes de los 31 años. A mí todo ese tiempo me parecía una eternidad, así que decidí volver”, dice Eloy. “Ese fue mi gran error” concluye con resignación.

Al llegar a España, Eloy Porroche se encontró un panorama desolador en el ciclismo patrio. Aquí, la infraestructura de los equipos estaba a años luz de lo que había en Francia. “Recuerdo que en las primeras carreras que corrí tras mi vuelta, los corredores no respondían a los ataques de ciclistas de equipos rivales. Me decían que iban ‘a partir’. Luego, me di cuenta de que los principales favoritos estaban aliados y se repartían el dinero de los premios entre ellos, indistintamente de quién ganara cada competición” cuenta.

Aun así, Eloy brilló en carreras disputadas en Monzón y Binefar, y ganó en Épila. Su talento no pasó desapercibido tampoco en España y estando en los campamentos del servicio militar, recibió una llamada. “Era el cura del Fagor, Cesáreo Gabaraín. Me dijo que iban a hacer un equipo amateur en Zaragoza, el Fagor Picarral, y querían que corriera en él”, rememora.  La aventura comenzó con buen pie. Gabriel Saura, por entonces seleccionador nacional llegó a decir que era “el equipo revelación”, como recuerda Eloy. Sin embargo, el equipo se fue a pique por una inadecuada administración. “Tras correr la Vuelta a Aragón y la Vuelta a Lérida, el Fagor de Zaragoza se vio abocado a la desaparición por la falta de fondos. Alguien se había llevado todo…”, cuenta.

Ante esta situación, Eloy recaló en el equipo zaragozano Galletas Asinez, donde corrió la Vuelta a Tarragona y la Vuelta Palencia. Aquella temporada, el ciclista de Fuentes ganó cinco etapas y acabó segundo y tercero en otras carreras, pero en el mes de septiembre ya no le quedaba dinero. “Lo que había ganado por lo que había gastado”, resume.

El paso a profesionales que le había prometido el cura Gabaraín a Eloy no llegó y el de Fuentes de Ebro decidió echar el pie a tierra. “En principio, había tres plazas [en el equipo profesional del Fagor], y yo me quedé para el siguiente año. Eso no lo asimilé y lo dejé. Seguir en el ciclismo en España era jugártelo todo a una carta. No había contratos y, si no les gustabas, te podían echar a la calle a los tres meses”, cuenta el ciclista aragonés.

La oportunidad laboral le surgió en su pueblo. “Por entonces comenzaban con la instalación de las aguas corrientes en Fuentes. Como yo era fontanero, tenía trabajo asegurado”, explica. Eloy desoyó las palabras de sus padres que le animaban a seguir compitiendo el ciclismo. Con 23 años colgó la bicicleta y se dedicó a labrarse un futuro y construir su familia.

Los metales que colecciona en su vitrina dan cuenta de su historia ciclista.

Los metales que colecciona en su vitrina atestiguan su historia ciclista.

El ansiado regreso

Había pasado más de una década desde que Eloy se bajara de la bicicleta, pero el gusanillo del ciclismo seguía vivo en su organismo. A los 35 años, con la vida ya encaminada, volvió a ponerse un dorsal para competir en la categoría de veteranos, ahora denominada máster. Durante las nueve temporadas siguientes, Eloy ganó más de 54 carreras, entre las que destacan el campeonato de Cataluña de montaña y el Trofeo Memorial Simón de Lérida, tras el que se despidió del ciclismo de competición. También pulverizó el registro en la prueba kilómetro contrarreloj, en el velódromo de Zaragoza, aunque ya no quede huella de esta proeza. “Hace un tiempo fui a la Federación y me dijeron que no tenían constancia de ello”, dice.  

El apoyo incondicional de su mujer fue una pieza clave en el mecanismo que le impulsaba a dar pedales. “Me acompañaba a todas las carreras. Yo no disponía de coche de asistencia y era ella la que me seguía en ruta, con las ruedas de repuesto, en aquel Peugeot 550”, cuenta. Con ella compartió uno de las victorias más importantes de su carrera ciclista. “Crucé exhausto la línea de meta, levanté los brazos y, acto seguido, me fundí en un abrazo con ella, que estaba esperándome allí. Acababa de ganar en Caspe al campeón del Mundo de veteranos, Guillermo Molina”, narra emocionado. El ataque del ciclista aragonés llegó cuando nadie lo esperaba, a falta de 600 metros para el final, y aunque  Molina salió a su rueda, acabaría explotando. “Cuando lo veo en las marchas cicloturistas lo saludo y me responde ‘ya está aquí mi verdugo’”, cuenta alegremente.

Las pruebas de ultrafondo ocupan ahora la mayor parte del tiempo de Eloy. “Al principio, cuando comencé a participar en rutas de larga distancia no sabía cómo iba a responder mi cuerpo. Ahora soy capaz de hacer 600 kilómetros o más sin ningún tipo de problemas”, dice con un tono relajado. No obstante, los años van pesando. “Antes solía realizar entrenamientos para mejorar mi umbral anaeróbico, pero ya hace un tiempo en el que simplemente salgo a rodar, que es lo que me permite mi cuerpo” explica. De todas formas,  el ciclista zaragozano asegura que jamás ha tenido ningún problema para ir en ruta con cualquier grupo de ciclistas. “Puedo decir orgulloso que, hasta el día de hoy, siempre he tenido un hueco en cualquier grupeta para participar en las marchas cicloturistas”, comparte.

Con sus amigos de la Peña Ciclista Los Conejos de Fuentes, de la que también es miembro, ha recorrido algunas clásicas del Norte, como la París-Roubaix, el Tour de Flandes o la Lieja-Bastoña-Lieja. El ambiente que se vive en ellas es espectacular según atestigua Eloy. “Estas pruebas se realizan con un día de adelanto a los profesionales y, como se corta el tráfico, la mayoría del público ya está acampado con sus caravanas. Durante el recorrido, te animan como si fueras un verdadero ciclista”, relata. “Luego, cuando subes la Redoute [en la Lieja-Bastoña-Lieja] ya te topas de frente con la realidad”, confiesa. “Ellos ascienden a 22 kilómetros por hora y nosotros, a 13 o 14” apostilla.   

Además, Eloy ha cumplido este año uno de sus sueños, acompañado de unos compañeros ciclistas de Valencia. “Fui a subir, por primera vez, el Mont Ventoux. Desempolvé el maillot del Peugeot, que llevaba 50 años recogido, y me hice una foto en el monolito que honra a Tom Simpson. Había coincidido con él en amateurs  y guardaba un amable recuerdo”, afirma.   

Respecto al resto de compañeros con los que compartió carretera, Eloy no ha perdido el contacto con algunos; como con Jean-Paul Laplace, también del Peugeot. “El año pasado nos reencontramos, desde 1967. Nos juntamos los dos matrimonios en Compiegne, que es el lugar donde arranca la París-Roubaix. Estuvimos todo el día rememorando los tiempos del Peugeot”, cuenta. Además, también ha localizado al director y al mecánico del equipo francés. “Espero llamarlos pronto para poder reunirme con ellos después de cuarenta años. A otras personas puede parecerle irrelevante, pero para mí significa mucho volver a compartir un rato con ellos y recordar vivencias”, dice.

La gorra colgada da cuenta de lo que pudo ser y no fue.

La gorra colgada da cuenta de lo que pudo ser y no fue.

Un corazón gigante

Los ciclistas suelen estar dotados con un corazón mucho más grande que el de las personas corrientes. En algunos instantes, su órgano vital es capaz de bombear el doble de sangre que el de cualquier otro. Por tanto, sería lógico pensar que es mucho más difícil encoger su corazón; no es el caso de Eloy Porroche. Un día se encontraba en el sofá de su casa viendo la tele y salió un reportaje de niños con enfermedades raras. Le tocó dentro. “La desesperación de los padres me causó una tristeza profunda y decidí hacer algo para contribuir con ellos”, cuenta.

Eloy lanzó el reto benéfico de realizar el mismo recorrido de la Vuelta a España. Buscaba recaudar, al menos, unos 100.000 euros, con las aportaciones de los patrocinadores y los diferentes ayuntamientos de las localidades por las que transcurre la ruta. “Después del esfuerzo económico que les supone acercar la carrera a sus municipios, no les hubiera supuesto mucho desembolsar 1.000 euros más para contribuir con una causa benéfica como la mía”, cree.

La iniciativa llenó páginas enteras en diarios regionales e, incluso, contó con varios minutos en el programa radiofónico El Larguero. Las asociaciones de enfermedades raras y la organización de la Vuelta también recibieron la propuesta con buenos ojos, en un primer momento. “Yo tan solo pedía que se cubrieran los gastos de alojamiento y contar con un mecánico y un masajista, ya que la carrera dura tres semanas y, a mis años, los esfuerzos de este tipo se notan mucho más”, comparte.

Sin embargo, todo se estancó cuando se comprobaron las dificultades de llevar a cabo el proyecto. “Pasaban los días y seguía sin tener una respuesta oficial”, cuenta Eloy. La dificultad de rentabilizar la imagen de los patrocinadores era el principal obstáculo por parte de la organización. “Desde la Vuelta, me reconocieron la bondad de mi proyecto, pero me dijeron que sentían no poder darle la cobertura mediática por falta de recursos”, transmite con cierta pena. No obstante, el ciclista de Fuentes no descarta realizar un reto alternativo para contribuir con los jóvenes que padecen este tipo de enfermedades.

Mientras tanto, Eloy Porroche sigue dando pedales y ayer completó, por quinta ocasión, la Paris-Brest-Paris. Sin embargo, la satisfacción no es total, puesto que no ha recibido el segundo reconocimiento de Randonneur 5.000 km; un hecho que le habría ilusionado especialmente, porque sería el único español en conseguirlo dos veces. “Comencé la preparación de esta temporada pensando en el proyecto de la Vuelta, que era el que acaparaba mi atención, y dejé de lado el resto. Por ello, ahora ya no me queda tiempo para realizar las rutas que te exige el Audax Club [Parisien] para obtener este título”, explica Eloy.

La siguiente oportunidad se presenta dentro de cuatro años. “Seguiré luchando para conseguirlo, pero no sé si a mis 74 años estaré en condiciones”, comparte. Lo que sí es seguro para Eloy es que si volviera para atrás en el tiempo, el dilema que frenó su carrera ciclista se resolvería de forma diferente. “No me lo pensaría ni un minuto. Ahora renunciaría a volver a España para realizar el servicio militar. Me quedaría en Francia, entraría en el Batallón de Joinville y seguiría en el Peugeot. Estoy seguro de que hubiera pasado a profesionales, porque pienso que tenía madera de ciclista. Luego ya habría que ver hasta dónde hubiera llegado”.

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