La vida es una mierda, por Rust Cohle

Ángela Vicente//

Está en contra de cualquier religión, el sentido de la vida es la muerte. Y la acepta. Opina que la raza humana no debería seguir evolucionando y que las habilidades personales son mucho más importantes que el amor o los sentimientos. Él es Rust Cohle, detective de Louisiana.

Está en los huesos y parece consumido por la vida. Da la sensación de que se pelearía con el cielo si no le gustara su tono de azul. Me habían comentado que nunca sonríe, su mirada da miedo pero se muestra amargada al mismo tiempo. Su aspecto no adivina su edad real. Rubio, metro ochenta y lleno de arrugas. La gente del bar en el que me ha citado pensará que ronda los 65, pero su carné de identidad revelará que no supera los 55.

Antes de que llegase he estado repasando toda la información que tengo sobre él. Rust Cohle: detective, ¿ex drogadicto? y nihilista. Nació en Texas pero creció en Alaska, abandonado por su madre y criado por su padre divorciado. Poco se sabe de su vida antes de 1995 salvo que su única hija murió atropellada cuando tenía dos años y que eso le costó el matrimonio con su mujer. A partir de entonces, a principios de los 90, comenzó su camino hacia la autodestrucción. Después drogas, malas compañías y peleas a diario. “Soy lo que en filosofía se llama pesimista. No era el chico al que una madre hubiera invitado a tomar té helado en su perfecto porche mientras parloteábamos de nuestra perfecta vida”. Él era más de esos que salpicaban el porche con la sangre de otros.

Rust Cohle entra en el bar con aire cansado y arrastrando los pies. Por un momento pienso que la vida le hubiera tratado mejor estando en la cárcel que en la relativa libertad en la que ha vivido. Su primera reacción tras saludarme –nada de acercamiento, se limita a un buenos días- es la de sacar su paquete de tabaco y encender un cigarro. Dos trabajadores se acercan a nosotros. “Aquí no se puede hacer eso, señor”, comentan ambos al unísono. “No seáis gilipollas”, es la única respuesta que obtienen antes de que su encendedor se ilumine. 

 

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El viejo detective se presenta desdeñoso, desaliñado, parece que no ha dormido durante días o que ha sido consumido por las drogas, la soledad y su poco aprecio por la vida a partes iguales. El pelo es largo y rubio, recogido en una coleta que seguro lleva días sin cepillarse. Su trabajo de detective le ha pasado factura. El cansancio de los crímenes que lleva cargados a su espalda se refleja en sus ojos agotados.

-No puedo decir que el trabajo me hiciera ser de esta manera. Al contrario, ser como soy fue lo que me hizo adecuado para este trabajo. Antes solía pensar más al respecto, pero cuando llegas a cierta edad ya sabes quién eres. La vida es lo suficientemente larga para ser bueno en una cosa, así que escoge bien en qué lo vas a ser- comenta cuando le pregunto por su profesión.

Casi lo expulsan del cuerpo de policía tras asesinar a un hombre que había matado a sus dos hijos. Al contarlo, parece una especie de vengador que no necesita un juez para impartir justicia. Se abraza a una noción romántica de cómo proteger a la humanidad: “el mundo necesita hombres malos. Somos los que mantenemos a raya a los otros hombres malos”, sentencia. La policía de Texas le dio trabajo en Louisiana a cambio de no ir a un centro psiquiátrico. En el año 1995 se llevó a cabo el traslado.

De pesimismo trata el asunto

Me pide que me monte en su camioneta, modelo Chevrolet Chayenne 89 roja. Nuestro silencioso viaje en coche me hace pensar en todo lo que Marty Hart, su antiguo compañero en el caso de Dora Lang, me contó hace unos días en una breve entrevista. El detective Hart describió a la perfección al Rustin Cohle de 1995:

-¿Cómo era trabajar con Rust, detective Hart?

-Los momentos más jodidamente tenebrosos eran los viajes en coche. Hubo unos meses, los que trabajé con él, en que mis viajes se convirtieron en pura explosión de filosofía y locura. Él expulsaba esos jodidos monólogos que hacían que se me pusieran los pelos de punta. Hablaba de muerte y fatalidades, de la religión y la estupidez humana. La primera vez que intenté profundizar en su desdeñosa vida se lo dije bien claro: “te ruego que te calles de una puta vez”. Pero no lo hizo.

-¿Qué le dijo?

-Siempre decía lo mismo. Hablaba de la errónea evolución de la conciencia humana, decía que no debíamos existir y que deberíamos “caminar de la mano hacia la extinción”. Era un pesimista que pensaba que la humanidad debía morir.

HBO's 'True Detective' trailer -- Pictured: Matthew McConaughey and Woody Harrelson (Screengrab)

Rust Cohle y Marty Hart en un viaje en coche (1995)

 

El Rust de 1995 que me relató Marty no me parece tan diferente al que yo he conocido en 2015. Un hombre que cree que puede hacer “cosas terribles a las personas con total impunidad”, que se deshace rápidamente de las personas con un simple “que te jodan” y, que probablemente, podría haber sido cualquiera de los asesinos a los que perseguía.

Cohle es un recluso por voluntad propia. Vive en un perpetuo exilio interior, orgulloso de su total carencia de afecto, acomodado en su autosuficiencia y en el sentido de su vida. El caso de Dora Lang que investigó junto a Marty Hart en 1995 constituyó una auténtica aventura para él. Diecisiete años pasaron hasta que encontraron al culpable, y eso casi le cuesta la vida: en el año 1995 se encontró el cadáver de una joven de espaldas, atada y amordazada, llena de heridas y violada. Su cabeza portaba una cornamenta y en su cuerpo se dibujaban formas que parecían tener un sentido religioso. Fue el caso que determinó la carrera de ambos detectives. En 1995 culparon a un inocente y no fue hasta hace tres años, en 2012, cuando ambos detectives se volvieron a unir para resolver el caso.

-Rust desafió a sus propios demonios cuando investigamos el caso de Dora Lang. Había varias niñas secuestradas y asesinadas. Se enfrentó al mal de frente. Estuvo a punto de morir aunque, al fin y al cabo, él aceptaba la muerte. No hubiera sido un final tan terrible para Cohle –opina Hart.

-¿Qué fue lo que cambió del Rust de 1995 al de después del enfrentamiento con el asesino de Dora Lang?

-Lloró. Cuando salimos del hospital lloró. Cohle nunca había sonreído, pero tampoco había llorado, y aceptó la vida. Pensó que había algo más allá de ella. Ese caso destrozó todo su mundo. Me dijo: “pude sentir todas mis convicciones desvaneciéndose”. Creo que en ese momento abandonó parte de su idea pesimista de la vida y comenzó a ver la luz. Mencionó que la luz estaba ganando a la oscuridad –cuenta el detective.

Pregunto a Cohle por el caso de Dora Lang. Enciende un cigarro y aspira una larga calada. De los 17 años que pasaron desde que comenzó el caso hasta que atraparon al “Rey Amarillo” –así se hacía llamar el asesino-, Cohle recuerda de manera especial el día en que todo acabó, y que casi acaba también con él mismo:

-Dora Lang. Debería haber muerto cuando atrapamos al “Rey Amarillo”. Hubo un momento, cuando estaba inconsciente, que todo era oscuro. Pero bajo esa oscuridad había algo más caliente, y podía sentirlo, tía. Podía sentir que mi hija me estaba esperando y yo me dejé ir –explica con un hilo de voz-, pero no morí.

Lo recuerda con lágrimas a punto de brotar de sus ojos, se rasca la cabeza y suspira. El Rust de 2012 debería haberse liberado de algunos de sus fantasmas, dejar ir a su hija y en el mundo de la filosofía ya no hubiera sido lo que se llama un pesimista, sino más bien un hombre con un duro pasado. El Rust Cohle de 1995 menospreciaba la vida, aceptaba la muerte y llamaba “pedazo de mierda” a cualquiera que esperase una recompensa divina. “La raza humana se mueve por la falsa ilusión de que somos alguien”, opina. Sin embargo, después de conocer a Cohle, opino que Marty ha mentido. O que ha tratado poco con el Rust Cohle del presente. Tras el suceso de 2012 todavía quedan atisbos pesimistas de su yo pasado en él.

-Si la vida vale tan poco, ¿por qué nos levantamos cada mañana? –le pregunto a Cohle con el mayor grado de racionalidad que encuentro.

-Me digo a mí mismo que es para dar testimonio –enciende otro cigarro-, pero la respuesta más obvia es que estoy programado para ello y que carezco de la capacidad de suicidarme- sentencia.

Nos bajamos del coche al llegar a su casa. Está en un campo, cerca de un bar. Sigue frecuentando los bares casi todas las noches, eso no ha cambiado respecto al Rust Cohle de 2012. Se enciende otro cigarro. Tras cruzar el umbral, se atisba que el detective sigue aferrado a su idea de lo perenne. Parece que la oscuridad ha vuelto a tragarse a la luz. Un ser humano sería incapaz de vivir en 10 metros cuadrados, pero él lo hace. Cocina, baño y habitación improvisada casi en un mismo espacio, prácticamente vacío, en el que lo inerte ganaría una batalla frente a la vida. La casa de Rust Cohle es un espacio en el que su propio eco sería su único acompañante.

Ni amor ni religión

No siempre fue así. En esos 17 años que estuvo investigando el caso Lang no todo fue penumbra y resignación a la muerte. “En 2002 estuve saliendo con una chica, una amiga de Maggie –la ex mujer de Marty Hart”, comenta mientras saca de la nevera unas cervezas y se sienta en uno de los extremos de la única mesa de la casa. Recuerda esos años como soportables: “no diría que fueron felices, pero por lo menos no hablaba siempre conmigo mismo”. Rust no cree en el amor, opina que es una invención de la sociedad o de la genética para que las personas tengan algo en lo que pensar y por lo que vivir. “Esa gente se autoengaña”, opina que la idea de un amor para toda la vida no es sino una forma de seguir adelante, de pensar que alguien te puede querer más de lo que te deberías querer tú.

-Todos tenemos eso que yo llamo una ‘trampa vital’, esa certeza grabada en los genes de que las cosas serán diferentes, de que te mudarás a otra ciudad y conocerás a gente que serán tus amigos para el resto de tu vida, que te enamorarás y te sentirás realizado. Puta realización… Puta clausura… Frascos vacíos para contener esta tormenta de mierda… Joder, no se ha cumplido nada. Nada acaba nunca.

-¿A qué te refieres?

-Al final te das cuenta de que toda tu vida, todo tu amor, todo tu odio, todos tus recuerdos…era todo la misma cosa. Todo formaba parte del mismo sueño. Pero como pasa en muchos sueños, hay un monstruo final. He visto el final de miles de vidas. Cada uno tan seguro de que su vida es algo único e individual, algo con un propósito y un significado. Seguros de que son algo más que una marioneta biológica. Pero la verdad siempre sale a la luz y todos la ven.

Mientras habla, abre una lata de cerveza, después otra y después otra más. Entre tanto, se enciende un cigarro. Saca su navaja y comienza a juguetear con las latas ya vacías, las recorta y moldea en sus manos hasta crear varios monigotes de metal.  “Esto es lo que somos, como un débil dibujo de aluminio”, sentencia entre medias. Lo hace de forma serena, sin atisbo de nerviosismo. Habla sin apenas mirarme a los ojos y cuando lo hace es de forma fija, intimidante. De joven debía de ser un hombre guapo. Con una cabellera rubia bien arreglada y una sonrisa amable. Ese hombre ha desaparecido. “Pienso en mi hija ahora y en lo que se ha evitado. El problema es morir después, cuando ya has crecido. El daño ya está hecho”, explica de repente. Habla de la maldad de las personas, de los errores que cometen de adultas y de la poca conciencia de los actos de todas ellas.

-Mucha gente cree que puede haber algo mejor después: se llama redención

-Si lo único que hace que una persona sea decente es la expectativa de un premio divino, entonces, hermana, esa persona es un pedazo de mierda; y me gustaría poner a tantas de ellas al descubierto como sea posible.

Su vida siempre ha sido un círculo de violencia y degradación. Dice que está listo para cerrarlo mientra sigue fumando y bebiendo cerveza barata. Recuerda entonces su época como “Crush”, narco infiltrado en Texas, antes de unirse a la policía de Louisiana. “Las drogas iban y volvían todos los días”, explica. Ahora, después de una vida de excesos, no encuentra la paz por las noches sin relajantes musculares y pastillas para dormir. Su época como narcotraficante y miembro de una banda está desdibujada.

Su compañero Marty Hart tampoco supo hablar de aquellos tiempos. Le pido una segunda cita el miércoles siguiente en la que profundizar en “Crush” y no en “Rust”.

– Los miércoles después del mediodía no trabajo. El miércoles es uno de mis días libres. En mis días libres empiezo a beber al mediodía. No interrumpas eso.

*Rustin Cohle es un personaje de ficción interpretado por Matthew McConaughey en la serie True Detective, emitida en Estados Unidos por HBO. En España se retransmite a través de la plataforma de pago Canal+. Este texto corresponde a un perfil ficticio.

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