Para honrar a Cecil no basta un tweet

Paz Pérez//

cecilhelados

El pasado mes las portadas de los periódicos y las redes sociales siguieron el caso de la muerte de Cecil con una gran atención. El símbolo de Zimbawe fue cazado con un arco, por una flecha del cazador Walter Palmer. El relato de la muerte de Cecil es poderoso: la idea de un acaudalado profesional capaz de pagar más de 50.000 dólares para abatir a una fiera, de forma ilegal, que tardó dos días en morir y fue posteriormente despellejada y su cabeza usada para su colección, es un hecho que sin duda nos dejó helados.

Días después de que haya ocurrido, una se da cuenta de que nada ha cambiado. Como la mayoría de estas noticias que de pronto tiñen de indignación y cólera las múltiples plataformas sociales, pronto se decoloró en la inacción que se produce tras la queja. Volvió a verse ese espejismo en el que parece que por twittear una injusticia nuestra responsabilidad ha terminado. Y aquellos que decidieron actuar volcaron toda la ira contra el cazador, quien fue acosado en un acto de venganza irracional. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿cuántos de los que se indignaban y lamentaban la muerte de Cecil pasaron a colaborar con alguna de las asociaciones que luchan por impedirlo?

 

Walter Palmer solo es la personificación de un mal que asola toda África desde hace décadas. Vencerle no termina con el problema. Hace falta un auténtico compromiso que vaya más allá de lo momentáneo, y que, por supuesto, exige mucho más que comentarios furiosos en Twitter o Facebook, y más que una firma en change.org. La empatía y la indignación provocadas por la noticia son genuinas, pero ¿qué pasa después? ¿existe una preocupación real por los animales o tiene más que ver con las tendencias semanales? No se cuestiona aquí que la indignación fuera superficial o falsa, pero pedir coherencia con esa indignación es otra historia.

Podemos perdernos en eternos debates sobre por qué esto moviliza a más personas que otras tantas desgracias que ocurren a diario en el mundo, sin ir más lejos en el propio Zimbawe. Preguntarnos por qué esta noticia ha generado quejas y, sin embargo, se le hace poco caso a las constantes denuncias de la situación de los animales en las granjas industriales que llevan una vida peor que la que llevó Cecil hasta su muerte y cuyas imágenes no nos impiden seguir consumiendo su carne. Sin embargo, la verdadera cuestión es si esta historia provocará una acción real, unas consecuencias que impidan que pueda volver a suceder. Llevar a niños a circos con animales salvajes, por ejemplo, no está tan lejos ni tan remotamente relacionado con lo que le ha ocurrido a Cecil como podría parecernos. No estaría mal planteárnoslo.

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