#VERANODESASTROSO IV: CARMEN PARÍS, HISTORIAS DE PLAYA (SIN PLAYA)

Marta Asensio, Silvia Laboreo y Mariano Millán//

Intro Carmen París-01¡Qué ganas de ir a la playa! Pasas semanas enteras pensando en el viaje del año. Para muchos es el momento de estar en familia, de reencuentro con los amigos de la infancia, de “tranquilidad”… Sí, entre comillas. ¿Por qué?

Porque te imaginas una arena blanca, y te la encuentras llena de colillas. Porque durante meses ensayas una salida sexy del agua para ser el centro de atención y no la puedes hacer porque hay piedras en la orilla; también puede ser que en tu mente seas Halle Berry en Muere otro día y tu posado se asemeje más al de Belén Esteban un día de resaca. Porque te imaginas un mar cristalino y lo más transparente que hay en el agua son las medusas. Sí, sí, esas que te acaban picando año sí y año también. Porque sueñas con el Negritón del chiringuito y resulta que este año le han puesto una X con permanente rojo y te tienes que comer el Calipo. Y solo Calipo de fresa radioactiva, que el de lima limón también está agotado. Porque las señoras que se ofrecen a darte masajes no te dejan tomar el sol. Y para colmo, el día feliz en la playa se convierte en una incómoda situación cuando te das cuenta de que la vecina del quinto está haciendo topless a tu lado y alza su brazo para saludarte efusivamente. Por no citar los granitos de arena que se meten entre los dedos de los pies y la mezcla de crema de sol y arena. Siempre confié en que Art Attack haría alguna manualidad con ese emplaste pero no se dio el caso… Hablaré con Jordi Cruz. O con sus manos. O con el manitas y el cabezón.

Y el día no se podía torcer más hasta que das cuenta de que Juanito -ese niño que vive en tu casa, al que cada noche le cuentas un cuento, que sus padres te encomendaron que cuidases mientras ellos se iban a poner hasta arriba de gambas en el chiringuito, y del que no tenías que haber quitado ojo de encima- no está en el castillo de arena donde lo has visto por última vez.

¡Susto! El corazoncito te da un vuelco. “¿Dónde está Juanito?”, empiezas a gritar como lo hacía el abuelo de la Gran Familia cuando buscaba a su nieto Chencho en la Plaza Mayor de Madrid. Avanzas por la orilla pisando castillos, apartando a señoras que pasean con pareo y cada vez que vez que ves un niño miras rápido el color del bañador a ver si es como el de Juanito.

Vuelves con mucha angustia a la toalla, y te das cuenta de que está tranquilamente cogiendo conchas dos pasos más adelante. Lo enganchas del brazo y le gritas: “¿Sabes el susto que me has dado?”. El niño mira estupefacto a esa persona sonrojada y sudorosa que ha aparecido dando saltos por entre las dunas sin ningún sentido de la estética y del ritmo. No entiende nada. Pobre Juanito, lo único que había hecho era andar dos pasos más para conseguir unas conchas con las que decorar su palacio de arena. Algo así pensaría la prima de Carmen París.

Siempre hay traumas de verano y veranos que trauman −verbo recién aceptado por la RAE, la gente en la calle lo pedía a gritos-, especialmente en la infancia. Hay uno que la cantante Carmen París recuerda especialmente: “Una vez se nos perdió casi un día en la playa de Gandía una prima hermana mía (parezco las canciones de Bisbal con el -ía, -ía)”. No aclara en qué momento apareció, pero confiamos en que la niña no siga errante por la Comunidad Valenciana.

De los traumas pasamos a los tópicos estivales. Para la pregonera de las Fiestas del Pilar (¡Felicidades! ¡En Zero Grados ya te apoyábamos antes de que pregonearas cosas!), el más odioso es que “las parejas se separan más debido a que están juntas más tiempo”. Coincidimos con ella. La causa de los divorcios veraniegos no es el tiempo: son las discusiones en la playa porque te has olvidado la crema solar, porque el viento te ha robado la toalla y no has corrido detrás con suficiente ímpetu o porque los campamentos infantiles te devuelven a un ser hiperactivo que resulta ser tu hijo.

Sin embargo, lo peor de esta estación, para Carmen es no estar cerca de un mar. O incluso de un río. Detesta los días de calor extremo. Si tiene conciertos en zonas en las que discurra alguna corriente de agua continúa −más o menos caudalosa− siempre se maldice por olvidarse el bañador. Y si le dejan uno, como le ocurrió el mes pasado antes de una actuación en un pueblo turolense, ¡pa’ dentro! (aunque el agua esté a una temperatura que invita a los peces a ponerse una rebequita).

rebequita de peces-01

La cantante ha vBandera_Cuba2ivido, por supuesto, amores y desamores de verano. Que al irte a Cuba te adviertan que volverás enamorada como les pasa a todas y que tú asegures que vas a ser la excepción, no es óbice para que ello suceda. Y, por desgracia, no todos los boleros tienen final feliz. Sin embargo, esas experiencias le han servido a Carmen para componer canciones que enmudecen el alma y ponen los pelos de punta. Ya sabéis, si hay falta de inspiración, a incubar a La Habana.

Como en los meses veraniegos suele tocar ir de gira, no hay mucho tiempo para chiringuitos; Producciones Parisinas es una empresa demasiado sofisticada para reunirse en uno. El verano pasado en un viaje de Málaga a Granada, hubo que parar a comer. Eligieron una playa idílica a mitad de camino. En lugar de un chiringuito, se sentaron en un restaurante casi a la orilla de la playa. Era un sitio muy tranquilo y elegante -la Preysler con su pirámide de Ferrero Rocher no desentonaría, con eso os digo todo- y eso debían pensar varios felinos que rondaban la zona. La artista y su troupe pidieron paella. Los gatos acechaban de lejos con mirada extasiada. Uno negro, más valiente que el resto, se acercó a Carmen. La jotera cometió el error de darle algún grano de arroz. Al minuto siguiente había cinco como él. “Es que ha corrido la voz −explicaba Carmen−, el gato ha advertido a sus colegas que aquí hay una paya que les da comida”. Hubo que seguir alimentándolos con guisantes, almejas y verduras de esas que no sé qué pintan en la paella… El problema vino cuando la París encendió un cigarro y lo apartó para no molestar con el humo. El gato líder, creyendo que era comida, se abalanzó sobre su mano y ella no se dio cuenta. Carmen gritó y se dio un susto −del que algunos aún se siguen riendo−, porque además del arañazo, se quemó. Pero tranquilos, el gato salió indemne. Además nos enseñó una valiosa lección sobre lo dañino que es el tabaco.

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Sin embargo, lo más nocivo de esta época son las canciones del verano de las que nuestros oídos son víctimas. Para la zaragozana aún es más doloroso porque en su juventud −que a juzgar por su energía se prologa hasta hoy− se veía obligada a interpretar esos éxitos con las orquestas y grupos con los que amenizó los veranos. “El primero que me quemó fue El negro no puede− recuerda la jotera− pero luego vinieron El Venao, Manué no te arrime a la paré, El tiburón, King África, etc, etc”. Se nota que Carmen habla de hace dos décadas, hemos evolucionado mucho. El tiburón ha muerto. Este verano hemos pasado a El cocodrilo, también del grácil maestro King África.

Hace ya muchos años que Carmen París repudió los hits veraniegos. Ahora podemos disfrutar de sus propias canciones en todo tipo de formatos −la que vale, vale en cualquier escenario−: sola al piano, con trío, con el grupo Zoobazar y también en su recién estrenada colaboración con la cantante marroquí Nabyla Maan. El 8 de agosto toca en Peñarroya (Teruel), el 20 en Monzón (Huesca) y podéis consultar muchas más fechas en su página web. Si tenéis oportunidad de verla este verano, no os lo perdáis porque con ella, París bien vale unas risas (y si se lo pedís, igual os canta El tiburón).

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