Al son de la paz

Ana Baquerizo//

El pasado sábado, Pirineos Sur vivió su fiesta más dulce con Ara Malikian, Noa y Mira Awad. La lluvia no consiguió deslucir el talento de tres artistas que son, además, un ejemplo a seguir en la faceta personal.

María es una niña de once años que esta noche se va a dormir muy contenta: ha conseguido un autógrafo del violinista Ara Malikian tras su actuación en el festival Pirineos Sur. Estudia en el conservatorio y también quiere ser violinista, por eso ha venido a Lanuza ex profeso desde Zaragoza, con su familia. Su sonrisa es sincera, aunque tiene mucha vergüenza de mis preguntas y, algo sonrojada, baja la mirada sujetando el papelito con las dos manos, como protegiéndolo. Solo uno más de los detalles de cariño que Malikian dejó en este auditorio natural de vistas privilegiadas, ante un público armado en paraguas y chubasqueros, por la llovizna intermitente. Un panorama muy distinto al de sus primeros conciertos, cuando con siete años empezó a tocar en los refugios antiaéreos que protegían a la población civil durante la guerra civil del Líbano (1975-1990).

Este, sin embargo, era el primero de una gira que llevará su música a 17 lugares de España, el país donde reside. En una de sus últimas interpretaciones, un Aria de Johann Sebastian Bach, el artista salió a tocar entre los asistentes que, con caras de sorpresa, le hacían fotos o lo seguían con devoción, acompañando las notas suaves y delicadas como si de una procesión se tratara.

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El artista, tocando entre los asistentes al concierto

Entre el público, algunos fans de largo recorrido como Miguel Sáenz: “Es muy versátil, ha hecho teatro, actúa con orquesta… me gusta mucho en general”, afirma este vitoriano que sigue al violinista desde hace diez años. También desde el País Vasco vienen Ana y Carmen, que confiesan que “solo ya por el paisaje, merece la pena venir a Pirineos Sur. No conocía a este músico pero estamos encantadas con el ritmo que tiene, la viveza y los cambios que hace”.

Ara toca con sentimiento, se inclina, salta, se agacha y se levanta en lo que dura un parpadeo. Mueve su pelo que, lleno de rizos negros, abundante y enmarañado se lleva parte del protagonismo. Se encara con el contrabajo, como contestándole. Recorre el escenario de un lado para otro, acompañado por la combinación de notas que surgen de los otros instrumentos que conviven en el escenario: viola, violín, tablas indias, violonchelo…

Todo junto desprende una energía que anima al público, especialmente a una chica joven que baila con movimientos de brazos exagerados, en una especie de éxtasis.

Y, entre pieza y pieza, Ara Malikian confirma su desparpajo con algo de humor, como el paralelismo del concierto con un plato de jamón y picos de pan: “nunca he entendido la gracia de los picos, parece pienso de gato, combinado con algo tan suculento como el jamón ibérico. En este concierto, hemos tocado obras de grandes músicos y compositores como Vivaldi, eso es el jamón ibérico. Y, junto con eso, os vamos a ofrecer ahora algunos picos, composiciones mías, así que es el momento para ir al baño”, dijo despertando las risas del auditorio.

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Mucha emoción en el concierto

El Vals de Cairo, de sonido melifluo y dedicado a su hijo, llenó de emoción el ambiente. Casi tanto como el recuerdo que tuvo para sus abuelos, armenios fallecidos en el genocidio de este país, “porque recordando un genocidio se intenta que no vuelva a ocurrir”, reveló arrancando un aplauso dilatado a los congregados.

Una actuación que superó las expectativas en una noche de mucho talento, pues la que seguía tampoco era poca cosa: ni por la calidad de las cantantes, ni por su prestigio internacional, ni por el simbolismo que conlleva ver a una israelí y una palestina juntas. Antes de salir al escenario, fueron presentadas así: “a pesar de vivir en un territorio tan peligroso, solo disparan balas de amor y bombas de buena música”.

No era la primera vez que Noa y Mira Awad compartían escenario. Incluso participaron conjuntamente en el festival de Eurovisión 2009, como representantes de Israel, gritándole al mundo su There must be another way -Tiene que haber otra manera-, una canción por la paz que también cantaron –enérgicas y cogidas de la mano- esta vez en el Pirineo aragonés sin dejar indiferente al público. “Conozco a Noa desde hace muchos años. En Barcelona, donde vivo, la hemos visto alguna vez y vinimos aquí precisamente por ella. El espíritu que trasciende es muy chulo porque que una artista vaya más allá y use su figura pública para expresar sus ideas políticas y sociales me parece muy importante, son muy valientes al cantar juntas con el gran conflicto que hay entre Palestina Israel”, afirma Mónica Rodríguez que sigue el concierto con atención desde las primeras filas de la grada, con prismáticos incluidos.

Seguramente, el origen multicultural de ambas –Noa, de padres yemenitas y Mira, de madre búlgara- haga más fácil esa comunión pública que manifiestan. Después de un par de canciones, Noa se queda sola en el escenario. De tez dorada, ojos saltones y cabello encaracolado, se presenta en el escenario con una elegancia pasmosa. Moldea su voz, potente y directa, como quiere, al tiempo que mueve los brazos expresivamente. Provoca al público con una infinidad de muecas y expresiones simpáticas cuando la música es alegre; llena de sensibilidad y ternura el espacio con los ritmos más lentos. Pero no solo destaca como vocalista, también es buena percusionista. Primero, con los timbales; después, con una lata metálica de aceite, al son de una canción tradicional yemenita que avivó los vítores de la gente. La misma que la acompaña en el estribillo de La vida es bella.

Con el sombrero de Joaquín Sabina en mano, cantó You-Tu, canción que Noa escribió inspirada por el artista español y que, normalmente, interpretan juntos. También sonó Es caprichoso el azar, en alusión a Joan Manuel Serrat. El español de la israelí suena algo rígido, pero muy correcto.

Tras varios cambios de vestuario y muchos aplausos de por medio, Mira Awad volvió al escenario para cerrar una velada multilingüística, llena de delicadeza y buenos propósitos. Destacó la picardía de Will you dance with me? o el tema pegadizo Shalom salam –significa “paz” en hebreo y en árabe, respectivamente- que el público tarareaba incluso al salir del recinto, minutos después de que acabara el concierto, como lamentando que ya hubiera terminado una noche de esa música llena de contenido. De esa música que intenta cambiar el mundo.

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