Roberto Franco, sin etiquetas

Gloria Serrano//

Como Jekyll y Mister Hyde, pero cometiendo atentados contra el género y sin que uno se coma al otro. Así podríamos definir a Roberto y a Dody, o Dody y Roberto, como ustedes prefieran. Él, mexicano, actor y profesor de teatro en distintos centros. Dody, ni hombre ni mujer, amante de las pestañas postizas, las piernas bien peludas y la provocación. El problema -o la suerte- es que comparten un mismo cuerpo y las ganas de reventar cualquier etiqueta.

Su nombre es Roberto: cuerpo de hombre, conversación sin protocolos, espíritu revolucionario y revolucionado, inteligencia que fluye cual hemorragia. Su nombre es Dody: solo un cuerpo, irreverencia en ebullición, siempre intención desconcertante. Son Roberto Franco y Dody Maleanta. Una alianza y un juego de extremos en el que lo ardiente de Helios y la sensualidad de Selene son indisolubles. La transitoriedad del género con sus planicies, montes y abismos ineluctables; el trazo de la compleja geografía humana, despojada de etiquetas.

Dody Maleanta. Imagen: Jofe Briceño Fotografía

Dody Maleanta. Imagen: Jofe Briceño Fotografía. Maquillaje: Papo Moguel

El 17 de mayo se conmemoró, como cada año, el Día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia. En esta ocasión, sin embargo, la bandera arcoíris diseñada por el artista Gilbert Baker, símbolo de libertad y de orgullo, adquirió tonalidades diferentes. Primero porque en mayo Irlanda se convirtió en el primer país del mundo que aprobó por votación popular el matrimonio entre personas del mismo sexo. Segundo porque, en junio, la Suprema Corte de Justicia de México determinó que es inconstitucional y discriminatorio considerar al matrimonio solo como la unión entre hombre y mujer. Y tercero porque la recién electa alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, aseguró hace unos días que las fiestas del Orgullo son “una identificación con el Madrid de la libertad, de la diversidad y del desarrollo” y espera que se conviertan en “algo tan importante como la celebración de San Isidro, patrono de la Comunidad”.

Para hablar del tema nos reunimos con el actor mexicano Roberto Franco en Mérida, Yucatán, en una cafetería cuyo nombre poco importa porque, a pesar de su popularidad, la abundante mercadotecnia empleada para posicionarla ha terminado por dejar desprovista de identidad a esta franquicia. Todas son iguales y, desde su interior, todas las ciudades de México parecen similares. Lo único realmente distinto son las conversaciones que se entreveran alrededor de un café americano y un capuccino. Los nuestros están servidos. Primer tema: el Día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia

Como muchas otras fechas que se conmemoran, me parece que, con el tiempo, estas van perdiendo su intención y el cómo surgieron. El 17 de mayo de 1990, la Organización Mundial de la Salud decidió que la homosexualidad no era una enfermedad. Me parece padre celebrar el Día Contra la Homofobia y la Transfobia, pero, para hacerlo bien, tendríamos que recordar que esa descatalogización es todavía algo my reciente.

En mi opinión, el tema de la diversidad sexual nunca se va a acabar. Cada día se van descubriendo nuevas acepciones: intersexuales, pansexuales, tetrasexuales, omnisexuales… Creo que es algo intrínseco al ser humano y que, en algún momento, tendrá que llegar ese estadio en el que ya no sea relevante lo que hagas con tu cuerpo, que sea solo asunto tuyo y no haya necesidad de poner días para que la gente tome conciencia.

Y si al final eso sucede, buena parte del mérito corresponderá a las asociaciones que hacen frente a los embates de la sociedad. Aquí habría que decir que no todas las sociedades son iguales; cada sociedad asume la diversidad de manera distinta. En Yucatán, por ejemplo, creo que, durante la última década, se ha producido una cierta apertura… pero vigilada. Dejo que te asomes a la puerta, pero te pido que no salgas demasiado, que te mantengas un poquito adentro. No es totalmente abierta, y esto da margen a que se genere una especie de doble moral: te acepto pero no te acepto; dejo que te cases pero antes debes sufrir interponiendo un montón de recursos. No lo entiendo. Si te puedes casar en la capital y luego regresar a Yucatán, ¿por qué no facilitar las cosas ya directamente en Yucatán?

Volviendo al tema de la diversidad, creo que para que sea correctamente abordada hace falta una reeducación social y que se comiencen a eliminar las etiquetas, que joden mucho. Cuando dejemos de usarlas, ya no hablaremos de diversidad sexual, sino de equidad. No es agradable ver cómo, incluso dentro de la comunidad LGBTTTI, existen etiquetas y guetos. Por poner un ejemplo, parece que haya un antro exclusivo para los gays que dicen “no me voy a llevar con esa porque es una loca, y por locas como esta creen que todos los gays somos iguales”. Es terrible que existan esas ideas dentro de una comunidad que, si realmente quiere recibir ese nombre, debería rechazar esos prejuicios y tabúes.

– Discriminación interna en un colectivo ya de por sí discriminado…

Roberto Franco

Roberto Franco

Sí, todavía queda mucho por avanzar. Empezando, como te digo, por eliminar las etiquetas y darnos cuenta de que todos somos seres humanos, independientemente de que nos guste besar a un pedazo de madera o a un peluche. El otro día vi un programa de televisión en el que una muñeca inflable era la pareja de un señor y, bueno, si eso lo hace feliz… Tengo que decir que a mí me ha costado mucho trabajo entender estas cosas. Entre ellas, la idea “soy gay pero tengo que ser masculino”.

Pasé por muchas terapias en las que se tocó ese tema. Me acuerdo especialmente de dos psicólogos: uno decía que mi problema era caminar con la punta de los pies y no con la planta completa. Y el otro, guapísimo, les dijo a mis padres que su hijo debía socializar más con otros niños. En quinto grado, una maestra llamó también a mis padres por el simple hecho de que me gustaba mucho bordar. Y sí, me gustaba y me salían unos bordados preciosos, pero ella mantenía que debía jugar más al fútbol. Todo esto va construyendo, al menos en mi caso, una serie de moldes y prejuicios que, cuando creces, son muy difíciles de borrar.

Sí, fui un niño afeminado. Me gustaba bordar, sembrar, pintar… Me moría de ganas por tomar clases de ballet… y jamás lo dije. De adolescente, fui todavía más afeminado. Y no lo notaba. Recuerdo que me llevaban a las terapias y nadie me quería decir por qué. Me sacaron de mil escuelas, tuve que terminar la preparatoria en el sistema abierto… Un montón de cosas. Un día, mi madre me dijo: “A ver, ¿qué vas a hacer? ¿Quieres trabajar o estudiar? Dime qué quieres y yo te apoyo”. Fue entonces cuando entré en el Centro de Educación Artística y, por fin, encontré a gente como yo. De hecho, mis mejores amigos son de esa época. Allí, en el centro, empecé a leer, a ver más teatro. Luego, me fui a estudiar la licenciatura a Xalapa, lo que significó una apertura aún mayor.

“La homosexualidad no es un problema; la homofobia sí: es discriminación”. Mensaje del CONAPRED, Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación en México. Mientras la sociedad mexicana lo asimila, la conversación con Roberto continúa. Las risas se suceden, el tiempo pasa rápido y las etiquetas no tienen cabida.

Hace mucho que no digo “homosexual”. Me suena a término clínico, a enfermedad, a “denle una aspirina a ver si se cura”. Y “gay” me parece muy ligero. Sexualmente hablando, me gusta mi cuerpo, ser físicamente hombre. Pero también me gusta explotar mi parte de mujer. Siento que tengo una energía súper femenina, que soy como una mujer. Y eso me agrada porque me da mucho margen para hacer cosas. No recurro a la etiqueta “travesti”, simplemente soy yo.

Últimamente, he estado haciendo algunos experimentos: salir a la calle en tacones, ponerme pestañas postizas para ir a comprar. Quiero ver cómo reacciona la gente. En todo esto, mi marido ha sido realmente un santo. Me ha visto por todas las etapas, incluida esta, la de Dody Maleanta. Este domingo, por ejemplo, me maquilló para la función que tenía; siempre ha estado presente en todas mis actuaciones. Me acompaña también a elegir mis tacones, me dice “este vestido te queda bien”…

-La primera Encuesta Nacional sobre Discriminación en México, realizada en 2005, arrojó que cuatro de cada diez mexicanos no estarían dispuestos a vivir con personas homosexuales; uno de cada diez considera que gays y lesbianas deberían cambia su orientación sexual, y el mismo porcentaje les pediría que ocultasen su condición. En la vida de Roberto, ¿cómo se han materializado esas cifras?

Bueno, recuerdo que a mí madre mucha gente le decía “oye, como que tu hijo está rarito”, “oye, como que tu hijo es muy fino, ¿no?”. Se lo dije a los 23 y sí, fue muy complicado. Lo pasó mal y me culpó de mi propia orientación durante mucho tiempo. Me acuerdo también de que, cuando regresé a Mérida, tuvimos un problema porque invité a mi novio a comer, y fui muy incómodo. Pero, un día, hace seis años, me soltó: “Tú eres mi hijo. Yo soy tu madre. Sé que esto no es culpa mía; tampoco tuya. Te acepto, y puedes venir con tu pareja cuando quieras”.

Hoy, mi madre adora a Guillermo, comemos juntos, salimos juntos, vamos a la playa… como debe ser, vamos. Con mi padre también fue complicado, pero de un modo distinto: cuando salía el tema, se escabullía. Le decía: “Papá, tenemos que hablar”. Y él respondía: “Tengo que llevar el carro al mecánico”. Cuando lo encaró, simplemente dijo: “Está bien”.

En cuanto a mis tías, hay que decir que me jodieron más, la verdad. A veces me salían con el “oye, Roberto, es que me han dicho que eres cangrejo, que eres puto”. Y yo, claro, de pequeño, desde el fondo de mi corazón, lo negaba. Un día, me lo preguntaron más abiertamente: “Oye, Roberto, ¿qué pasa? ¿Por qué no te has casado ni nada? Tu primo ya tiene una hija”. Y yo les contesté: “Mira, tía, en primer lugar, mi primo puede tener mil hijos si quiere, eso no le hará un padre más responsable. Y, en segundo lugar, sí, soy reputo y me las como dobladas”.

Se hizo un silencio enorme y cambiaron de tema. Nunca me han vuelto a decir nada. Jamás. Ahora voy tranquilamente con mis aretes y mis tatuajes. Podían haber sucedido dos cosas: lo que pasó o que me hubiesen dicho “lárgate”. Ahora, mi madre es completamente una reina, mi papá lo va llevando y con mis tías ya no hay ningún problema. Además, en mi familia hay muchas personas “diversas”, y no les queda otra que aceptarlo.

Dody Maleanta y el actor Enrique Méndez. Imagen:  Jofe Briceño

Dody Maleanta y el actor Enrique Méndez. Imagen: Jofe Briceño Fotografía. Maquillaje: Papo Moguel

Dody Maleanta es más que maquillaje. Su intensidad no se limita al uso de la barra de labios y las brillantes lentejuelas de sus vestidos. Dody es, ante todo, ruptura, violación de un mundo cerrado, excluyente, asombrosamente rígido, que dicta las reglas de lo políticamente correcto. Su movimiento de caderas seduce, sus gestos atrapan, su lenguaje estridente es la antítesis de la moralidad anquilosada y los estereotipos enraizados. En ella-él, todo se mezcla, nada se esclarece. Es la-el protagonista de una lenta transformación social que, de momento, se percibe mejor al ver su espectáculo, La Tucha Cabaré.

Sé que no soy un cabrón… Bueno, sí, soy un cabrón. Pero no un maldito cabrón. A ver, sí, soy histérico, obsesivo, corrosivo. Sí, la gente me cansa, me harta, me desespera. Hay días en los que evito salir de casa porque como coja un coche… Pero todo esto también tiene su parte positiva: necesitaba sacar esos sentimientos, y una de las formas de hacerlo fue crear a Dody Maleanta.

En un principio, era una especie de alter ego de mi persona que hacía lo que yo no me atrevía a hacer. Pero, al pensar que era un alter ego, lo concebía como un personaje que tenía que interpretar. Y no, yo quería que Dody fuese otra persona, no un personaje. Así que comencé a trabajar con un buen amigo, profesor en la Universidad de Buffalo, quien me sugirió hacer algo más jugando con el género. Comenzó a enviarme información y, a partir de entonces, Dody fue avanzando hacia esa tierra de nadie en la que no se es ni hombre ni mujer. Además, comenzó a hacer lo que muchas personas se mueren por hacer y no se atreven por miedo a lo no correcto, a lo que no está bien visto.

Y a veces notas en tus propias carnes esa represión, esa rabia contenida, esa envidia. Recuerdo especialmente una función. Fue en una fecha cercana al debate sobre los matrimonios homosexuales en el Estado de Yucatán. En el espectáculo, hay una escena en la que interpetro la canción “Mi hombre”:

En cuanto le vi,
yo me dije para mí
es mi hombre.

Solo vivo por él
mientras quiera serme fiel

ese hombre…

Habla de una mujer maltratada por su hombre, quien, además, le quita todo su dinero. Pero a ella no le importa: lo sigue queriendo. La cantaba Mistinguette en Francia y, luego, Sara Montiel en España. Bueno, la Dody sale al escenario bien borracha, con un micro vestido de lentejuelas, tacones, cadena en el cuello, y elige a alguien del público que, mietras cante la canción, le fustigue con una especie de látigo. La gente se desbarata de la risa. En esa función, subí a un chico que, para que nos vamos engañar, era notoriamente femenino. Una persona cabal piensa que ese fustigamiento es un juego. Pues no, el joven me pisó y empujó de verdad. Más tarde, cuando pensé en lo sucedido me pregunté: Cabrón, ¿qué has visto en mí que tanto te molesta de ti?

– ¿Notas que en los últimos años las transgresiones de lo masculino y lo femenino se han popularizado?

Sí. En Yucatán, por lo menos, es sorprendente la cantidad de concursos de travestis que hay. Chicos que concursan por ser las más bonitas. Pero, al asumir esos roles femeninos, no piensan en grandes mexicanas como la revolucionaria Doña Josefa Ortiz de Domíngue o la gran poetisa Sor Juana Inés de la Cruz. No. Piensan en Barbie. Y el rol femenino no va más allá de lo sexual y la explotación en concursos. Por la noche, los ganadores, guapísimas, son aplaudidos. Pero, por la mañana, son repudiados porque, por Dios, ¿cómo voy a tener nada que ver yo con una travesti?

– Me viene a la mente la película La Jaula de las Locas y alguna que otra de Almodóvar.

Almodóvar. Personajes interesantes, con aristas… Todo lo contrario que el cine gay estilo Hollywood, donde todos son guapos, ricos y con perro. Luego, ves que van a los bares y, sorpresa, ligan. Y, como por desgracia y por regla general, los mexicanos solo vemos este tipo de cine, al final queremos ser como ellos. Pero la realidad es que el muchacho que te está limpiando el parabrisas también puede ser gay. Me encantaría ver una película con protagonistas homosexuales que vivan en la pobreza, una película que junte esas dos variables.

Dody Maleanta y el actor Enrique Méndez -de pie-. Imagen: Jofe Briceño

Dody Maleanta y el actor Enrique Méndez -de pie-. Imagen: Jofe Briceño Fotografía

-¿Puedes describirnos a Dody?

Sí, claro. Es como cualquier persona. De lunes a viernes es respetable y trabaja. Y el fin de semana se va a una cantina y se agarra a todos los hombres, les invita y se los lleva a su casa. Depués, vuelve a ser de nuevo una persona “correcta”. Dody no tiene ningún respeto por las barreras del género. Se ríe de que los hombres deban usar pantalón. La primera vez que presentó su show fue bastante tímida. Ahora, con el paso de las funciones, se ha convertido en toda una cínica. Ya está saliendo la parte que Dody quería reflejar.

-¿Y esa Dody desinhibida está abriendo brecha en Yucatán?

Bueno, últimamente los “me gusta” en mi página de Facebook están aumentando bastante. También creo que parte del éxito del espectáculo reside en que las historias que cuento no son inventadas, son reales, me han pasado. De pequeño, iba por ahí con el cuerpo enrollado en sábanas a modo de vestido y mis tías me subían a tarimas para que bailara música disco. Yo he protagonizado esas escenas y ahora las cuento a modo de anécdotas en el escenario. Y creo que a la gente les llega porque, independientemente de que seas hombre o mujer, todos nos pusimos una sábana por vestido y una toalla por peluca. Juego con esos recuerdos universales.

Y, bueno, volviendo a eso de hacerte conocido, como anécdota contarte que, cuando comencé a subir fotos de Dody Maleanta a Facebook, me empezaron a llegar solicitudes de amistad de muchos hombres que no conocía de nada y con los cuales no tenía ningún tipo de amigo en común. Yo a Papo, mi maquillador, le decía: “A ver, entendería las solicitudes si mi aspecto fuese femenino… Nalgas, cintura, cabello largo… Pero yo no me depilo las piernas, tengo barba…”. Y Papo muy sabiamente contestaba: “Hija, es que para todos hay”.

-El México actual, a la medida de las élites políticas y sociales, no convence ni a Roberto ni a Dody. Básicamente porque no tienen cabida en él, porque sus modos de ser y estar no se ajustan al mainstrean agradable y dominante. No les convence. Eso está claro. Pero cabría preguntarse también si hacen algo más para combatirlo. Si, por ejemplo, hablan de política en sus espectáculos.

No, hasta ahora, nunca. No obstante, tengo en mente una performance más política relacionada con el presidente Enrique Peña Nieto. ¿Conoces la canción de Las Ultrasónicas “¡Qué grosero!”?

Tú no entiendes.

Por personas como tú, desconfío de la gente.

Yo fingí que te quería,

Pero tú eres el que miente, ¡qué grosero!

Y ahora tengo que enterarme de que hasta hablas mal de mí.

Como introducción, Dody comienza a hablar de los hombres que la han engañado y la han dejado en la pobreza. A veces, el drama la invade y se tira por el suelo, se arrastra… Bueno, durante su actuación, Dody invita al pública a aprenderse el estribillo de la canción. Mientras, sostiene en sus manos una fotografía que no muestra al público. Y ya, al final, cuando la gente está gritando “Vales madre, vales verga”, volteo la foto y aparece Peña Nieto. Quiero hacerlo, pero no sé dónde incluirlo. El show está tan bien armado…

Desgraciadamente, llevo notando desde hace algún tiempo que la comunidad LGBTTTI mexicana ha abandonado el terreno de la política. En su seno hay una apatía enorme, muy pocos se involucran. En las manifestaciones por los estudiantes de Ayotzinapa faltó presencia LGBTTTI. Vale, cada cual está en su derecho de participar o no, pero, en un tema así… No obstante, no solo tiene la culpa la comunidad. Aquí, en Mérida, por ejemplo, ninguno de los tres candidatos a la Alcaldía incluyó en su programa propuestas relacionados con la diversidad afectivo-sexual. Y te aseguro que habría sido un hitazo y hubiran ganado un buen puñado de votos.

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