It’s Dylan, and only Dylan

Paz Pérez//

Bob Dylan no mira mucho al público, ni va de un lado al otro del escenario. Bob Dylan no finge que Zaragoza es su ciudad favorita, ni extiende la mano para que sus fans tengan el privilegio de tocarle. Bob Dylan no recurre a los clásicos para levantar al público –no le hace falta-. No hace grandes movimientos. A Bob Dylan le basta con golpear con su voz a la gente para dejarles sin aliento.

Este maestro del suspense aparece a oscuras sobre el escenario, con su clásico sombrero capuchino que puso de moda en los 70, y sin demasiados aspavientos. El Bob sobrio y controlado de siempre. No saluda, mucho mejor, comienza a cantar. Canta con la fuerza de un superviviente, con una voz rasgada que suena como una confesión pura y profundamente espiritual. Desde mi asiento compruebo que su alma de viejo rockero mantiene aquella voz que sonaba como si alguien abriera de una patada la puerta de tu mente.

Con una extraña paciencia rítmica sostiene las palabras para después llevarlas a un límite de graves y agudos imposibles. Sus clásicos suenan apenas irreconocibles hasta que llega el estribillo. Esto irrita a muchos de sus seguidores pero, para mí, supone descubrirle de nuevo, disfrutar lo auténtico.

The things have change, la canción con la que abrió el concierto, ya parecía advertir a su público de que el Dylan que se plantaba frente a ellos había cambiado. En el repertorio primaron temas propios de Tempest (2012) y Together Throug life (2009). Desempolvó su armónica con She belongs to me que arrancó aplausos. Mostró una parte tenebrosa con una eléctrica Pay in blood para romper con la balada romántica Full moon and empty arms. El tema de blues y swing desenfadado Duquesne Whistle fue sin duda el mejor acogido y pareció sacar un pequeño baile a Zimmerman, quien se paseó con su habitual estilo chulesco. La balada Waiting for you fue de las pocas canciones en las que su banda se calló para dejar paso a la voz rasgada del maestro. Tangled Up in Blue, sin duda, fue el tema más transformado, hasta el punto de ser casi irreconocible. Ni cedió a sus clásicos más esperados, ni se limitó a mostrar la potencia de su último disco. Se versionó a sí mismo, aunque, al final, Dylan sigue sonando a Dylan.

“Me han dejado verle pasar con la condición de que no le dijese nada”, me cuenta alegre uno de sus fans. Bob Dylan solo deja que le fotografíe una persona contratada, no se para con los fans ni les firma autógrafos, no saluda ni se despide en los conciertos y apenas habla con su propia discográfica. No recurre a los clásicos que le llevaron hasta donde está, busca otros ritmos, otros versos. Bob quiere ser un creador y no acomodarse en la sombra de su propia leyenda musical.

Poco a poco el profeta del caos –como lo denominaba Sabina- va invadiendo el lugar de la fuerza contenida de un soul, con cierto deje de country. El sentimiento es común, la gente comienza a levantarse y acercarse al límite permitido para poder sentir más cerca a esta leyenda de la música. Su voz ha provocado que la gente explote. Algunos, en recuerdos de una época que cambio toda una sociedad, y otros para poder sentir más cerca al que transmutó la generación beat en melodías. Todos. Tanto las generaciones que rompieron los límites en los setenta al son de Like a Rolling Stone como las que se criaron con la nostalgia musical de quien espera a otro mesías a ritmo de Knockin’ On Heaven’s Door, disfrutaron anoche en Zaragoza de la voz rota y de la poesía que la acompañaba. De un Bob diferente pero que mantuvo su esencia ácida y pasional.

ZG_BOBDYLAN

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