Joker, la sublimación del caos

David Lorao//

Después de 75 años en activo, el Joker continúa elevando la locura por las calles de Gotham y las viñetas de DC Comics.

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Ilustración de Mariano Millán

Gotham. La ciudad de las mil caras. Por el día, edificios afilados como garras rompen la sincronía de un cielo de ensueño. Por la noche, la herida de las calles de esta oscura urbe solo recibe un bálsamo de luz en forma de nocturno animal. El murciélago anda suelto. La sombra que proyecta el símbolo abarca desde el Callejón del Crimen hasta la mansión Wayne, desde los Narrows hasta el edificio del Departamento de Policía de Gotham City, donde el comisario Gordon apura los restos de un enorme puro tras su frondoso bigote. Suspira, expulsando volutas de humo azul sobre el foco que acaba de encender, y me mira. “¿Estás seguro de lo que vas a hacer, chico?”, pregunta. No, no lo estoy. Esta noche visito el lugar menos seguro de la ciudad menos segura del planeta: el asilo de Arkham.

Cuando uno visita Arkham la primera sensación que tiene es la de estar en un lugar y un tiempo que no le pertenecen. Edificio de una edad pasada reconvertido en hospital psiquiátrico para dementes criminales, Arkham es el epicentro de la única enfermedad que recorre Gotham desde la llegada del murciélago: la locura. Entro en el vestíbulo principal rodeado de policías y acompañado por el comisario Gordon, donde una mujer de pelo rubio, camisa naranja y pantalones ajustados negros me indica el lugar al que debo ir. En la mesa hay un cartel que reza “No hace falta estar loco para trabajar aquí… ¡Pero ayuda!”. No es de extrañar. En Arkham residen psicópatas enfermizos de la talla de Victor Zsasz, delincuentes obsesivos como Edward Nigma y mafiosos con delirios de grandeza encabezados por el Pingüino. Todo un laberinto de cicatrices, preguntas sin resolver y manías que no se encuentran ni en todas las páginas escritas por Freud. Arkham es la respuesta al nacimiento de Batman.

Avanzo por un corredor de paredes blancas y habitáculos minúsculos con puertas de acero, doble contrachapado, inoxidable, donde se hacinan los enfermos. Puertas que no han podido frenar a todos aquellos villanos que se enfrentan al Caballero Oscuro en cada rincón de Gotham, y mucho menos al que me han obligado a entrevistar. En uno de los carteles alcanzo a leer “DENT H. 0751”, pero mi corazón late con tanta violencia que no soy capaz de controlar mis sentidos ni de ver las dos caras que me miran con escepticismo y las manos que sujetan una moneda de plata a través de unos barrotes congelados. Antes de atravesar la última puerta hacia el infierno, mi destino, Gordon se para, extiende su mano y me desea suerte. “La vas a necesitar”, dice antes de marcharse negando con la cabeza sin mirarme, sabedor de la imprudencia que estoy a punto de cometer. Entiendo al comisario. Ningún padre querría ver de nuevo al culpable de que su hija esté en una silla de ruedas, incapacitada. Pero tengo que hacerlo. Llegado a este punto no puedo echarme atrás. Tengo que ver al Joker.

La inexpresividad de sus ojos es casi indescriptible. La celda 0801 del asilo de Arkham acoge a un monstruo de una naturaleza tan desconocida como el hombre que la ocupa. Su pelo, verde como la primavera, crece de manera irregular en un rostro blanco, casi muerto. Solo se quiebra por la tenue vida que parece surgir de la perenne mueca pintada de rojo. Es como una cicatriz con forma de sonrisa, la misma cicatriz que deja en la ciudad cada vez que sale del psiquiátrico. Traje morado oscuro, chaleco amarillo, pantalones grises y pajarita holgada que abarca hasta su pecho. La función del Príncipe Payaso del Crimen está a punto de comenzar. “¿Sabe que el último periodista que conocí acabó muerto?”, pregunta, entornando la mirada. Y yo no respondo. Dejo que la enloquecida risa que surge de la cicatriz resuene en las cuatro paredes; dejo que los guantes de color morado golpeen una y otra vez la mesa, provocando el tintineo de las cadenas; dejo que sea el Joker quien lleve la voz cantante, antes de atreverme a hacer lo que he venido a hacer al asilo de Arkham.

-Entonces, ¿qué debo hacer?

-¿Hacer? Debes hacer lo que haría cualquier hombre cuerdo en tu horrible situación. Volverse loco. JAJAJA.

Me está mirando. Sé que me está estudiando. Lo noto en el silencio que ha dejado el eco de su terrible carcajada. Antes de ser vencido por el miedo, saco del maletín un recorte de periódico. En la hoja desgastada por el tiempo se puede leer una noticia de Vicki Vale cuyo contenido hace que el Joker se incline hacia mí. El Príncipe Payaso del Crimen lee: “Un justiciero disfrazado de murciélago provoca heridas graves a un asesino. El maníaco homicida desfigurado ingresa en el hospital”. Vuelve a recostarse y deja vagar la mirada por la habitación desierta, vacía. Eso es lo que es el Joker: un vacío, una nada, un sinsentido.

-¿Lo recuerda? ¿Recuerda usted aquel día?

-¡Oh, yo no haría eso! Recordar es peligroso. El pasado me parece un lugar tan repleto de ansiedad y preocupaciones… Supongo que podríamos llamarlo “pretérito imperfecto”. JAJAJA. Los recuerdos pueden ser pequeñas bestias viles y repulsivas. Pero, ¿podemos vivir sin ellos? Los recuerdos son los cimientos de la razón. ¡Si no somos capaces de afrontarlos, negamos la razón misma!

-¿Qué es lo que propondría entonces? ¿Negar la razón?

-¿Por qué no hacerlo? ¡Tampoco es que tengamos un contrato que nos vincule a la racionalidad! ¡No hay cláusulas de cordura! La locura es una salida de emergencia.

Una salida que empieza a abrirse por momentos. El Joker ha perdido las facultades mentales del hombre corriente y tiende a ser un imán para las mentes trastornadas o propensas a la sugestión, como le sucedió a la doctora Harleen Quinzel. No quiere hablar de aquel día, no quiere hablar de Batman ni del momento exacto en el que el Caballero Oscuro lo obligó a caer en un río cubierto por los productos de la planta química ACE, deformándole el rostro, convirtiéndole en lo que es ahora. “Basta con un mal día para que el hombre más cuerdo del mundo enloquezca. A esa distancia está el mundo de mí. A un mal día”. Esa es la razón por la que el Joker no estima en nada la vida humana. “Lo más repulsivo del ser humano son sus inútiles y frágiles nociones del orden y de la cordura. Si pones demasiado peso sobre ellas se rompen”, piensa en voz alta. El Joker ha vivido en primera persona la gratuita injusticia de la existencia y el sinsabor del azar, y los ha elevado. Sus actos son de una violencia física y moral ilimitadas, pero su mente ha alcanzado la sublimación de la belleza del caos. Es la personificación de la locura.

-Oscar Wilde escribió en su día: “La vida es una cosa demasiado importante como para tomársela en serio”.

-¡Todo es una broma! Todo aquello que cualquiera ha valorado, por lo que ha luchado… ¡Es un gag demencial y monstruoso! ¿Por qué no pueden ver el lado divertido? ¿Por qué no se ríen? ¿Por qué están tan serios?

-Porque el mundo no es el resultado de la voluntad de una sola persona.

-¡Bah! Esa exagerada idea sobre la importancia de la humanidad, la conciencia social y el rancio optimismo…no es algo apto para aprensivos, ¿verdad? ¿Cómo sobrevive el hombre corriente en el cruel e irracional mundo de hoy?

-La triste realidad es que no muy bien.

-Enfrentándonos al hecho ineludible de que la existencia es una locura, algo aleatorio y sin sentido, una de cada ocho personas así termina por resquebrajarse y volverse loca. ¿Y quién puede culparlas? En un mundo tan psicótico como este cualquier otra reacción sería una locura.

Para el Joker, el hombre es demasiado pequeño en un universo muy grande. “La vida puede ser maravillosa en una celda acolchada. Puedes cambiar tu dolor por un cuarto sin ventanas y dos inyecciones diarias”, asegura, provocando un estallido de carcajadas que deforma más si cabe la mueca roja de su cara. Me muevo inseguro en la incómoda silla de funcionario que me han prestado, mientras el Príncipe Payaso del Crimen continúa su discurso sobre la vida y la locura, los dos temas que ocupan la psique del demente que tengo delante. Habla con autoridad, con la seguridad del que reconoce en sus palabras el discurso aprehendido después de tantos años de aceptación psicopática, de adaptación al entorno. “Si le duele el alma, que le diagnostiquen; y si la vida le trata mal, no salde su deuda, ¡pierda la cabeza! JAJAJA”. Y yo sé lo que viene después, pero me niego a aceptarlo.

No aguanto más. Quiero salir de aquí. Quiero salir de Arkham, quiero salir de Gotham, quiero volver a la normalidad, a la seguridad de una vida con sentido. Quiero dejar atrás toda esta locura, pero ya es tarde. “Por dios, ¡me das ganas de vomitar!”, exclama el Joker levantándose de la silla y tirando las esposas al suelo. Ni el golpe del metal en las baldosas ni el “CLIC CLIC CLIC” del arma que saca el Joker de su icónico traje morado consiguen evitar que mi cuerpo quedé completamente paralizado. “¿Sabes? Es gracioso. Esta situación me recuerda a un chiste. Mira, había una vez dos tipos en un manicomio…”.

El ruido de las llaves sobre el metal, la puerta abriéndose lentamente, la misma sombra proyectada en la ciudad tras los barrotes, la mueca que desaparece en el rostro del Joker. “¡Bah! No tengo tiempo para esto”, gruñe. Antes de que el Príncipe Payaso del Crimen apriete el gatillo, de que la bala atraviese la carne, el músculo y el hueso que antes eran míos, de que un gigante vestido de murciélago sonría, suspire “Joker”, y salga disparado hacia el torrente de carcajadas que se ha liberado por los pasillos de Arkham, de que la ciudad vuelva a ser sometida al caos y a la locura de un hombre sin rostro; antes de todo eso, el fuerte olor a tinta de las páginas sigue reciente en mis manos cuando coloco el tomo en las estanterías. Sin embargo, el miedo sigue recorriendo mi cuerpo porque tengo la certeza de lo que va a pasar en el siguiente cómic: el Joker me está esperando.

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