Kouki Demizu: Medio mundo por flamenco

Mikel Forcadell//

España despierta pasiones entre los turistas por sus costas infinitas que abrigan un interior con ciudades llenas de monumentos y una gastronomía que se huele desde el otro extremo del mundo. De ahí mismo, de Japón, miles de visitantes se acercan a nuestro país por el fútbol, las tapas o el interés por una cultura que a algunos les resulta tan exótica como atrayente. Y por el flamenco, un arte, un baile y una filosofía de entender las cosas que, en algunos casos, acorta la distancia entre dos países tan lejanos.

Kouki bailando

Kouki actuando en uno de sus espectáculos en Japón. Foto: Kouki Demizu

El guitarrista se humedece los labios. Inspira profundamente y, tranquilo, toca los primeros acordes de una melodía que despierta pausada y rítmica. Al tiempo, mira hacia atrás. Otro hombre, de pie ante un micrófono, cierra los ojos. Parece sentir las notas de la guitarra que dan sentido a su cante. Con una fuerza que parece salir a partes iguales de sus pulmones y de su corazón, canta las primeras palabras de una canción flamenca. Palabras que se demoran por segundos en sus cuerdas vocales. Su voz se va apagando y, aún con los ojos cerrados, da un paso hacia atrás. Él, y otro grupo de hombres, acompañan con palmas el ritmo de la guitarra. El bailaor mira hacia el suelo mientras chasquea los dedos y taconea. La sala se ha dividido en dos mundos. El público, que contiene el aliento mientras dura la actuación, y el tablao. Es un espacio ajeno, envuelto en una tensión frágil, como si estuviera a punto de explotar. Y explota. La música de la guitarra se acelera y las manos apenas descansan entre palma y palma. El bailaor mueve los pies a un ritmo frenético mientras sus brazos, doblados y tensados, adoptan todo tipo de posturas. Es un baile salvaje, pero controlado. Y exaltado. Un sentimiento de pasión que parece desbordarse por las palabras del cantaor, las punteadas del guitarrista y el sentir de los pasos del artista. Como una montaña rusa, a veces tranquila y a veces vertiginosa, el baile llega a su fin. Por un momento, la magia de esos minutos danza en el ambiente. Cuando desaparece, el público estalla en vítores. El bailaor, un chico japonés, sonríe con todas sus fuerzas.

La primera vez que lo vi no me pareció japonés. Una tez oscura, de tonos tostados, enmarca unos ojos poco rasgados. Un tic nervioso los hace cerrarse con fuerza cada pocos segundos. Tiene el pelo largo y negro, recogido en una coleta que le llega un poco más abajo del cuello. La felicidad se posa en una sonrisa de dientes muy blancos. Más que japonés, parece un chico de una isla tropical en las que siempre hace buen tiempo y donde las playas son realmente bonitas. Tampoco pensaba que se hubiera recorrido medio mundo para venir a España porque le apasionase el flamenco. Su nombre es Kouki Demizu, tiene veinte años y es de Kadomashi, un barrio de Osaka a veinte minutos en tren del centro de esta ciudad. Estudia filología hispánica en la universidad privada Setsunan. En septiembre del año pasado, gracias al programa de intercambio que tiene su universidad con su homóloga zaragozana, pudo venir a estudiar a España. También está varios miles de kilómetros más cerca del objeto de su sueño: el flamenco. Pero su historia con el baile se remonta a diez años atrás.

Hay más de seiscientas cincuenta academias de flamenco repartidas por todo Japón. En una de ellas fue a fijarse la madre de Kouki. “Quería una actividad que le hiciese ejercitar el cuerpo y estar en forma. Y desde hacía mucho, el flamenco le gustaba”, explica. Kouki, al poco de empezar a bailar su madre, le siguió los pasos. Hijo de una ayudante de cocina en un restaurante local y un reparador de aparatos de aire acondicionado, no contó al principio con el visto bueno de todos. Su padre, boxeador cuando era joven, quería que Kouki continuase su estela. Se enfadó cuando su hijo le reveló que no quería hacer boxeo. El resto de su familia le preguntaba por qué no hacía lo mismo que el resto de japoneses. “¡Porque soy raro!”, responde riéndose Kouki. Antes de cumplir diez años había probado, como casi todos los chicos de su edad, el fútbol y el béisbol. Pero le aburrían. Cuando por primera vez vio a su madre golpeando el suelo a ritmo de tacón y agitando el vestido, algo hizo clic en su cuerpo. “Fue algo que me emocionó. No sé por qué exactamente, pero hubo algo que sentí dentro de mí que no sabía explicar. Todavía no sé ese algo”. Desde hace más de diez años, Kouki sigue bailando mientras busca esa respuesta que explique su amor al flamenco.

-¿Qué has descubierto en todos estos años? -pregunto curioso.

Se detiene a reflexionar unos instantes, pensando si ha entendido bien mi pregunta. Su tic le hace cerrar con fuerza los ojos mientras responde:

A veces lo pienso y creo que con el flamenco puedo ser natural. Me siento yo mismo, como si el flamenco revelase mi forma de ser. Normalmente cuando estás en la oficina o en la universidad, hay que mantener una fachada y todo tú es una decoración. Allí no siento que pueda ser yo mismo, no me puedo abrir del todo, mostrar todo lo que soy. Pero en el flamenco yo puedo hacer todo eso y puedo mostrar cómo soy de verdad.

No empezó bailando, sino que primero aprendió a tocar la guitarra y las palmas. Sin aprender esto no podía acompasar su baile con el ritmo de los músicos. Con todo, tenía que ir al colegio todos los días y, a veces, gracias a algún profesor indulgente, podía practicar flamenco en lugar de hacer alguna tarea. Ensayaba en la bañera de su casa mientras se duchaba. Cantaba y corregía una y otra vez la posición de los brazos. Tenía apenas once años y aprendía poco a poco. En sus zapatos, el ritmo del flamenco taconeaba cada vez más rápido.

La piel morena

Encierra curiosa el ritmo,

Ruido de palma

No esconde la nieve

El invierno de tus zapatos

Los tanka son poemas tradicionales japoneses que expresan un sentimiento relacionado con la naturaleza. Explican el fluir del tiempo y la esencia de las cosas. Con los años, Kouki fue encontrando su esencia en el flamenco. La primera vez que bailó se sorprendió. No había aprendido apenas a bailar cuando la profesora le sugirió bailar un palo flamenco ante todos sus compañeros. “Gracias a todo lo que había practicado con la guitarra y las palmas, pude seguir el ritmo sin problemas. Me sentí muy a gusto”, confiesa el japonés. Era la primera vez que podía disfrutar realmente con algo. Con el fútbol, el boxeo y otras actividades no se divertía del todo y no las disfrutaba. Así, hasta 2008, estuvo practicando la guitarra, las palmas y el canto, al tiempo que seguía bailando. En ese momento, se dedicó por completo al zapateado.

-¿Qué te hizo seguir con el baile y no con la guitarra o el cante?

Era necesario que supiera cómo cantar y tocar la guitarra para seguir el ritmo, el… ¿cómo se dice? ¿Awaseru? ¡Ah, sí! El compás del flamenco. Pero, al contrario que con el baile, cuando canto no puedo improvisar y no me siento natural. Y por esa razón, bailo flamenco. Si no, sería como cuando hacía boxeo.

Con el paso de los años, Kouki ha vivido muchas experiencias relacionadas con el flamenco. Recuerda con cariño un concurso en el que participó en 2012. Antes había realizado varios espectáculos por Japón y en China, pero era la primera vez que competía. Se encontraba muy nervioso, un sudor frío recorría su cuerpo vestido con un traje negro y una camisa azul eléctrico. Taconeaba de manera inconsciente sobre el suelo mientras esperaba su turno. Afuera, en los asientos de la sala, el público veía con atención cómo cada concursante hacía vibrar la madera con los zapatos. Entre ellos estaba su familia, sus profesores y compañeros. Cuando le llegó el turno y dio el primer paso, Kouki dejó de ser Kouki. O quizás se convirtió en ese Kouki natural, que puede mostrarse como es en realidad. Durante el baile había mucho ruido. Un jaleo que en flamenco no puede hacerse. El público ha de estar en silencio. El espectáculo se acaba y Kouki sonríe. No ha pasado de la primera ronda pero el público, a pesar de que no podía, le ha ovacionado. “No sé cómo no has pasado de ronda”, le confesó un periodista local dos semanas después, tras haberle pedido una entrevista.

-Por cosas como esa hago flamenco –confiesa- Por disfrutar mientras bailo y que otros puedan también divertirse con algo que me apasiona.

-¿Era lo que querías ser de pequeño?

-No tenía muy claro qué quería ser. Pero cuando comencé a bailar, supe que quería acercar España y Japón a través del flamenco.

Muchos sueños han ido surgiendo a medida que Kouki iba haciendo sonar su ritmo y sentir su pasión tablao tras tablao. Le encantaría poder organizar un congreso que reúna a grandes bailaores de flamenco en Japón para poder dar charlas. De mayor querría ser director de escenografía y productor de espectáculos de flamenco. Con veinte años, los sueños están a flor de piel.

Luna serena,

Guía sus sueños

Golpe de tacón

En tierra del flamenco

La noche primaveral

En marzo de 2010 viajó por primera vez a España. Un viaje de diez días con sus compañeros de academia a Granada, Madrid y Sevilla, la tierra del flamenco. Kouki sonríe y me revela:

– Yo conozco a Farruquito, ¿sabías?

Le conoció en ese primer viaje a España, en un espectáculo que daba el bailaor en Jerez. Kouki ya le había visto años atrás en una película musical llamada Bodas de gloria, que había protagonizado Farruquito en 1996. La primera vez que vio flamenco español en nuestro país fue del bailaor andaluz. “Fue muy, muy bonito. Solo pensé que quería ser como él”, recuerda mientras se bebe su café con hielo. Farruquito le recordaba a él cuando se ponía a zapatear sobre el escenario. Le hacía sentirse en mitad de la naturaleza, en medio del bosque, como dice él. Y, sobre todo, parecía que con cada paso que Farruquito daba, mostraba parte de su alma. Como hacía Kouki cuando bailaba. Se quedó esperando al finalizar el espectáculo, esperando poder conocerle. Por entonces, no sabía hablar español. Así que tuvo que ser su profesora quien les presentase.

Kouki continua su historia sobre Farruquito con total naturalidad, como si la hubiese contado miles de veces. Contento, me muestra la foto que se hizo con el artista andaluz y su hermano, y que ha puesto de fondo de pantalla de su móvil.

-Hablo demasiado de Farruquito, ¿verdad? – comenta riéndose. Y a continuación retoma su historia con entusiasmo.

Un año después, el bailaor voló a Japón para realizar un espectáculo en Tokio, Osaka y Nagoya. Farruquito también daba clases en un cursillo de tres semanas. Kouki se apuntó a todas las clases. En ese momento ya tenía un nombre artístico: Farolito. No en vano, llevaba ya ocho años bailando y era un profesional. Su profesora le había puesto ese apodo porque el nombre de Kouki se escribe con un ideograma que significa “brillante”, y él era como un faro pequeño al que todavía le quedaba brillar más fuerte pero que ya iluminaba cada vez que bailaba. “Le esperé a la salida de uno de sus espectáculos. Y le grité: ¡Farruquito! ¿Te acuerdas? ¡Soy Farolito!”, relata Kouki. Hasta que no le enseñó la foto, no le reconoció. En esas tres semanas, aprovechó para aprender todo lo que pudo de él. Durante casi siete años había sido el único chico en su grupo de flamenco, así que raras veces podía aprender flamenco de un hombre. Cuenta que le regaló todo tipo de cosas: parches para proteger los músculos de la espalda durante el baile, cremas faciales, toallas con su nombre inscrito… “La toalla le encantó y, por eso, yo creo que se volvió a acordar de mí cuando le hablé en 2013 al volver por segunda vez a España”, reflexiona.

Kouki (centro), con Farruquito (derecha) y su hermano, Farruco (izquierda).

Kouki (centro), con Farruquito (derecha) y su hermano, Farruco (izquierda).

Se mira los dedos y los hace danzar, como protagonistas silenciosos de un baile imaginario. Mientras, hace memoria. Volvió a Sevilla con sus profesores y algún compañero y, por suerte, tuvo dos días libres. Decidió pasarse por la casa del bailaor para verle y, de paso, entregarle una de esas toallas que tanto le gustaban. Llegó allí en taxi, puesto que el artista vive en un chalet alejado de Sevilla y no había una línea regular de autobuses. Apenas pudo verle unos minutos ya que tenía una celebración con su familia en el centro de Sevilla. Pero Farruquito ya no se olvidó de él. En diciembre del año pasado, durante su estancia en España como estudiante, pudo regresar a Sevilla para tener clases particulares con el bailaor, al precio de cien euros la hora. “Es muy caro”, reconoce al tiempo que abre los ojos. Aunque normalmente el precio es de ciento cincuenta la hora, a él le hacía un descuento por conocerle. Entre viaje y viaje, de Japón a España, y de España a Japón, Kouki pensaba que su sueño de niño de parecerse a Farruquito podía estar un poco más cerca.

Sueño de nubes

Brillo del sol naciente

Danza flamenca

Qué no daría por ver

Su sentir un día de verano

Kouki se planteó no ir a la universidad. Era estudiar español o no entrar. No había nada que le entusiasmase especialmente más allá del flamenco como para dedicarse profesionalmente. “Quería aprender español para conocer la letra de las canciones. También para poder hablar cuando viniese otra vez a España”, explica. Los profesores le dijeron que era el único alumno que habían tenido que estudiaba español por el flamenco. En el caso de los chicos, la mayoría empezaba a estudiar castellano por el fútbol y las chicas, porque les gustaba la cultura o porque era un idioma muy importante para trabajar fuera del país. Así que en septiembre del año pasado, cuando estaba en el tercer año de su carrera, vino a España. Desde entonces, no ha hecho más que viajar, aprender español y tomarse un tiempo para apreciar la tierra donde surgió el flamenco. En Zaragoza apenas hay salas para practicarlo y no se vive ni se siente como en Sevilla. Algunos días se acerca a algún parque y se pone a practicar él solo. Cada vez que puede, va a Andalucía.

Le da el sorbo final a su café con hielo mientras se concentra en la pantalla de su tablet. Es el último día para poder inscribirse a la 55ª edición del Festival Internacional de flamenco que organiza la Fundación del Cante de las Minas. Me mira con dudas, no sabe cómo hacer alguno de los pasos. Por la mañana ha conseguido resolver alguna de las cuestiones bancarias que le pedía el concurso para participar. Será el único japonés que entre taconeos, giros y movimientos enérgicos de brazos y cuello haga sentir al público murciano el flamenco de Japón. Y no le importa ganar. Solo quiere disfrutar bailando y ser el Kouki libre y natural cuando se envuelve de la magia del flamenco. En menos de un mes dejará la capital maña y pasará tres meses en Sevilla, aprendiendo su pasión y mejorando su más que correcto castellano. Si puede, verá a Farruquito alguna vez más para aprender de él. Y, en septiembre, cogerá el avión de regreso a Osaka. “Volveré muchas veces a España, pero no estaré tanto tiempo como en esta ocasión”, confiesa.

-Si volvieras a ser ese chico de diez años, ¿volverías a practicar flamenco?

-Sí, sin lugar a dudas. Quiero descubrir algún día ese algo especial que hace que el flamenco me emocione. Y quiero aprovechar y contar mi experiencia aquí. Ser ese puente entre Japón y España para que cada vez más japoneses aprendan flamenco –asegura ilusionado.

Caen las hojas

El viento se levanta

Guitarra y cante

Taconeando en otoño,

Volverán al sol de Japón

Se escucha la melodía de una guitarra. Sopla un aire cálido que agita la melena despeinada de Kouki. No muestra esa sonrisa cálida que lleva de acompañante allá donde va. Está concentrado. Para él solo existe la música, las punteadas de la guitarra, el canto sentido del cantaor que se apoya en las palmas que dan sus compañeros. Da pasos tranquilos y seguros. In crescendo, el ritmo progresa hasta hacerse frenético. Andalucía se viste de flamenco y dentro, en la sala donde solo existe el tablao, se respira el baile andaluz. Kouki no piensa en si está bailando en un teatro de Japón o en una pequeña sala que se levanta a orillas del Guadalquivir. Solo baila. Porque la pasión no entiende de lugares ni de lenguas. La magia se desvanece poco a poco. Kouki volverá a Japón, pero el flamenco irá allá donde vaya.

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