Churchill nunca pidió una beca

Fran Giménez Escalona//

“El optimista ve una oportunidad en cada peligro. El pesimista, un peligro en cada oportunidad”. Esta es una de las innumerables genialidades dialécticas que se atribuyen a Winston Churchill. A pesar de que resulta atrevido cuestionar la autoridad intelectual de quien fuera capaz de defender Inglaterra de Hitler y, al mismo tiempo, emborracharse en el Kremlin con el mismísimo Stalin, la percepción de sir Winston encierra una injusta dicotomía: deja relativamente bien parados a los primeros y acusa sin misericordia a los segundos. Hubiera sido más apropiado y ajustado a la realidad aclarar que “los optimistas ven una oportunidad en cada peligro hasta que se dan cuenta del peligro dentro de la oportunidad”. No culpo al premier británico por no haber llegado a esta conclusión. Honestamente, creo que nunca tuvo el coraje, ni mucho menos la necesidad de pedir una beca para estudiar.

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Winston Churchill haciendo el célebre gesto de la victoria

Solicitar una beca -o, en su defecto, ayuda económica– es una decisión que toman a diario estudiantes de todo el mundo en cualquier etapa educativa en que se encuentren. Ante ellos se abre un horizonte de universidades maravillosas, ciudades lejanas y empleos inimaginables en tiempos duros como los que vivimos. Pero atención a la letra pequeña: los osados que dan este paso son irremediablemente absorbidos por una espiral de papeleo y trámites burocráticos que, de conocerlos, habrían inspirado el Vuelva usted mañana. Es el caso de las becas que convoca una conocida entidad bancaria española para que estudiantes universitarios realicen estudios de posgrado. Pero podría ser cualquier otro ejemplo, porque en España da lo mismo si las ayudas las oferta el Banco Santander, el BBVA, La Caixa o si las ofrece la caja de ahorros de toda la vida. El papeleo y la burocracia no entienden de jerarquías.

Comenzar el proceso no es difícil. Es más, parece tan fácil que motiva a pedir cuantas más ayudas mejor. Empieza con estas condiciones: tener ciudadanía española, no ser beneficiario de otras becas/ayudas –en este punto más de uno tiene la costumbre de hacerse el sueco-, encontrarse en último curso del Grado o Licenciatura y demostrar –entiendo que mediante la correcta comprensión del texto de convocatoria- un buen conocimiento de la lengua castellana. “Perfecto”, exclama el aspirante, “continuemos”.

Forges, burocracia Zero grados

La siguiente etapa se llama “documentación a presentar” y se postula más complicada. El candidato debe estar ojo avizor para enfrentarse con las trampas disfrazadas de “en caso de” o “si el aspirante” que encontrará de ahora en adelante. Los párrafos y sus continuas subdivisiones no ponen tampoco nada de su parte. Parece incluso que una mano ha situado de forma sibilina “adjuntar la fotocopia del DNI y la fotografía del estudiante” en primer lugar. Que coja carrerilla, habrá pensado. En cuestión de minutos el potencial becado se encuentra redactando una memoria, traduciéndola al inglés, solicitando certificados de idiomas, de prácticas realizadas y hasta de un curso por correspondencia de mecanografía que realizó años atrás pero refrendado por un papel con un sello que de repente adquiere más validez que el heliocentrismo, la teoría de la Relatividad y los papeles de Bárcenas juntos.

Cuando el sufrido aspirante ha escaneado cada uno de los documentos, lee en un párrafo final: “Deberá obtener al menos dos cartas de referencia de docentes universitarios”. Y tras elaborar una lista de posibles padrinos de su candidatura, el estudiante acude decidido a la búsqueda de sus profesores, sacando a relucir toda su simpatía e intentando acertar con las horas de tutoría. Su paseo se convierte en una expedición de despacho en despacho, que recuerda a Las doce pruebas de Astérix, donde el pequeño héroe galo debe obtener un formulario en una oficina de imprevisibles funcionarios para pasar al siguiente reto.

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Fotograma de la escena descrita en Las doce pruebas de Astérix (Uderzo y Goscinny, 1976)

Reunida toda la documentación, la envía al órgano decisor, quien le responde con un escueto “gracias, su número de selección es ESTE, recibirá el resultado de la deliberación ESTE DÍA DE ESTE MES”. Nuestro anónimo candidato toma nota, se relaja y espera el veredicto. Su optimismo no ha decaído, incluso es mayor, renuncia a la humildad y, por instantes, cree que tiene asegurada la beca: “¿Quién va a pasar por todo esto para pedirla? ¿Cuántos van a perder tanto tiempo?”

Llega el día señalado, la hora de la verdad. El aspirante, que en segundos pasa del letargo al nerviosismo máximo, enciende el ordenador, abre su correo electrónico, hace “clic” sobre el documento con los números de los agraciados, busca el suyo en la lista, baja, sube, vuelve a bajar… pero no ve el suyo. No ha habido suerte. Rabia, decepción, frustración, las sensaciones que experimenta siguen esa escala descendente. Sin embargo, esa misma capacidad de escrutinio con que abordó el “proceso de preselección” le hace preguntarse: “¿Por qué no a mí? ¿Quién me ha juzgado? ¿Cuáles son los comentarios que he merecido?”. En la invisible sección de “preguntas frecuentes” halla la respuesta: “No se proporcionarán comentarios sobre solicitudes rechazadas. La decisión del tribunal es inapelable”. Y un aire oscurantista comienza a envolverlo todo: quién sabe a quién pertenece cada número seleccionado.

Dicen que la curiosidad mató al gato, pero aquí el difunto es el optimismo de nuestro aspirante, como el de tantos otros estudiantes y jóvenes. Como en Alicia en el país de las maravillas, cruzó a un mundo en el que se sentía perdido, donde todo aparecía más grande que él y eran los naipes quienes jugaban con él. A diferencia de lo que pensaba Winston Churchill, del optimismo al pesimismo solo hay un paso, el de sentirse engañado, y esa traición no entiende de personas, situaciones ni épocas. Pero en una cosa sí que acertó, y es que el optimismo es mucho mejor, porque ver el vaso medio vacío nunca sirve de gran ayuda en la vida.

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