“Chaval, dedícate a la poesía”

Antonio Pardo//

Tras la publicación de tres poemarios, el escritor Mario Hinojosa ha encontrado con Segunda Regional su lenguaje eléctrico y directo. Atrás queda el barroquismo de sus primeras composiciones líricas, sus regates y gambetas metafóricas. Ahora, su lenguaje es el sello del jugador veloz que fue. Un carrilero como el brasileño Cafú, capaz de salir desde atrás, coger descolocada a la defensa y, ya en la última línea, regalarle el gol al delantero, en forma de retrato de su adolescencia futbolística

Llegó su turno. Hasta ese momento, la victoria había coqueteado con los dos equipos desde los once metros, en la Ciudad Deportiva del Real Zaragoza. Pero ninguno lograba seducirla. Ahora, la responsabilidad recaía en Mario. Concretamente, en su bota derecha. Las piernas del lateral bilbilitano comenzaron a temblar al recibir la orden de su entrenador. Y al peso de cargar con el devenir del equipo, se sumó la consigna del árbitro que, sofocado por el calor de una mañana de junio, le animaba a resolver cuanto antes: “Venga majo, que yo tengo ganas de irme a comer. A ver si acabamos ya de una vez”. La presión crecía en el joven futbolista conforme se acercaba el instante de la ejecución. El silbato del juez sonó y entonces:

Aprietas el gatillo, disparas,

la sangre corre a borbotones

te tiras al suelo y ríes

el balón cuelga de la red.

Mario había marcado y, tras el fallo del rival, su equipo alzaba el trofeo de campeón de Aragón en categoría cadete. Estos versos del poema “Once metros” remiten a ese episodio, la vivencia con mayor significación en la vida futbolística del escritor Mario Hinojosa -Teruel, 1978-, y también de parte de su adolescencia. Porque de eso trata el poemario Segunda RegionalEditorial Comuniter-, de un retrato vital de sus años jóvenes, construido con historias que giran en torno al esférico en unos campos de tierra.

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Mario posa con el trofeo de campeones de Aragón

–  ¿Hay mucho de poesía en el fútbol?

–  Para mí, que he sacado adelante este libro, sí que la hay. Sobre todo, porque si vemos la poesía en grandes dimensiones, están la épica y la lírica, como los dos grandes vectores. Y de alguna forma, el fútbol engloba esas dos vertientes. Tiene mucho de épica, de lucha, de batalla. Y también de lírica, donde hay momentos duros y otros realmente muy hermosos.

A sus 37 años, el paso del tiempo ha permitido a Mario proyectar en forma de versos una visión nítida de esa vida futbolística que guió su adolescencia. “Cuando tú lo vives con 18 años todo parece muy grande. Pero, ahora, se ven las cosas con cierta distancia, lo que me ha facilitado utilizar imágenes más sencillas que antes no utilizaría”, reflexiona. No obstante, la pasión sigue latiendo en cada estrofa de sus poemas. “El fútbol produce unas emociones que están a la altura de casi cualquier sentimiento intenso: del amor, de la alegría y de la tristeza. Mario, además, lo utiliza como excusa para relacionarse con otras personas, hablar de la memoria, de sus primeras experiencias…”, cuenta su amigo, y editor de la obra, Octavio Gómez.

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Mario -segundo por la izquierda en la fila de arriba- en la U.E. Tàrrega

Mario Hinojosa entabló relación con el fútbol a los cinco años, rodeado de sus amigos en un campo de tierra. Calzaba unas botas J’hayber del número 32 y, por aquel entonces, aquel juego era tan solo pura diversión. “Luego, nos marchamos a vivir a Tárrega, un pueblo de la provincia de Lérida, y comencé a jugar en las categorías inferiores del equipo de la localidad, la Unió Esportiva Tárrega”, continua.  Allí, disfrutó del privilegio reservado a unos pocos: compartir equipo con un futuro campeón del mundo, Joan Capdevila. “Recuerdo que jugábamos en la calle y [Capdevila] era muy bueno. Es uno de los momentos más bonitos que guardo del fútbol”, alardea.

Mario recitando uno de los poemas de Segunda Regional

Mario recitando uno de los poemas de Segunda Regional

Más tarde, su familia cambió Tárrega por Calatayud, y Mario, la elástica blaugrana por el impoluto blanco de la escuela de fútbol base “El Cachirulo”. “Con Mario jugué seis o siete temporadas en la escuela de fútbol y, más tarde, en el Atlético Calatayud, el equipo que surgió tras la desaparición del C.D. Calatayud”, cuenta su amigo Alfredo Piquer, que no se ha querido perder la presentación del poemario en la FNAC de Zaragoza. Preguntado por los momentos especiales en el campo junto a Mario, Alfredo hace memoria y recuerda: “En los entrenamientos disfrutábamos mucho, porque ambos teníamos una gran pasión por jugar al fútbol. Pero, sin duda, recuerdo los instantes del penalti que le tocó tirar en una final”. Se refiere a la misma pena máxima que les coronó como reyes de Aragón. “Me acuerdo que le temblaban las piernas. Yo intentaba darle consejos sobre a qué lado lanzarlo, pero él tenía mucha más experiencia. Al final marcó y ganamos”, describe con una sonrisa.

Su palmarés se completó con algún que otro ascenso a Liga Nacional en su época de juvenil. “Llegué a salir en el once ideal de mi categoría que publicaba Equipo, un diario deportivo de Aragón. Por aquel entonces, me ilusioné con poder llegar a jugar en el Zaragoza” se sincera. Tras debutar en el Atlético Calatayud, pasó al C.D. Paracuellos de Jiloca. En esos tiempos, el equipo de la comarca bilbilitana jugaba en la Segunda Regional y le permitía a Mario compaginar los entrenamientos con los horarios de estudio de su licenciatura en Humanidades. Pero a los 22 años, la historia se acabó para él. Su esfera futbolística se había desinflado.

       –  ¿Qué ocurrió?

–  En los dos últimos años tuve muchos problemas de roturas fibrilares. A mí lo que más me gustaba era sorprender por la banda. Esperar a que toda la defensa estuviera sentada, salir de la nada y despistar a toda la gente. Y ya no podía hacer eso. Entonces me vi limitado, la vida me había atropellado físicamente. Pero más que un dolor físico fue un dolor de impotencia, porque realmente mi cuerpo no me seguía y no podía solucionarlo.

       –  ¿Cuándo decidió dejarlo?

–  La verdad es que he borrado el partido concreto. Porque era un recuerdo doloroso y triste. Tras esa lesión, a diferencia de lo que ocurre con las derrotas, no había esperanza alguna. De lo que sí me acuerdo es de irme a las duchas, en muchos partidos de esa última temporada, en el minuto 20. Yo soy muy exigente conmigo mismo y creo que cuando uno no puede demostrar todo lo que tiene que hacer, lo mejor es colgar las botas, y que venga uno detrás y lo mejore. Así que eso fue lo que hice.

Quince años han pasado desde que se enfundó, por última vez, una camiseta en un partido oficial de fútbol. Pero Mario todavía conserva la planta del lateral rápido y espigado que fue. Tampoco ha olvidado los valores que la vida le enseñó en torno a un balón y veintiún futbolistas más. Y los demuestra en cada instante: en el agradecimiento de sus dedicatorias extensas, en la cercanía y el trato amable durante una entrevista en persona, en la humildad al hablar de su obra y en el humor que gasta junto a parte de su cuadrilla literaria, reunida en el Gran Café Zaragozano tras el recital poético. “El fútbol me transmitía sentimientos y emociones, como la alegría en las victorias y el fracaso y la frustración en las derrotas, pero también me enseñó a reconocer el verdadero sacrificio y esfuerzo. Esto me ayudó a construir mi carácter y personalidad durante la adolescencia, una etapa clave en la formación”, explica.

El fútbol que vivió estaba alejado de los grandes focos, de la mediatización de las televisiones y los derechos de imagen. Era un deporte más romántico, donde todo se vivía en pequeño y sin tanto dinero. Pero para él, “la auténtica materia prima del fútbol está presente en un campo de patatas, de cemento o en un terreno de juego de césped. Al igual que Messi o Cristiano, nosotros también queríamos meter un gol y ganar al adversario. Y esa es la esencia única del fútbol, la victoria”.

Por eso es lógico que las figuras propias del fútbol de primer nivel como el jugador genial, el árbitro perseguido o el colectivo de hooligans de la primera fila también estén presentes en algunos de los dieciocho poemas que componen la obra.

A través de un partido en que su equipo se jugaba el ascenso, el poeta refleja el espíritu de ese jugador brillante, capaz de lo mejor y de lo peor, pero inevitablemente adicto a los placeres de la vida. “Era mayo y el partido coincidía con una de las fiestas mayores de Calatayud. El entrenador nos dijo que ni se nos ocurriera salir ni mucho menos beber. Muchos no hicieron caso. Salieron y bebieron, y al día siguiente estaban en pésimas condiciones”, avanza.

[…] Gira el cuero en el pasto y no estás,

el ascenso tan cerca

y tú tan lejos.

(Rey de copas)

“Perdimos el partido y el trabajo entero de un año. Fueron momentos duros, pero en los que aprecias esa parte irregular y romántica del fútbol”, apostilla. Actualmente, Mario no reconoce en el verde a ningún poeta. Y se remite al pasado: “Maradona ha sido mi ídolo en el sentido de jugador genial. Con esa vida que ha llevado épica, y a la vez, con esas cosas tan hermosas que hacía con el balón. Eso es auténtica poesía”.

Los grandes poetas han desaparecido, pero hay algo que, desgraciadamente, sigue estando en la mayoría de los campos de fútbol, desde los grandes estadios hasta los modestos recintos deportivos de los equipos regionales: la violencia. “Cuando yo comencé a elaborar este poemario, creía que era algo que ya estaba erradicado, pero tras hablar con mucha gente me he dado cuenta de que no es así”, cuenta. “Es inadmisible que se produzcan vejaciones como la causada a un árbitro de fútbol en la regional andaluza. Ahora, con el teléfono móvil y las redes, podemos dar voz a estos sucesos, pero hace falta un cambio de mentalidad”, añade. Por eso, parte del libro es una crítica a este fenómeno negativo, algo que Mario también había vivido en sus propias carnes.

[…] Era raro, parecían amables

 recién salidas de una reunión de bolilleras

  o de una iglesia,

aunque después del ¡pártele la crisma!

sospechaste que nada más lejos de la realidad. […]

(Hooligans)

 La vis humorística que utiliza en algunos de sus poemas para buscar la reflexión del lector engarza con su capacidad para describir la realidad y la pureza de su lenguaje, dos atributos literarios que su amigo y editor Octavio reitera constantemente. “Al vivir en Teruel, su lenguaje es como más puro, y de alguna manera refleja algunos entornos que no estamos tan acostumbrados a ver”, apunta. El nervio, elemento inherente a las composiciones de Mario, también ha ayudado a dar este paso adelante en su camino literario. Un camino donde ya ha encontrado su forma de expresión ideal. “Mi poesía se ha convertido más en el nudo del tronco. La he ido talando, puliendo, y ahora es más ágil, más rápida y más contundente”, cuenta con satisfacción.

–  Y de vuelta al fútbol, ¿cómo ve al Real Zaragoza?

–  Yo soy muy optimista, y creo que, si no es esta temporada, el Real Zaragoza acabará subiendo la siguiente. Tras la marcha del anterior presidente, pienso que las cosas se están haciendo bien. Zaragoza y Aragón merecen volver a tener un equipo que repita los triunfos y alegrías que ha dado.

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Mario enfundado en la elástica bilbilitana antes de un partido

Pese a este sentimiento zaragocista, Mario Hinojosa no se prodiga por el coliseo blanquillo. “Uno de los últimos partidos que fui a La Romareda fue un Zaragoza-Real Madrid [temporada 1995/1996]. Ganó el Madrid con un gol de penalti de Hierro”, recuerda. Era el último partido del “Negro” Cáceres en el Real Zaragoza, y la jornada final de una Liga que ganó el Atlético de Madrid, donde jugaba un tal Diego Pablo Simeone. “Al C.D. Teruel sí que voy a verlo normalmente, porque vivo allí, pero no suelo ver tanto fútbol como antes. Prefiero tener tiempo para ver y vivir otras cosas que en su día no disfruté”, explica.

Parte de ese tiempo lo dedica a su familia, a su gratificante tarea de padre y al blog Al Alimón, un proyecto cultural junto con su mujer Yolanda, que es fotógrafa. “Mario es una persona extremadamente generosa y absolutamente auténtica, que ha elegido una manera de vivir y está viviendo con ella a tope. Y eso hace que en su literatura quede la pureza transmita pasión”, completa su amigo Octavio Gómez, a quien el autor de Segunda Regional dedica el libro. El privilegio de Octavio está compartido con Miguel Mena, “un referente de las letras aragonesas y, para mí, una persona que me ha ayudado en momentos muy complicados. Cada día que estoy con él en la radio, en A Vivir Aragón -Cadena SER-Radio Zaragoza-, me enseña muchísimo, y este es un gesto que le debía”.

La segunda parte de su poemario futbolístico tendrá que esperar, ya que ha comenzado a trabajar en una novela. Ya tiene muchos esquemas preparados y espera desarrollarla el próximo año. “Si fuera posible me gustaría que saliera con nosotros”, comparte Octavio Gómez. De momento, la vocación poética de Mario, deseosa de transformar historias inéditas en versos, espera impaciente en el banquillo. Una vocación que, según cuenta, despertó en él cuando, tras una mala jugada, el padre excéntrico de un compañero de equipo le gritó: “Chaval, dedícate a la poesía”.

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