La chica del dragón

Marta Asensio//

Eva Amaral consideraba que tenía voz de cazallera. Aunque la música era su pasión, no creía posible dedicarse a ello. Tras fascinar a varias profesoras de canto, se abrió hueco en el panorama musical hasta conquistar las listas de venta. Habrá que esperar a octubre para ver si su séptimo disco sigue la estela de los anteriores.

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Era la banda del barrio como los truenos sonando,
rompiendo la media noche encima del escenario.
Solo teníamos 15 años y ahí supe lo que sería,
dos corazones marcados para el resto de los días.

Malasaña se ha convertido en el Camden Town de Madrid y sus calles se perfilan como el núcleo de la vida nocturna. El alcohol, el rock, el desenfreno y una mezcla de gente variopinta se han apropiado del distrito. Uno de los locales de moda es el Wharf 73 -más fácil de encontrar que de pronunciar- en la calle Colón. En él trabaja esta noche de sábado una chica de mirada felina: llega al bar sobre la una y media de la madrugada y no saldrá hasta las seis. Como es pronto -en términos alcohólico festivos– el garito está bastante vacío. Eso no es óbice para que un grupo de chicas aborde a la recién llegada:

-¡Una foto, por favor!

-¡Ah y fírmame esto!

-¡Un selfie, maja!

Conseguido el reportaje, se retiran satisfechas y poco tardan en compartir en sus redes sociales: “¡Foto con Amaral!”. Amaral -que para sorpresa de muchos se llama Eva- saluda a los encargados y se dirige a la cabina del DJ, papel que desempeñará esta noche. Lleva más de un año pinchando música en diferentes bares madrileños -también hizo gira por Mallorca y Galicia- con la agencia Indiyeis.

Hubo otra época en la que también curró en un garito hasta las seis de la mañana. Fue durante su juventud, en el Azul Rock Café de Zaragoza. Compaginaba la carrera de Bellas Artes con el trabajo de camarera para poder costear su mayor afición: la música. Hizo de DJ y sirvió copas a gente como Penélope Cruz, Goya Toledo y Luis Alegre. Este último la recuerda con especial cariño: “En el Azul había una camarera joven, agradable y discreta: Eva Amaral. Al conversar siempre te miraba a los ojos”. Para el periodista, cuando hablaba, Eva tenía una voz muy sexy; pero cuando cantaba, sonaba aún mejor. “Nunca habíamos oído una voz tan bonita y tan melancólica”, rememora Alegre.

Veinte años después, ¿qué queda de aquella joven que soñaba con vivir de la música? Nada. Todo. Todo y nada a la vez.

Ha pasado el tiempo y no he dejado ni un momento de pensar

en los viejos sueños, en las noches de conciertos en un bar.

Desde hace dos décadas, Eva Amaral y el guitarrista Juan Aguirre forman uno de los grupos con mayor proyección del país. Acaban de anunciar que publicarán su séptimo disco en otoño: han terminado de componer y ahora entran al estudio a grabar. La fecha estimada para el lanzamiento era finales de 2014, luego lo atrasaron a febrero de este año y la definitiva es en octubre. El grupo es muy perfeccionista y no se caracteriza por su celeridad. Al igual que los dos anteriores, editarán el LP con su sello Discos Antártida. En 2008 dejaron EMI –su anterior discográfica- y optaron por la autoproducción. Para Eva Amaral y Juan Aguirre, la autogestión era el paso natural ya que siempre se han encargado de todos los detalles concernientes a sus discos.ZG_Amaral_1

Han dado pistas sobre su nuevo trabajo: más eléctrico, sintetizadores en lugar de guitarras, nuevos instrumentos… El año pasado regalaron un adelanto con Ratonera: una canción contra la clase política que sembró la polémica. Para algunos de sus incondicionales lo sorprendente no era el contenido –siempre han denunciado diversas causas- sino la forma. La letra se antoja demasiado sencilla y directa, muy alejada del lirismo y las dobles lecturas de anteriores composiciones. No obstante, la voz de Eva suena tan impactante como de costumbre y en directo gana en fuerza. El dúo explicó que probablemente este tema no forme parte del disco.

La armonía se restauró cuando presentaron algunas de las canciones que sí se incluirán. Unas veces se gana y otras se pierde relata una ruptura con la delicadeza y la elegancia características del dúo. Cazador presume de ese espíritu punk y alocado que invita a bailar. Y Nocturnal se dibuja melancólica y autodestructiva pero con un viso de esperanza al más puro estilo Amaral. Las interpretaron en diferentes festivales- Sonorama, Dcode y Pirineos Sur entre otros- y los asistentes manifestaron su total aquiescencia. En octubre volverán a sonar.

Atrás quedó la época en la que Eva y Juan pateaban cada garito de Zaragoza solos, con una guitarra. Buscaban una oportunidad que tardó en llegar. Esa es para muchos la clave de su triunfo: las bases sobre las que se cimienta su éxito son tan sólidas que resulta difícil que se tambaleen.

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Eva tocando la batería con 19 años. David Gil.

Antes de conocerse, ambos pertenecían a grupos de la Zaragoza de los noventa. Eva tocaba la batería –su primera vocación- en Bandera Blanca. Lo hacía con más entusiasmo y energía que profesionalidad: sus conocimientos se reducían a sus prácticas con tambores de detergente. Además cantaba en Lluvia Ácida. Juan era guitarrista en Días de vino y rosas, una banda que alcanzó bastante popularidad. Sus melodías se cruzaron cuando Aguirre grabó una colaboración con Lluvia Ácida. Ella se enamoró de su forma tan personal de tocar la guitarra; él se enamoró de sus ojos (de los de Eva, no de los propios). Formaron pareja sentimental antes que musical y estuvieron ocho años juntos.

Para Eva la música era una necesidad: “Con doce años me sentía distinta, no encajaba en ningún sitio, me costaba hablar y la música se convirtió en mi refugio”. Escuchaba los discos de su hermana mayor, como los Beatles o Simon & Garfunkel. Aprendió a tocar la guitarra de forma autodidacta y tomó clases de canto lírico en un centro cívico de Zaragoza. La profesora del centro llevó a Eva ante su propia maestra y esta, tras hacerle una prueba, aceptó darle clases con descuento: Cobraba un pastón por horas y yo no tenía parné…“, recuerda Eva. Sus padres no se tomaban en serio sus inquietudes artísticas y le pedían que ejerciese una profesión seria. Ella tampoco lo creía posible y pretendía ser dibujante de cómic. La inseguridad es inherente a esta artista desde pequeña.

Porque estas ansias de vivir no caben en una canción,

porque no importa el porvenir creímos en el Rock & Roll.

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Foto promocional de Chas Ray Krider

Probablemente si esa adolescente insegura hubiese visto a la DJ del Wharf73, no lograría reconocerse. A sus cuarenta y dos años -si el retratista de Dorian Gray no demuestra lo contrario- Eva está notablemente delgada, fruto de su afición a correr y a practicar deportes varios. Para pinchar música esta noche, ha elegido un vestido negro ajustado: sencillo pero con la elegancia rockera que la caracteriza. Una pequeña franja trasera permite vislumbrar las escamas del dragón que custodia toda su espalda. Se lo tatuó en 2004 y cuando su madre lo vio exclamó: “¡Qué horror, parece la tapicería de una silla!”. Tapicerías aparte, para Eva es un recordatorio de que posee más fuerza de la que cree. Esa fortaleza fue vital en las primeras andanzas de Amaral.

A principios de los 90 se presentaban en salas de Zaragoza como Eva y Juan. Él la animaba a crear su propio proyecto porque no concebía formar un grupo con su novia. Recorrieron durante seis años los garitos de su ciudad natal y cuando se les quedó pequeña, marcharon a Madrid. Pasaban temporadas en casas de amigos, dormían en colchonetas inflables y si no les pagaban, volvían a casa sin cenar. Con lo que sacaban de sus múltiples trabajos -Eva incluso se disfrazó de Super Mario en un centro comercial- compraban instrumentos y pagaban los desplazamientos. No se plantearon grabar un disco hasta que se percataron de que había lugares en los que no podían tocar sin un trabajo discográfico.

En 1998 lanzaron su primer CD: Amaral. Al principio Eva lo ideó como solista: la mayoría de las canciones eran suyas y llevó la batuta durante la grabación. Pero poco después, Juan Aguirre se convirtió en su otra mitad. Fue él quien eligió el nombre: el apellido Amaral le sonaba evocador, como sacado de una novela de Julio Verne. Eva no quería, lo asociaba a un recuerdo: “¡Amaral, a la pizarra!”. La repercusión de este primer disco fue mínima. Lo presentaron en una sala de Vitoria y asistieron dos espectadores y los camareros: cinco personas en total. Ese aforo se repitió en varias ciudades. Pero hubo quien confió en ellos desde el primer acorde.

Matías Uribe, reputado crítico musical, entrevistó a Eva un mes antes de la publicación del disco. El ambicioso titular rezaba: “Ha nacido una estrella”. Fue muy criticado y cuestionado. No obstante, el periodista, tras escuchar la voz de la maña unida a sus soberbias canciones, no albergó dudas: Desde Héroes del Silencio no había visto algo tan claro en el pop zaragozano”. La cantante y compositora confesó en aquella conversación que su única meta era seguir haciendo música. Uribe terminó el artículo con el siguiente alegato: “Quién sabe si de aquí a unos meses su modesto mundo de esperanzas no se le desbordará. En sus manos lleva oro puro para que ello ocurra”. Soberbio y premonitorio a partes iguales.

Cuando tocaba en los bares un borracho me decía:
“En las cenizas del fracaso está la sabiduría”

-¿Y cómo has acabado de DJ?

-Por amigos y amigos de amigos… Y por este de aquí.- Ilustra Eva señalando a su compañero de cabina.

“Este de aquí” es Xabier Blanco. Juntos forman el tándem “Eva A – Xabi B” y se turnan en los platos (en este caso, un Ipad). Comparten la pasión por la música y mezclan rock e indie de diferentes décadas: desde The Strokes a Beyoncé. Todo su set está diseñado con un objetivo: bailar, bailar hasta que salga el sol en Malasaña. Predican con el ejemplo. Eva se mueve al ritmo de cada tema, salta y demuestra que se los sabe todos. Y sonríe. Sonríe durante toda la velada, detalle que para un disc-jockey estándar no supondría una proeza pero la señorita rock&roll vive otra historia…

Eva A - Xabi B

Foto de Adrián López para Indiyeis

Al profeta Job se le considera santo por su paciencia; a Eva Amaral le valdría una captura de los comentarios de los fans en su perfil de Instagram (@evantartida) para convalidar el título. Le escribe desde gente que desea ser su gato – ¡ojo, ‘ser’, no ‘tener’!- hasta individuos que crean múltiples cuentas para promocionarse. También abundan los que le piden favores: discos, canciones, matrimonio… o quienes se ofrecen a colaborar en sus temas de forma altruista (ya puestos, si Amaral no tiene jefa de prensa, conste que una se sacrificaría). Este panorama que se teje en las redes sociales no es distinto en la vida real.

Da igual que la cantante pinche, vaya a por una copa o salga a fumar: siempre alguien permanece al acecho para pedirle una foto. Chicos jóvenes y también mujeres que los cuarenta ya no los cumplen. Muchos acuden con ese único propósito: entran, la abordan, se toman la foto y se marchan. Eso en el mejor de los casos. Porque luego están aquellos que la obligan a descolgarse de la cabina del DJ, ensayar cinco posados diferentes y grabar algún audio en el móvil. Sí, atender a los seguidores forma parte de su trabajo, pero muy pocos artistas se muestran accesibles las veinticuatro horas. Todo tiene un límite, todo menos –aparentemente- la paciencia de Eva.

La suerte para sus fans es que ella lo entiende. La compositora siempre se ha reconocido mitómana. Recuerda que tembló cuando conversó con Bob Dylan y que en su fotografía con ella, Patti Smith “refleja la luz de una manera distinta al resto del mundo”. Por eso siempre está dispuesta a repetir una foto o a dejar de comer si la saludan en un restaurante. Sus seguidores destacan su humildad y su cercanía: cuando termina los conciertos les regala púas, armónicas y panderetas. Durante una actuación una chica se mareó: Eva paró el concierto, le dio agua y se aseguró de que se recuperara. En otra ocasión, una seguidora le transmitió que su sueño era cantar con ella: en el primer concierto de la gira, Eva bajó y cantaron juntas. Sus incondicionales atesoran cientos de anécdotas de este tipo.

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Eva con el regalo de una seguidora

Si no fueran nuestros sueños pesadillas y todos los deseos utopías,
volvería en un acto total de rebeldía.

Todo ese reconocimiento no llegó con el primer disco. Tampoco con el segundo, Una pequeña parte del mundo, que si bien se vendió más, no fue muy escuchado. Pero la crítica cada vez los elogiaba más. A la tercera va la vencida, dicen. Así fue. Algo cambió con Estrella de mar. Corría el año 2002 y Amaral estaban grabando en Londres. Debían elegir una canción para que sonara de single en España. Sin ti no soy nada era la que más acabada tenían y ese fue el único motivo para elegirla. No les pareció buena idea: habla de dependencia, de sentimientos extremos, muy turbios. Demasiado melancólica. Pero sonó en las radios, ¡vaya si sonó! Terminada la grabación, volvieron a España. Ellos eran los mismos; su mundo, ya no. Así de radical.

No estaban preparados para la fama y no lo entendían. Seguramente tú tampoco lo comprendas al oír esa canción en cualquier parte -porque trece años después sigue siendo un hit-. Pero cuando has asistido a más de un centenar de conciertos del dúo, la escuchas por centésima vez en la desgarradora voz de Eva y te vuelve a poner los pelos de punta, te das cuenta de que Sin ti no soy nada encierra dolor y magia en proporciones similares. En sus letras prefieren la sinceridad a lo socialmente aceptado.

Estrella de mar conquistó el mercado. Estrella de mar supuso que en un concierto en Bilbao para 1.500 personas se presentaran 14.000. Estrella de mar fue el disco nacional más vendido en 2002. Estrella de mar alcanzó el escenario internacional al editar una versión en América. Estrella de mar recibió decenas de premios. Estrella de mar se transformó en una gira de dos años sin parar. Cuando terminó Estrella de mar, Juan sufrió una tendinitis que le impedía tocar la guitarra. Cuando terminó Estrella de mar, Eva se sentía sola.

Necesito alguien que comprenda
que estoy sola en medio de un montón de gente

Esa última frase fue la primera del siguiente disco: había más gente que nunca a su alrededor pero no se podían fiar de nadie. Estaban sometidos a muchísima presión y no se sentían preparados. La gira había sido demencial, con horarios incompatibles con el descanso. Tuvieron que parar unos meses para encerrarse en sí mismos y volver a pisar tierra. Cuando resurgieron, lo hicieron con Pájaros en la cabeza, que supuso la confirmación del éxito. Las cifras de ventas, los asistentes a conciertos y los reconocimientos crecieron exponencialmente. Eva y Juan llenaban con meses de antelación el Palacio de los Deportes de Madrid o el Sant Jordi de Barcelona.

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Eso les permitió auto producir su quinto disco: Gato Negro – Dragón Rojo. El animalario de Amaral iba creciendo. Pero para ellos lo más importante era conservar la autenticidad de aquellos dos chicos que tocaban en bares solo para los camareros. Por eso su sexto trabajo –y último por el momento- Hacia lo salvaje se coronó como el disco que mejor refleja el espíritu de Amaral: las guitarras capturan la misma electricidad que transmiten en directo; las melodías se revelan pegadizas y a la vez inquietantes y las letras se asemejan a poemas cuidados al milímetro.

Buscando vida en otros planetas, obsesionada con ir más allá

para alcanzar la emoción perfecta.

Pero el éxito de Amaral no radica en esos tres ingredientes. Cualquiera que haya escuchado en directo a la chica que se contonea en el Wharf73 al ritmo de Jerk It Out lo sabe. Para sus compañeros de profesión resulta evidente. Ya en 1999 Enrique Bunbury pronosticaba: “No sé cómo resaltar a esta persona porque para mí es la número uno sin ninguna duda. Es el futuro de esta ciudad, es la voz más importante que hay en Zaragoza”. Hace un par de años Santi Balmes, vocalista de Love of Lesbian, proclamaba: “Es una voz del rey Midas”. Su paisana Carmen París me confesó: “Es una voz que me da envidia”. Al entrevistarlos, periodistas como Iñaki Gabilondo o Andreu Buenafuente no se refieren a una de las mejores voces de la música en español: hablan de la mejor.

Cuando las revistas musicales publican listas de La mejor intérprete femenina del país, es muy raro que no las encabece la chica del sempiterno flequillo y el tatuaje de dragón. Mucha gente tacha su música de demasiado comercial o les reprochan el pesimismo de sus letras. Pero quien escucha en directo a Eva Amaral, aunque se mantenga en lo anterior, reconoce que la potencia y la precisión de su voz coquetean con lo extraordinario. Cuando interpreta algún tema especialmente complicado -como la versión de Rogaciano el Huapanguero de Chavela Vargas- sus fans lloran (con hipidos y pañuelos: las cosas o se hacen bien o no se hacen).

El primero que apostó por ella, Matías Uribe, se reafirma en su pronóstico: “Lo tiene todo o casi: potencia, armonía, timbre, un gusto exquisito, oído… Y además compone y escribe. Y toca la guitarra, la batería, la armónica, el bajo… Nadie ha reunido tantas condiciones en este país.” El veterano crítico la califica como la voz femenina más completa y perfecta de la historia del pop español.

Todo el mundo coincide. Todo el mundo menos Eva. Cuando le preguntan, asegura que “da el pego”. No es falsa modestia, simplemente no se entera: se trata de una mujer capaz de olvidar sus letras en pleno concierto o de dejarse el grifo abierto e inundarle el piso a su vecina. No permanece muy en contacto con la realidad. La mejor voz femenina de este país vive en su mundo particular de gatos y dragones.

Por todos los que un día se atrevieron a gritar que la tierra era redonda

y que había algo más que dragones y abismo.

-¿Qué tal tus hijos?

-Muy bien, ¡muy majicos!- contesta Eva con tono de madre orgullosa.

Sus hijos –que técnicamente son gatos- se llaman Frida y Fellini. Los adoptó en una protectora y para ella es lo más parecido a tener niños. Su sueño para la vejez es vivir en una casa en el campo con veinte o treinta felinos. Se define sin tapujos como “una loca de los gatos”. Hace unos años quería tener descendencia humana, pero siempre se ha considerado demasiado irresponsable para ello. La falta de tiempo hizo el resto. Ahora es feliz y ha retomado el espíritu adolescente de juergas e ingenuidad. Ella lo achaca irónicamente a la crisis de los cuarenta.

Pero no todo es música. También le interesa la fotografía. Durante su última gira, en los viajes por Alemania y Sudamérica, Eva se aficionó a hacer fotos. “Yo bajaba ya al desayuno con la cámara colgada y me decían los chicos de la banda: ‘¡Ya está aquí el National Geographic!’”, relata Eva entre risas. Posee una faceta de actriz. En 2003 protagonizó Flores para Maika, un corto contra la violencia de género en el que encarna a una mujer maltratada. Además es aficionada a diseñar su ropa. Quizá es el gen de su madre que fue sastra: Eva cose, customiza y hace apaños en sus prendas. Una vez incluso se fabricó un disfraz para una fiesta: “Me vestí de George Harrison. Hice una túnica con brocados, me recogí el pelo y me puse un bigote. Iba paseando por Madrid y la gente decía: ‘Mira, ¡Amaral con bigote!’”. Un chasco porque con tanta producción no consiguió su propósito. Juan Aguirre la define como una “mujer del Renacimiento”; ella por supuesto se lo toma a broma.

Otra vez me hablas con esa ironía extraña
y un infierno se desata
.

UHP óleo sobre tabla

“UHP” óleo sobre tabla de Borja Bonafuente.

A las cuatro de la madrugada el Wharf 73 está lleno. Algunos se reconocen como habituales del local y otros acuden a saludar a Eva. Este es el caso de Borja Bonafuente, un joven pintor hiperrealista de esos cuyos cuadros se confunden con fotografías. No solo les une una relación de amistad, sino que además Borja realizó las ilustraciones del último disco de Amaral. Los dibujos se proyectaron en una pantalla durante la gira y Eva le dio las gracias en cada concierto.

La cantante presenta el síndrome del Doctor Jekyll y Mister Hyde. Al hablar con ella conoces a una chica muy tímida, introvertida, poco perspicaz y huidiza. Antes de salir a escena, se pone nerviosa como si fuese la primera vez; tanto que a veces se pregunta: “¿Por qué diablos me dedicaré a esto?” Pero en cuanto comienza el concierto, se transforma en el dragón que lleva dentro -y fuera-. Epata con su voz, toca todo tipo de instrumentos peculiares -sitar, theremin e incluso hace sonar bien un tubo de obra- y convierte cada concierto en una catarsis colectiva. El público se ve arrastrado a la descarga de adrenalina: saltan, cantan, encienden bengalas, le tiran regalos… Y Eva responde con una mezcla de euforia y sentido del humor. Un ejemplo de su complicidad con el público: cada vez que elogian su belleza (de forma sutil: “¡Qué buena estás, joder!”), ella inquiere: “¿Dónde estabais cuando tenía dieciséis años y no me comía un rosco?”. Arrasa en una sala para sesenta personas con la misma energía que en un festival ante 25.000 almas. Pero cuando termina el concierto, Mr. Hyde se repliega y la timidez vuelve a adueñarse de Eva.

ZG_Amaral_3Esa bipolaridad se refuerza si el concierto es en Zaragoza. En todos los rincones de España siempre grita alguien: “¡Olé, maños!”. Aunque desde hace años reside en Madrid, nunca olvida sus raíces. Creció en el barrio de Casablanca y estudió en la Escuela de Artes y Oficios. Aunque sus padres ya no viven, tiene familia en la tierra del cierzo y suele visitarla bastante. Su ciudad natal atesora cientos de recuerdos. Cuenta que su padre, militar de profesión, pintaba de forma autodidacta y le influyó mucho: “Para mí, Zaragoza huele a sus pinturas, a óleo. Creo que verle continuamente con los pinceles me empujó a estudiar Bellas Artes”. Por todo ello, revela que cantar es más especial cuando recupera el acento maño y actúa en la ciudad que la vio nacer (y dar conciertos con tambores de detergente).

Tú eres lo último que veo antes de vencerme el sueño,
siempre estás conmigo en una dimensión, lejos del olvido.

A las seis de la mañana el rock se despide del Wharf 73 y con él, los DJs. A esa hora Madrid comienza a despertar y Eva se irá a dormir (si sus gatos se lo permiten tras el abandono nocturno). El próximo fin de semana pinchará en otro garito de Malasaña y lo hará con una sonrisa. Ahora cobra un caché y las copas se las sirven a ella.

Su modesto mundo de esperanzas se desbordó y es totalmente consciente de que puede volver a suceder. Sus discos podrían dejar de venderse y los estadios que llena quedar desiertos. “De los garitos venimos y a los garitos volveremos”, sentenció Juan Aguirre en una ocasión. A ellos solo les interesa hacer música: ya sea en un festival multitudinario o en una cabaña en el Pirineo. El éxito puede desvanecerse pero el trabajo y la dedicación permanecen. Es probable que dentro de veinte años una Eva desmelenada y con el espíritu punk de su juventud siga el ejemplo de su diosa Patti Smith y se niegue a abandonar los escenarios. Las viejas rockeras nunca mueren y reflejan la luz de una forma especial.

La joven camarera de Zaragoza que ansiaba vivir de la música tuvo que vender un bajo para ver a U2. La que ahora camina por Malasaña pudo permitirse donar a una causa benéfica los 30.000€ del Premio Nacional de las Músicas Actuales. No queda nada de esa chica. Queda todo de esa chica. La cantante superventas que al despedirse te da dos besos, te mira a los ojos y te da las gracias por haber acudido –a ti, fan fatal– derrocha la misma humildad, fuerza y gratitud que cuando actuaba para dos personas. Y por si le entran dudas, cuenta con un dragón guardándole las espaldas.

ZG_Amaral_4Eva Amaral es cantante, es Dj, es una estrella, es el súmmum de la paciencia, es mitómana, es madre de dos gatos, es una artista del Renacimiento, es Jekyll y Mister Hyde y es maña. Pero nunca ha dejado de ser esa camarera del Azul que cuando habla, tiene una voz muy sexy; pero cuando canta, es la voz más bonita y melancólica que jamás has escuchado.

Eran maneras de vivir por un pedazo de sueño,
siempre que salgo a tocar me acuerdo de aquellos tiempos.
Sigo buscando la verdad cuando se rompe el silencio,
siempre que salgo a tocar me vienen esos recuerdos.

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