Quien salva una vida, salva a un mundo entero

Aurora Pinto//

Ni la Orden de Malta del Vaticano ni la Medalla de los Justos de Israel. El mayor homenaje que jamás pudo recibir Ángel Sanz Briz fueron varias pepitas de manzana. Y todo por hacer lo que debía: salvar a más de 5.000 judíos de las fauces de los nazis en Hungría. Un documental del director Alejandro González recuerda la figura del “Ángel de Budapest.

 El 3 de febrero se presentó en los cines Aragonia de Zaragoza el largometraje documental  La encrucijada de Ángel Sanz Briz, de Alejandro González. La obra se centra en la figura de Ángel Sanz Briz (Zaragoza, 1910 – Roma, 1980), un diplomático zaragozano que, durante la Segunda Guerra Mundial, estuvo destinado en Budapest y salvó la vida de más de 5.000 judíos.

El género documental exige horas de trabajo y dedicación; por no hablar de la inversión económica. Y, para más inri, en muchas ocasiones, la visibilidad posterior es muy reducida. Teniendo en cuenta estos antecedentes, ¿qué es lo que llevó a Alejandro González a hacer realidad La encrucijada de Ángel Sanz Briz?

Curiosamente, fue culpa de Spielberg que Alejandro González (Zaragoza, 1968) llegara a la figura de Sanz Briz. La lista de Schindler, película de rentabilidad millonaria y valedora de siete Oscars, permitió al gran público conocer a Oskar Schindler, espía nazi que salvó la vida de unos 1.200 judíos empleándolo en sus fábricas. Ángel Sanz Briz hizo lo mismo: salvar judíos. Incluso más que Schlinder, afirma Alejandro González. Pero, a diferencia del espía alemán, el diplomático zaragozano todavía es una figura desconocida dentro y fuera de España. 

Alejandro González leyó el libro Un español frente al holocausto, de Diego Carcedo, texto que narra los hechos protagonizados por Sanz Briz, y se convenció de que existía un gran potencial visual en esa historia. Llamó al periodista y le comentó la idea de producir un documenta sobre el expedidor de pasaportes españoles a judíos en la Budapest nazi. Diego Carcedo apoyó el proyecto desde el principio y le presentó al hijo de Sanz Briz, Juan Carlos, en Madrid.

Diez años pasaron desde que Alejandro González descubrió la figura de Ángel Sanz Briz hasta que remató el documental. Años de investigación, de búsqueda de localizaciones, testimonios… En ocho meses llegó a elaborar veintidós versiones del guión. Dos años de rodaje. Veinticinco horas de material filmado. Meses de edición de imágenes para, al final, conseguir una historia de poco más de una hora.

Ahora llega la visibilidad; limitada, él lo sabe, pero llega. Tiene apoyos institucionales, tanto de Hungría como desde Israel, y está seguro de que el documental entrará en los círculos culturales sefardíes.

Zaragoza centralizó la producción; lo que no impidió que se realizaran dos viajes a Budapest, uno a Jerusalén y varios a Madrid. En un principio, los gastos corrieron a cargo de Alejandro González. La ayuda de la Diputación Provincial de Zaragoza llegó luego y, gracias a ella, se pudo grabar e investigar en la capital húngara. A la Diputación se sumó más tarde el Ayuntamiento de Zaragoza, el Gobierno de Aragón, Aragón TV, Hungría e Israel.

Alejandro González estaba motivado con la historia; no le preocupaba la rentabilidad, simplemente quería hacerlo. “Te hierve la sangre y ves cómo, a pesar de las guerras y de lo ocurrido, todavía existe una esperanza para creer en el ser humano. Esa es la fuerza y la base que me animó a realizar el documental”, asegura el director. Falta de financiación, bloqueo creativo a la hora de enlazar los materiales, dudas sobre la amortización del proyecto… Sí, todos esos problemas estaban allí, pero no podían con Alejandro.

Cartel oficial del documental

Cartel oficial del documental

“El mérito no está en que tenga mejor o peor fotografía; con las cámaras y la tecnología se facilita mucho el tema. Ahora, el reto está en contar buenas historias”, asegura el director. Y en su documental lo consigue. Esta es la primera incursión de Alejandro González en el género, y, también, su primer trabajo como autor. Se nota que, a sus espaldas, hay una extensa trayectoria en televisión: realización impecable; planos, iluminación y encuadres cuidados; ritmo adaptado al momento que narra…

El protagonista, Ángel Sanz Briz, se construye a través de testimonios de terceros, una documentación sólida y fuentes solventes. Las voces de la familia del diplomático zaragozanos se enlazan con las de historiadores, periodistas, diplomáticos y, como no podía ser de otra forma, con las de supervivientes que narran cómo fueron salvados. Además, para ilustrar el guión, se emplean imágenes del archivo fotográfico Fortepam de Hungría y del Centro Memorial del Holocausto de los Estados Unidos USMHM.

El documental explica los laberintos legislativos que Sanz Briz tuvo que diseñar para salvar la vida a cinco mil judíos y da a conocer las terribles condiciones en las que estos vivían. Hay testimonios duros y frases lapidarias, como la del propio Briz cuando deja Budapest para regresar a España: Vine a Budapest en busca del Danubio Azul, y me voy con el Danubio teñido de sangre. O la descripción que se hace de los “Work Service”, los terribles trabajos a los que eran sometidos los judíos para compensar el hecho de que el combate en el frente les estaba prohibido. No obstante, entre tanta desgracia, la valiente determinación de Ángel Sanz Briz consigue devolvernos la fe en la certera frase de la Torá: “Quien salva una vida, salva la humanidad entera”.

Aragonés tozudo. Esa es la fórmula que, treinta y cuatro años después de su muerte, emplea la familia de Ángel Sanz Briz para definir al diplomático aragonés. Y menos mal que lo fue. Como buen diplomático, informó de las brutalidades que estaba viendo al Gobierno español, pero este nunca contestaba. Entonces, surge el dilema: ¿qué hacer? ¿Mantener su estabilidad o arriesgar la vida y la carrera diplomática por salvar a los judíos? Tiene 32 años y opta por lo segundo, por no dar la espalda a la realidad que contempla aterrado. Para ello, teje una red de pasaportes, cartas de protección y pisos alquilados, una extensión clandestina de la delegación española que consigue salvar la vida de más de 5.000 judíos.

¿Y después qué? El silencio, la falta de reconocimiento público por razones diplomáticas. Todo eso aparece en el documental. Y también los tardíos homenajes: Justo entre las Naciones por el Estado de Israel, Cruz del Mérito de la República Húngara, placa en la Sinagoga de Budapest, Orden de Malta del Vaticano, Orden de Carlos III de España… Y, por supuesto, una plaza y un busto en su Zaragoza natal.

El director, Alejandro González, junto al busto de Ángel Sanz Briz en Zaragoza. Foto: Aurora Pinto.

El director, Alejandro González, junto al busto de Ángel Sanz Briz en Zaragoza. Foto: Aurora Pinto.

Aunque, quizá, el reconocimiento más sincero y emotivo sean las pepitas de manzana que una anciana siempre lleva consigo. Ángel Sanz Briz le dio esa fruta justo cuando, siendo una niña, la metió en un coche de la delegación española para salvarle la vida.

Ya existía una pieza audiovisual sobre Sanz Briz realizada en 2011 por una televisión privada en 2011. Pero no tiene nada que ver con el documental de Alejandro González. Este último evita las secuencias sensacionalistas y morbosas. Y, según el propio director, lo ha logrado gracias al respeto por el género documental y la huida de la ficción y la recreación. Además, Alejandro González graba a los supervivientes en los escenarios reales donde se desarrolló su relación con Ángel Sanz Briz.

En el plano de la ficción e inspirada en la historia del diplomático aragonés, cabe mencionar también la película de elocuente título El Ángel de Budapest (Oliveros, 2011). Desgraciadamente, no tuvo mucha visibilidad ya que las compañías norteamericanas no se fijaron en ella. 

El pasado 14 de abril, La encrucijada de Ángel Sanz Briz se presentó en la sala de documentales Cineteca de Madrid. Coincidiendo con esta puesta de largo, el Centro Sefarad de Madrid organizó una mesa redonda que congregó al director del documental, a miembros de la familia del diplomático, a un historiador húngaro y a representantes de las embajadas de Israel y Hungría. Todos recordando a un “ángel de Budapest, a un “justo entre las naciones”, a un hombre que, simplemente y con toda la valentía del mundo, hizo lo que tenía que hacer.

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