Las siete vidas de Estambul

Silvia Laboreo//

Siete vidas tiene un gato y siete vidas tiene Estambul. Cuenta la leyenda que un gato mató a una serpiente venenosa que se acercó a morder a Mahoma y esto hace que estos felinos sean muy apreciados en el islam. “El gato es alimentado y cuidado, no lastimado”. Esta frase del profeta Mahoma ilustra perfectamente el estatus de semi dios que estos animales ostentan en Estambul. Mires por donde mires hay gatos. Gatos recostados en las escaleras del Palacio de Topkapi, gatos apostados encima de los muros observando la vida que sucede a sus pies, grupos de gatos que corretean entre las piernas de los turistas en los restaurantes, gatos perezosos que duermen en las plazas e incluso, gatos que se convierten en pequeños polizones de los ferries que recorren el Bósforo de punta a punta.

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Gay Talese en su libro Retratos y encuentros clasificó a los gatos de Nueva York de tres maneras; gatos salvajes, bohemios y gatos a media jornada. Al contrario de lo que ocurre con los gatos neoyorquinos, en Estambul es imposible clasificar a sus gatos solo de tres maneras. Las opciones son infinitas, casi tantas como el número de gatos que habitan en la ciudad del Bósforo. Gatos persas, gatos siameses, gatos rayados, gatos negros. Gatos grandes, gatos atigrados, gatos manchados, gatos pequeños, gatos cojos, gatos tuertos, gatos callejeros, gatos marrones. La influencia de los gatos en Estambul es tan grande que podría decirse que la propia ciudad se ha metamorfoseado en uno de ellos. Estambul se fragmenta en siete partes, siete vidas, siete territorios diferentes; el Estambul oculto, el puente entre dos culturas, el Estambul hospitalario, el destino turístico, la Turquía tradicional, la ciudad cosmopolita y el Estambul sorprendente.

Lo tradicional

Me desperezo, estiro todos los músculos de mi cuerpo, cada uno de mis huesos cruje como si fuera la última vez que lo fuera a hacer y siento un escalofrío que me recorre la espina dorsal. El Sol está alto y me obliga a achinar los ojos.

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Un rayito decide escaparse y golpea mi nariz, provocándome un estornudo. La noche ha sido complicada, créanme. Me lavo la cara en una fuente cercana – el aseo mañanero es una costumbre que nunca, ni en las peores situaciones, hay que perder- y me dispongo a recorrer el barrio, a la búsqueda de un desayuno decente. Me encuentro en Aksaray, un barrio tradicional de mayoría musulmana situado a unas pocas paradas del centro turístico de Estambul.

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Camino rápido, sin detenerme, sorteando con agilidad cada uno de los taxis y carros que me encuentro; me deslizo por el hueco que deja un muro semiderruido y atravieso un parque hasta que llego al kebab de la esquina de la calle. Me asomo a la puerta y echo un vistazo a su interior. El local es oscuro, con cinco sillas de plástico que en otro tiempo debieron de ser blancas y dos mesas mugrientas. De las paredes doradas cuelgan dos posters de películas turcas de los 90 y al fondo una televisión emite una y otra vez los mejores hits de la radiofórmula. A la derecha, dos hombres apuran su té mientras juegan al Backgammon. Súbitamente los parroquianos giran sus cabezas y me observan con curiosidad, preguntándose qué se me ha perdido a mí, una gata joven y europea, en este lugar. Ni yo misma lo sé. Salgo del kebab y me dirijo a la mezquita de Pertevniyal Valide Sultan, una de las más antiguas de la ciudad. Por lo que sé, el rezo está a punto de comenzar. El Islam tiene cinco momentos de rezo al día que cambian al compás del Sol. Hoy es viernes, el día santo, y los musulmanes deben acudir a la mezquita por la mañana para el rezo comunitario. Mareas de hombres se dirigen a la mezquita. Adelantan en una misión casi suicida a los taxis y coches que sin ningún tipo de cuidado circulan por las aceras. Me pregunto si los conductores en Turquía pasan algún tipo de examen o simplemente les hacen una prueba para esquivar obstáculos. Los altavoces situados en los minaretes de las mezquitas repiten los versos del Al-Adhan o llamada a la oración. Allahu Akbar, Alá es el más grande, versos hipnóticoZG_Estambul_4s, cadencia perfecta. Me estiro frente a la mezquita y entro sigilosa por la zona reservada al rezo. Me coloco detrás de una columna, observo lo que ocurre a mi alrededor. Los hombres y las mujeres rezan divididos mientras repiten una y otra vez los versos del Corán. Cientos de pesadas lámparas de hierro decoradas con espirales iluminan la estancia, lo justo para lograr una atmósfera íntima. Cierro los ojos, siento el suelo bajo mis pies, preparo mis oídos y me dejo llevar. La musicalidad del rezo árabe es algo difícil de olvidar.

La cultura hospitalaria

Más tarde, caminamos a un restaurante cercano. El local es inclasificable, voy a intentarlo. Cientos de fotos de famosos acompañados de un señor extremadamente sonriente -intuyo que será el dueño- decoran las paredes. Ese toque kitsch combina a la perfección con el dorado de las paredes. Y con el dorado de las molduras de los techos. Y con el dorado de los platos, de los vasos, de las lámparas y de los cubiertos. Y con el dorado de los camareros. ¡Ah! No, que ellos van de negro. El estilo turco es un más es más, el minimalismo no ha llegado a Constantinopla. Dos banderitas; una turca y otra de Ynspanya, decoran nuestra mesa. Cuatro camareros nos rodean. Como accionados por un resorte, empiezan a danzar a nuestro alrededor. Nueve cartas sobrevuelan nuestras nueve cabezas mientras dos de ellos llenan nuestros vasos con agua una y otra vez. El hombre que aparece sonriendo en las fotos se acerca a nosotras, seguido por unos camareros que a duras penas pueden mantener el equilibrio, cargados como van con dos bandejas repletas de pan de pita. “From my house, from my house”. ¿Será un regalo? ¿O quizás un “regalo”? Llegan los postres. ¿Quién ha pedido postres? Nos miramos con un interrogante del tamaño de la Iglesia de Santa Sofía impreso en la frente. “From my house, from my house”. El té de la casa acompañado por galletas, manzana, rodajas de naranja y delicias turcas tradicionales. La preocupación empieza a afectar al grupo. ¿Por qué tanta amabilidad? –Han visto que somos españolas y nos van a timar-. El colmo del surrealismo llega cuando el mismo camarero de las mil y una jarras aparece con una vieja cámara de fotos. Vamos a aparecer en el hall de la fama del restaurante como -“esas españolas a las que les conseguimos colar toda la carta del restaurante” -qué honor. Pero un minuto. No dispare. ¿No va a venir el señor sonriente a fotografiarse con nosotros? El camarero hace la foto y se va. Dos minutos y veinte segundos después tenemos nueve fotos con sus respectivos marcos, adivinen el color –dorado por supuesto- colocadas debajo de nuestras narices. Algunas buscamos la cámara oculta mientras otras apuestan sobre la cantidad que vamos a tener que pagar. Otras por el contrario no saben si reír o echarse a llorar mientras observan la foto. Dudo de si aceptar la foto y le pregunto al camarero si verdaderamente todo es de la casa, si todo es un regalo. Su semblante se oscurece y me contesta con un lacónico sí. Llega la cuenta y todo es correcto, todo gratis y todo bien. Primera lección a golpe de choque cultural aprendida. La hospitalidad turca es un hecho.

Estambul turístico vs Estambul oculto

Si el primer día viví la Turquía más tradicional y hospitalaria, los días posteriores me encontré con el Estambul oculto. El Estambul de las callejuelas, de los rincones, de las escaleras que llevan a todas y a ninguna parte, de los puestos de comida callejera, de las terrazas mágicas y de los túneles secretos. La ciudad de las mil calles-todas ellas de nombres impronunciables-. Para descubrir el Estambul de los gatos no se necesitan mapas, brújulas ni indicaciones, solo caminar con los ojos muy abiertos.
Me habían hablado de unas terrazas situadas cerca del Gran Bazar que solo los gatos y unos pocos locales conocen. Recorro las calles adyacentes, esquivando una y otra vez a todos los comerciantes que intentan venderme cosas. Purpurina, purpurina y más purpurina, lentejuelas, luces, cristales y papel charol recubren los mil y un objetos que se amontonan en las estanterías de los comercios. No sé muy bien donde se encuentran esas terrazas, pregunto a unos y a otros hasta que finalmente llego a lo que parece ser mi destino. Un patio interior rodeado de arcos y tiendas y unas escaleras de madera al fondo. En el tejado se ve gente, estoy en el buen camino. Subo con cuidado por las escaleras hasta que llego al siguiente tramo.

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De repente una mano me toca el hombro, me giro y descubro a un hombre turco que se dirige a mí, en turco por supuesto. La única palabra que entiendo es PROBLEM. ¿Problem de qué? ¿No son estas las terrazas alternativas que me prometieron? Hago caso omiso y sigo subiendo, esta vez por una escala de metal de dudosa consistencia. Arriba me esperan unos gatos muy especiales. Gatos con casco, con mono de trabajo, gatos con martillos y cemento. Aquellos turistas que había visto allá arriba no son otra cosa que unos obreros que están reparando el tejado y que ahora observan patidifusos a esa joven occidental que mapa en mano ha llegado hasta esta cima. Creo que es hora de irme.

Decido probar suerte en la calle de al lado y me deslizo dentro de lo que parece una especie de edificio abandonado. Cruzo otro patio empedrado y subo por unas escaleras de madera.- Crgggg, crgggg- el suelo cruje bajo mis pies. Tengo miedo de haber invadido otra zona de obras y que el disfraz de gato me quede demasiado grande. Quizás no soy una gata, sino tan solo un perro perezoso de las calles de Estambul. Atravieso un pasillo cubierto de polvo y al momento sale a mi encuentro un anciano turco. Ropa oscura, andar renqueante y un sinfín de surcos que cruzan su rostro. Lleva unas enormes llaves en la mano, que agita ante mi mirada atónita. Al igual que San Pedro, este señor me abre las puertas del cielo. Porque detrás de esa puerta desvencijada, a solo unos peldaños de distancia, Estambul aparece ante mí pletórico. Me muevo con cuidado, sigilosa, disfrutando de aquellas vistas. Aprovecho una de las bóvedas que decoran el tejado y me recuesto a descansar.

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Allí arriba, sentada en un tejado y con la ciudad a mis pies, soy consciente de lo inmensamente grande que es Estambul. Los límites de la ciudad se extienden hasta donde no me alcanza la vista. Los edificios se apilan los unos encima de otros y el Bósforo, oasis azul entre tanto gris,  actúa como división natural de la parte europea y la asiática. Cada cierto tiempo los puntiagudos minaretes de las mezquitas rompen la monotonía arquitectónica que crea el hormigón y la piedra. Casi 15 millones de almas habitan en las calles de Estambul. Como dijo Gustave Flaubert, Estambul es una “enorme humanidad”. Unos metros más abajo de donde me encuentro, 15 millones de personas hacen su vida, trabajan, aman. Y la ciudad sigue creciendo. En los últimos tiempos alimentada por la inmigración que llega de las zonas rurales y también por otro tipo de habitantes que atesoran una historia más triste. Serhat, un amigo, me contaba hace unos días que en los últimos meses casi 4 millones de sirios habían tenido que desplazarse a Turquía, huyendo de la guerra en su país. La mayoría de ellos se encuentra en las calles de la ciudad, sin otra ayuda que las pocas liras que reciben de los viandantes. Pasado un rato, decido bajar del Cielo y poner los pies en la Tierra, esta gata se ha cansado de deambular.

El Estambul sorprendente y el cosmopolita

En algún lugar por encima del arcoíris, justo entre los barrios de Findikli y Cihangir, se alzan unas escaleras que serían la envidia de la mismísima Dorothy en El Mago de Oz. Una bonita casualidad me llevó a este lugar, que colorea la habitual grisura de las casas de Estambul. Azul, amarillo, rojo, verde, naranja violeta y añil fueron los colores elegidos por un simpático jubilado turco, Hüseyin Çetinel, para pintar las escaleras de su barrio. Quería que la gente se alegrara, que fuera feliz y para ello invirtió cuatro días y casi ochocientos euros en decorar los peldaños.

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A los pocos días este anciano se despertó con una noticia sorprendente. La escalera volvía a lucir gris. Después de negar lo evidente, el ayuntamiento de Estambul confesó que los servicios de limpieza habían sido los responsables de devolver la escalera al triste color original, lo que provocó una auténtica Revolución del Arcoíris en Turquía.

Miles de personas salieron a la calle en diferentes ciudades de Turquía para, armadas con brochas y pinceles, pintar de colores las escaleras de sus casas y barrios, de sus ciudades y parques. Unos dicen que fue una protesta contra el gobierno, otros que a favor de los derechos de los homosexuales. Nadie se pone de acuerdo, quizás el único que tenga la respuesta sea el propio anciano, al que se le puede ver muchos días sentado en las mismas escaleras mágicas que un día pintó. Yo no tuve suerte aquel día.

Subo peldaño a peldaño, color a color hasta que llego al barrio de Karakoy, uno de los más cosmopolitas de Estambul. La amalgama de culturas, esa mezcla perfecta entre Oriente y Occidente se hace mucho más evidente en la parte europea. Llego a la plaza de Taksim, epicentro de las protestas que hace dos primaveras incendiaron Estambul. Ahora cientos de jóvenes eligen la plaza como comienzo de una noche de diversión y la única lucha existente es la que mantienen los vendedores callejeros con las gaviotas del puerto. Camino por la calle de Istiklal Caddesi una de las principales arterias de esta zona. A un lado, Topshop. Al otro, Zara. El capitalismo infecta la antigua Constantinopla. El estilo europeo de los edificios de las calles principales, que recuerda en cierta medida a los edificios de los bulevares parisinos, se entremezcla con los negocios más tradicionales de las callejuelas que rodean al barrio. Pequeñas tiendecitas de frutas, barberías y tiendas de comestibles comparten espacio con tiendas vintage y de vinilos. Cada cierto tiempo un pequeño tranvía histórico, recreación de los tranvías antiguos de Estambul, cruza la calle asustando con sus pitidos a los viandantes. Jóvenes barbudos, muchachas con tatuajes, hipsters, punks y hippies comparten espacio con mujeres con chador. Un poco más allá una madre pide con su hijo en brazos. Supongo que esa debe ser la mezcla cultural que me prometía TripAdvisor.

ZG_Estambul_7Karakoy fue en sus orígenes un barrio obrero y era conocido también por la fama de sus prostíbulos. Ahora, las luces rojas han sido sustituidas por el neón de los restaurantes donde jóvenes cosmopolitas degustan frapuccinos de mil sabores y saborean sándwiches 100% orgánicos, veganos y ecofriendly. Hasta los gatos tienen un aire underground en Karakoy. Es extraño pero siento como me crece barba, se me acortan los pantalones y no puedo dejar de hablar con anglicismos. Creo que como siga un poco más en este ambiente voy a acabar transformándome en otra cosa. De repente el muecín llama al rezo de la tarde.

¡Miau! -maúllo aliviada-¡sigo en Estambul!

El puente entre dos culturas

Europa y Asia se dan la mano, se tocan con la puntita de los dedos y se chocan los cinco en un lugar muy especial de Estambul. 30 kilómetros, una anchura máxima de 3.700 metros y una mínima de 750, su nombre proviene del griego busfóros y significa transporte de bueyes.ZG_Estambul_8

Es el Bósforo, el trozo de mar que atraviesa la ciudad y la divide a su vez en dos zonas muy diferentes. Europa es bullicio, turismo y caos. Asia es tranquilidad, gente local y orden. Europa es sentarse delante de la Iglesia de Santa Sofía y ver la vida pasar. Asia es pasear por la orilla del Bósforo y disfrutar de sus atardeceres. Europa es el Gran Bazar, Asia es el mercado de pescado. Europa es Taksim, Karakoy, las discotecas y las tiendas hippies de Galata. Asia las mezquitas, las casitas bajas y los puestos de zumo de frutas de cientos de sabores. Europa son taxis endiablados, Asia ferries tranquilos. El ferry está a punto de partir, son las 7 de la tarde y me encuentro en la zona europea esperando cruzar a Asia. El barco se balancea al compás de las olas y el sonido del mar chocando contra el casco solo es roto por el graznido de las gaviotas. Me dedico a observar al resto de los pasajeros.

Una gran parte de la población turca vive en la zona asiática, ya que los alquileres son más baratos. Cada mañana cogen el ferry que les lleva a la parte europea, donde la mayoría tienen sus trabajos. A esta hora muchos vuelven a sus casas después de la jornada laboral. Estudiantes gafapasta y converses desgastadas comparten banco con ejecutivos en traje y corbata. Tampoco faltan las mujeres turcas con sus grandes fardos de ropa ni el vendedor de frutos secos que pregona sus productos a grandes voces. Cientos de idiomas se entremezclan en su lengua mientras interpela a los viajeros- “¡señora, lady, s´il vous plait, please, please!” .Y turistas, muchos turistas. Mientras los turcos dormitan en los asientos cansados del largo día, los turistas disparan sus cámaras réflex intentando captar la belleza del Bósforo desde todos los ángulos. Un inglés- y digo inglés porque la largura de sus calcetines así me lo indica- se mueve de un lado a otro del barco. CHÁS una foto a estribor, CHÁS una foto a babor.

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En la otra parte una pareja de japoneses aprovecha y se hace un selfie con la ciudad de fondo. De repente el barco se detiene. Los viajeros descienden del ferry y se desperdigan por el puerto. El Sol se esconde por el horizonte y pinta de naranja el mar del Bósforo. Otro día que se acaba en la ciudad de los tres nombres.

***

Estambul se ha de ver con ojos de gato. Solo desde esta perspectiva se puede apreciar la verdadera esencia de la ciudad. Estambul es el placer de caminar sin rumbo, de explorar cada rincón, de trepar por cada escalera, de cambiar de ciudad en cada calle, en cada esquina. Estambul es oler, sentir, escuchar, tocar y mirar como lo hacen los gatos. Estambul es dormitar en las plazas, recostarse en sus cafeterías y enredarse en el caminar de sus gentes. Porque Estambul son siete gatos, siete ciudades distintas, siete caos diferentes y mucha, mucha vida.

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