La Vuelta: pugna entre españoles

Antonio Pardo//

Durante sus casi setenta ediciones, la Vuelta ciclista a España ha sido testigo de cientos de pactos incumplidos por corredores españoles que han antepuesto sus intereses personales al bien del ciclismo patrio. Bahamontes, Loroño, Perico Delgado, Óscar Sevilla o Contador son algunos de los protagonistas de estas batallas.

Perico Delgado –a la derecha- con el maillot de líder en la Vuelta a España de 1989. (Extraída de Wikipedia con licencia cc BY-SA)

Perico Delgado –a la derecha- con el maillot de líder en la Vuelta a España de 1989. (Extraída de Wikipedia con licencia cc BY-SA)

Cuando Bahamontes se dio cuenta de que la escapada iba en serio y que su liderato estaba en peligro, se puso nervioso e intentó reaccionar, pero su director, Luis Puig, cruzó el coche en la carretera mientras los gregarios de Bahamontes lo agarraban por el culotte. En la meta de Tortosa, Loroño se puso líder. Aquella noche, durante la cena, Bahamontes no pudo contenerse. Indignado por tanta injusticia se lanzó a una larga diatriba dirigida principalmente contra Loroño. El tranquilo corredor vasco acabó por hartarse. Se levantó y caminó hacia Federico. Agarrándolo por la pechera, le espetó: ‘¿Qué problema tienes?’.

Bahamontes se retiró a su habitación, de la que se negó a salir. Pidió que le subieran la comida, porque Loroño ‘quería pegarle’.

La indignación de Bahamontes tal vez derivara en parte de su convicción de que era el más fuerte del equipo. Seguramente tenía razón. Aquella Vuelta de 1957 tendría que haberla ganado él”.

Esta escena, extraída del libro ¡Viva la Vuelta! 1935-2012 -Cultura Ciclista, 2013-, cuenta la historia de la Vuelta que ganó el vasco Jesús Loroño. Como se recoge en las casi 500 páginas que relatan la prueba, edición por edición, aquella Vuelta no sería la primera, ni tampoco la última, en la que un ciclista español arrebatara la victoria final a un compatriota. Desde su creación, en 1935, la ronda hispana se erigió como el escenario ideal para resolver los conflictos nacionales del ciclismo.

En la génesis de la ronda nacional, se hallan las pistas para entender las pugnas patrióticas que han llegado hasta las últimas ediciones de la Vuelta. Cuando la carrera comenzó a dar sus primeras pedaladas, impulsada por el aficionado entusiasta López-Doriga y bajo el auspicio del diario Informaciones, se apostó por las marcas comerciales para la organización de los equipos: BH y Orbea, fabricantes eibarreses de bicicletas, fueron los dos primeros. En las ediciones posteriores, la vacilación fue constante. Marcas comerciales y sociedades ciclistas, además de equipos nacionales, se sucedieron hasta la edición de 1959, cuando se eligió, definitivamente, la fórmula de los equipos de marca.

Durante ese tiempo, la falta de pertenencia a un equipo fijo alimentó las ansias individualistas de muchos de los ciclistas. El hecho de que, en la misma temporada, cambiaran en numerosas ocasiones de compañeros no estimulaba la construcción de un espíritu de sacrificio colectivo. Cuando llegaban a la Vuelta, las escuadras de ciclistas se convertían en meros grupos de corredores con un maillot similar, dispuestos a traicionarse cuando la pendiente de la carretera les obligara a mirar hacia arriba.

Loroño -a la izquierda- y Bahamontes -a la derecha- sellan la paz junto a Luis Puig, seleccionador nacional. Archivo familiar de Luis Puig.

Loroño -a la izquierda- y Bahamontes -a la derecha- sellan la paz junto a Luis Puig, seleccionador nacional. Archivo familiar de Luis Puig.

El reparto de las primas era el principal motivo para quebrantar la lealtad nacional, aunque también había otros. “Se ha dicho muchas veces, y es cierto, que los españoles no tenemos espíritu de equipo, y que todo el mundo va a la suya cuando lo que está en juego es el propio interés, el dinero de los premios o incluso el aplauso del público”, escribía el ciclista Julián Berrendero en su autobiografía. El madrileño sabía de lo que hablaba. En la edición de 1936, él y el cántabro Fermín Trueba, hermano del primer ganador del premio de la montaña en el Tour, rompieron la alianza nacional. La segunda plaza de Escuriet en la clasificación general, por la que velaba el pacto español, no les reportaba los mismos beneficios que las suculentas primas conseguidas tras su rebelión, en las dos últimas etapas.

Esos primeros duelos entre corredores españoles eran un aperitivo de la máxima expresión de pugna en el ciclismo patrio. Años más tarde, la paradoja estaba servida. En una época donde el Madrid de Di Stefano simbolizaba el poderío de España en Europa, la lealtad nacional se resquebrajó en sus propias carreteras.

A mediados de la década de los 50, el vasco Jesús Loroño y el toledano Federico Martín Bahamontes, como recoge ¡Viva la Vuelta! 1935-2012, fueron “los que fascinaron y dividieron el país con sus batallas encima de la bici y también sin ella, cuando las pasiones se desencadenaban”. Ambos pertenecían a esa generación que, en la dura posguerra, había vendido su infancia a cambio de un mísero sustento que llevar a casa. Los trayectos que ambos cubrían en bicicleta durante su jornada laboral fueron los primeros entrenamientos de estas dos figuras excepcionales en el pelotón ciclista.

El sabor épico de portar el maillot de líder de la Vuelta -de color amarillo durante la época en que era organizada por el Correo Español-Pueblo Vasco y hasta 2001- era demasiado dulce para que el toledano y el vasco respetaran el compromiso nacional. Además, como explica el biógrafo del ciclista toledano, Ángel Giner, “el hecho de que ambos compartieran equipo [como ocurría en la Vuelta] ponía de relieve hasta qué punto sus personalidades eran incompatibles”. Eran las dos caras opuestas de la rueda ganadora. Dos estilos contrarios de entender el ciclismo. Dos “formas de enfrentarse a la carrera”, definidas por Roland Barthes, en su libro Metáforas. Loroño encarnaba al ciclista “equilibrado”. Bahamontes, “al amado por los dioses”.

Las chispas ya habían saltado entre ambos en las ediciones de 1955 y 1956, pero fue en 1957 cuando la mecha prendió finalmente. El corredor vasco al escaparse con Bernardo Ruiz, camino de Tortosa, le cortó las alas al Águila de Toledo. Tras aquella jornada en la que el ciclista toledano explotó en la cena del equipo, la prensa publicaba titulares que atizaban el conflicto. Loroño=el enemigo número uno de Bahamontes, rezaba una de las páginas de La Gaceta del Norte. La persona destinada a sofocar el fuego entre ambos contendientes lo había avivado: al cruzar el coche a Bahamontes,  el director Luis Puig se había posicionado a favor de Loroño.

En esos momentos, la lealtad patria estaba en la cuneta por un grave atropello. El envío de un telegrama de la Federación Española de Ciclismo obligó a Puig a calmar los ánimos de ambos ciclistas y proporcionar una imagen de unidad en torno a la selección española. El Armisticio de Huesca, tal y como definió La Vanguardia al acto de reconciliación entre Loroño y Bahamontes tan solo duró hasta la siguiente edición.

Aitor González y el líder Óscar Sevilla, en la etapa de L’Angliru en 2002. La Vuelta.

Aitor González y el líder Óscar Sevilla, en la etapa de L’Angliru en 2002. La Vuelta.

El fracaso en la Vuelta de Bahamontes, primer vencedor español del Tour de Francia, correspondía, en cantidades parejas, a su propio rendimiento, a su relación con Loroño y al trato dispensado por la organización. En este último aspecto, otros ciclistas españoles también se sentían ultrajados. Como periódico organizador, El Correo Español- Pueblo Vasco buscaba potenciar la repercusión de la carrera con la presencia de corredores extranjeros. Pero había unos límites que, por el respeto a la igualdad competitiva y a la lealtad nacional, nunca debieron sobrepasarse.

Luis Bergareche, director de la carrera y propietario del periódico organizador, había evitado en 1959 el abandono del francés Rivière, al asistirle en contra del reglamento, con una rueda de repuesto del equipo español Kas. Pero en la edición siguiente, Bergareche no atendió a las súplicas de Bahamontes. Exigía el rescate de su gregario, Julio San Emeterio, eliminado de la carrera tras llegar fuera de tiempo en la etapa anterior. Ante las amenazas del ciclista toledano, Bergareche aseguró que no infringiría la normativa y que informaría “de todo a la Federación Española”. La Revista Urtekaria relata este episodio, que terminó con el abandono de Bahamontes. Ese mismo año ganaría el Tour.

El sello de eterno segundón que la Vuelta había puesto, con los actos de sus organizadores, a los ciclistas españoles marcó a muchos de los participantes. El exabrupto de Luis Ocaña, tras su derrota por Eddy Merckx en la Vuelta de 1973, lo confirmó: “¿No me habían traído para hacer el papel de rival de Merckx  y acabar segundo? Pues bueno, lo hice”.

La antítesis de este quebrantamiento de la lealtad nacional tardó años en llegar. El ciclismo español, en la década de los ochenta, había comenzado a rodar de nuevo. Tanto los ciclistas como los directores de los equipos españoles sabían de la importancia de pedalear conjuntamente, sin meter el palo en la rueda ajena. Y el triunfo final de Perico Delgado en la Vuelta de 1985 consagró este compromiso. Por una vez, el “parecía que todos desearan que perdiera” no correspondía a un español, sino al corredor británico Robert Millar. Perico le había arrebatado la Vuelta con la ayuda de gran parte del pelotón español.

Aitor González y el líder Óscar Sevilla, en la etapa de L’Angliru en 2002. La Vuelta.

Aitor González y el líder Óscar Sevilla, en la etapa de L’Angliru en 2002. La Vuelta.

Las imágenes de televisión con Rafael Carrasco, director del Kelme, animando al corredor segoviano durante la escapada y la negativa del director del Zor, Javier Mínguez, de tirar abajo la escapada, pese a perder el segundo puesto en la general, se grabaron a fuego en la historia del ciclismo nacional. “Mi triunfo es el triunfo de España”, declaraba eufóricamente el ciclista del Orbea-MG tras cruzar la meta aquel día.

Desde el duelo entre Loroño y Bahamontes en la Vuelta, el progreso en la filosofía y la estructura de los equipos ciclistas era enorme. Se habían desarrollado materiales más ligeros y resistentes, y planes de entrenamiento mucho más sofisticados. Además, la Vuelta, en manos de otro organizador, había cambiado su fecha en el calendario: de mayo a septiembre. Pero el egoísmo heroico, inherente a todo corredor, era difícil de cambiar. La historia de 1957, con Bahamontes y Loroño, se repitió en el equipo valenciano Kelme durante la edición de 2002. Según la estrategia del director Vicente Belda, Óscar Sevilla, despojado del maillot de líder en la última etapa de la edición anterior, era el líder del equipo, mientras que Aitor González, en su último año de contrato, estaba relegado a la tarea de gregario. Pero conforme se sucedieron las etapas y Aitor González fue consciente de sus posibilidades, el pacto de equipo se rompió. “Tanto Óscar como yo podemos aspirar a ganar la Vuelta”, expresó el ciclista guipuzcoano en una rueda de prensa, convocada en la jornada de descanso.

Aitor González, recibido con pitos en muchas ciudades por donde pasaba la Vuelta, interpretaba el papel de villano, dispuesto a traicionar a su jefe en cuanto tuviera la oportunidad. Su mejor interpretación llegó en el coloso asturiano de L’Angliru. Sevilla, el líder teórico del Kelme, se desvaneció y Aitor González no dudo ni un instante en demarrar y dejarlo atrás. En aquella ocasión, Belda, a diferencia de Puig, no cruzó el coche para impedir el ataque de su pupilo. Tampoco se lo permitía la carretera, pero no lo hubiera hecho. Existía en Belda una desilusión interna ante tamaña rebeldía en sus fueros. Sevilla era su gran baza para aquella edición, aunque estaba obligado a admitir que Aitor González estaba mejor físicamente. Cierto es que, a diferencia de la Vuelta de 1957, donde Bahamontes era el favorito por delante de Loroño, el traicionado Óscar Sevilla difícilmente habría conseguido la victoria final. El ciclista guipuzcoano había salvado los muebles al equipo valenciano al conquistar la Vuelta, tras superar a Roberto Heras en la última contrarreloj.

Los duelos nacionales en la ronda española se han dilatado en el tiempo hasta nuestros días: Roberto Heras ganó dos, en 2003 y 2004, y Alejandro Valverde, otro en 2009. La Vuelta del 2012 ofreció un paradigma, menos frecuente, de enfrentamiento nacional a tres bandas. Alberto Contador, Alejandro Valverde y Joaquim Rodríguez “Purito”, cada uno en un equipo diferente, se batieron, frente a frente, durante las veintiuna etapas. Tan solo el ataque de Contador en el Collado de la Hoz -en la 17ª etapa, Santander-Fuente Dé-, que pilló al líder “Purito” en apuros, permitió al pinteño auparse al primer puesto de una clasificación general, de donde ya no se movería. Por el contrario, la desgracia de Joaquim continuó hasta el último día. En las últimas vueltas al circuito del Paseo de la Castellana, donde terminó la Vuelta, Valverde le advirtió que iba a disputarle la clasificación de la regularidad y la clasificación por puntos. Un hecho insólito, ya que la última etapa en línea era concebida, desde tiempos remotos, como un paseo triunfal para los ganadores. “Purito” desestimó su afrenta. Quien anteriormente había ejercido como gregario de lujo de Valverde, durante tres temporadas en el Caisse D’Epargne, era traicionado por su antiguo jefe.

En las 69 ediciones de la Vuelta, la rivalidad entre los españoles siempre ha estado presente por los intereses personales de triunfalismo. También han influido, aunque ahora ya no tanto, las cuantías económicas de los premios y el trato desigual de la organización a los diferentes equipos. Para Jesús Loroño, instigador del gran enfrentamiento en el ciclismo español en la Vuelta, este duelo es mucho más simple. Como reconoció el ciclista vasco, tras su retirada, “¿Nuestra rivalidad [entre Bahamontes y él]? Era lógica, porque éramos dos gallos en el mismo corral. Ambos éramos ambiciosos y siempre queríamos ganar, y esto creaba tensión entre nosotros”. Solo hay un maillot de líder y un par de corredores dispuestos a quebrantar su compromiso nacional para enfundárselo.

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