Padres del infrarrealismo, hijos del beat

Sandra Lario//

México, 1975. Bruno Montané, junto a poetas como Roberto Bolaño y Mario Santiago, se convierte en uno de los fundadores del infrarrealismo. Fue una irrupción de poesía libre, al margen de las convenciones, un soplo de aire impregnado de realidad vital y social. En 1979, escribe El maletín de Stevenson pero esta obra no ve la luz en España hasta hace dos años. Este viernes 10 de abril Bruno trajo su maletín a la librería Antígona, acompañado de su editor, Antonio Cordero.

Es viernes, son las ocho de la tarde. Las terrazas de los bares de la universidad están llenas de cerveza y de comienzos de fin de semana. Un poco más allá, España y Latinoamérica se reúnen en Antígona, se estrechan la mano, beben vino, leen poesía, hacen poesía. Se trata de un doble encuentro lleno de casualidad. Bruno Montané y Antonio Cordero son los protagonistas de este encuentro y responden a esta palabra. Poeta y editor, poeta y poeta, una coincidencia del azar que da lugar a la publicación en España del libro que Bruno viene hoy a presentar: El maletín de Stevenson (2013, Varasek Ediciones), escrito en 1979 y publicado ya en México en 1985. Entre los asistentes, poetas como Manuel Vilas o Jesús Jiménez aguardan expectantes.

De izquierda a derecha: Miguel Serrano, Bruno Montané, Antonio Cordero y Julio Espinosa (Foto: Sandra Lario)

De izquierda a derecha: Miguel Serrano, Bruno Montané, Antonio Cordero y Julio Espinosa (Foto: Sandra Lario)

¿Cómo es que un libro que se escribió hace tanto tiempo se ha editado hace un par de años?

Porque era necesario. Estaba perdido en el limbo allí, no se había publicado de forma debida en España y nosotros creíamos que era necesario. Hacemos recuperación, estamos traduciendo bastante beat que no se había traducido, estamos recuperando a autores que no se habían publicado en España. Nuestra línea no es sacar cosas muy novedosas -aunque no estamos en contra de eso tampoco-, pero no es nuestra idea sacar gente joven sino la recuperación.

“Yo mandé un PDF. Hubo una conexión de personas que se interesaron por lo que hacía y le hablaron de mi a los de Varasek y entonces ellos me dijeron directamente: ‘Te queremos publicar’. De repente vi en la pantalla un mensaje que me estaba pidiendo un libro. Fue como ganar la lotería. Es un regalo para todo poeta que el editor te busque en vez de que tú vayas a él. La guerra de los premios y todo eso… Roberto [Bolaño] participaba en premios y se ganó alguno. Yo también enviaba pero esa lotería no era para mi”, recuerda Bruno. “Nos llegó una fotocopia desde EEUU a través de Benito [del Pliego] junto a otros cinco libros de otros autores de ‘los años de Maricastaña’, y vimos que lo teníamos que editar”, explica Antonio.

B: Creo que una de las razones por las que os gustó más El maletín de Stevenson que El cielo de los topos fue por la imaginería ¿no?

 A: Sí, por la atmósfera.

 B: Por lo visual

 A: Hombre, ¡y porque es una joyita!

 B: Después he caído en el abismo conceptual. A los veinte o veintitantos años se escribe poesía y luego, lástima, uno aprende a escribir y se pierde

Junto a ellos están Miguel Serrano, cuyos libros también descansan en las estanterías de Antígona el último, su novela titulada Autopsia-, y que además es el autor del prólogo de El maletín de Stevenson, y Julio Espinosa, poeta chileno al frente de la Escuela de Escritores de Zaragoza, el encargado de abrir el encuentro y más tarde de presentar a Antonio Cordero. “Escriben poesía porque les sale de dentro de una manera natural, no andan buscando que nadie escriba sobre ellos, que nadie les diga cosas bonitas por ser poetas ni que nadie los nombre poetas, es un actitud vital: la poesía fluye como fluye el viaje, como fluye la vida misma”, dice Julio. Pero nos gusta llevar la contraria y más si es para llamarles poetas.

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Bruno (Valparaíso, 1957) es alto, estirado, sonriente. Tiene ese acento chileno suave, pausado, casi musical que puede mecerte y alterarte en la misma frase. Viste una camisa clara y su pelo blanco es el resultado de la lluvia del tiempo sobre aquel joven rubio que no alcanzaba la veintena cuando entre 1974 y 1976 se gestó el infrarrealismo en su casa de la Avenida Argentina en Ciudad de México, número 17, junto a Roberto Bolaño y Mario Santiago, entre otros. Después se mudó a Barcelona. “Teníamos ganas de agitar la vida cultural pero sobre todo de hacer algo juntos como grupo de amigos”, recuerda. Adoptaron la frase del poeta también chileno Roberto Matta, considerado el último representante del surrealismo: “volarle la tapa de los sesos a la cultura oficial”.

Más de dos décadas después Bolaño publica Los detectives salvajes (1998), el eco de lo que fueron aquellos años. “¡Tú eres Felipe Müller!”, le dice asombrada una chica a Bruno al final del recital. “Sí, soy yo”. Es inevitable hablar de Roberto y los detectives al hablar con Bruno y al tratar el infrarrealismo. “El ochenta por ciento de la novela es ficción, algunos lectores que vivieron la época y se ven reflejados en el libro dicen: ‘¿Pero qué hizo en pinche Roberto?’, pero el otro veinte por ciento caracteriza de forma muy realista a los personajes. Hay un juego de ambigüedad pero a la vez es generadora de información de lo que fue aquella época. Hay que entender la genialidad de Roberto. Es esencialmente un contador de historias aparte de un grandísimo poeta al cual, en general, se le lee poco”, dice Bruno.

 Antonio (Castilla, 1963) es la personificación del lema de su editorial -y suyo propio-: “¡Poesía, Viajes y Rock and Roll!”. Poeta, editor en Varasek Ediciones junto con Enrique Mercado desde 2012, viajero, motero. El año pasado publicó su último poemario, Bardeo (Amargord ediciones, 2014, con prólogo de Enrique Mercado).  Viste de negro y en su camiseta se lee “Bucca Neers” en letras blancas, con una calavera en medio de estas dos palabras, el nombre de la colección de Varasek en la que se ha publicado El maletín de Stevenson. Parece un tipo serio pero luego empieza a bromear y lo desmiente. “Cuero negro de cabeza a los pies, coge tu moto y empieza a correr. Eres un rocker. Eres un rocker y no darás tu brazo a torcer”. Los Rebeldes nunca supieron que estaban describiendo a Antonio cuando compusieron Rocker.

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Entre lo que une a ambos poetas destaca el paralelismo que conecta esa irrupción infrarrealista de los 70 en México con esa otra ruptura poética que más tarde, en los 90, se dio en España. “Benito del Pliego, Antonio Cordero, Enrique Mercado y Andrés Fisher, entre otros, formaron un grupo que primero empezó juntándose en el Círculo de Bellas Artes y luego crearon la revista Delta9THC”, cuenta Julio, que los conoció en aquella época. “En esos momentos la poesía española estaba polarizada: por un lado estaba la poesía de la experiencia y por otro los poetas un poco más… experimentales. Y ellos irrumpen con una propuesta totalmente diferente, con unas referencias totalmente distintas, los beatnick, poesía latinoamericana, anglosajona, algún poeta francés y recuperaciones de poetas que no se estaban leyendo mucho en España”, explica.

Miguel presenta a Bruno aprovechando su prólogo y hace un apunte sobre la poesía del autor chileno: “es inaprensible, delicada, discreta, pero no hace de esa discreción un arma arrojadiza como sucede algunas veces con otros poetas. Su discreción no es un acto de soberbia sino un acto de humildad”. Y Bruno lee unos cuantos poemas con la voz un poco ronca y su acento melódico.

Un rostro solo corre el peligro de ser una nube,

un sol que se infla hasta quedar atrapado

en el jardín de las palabras ferozmente dichas.

Como un par de manos sin cuerpo

aferrándose a la barandilla

mientras la tormenta desarrolla

su interior de terror y naturaleza.

(Fragmento del poema Falsas madrigueras)

“Los poemas de El maletín de Stevenson están hechos muy con las tripas”, dice Bruno. Sus versos son flashes que congelan los detalles, que diseccionan la vida y el tiempo en estampas, pedazos de fotografías que forman un crudo y bello collage. En sus propias palabras: “pura vaharada, recortes de realidad y experiencias que tiritan” (verso del poema Vaharada).

Tus poemas recuerdan a un collage, a una mezcla de fotografías, de momentos capturados…

Sí, hay como disparos pero intento que la respiración sea unitaria. En eso sí que no he cambiado. Sigo haciendo poemas que no pasan de una página. Mis poemas son una invitación a varios sumergimientos, es como si fueras un nadador en una bahía llena de rocas: llegas, te subes a una roca, te tiras, te subes a otra… en fin, etcétera.

¿Qué sientes al leer estos poemas después de casi treinta años?

Para mi es entrar en el túnel del tiempo. Me veo escribiendo esos poemas en los bares donde lo hacía. Tenía la pulsión de irme a caminar por la ciudad y me metía en un bar a tomar una cerveza o un café con leche y escribir varios poemas seguidos. Necesitaba el ruido de la gente, las voces, y a su vez eso reforzaba mi aislamiento para meterme en la cápsula del poema y viajar a todas partes y ninguna (ríe).

 Es el turno de Antonio, y Julio le presenta con no pocos halagos y admiración.

 J: A veces pienso que si existiese eso de la reencarnación, en la otra vida me gustaría ser Antonio.

  A: Pues te iba a tocar alguna movidita guapa… (ríe)

  J: Bueno, la vida tiene que tener movidas, ¿no?

“Es el tipo más inquieto que conozco y se mueve porque necesita andar buscando constantemente, es un viajero que va descubriéndose a medida que va descubriendo otros lugares. No hay una necesidad de reconocimiento, lo hace por un ansia personal”, dice Julio.  “¡Lo hago porque me lo paso pipa!”, aclara Antonio. Ha recorrido el mundo en velero, ha subido a las montañas de El Salvador con el grupo guerrillero FMLN (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional) allá donde descansa el alma del poeta y activista Roque Dalton. Ha visto los ritos ancestrales funerarios de Litán -aldea en la zona tibetana de China- y, sin irse tan lejos, su moto ha recorrido también las tierras españolas, como si Machado hubiera nacido con espíritu beat al escribir sobre las llanuras castellanas. Y después lo escribe, lo registra todo, hace de su poesía un espejo de sus viajes, paisajes externos e internos descubiertos en su vida, ese viaje que siempre está en marcha.

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Antonio comienza a recitar, va siguiendo un orden apuntado en una hoja, como el set-list de un rockero. Apura su vaso de vino.

 La naturaleza es sabia

pero puta.

Se ha vendido al mejor postor

y olvidó la Selección Natural

como cosa de otros tiempos,

ahora juega dentro de cristales ahumados

defiende los muslos

apretando duro el carácter

sentada en la sala de juntas

con la mirada de caucho

con las manos alfilereadas de rubíes.

(Primeros versos de Naturaleza)

¿Te consideras un poeta beat?

Yo tengo muchísimas referencias de la generación beat porque crecí con ella pero yo no soy un poeta beat porque soy de otra generación. Soy un tipo de los años 80, en todo caso sería un punkrocker o algo así, o sea, lo que me tocaba a mi vivir, los beat son de su época y nosotros de la nuestra. Es verdad que hay ciertos elementos comunes que podrían ser transgeneracionales. Ellos hacen una inserción directa de lo oriental a lo occidental en EEUU y nosotros hemos recuperado desde aquí lo que ellos traían, es como una tercera vía.

¿Crees que escribirías aunque no viajaras o es algo que siempre va unido?

La verdad es que no lo sé porque siempre he hecho las dos cosas juntas. Es una buena pregunta. Supongo que sí, lo que no sé es el qué. Escribo a raíz de las experiencias que tengo viajando y de las experiencias que tengo alrededor del viaje. No es solamente el viaje. Hay poemas de los que he leído hoy como por ejemplo Naturaleza o Corso…

Sí, también de lo que esos viajes despiertan dentro de ti…

Exacto, de lo que hay alrededor. Eso podría pasar también viajando por ejemplo con una Lambreta en los alrededores, es decir, no hay que irse muy lejos.

Bruno Montané y Antonio Cordero firmando ejemplares de sus obras. (Foto: Sandra Lario)

Bruno Montané y Antonio Cordero firmando ejemplares de sus obras. (Foto: Sandra Lario)

El recital termina. “Bueno, el vino se acabó”, dice Julio Espinosa a modo de despedida. Y los presentes se citan en un bar frente a unas cuantas cervezas y otra ronda de poesía y experiencias un rato después.

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