LA POESÍA YA NO ES ELITISTA NI MARGINAL: AHORA ES TUYA Y MÍA

Sandra Lario//

Echémosle la culpa a Internet, al capital, a los jóvenes poetas locos, a este siglo, a las ganas de alzar la voz y a conseguirlo, a las alas de todos aquellos para los que quedarse en el suelo es tener el pecho hueco. Elija la opción que le parezca conveniente y sea testigo de esto: la revolución está aquí y tiene las manos manchadas de poesía.

Keruak, Burroughs y generación beat para Zero Grados

Hal Chasse (jugador de beisbol), Jack Kerouac, Allen Ginsberg y William Burroughs (poetas beat), 1945, Campus of Columbia University.

 

La poesía ha recorrido el siglo XX siendo un concierto punk en un local insonorizado. Haciendo tanto ruido como el latir de un animal herido, en silencio si no se acercaba la oreja al pecho para poder escucharlo. Siempre ha estado ahí, fluyendo bajo la piel de lo palpable, enraizada bajo el suelo de todo lo que nos contaron. Y llegó el siglo XXI y empezaron a resquebrajarse las paredes. ¡Abajo muros de contención! Y quién sabe si el capital o las ganas de gritar le compraron al corazón un altavoz para dictar a voz en grito cada verso, para que le escucharan los libros del top-ventas de las principales cadenas de librerías del país. Y ahora exclama: “¡Eh! Estoy aquí, vuelo a lomos de un pájaro azul, guardo un trozo de mi alma en cada blog, en cada rama de este árbol. He cambiado la tinta por las teclas y ahora me desangro en tus pantallas hasta mezclarme con tu sangre y hacerte salir corriendo para agotar la primera edición del papel al que me mudo tras fluir por la red”.

Es 1857 en Francia y Las flores del mal abren sus capullos en la sociedad burguesa. Baudelaire es condenado por inmoralidad, es tachado de poeta maldito, de antisistema, es un ser al margen del ideal social. Rimbaud, Artaud, Verlaine… heridas abiertas en el orden social por las que sangraba tinta.

Un siglo más tarde, los beat se refugian en antros donde la poesía, el alcohol y las drogas bailan una frenética danza al margen de quien no quiera ser partícipe. La poesía sigue siendo un estandarte de esa cara que la sociedad oculta y a la vez ondea la bandera de todos los agujeros negros de la capa de ozono humana, símbolo de todo aquello de lo que adolece el orden social. En palabras de Ginsberg: “Lo único que puede salvar al mundo es la recuperación de la conciencia del mundo. Eso es lo que hace la poesía”.

Eran jóvenes cuando todo aquello empezó. Eran la contracultura y la abolición del “contra” no les quitaba el sueño. Vivían. Porque la poesía es eso, vida; vida sin calcular, vida escupida, derramada, esparcida, salpicada, vertida, precipitada verso por verso, sin importar a quien mojar ni saber quién va a bailar bajo la lluvia. Una tormenta con todos sus rayos y sus truenos, luz y estruendo en una noche cerrada. Y que baile quien quiera.

Eran jóvenes, tenían veinte años y estaban locos, como dice la antología de autores que Luna Miguel editó para La Bella Varsovia (2011). Siguen teniéndolos. Veinte, treinta, incluso cuarenta, qué más da, le han quitado a la cultura el “contra” y le han puesto alas a este género asociado al rechazo hacia los poetas malditos y los tugurios de los beat o al ámbito elitista de la literatura, dos extremos que, aun alejados, se tocan en la esfera marginal de la sociedad. Y las plumas de esas alas hay escritas palabras: revolución, esperanza, soledad, indignación, derrumbe, reconstrucción, amor, escombros, dolor, enfermedad, ímpetu, descaro, sexo, muerte, rebeldía, carencias, pasado roto, futuro incierto, sociedad, ganas, fuerza, lucha, llanto, euforia, drama, vida. Han levantado el vuelo y no piensan aterrizar si no es para coger impulso.

“La poesía ha vuelto y yo no tengo la culpa” reza un muro de Madrid con firma de Neorrabioso.  ¿Y quién la tiene? No existe una respuesta universal y categórica a tal pregunta, pero, aunque nos pese a todos aquellos amantes incondicionales del papel, el espacio inmaterial de la red ha sido pólvora en los cañones que han reducido a escombros esos muros de contención tras los que vivía la poesía.

Fuente: Batania Neorrabioso

Fuente: Batania Neorrabioso

Y una vez derribados, otros tantos jóvenes y locos tuvieron vía libre para recoger toda esa pólvora y convertirla en tinta en las páginas de libros alegres, sencillos, mimados, modernos, inquietos, que pasean orgullosos junto a la antología de Lorca, las obras completas de Neruda o los infinitos clásicos de Benedetti en la sección de poesía de las grandes librerías. Son las nuevas editoriales: Frida ediciones (antes Alsari libros), Noviembre Poesía, La Bella Varsovia, Lapsus Calami, Harpo libros, Ya lo dijo Casimiro Parker, Saudade… nidos donde crecen pájaros de papel con tipografías cuidadas e ilustraciones bonitas.

No esperes encontrar políticas corporativas serias y aburridas en sus páginas web, cuando ellos llegaron al mundo ya estaban más que hartos de los convencionalismos sociales y empresariales. “Nosotros somos de esos que peleamos con las manos, sin ataduras editoriales ni compromisos marketinianos, somos de los que creemos en los valientes, en los salvajes, en los que muerden, somos de los que muerden, somos libres, somos libros, somos hodiernos, somos autárquicos. Nosotros somos los que creemos en los que creen en los libros”, explican en Harpo libros. “Estamos vivos, prometemos evolucionar, no perder la ilusión y seguir sorprendiendo”, afirman desde Frida ediciones.

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Libros de las nuevas editoriales españolas de poesía

Nombres como Marwan, Luis Ramiro, Diego Ojeda, Escandar Algeet, Carlos Salem, Pablo Benavente o Carlos Miguel Cortés son los protagonistas de estos “libros libres”, son aquellos que “muerden”.

Los tres primeros también son cantautores. Un día escuché salir a Marwan de las cuerdas de la guitarra de alguien sin el que quizá nunca estaría escribiendo esto. Años después, La triste historia de tu cuerpo sobre el mío recorrió los kilómetros que separan Madrid de mis manos, cuando solo se vendía allí. Hoy está firmado, arrugado, subrayado, escrito, releído, desgastado, pero me sigo manchando los dedos de tinta y de sangre, que, al fin y al cabo, es de lo que está hecha la poesía, me sigo vertiendo en cada página, reflejándome en mil trozos como en un espejo roto.

Salem, ese “tigre veterano”, tal y como se autodefine en uno de sus poemas, es argentino residente en España, poeta, novelista, teatrero, profesor y suma unos cuantos años más que todos los que le rodean en esta revolución. Pero aquí lo que cuenta es el espíritu y, si de éste se trata, Salem está en la flor de la vida y en el ajo de esa pólvora virtual: “[…] el pajarito cantaba con muchas voces, todas diferentes, y algunas muy interesantes. Twitter me permitió descubrir, aparte de lo previsible, mucha poesía casi anónima y muchas ganas de hacerla volar”, dice en su último poemario, que incluye un apartado final con 140 tuits (haciendo un guiño a sus 140 caracteres).

Carlos Miguel Cortés, más conocido como @turistaentupelo, es producto de un blog, crece en el espacio reducido de un tuit y se extiende por Facebook hasta despegar y agotar ediciones impresas con Intranerso, su primera publicación en papel. Esa es la magia de las nuevas tecnologías, pertenecen a ese tipo de fenómenos sin explicación exacta pero con resultados visibles, capaces de extender versos aquí y al otro lado del charco.

También están los que van por libre e incluso se autoeditan, los que son un sistema en sí mismos. Hablo, por ejemplo, de Batania Neorrabioso, ese que te contesta a los emails con palabras que todavía no existen y acepta como pago a un libro un sobre directo a su casa con cinco euros y un poema. Y continúa a lo suyo, sin quererse convertir nunca en tuyo, pero contento de ser la revolución de alguien mientras siembra versos indignados en las paredes yermas de Madrid. Y la persiana de Aleatorio, el nuevo refugio de los versos en Madrid, dirigido por Escandar Algeet, que sólo se quita el sombrero ante la poesía y cuando lo hace todo su bar enmudece.

Y nunca hubo revolución sin mujeres, aquí están Elvira Sastre (43 maneras de soltarse el pelo, Baluarte), Irene X (El sexo de la risa, Grecia), la zaragozana Loreto Sesma con su primer naufragio (Naufragio en la 338) o la más veterana Luna Miguel, visceral e impetuosa, que acaba de publicar Los estómagos, su quinto libro de poesía, en La Bella Varsovia. “La poesía es elitista para quien la quiera hacer o leer como algo elitista, pero no por definición. Esto se ve en muchas corrientes nuevas y cómo las nuevas editoriales de poesía están asumiendo su papel, en España, EEUU, México… Las ediciones de poesía se están haciendo con portadas súper chulas, precios muy baratos… Hay un montón de blogs, de comunidades, grupos de Facebook, gente molona haciendo fanzines y creo que está llegando a cada vez más gente”, afirma Luna Miguel en esta entrevista publicada en Gonzoo el pasado lunes 2 de marzo.

Vídeo: Poema recitado por Pablo Benavente

La poesía recorre la geografía española y sudamericana agotando las entradas para los recitales y los libros de las librerías. ¿Imaginarían Baudelaire, Plath, Bukowski, Machado o Neruda que aquel acto individual y transgresor sería hoy un fenómeno masivo? Supongamos que brindan con un whisky con hielo. Aunque también supongamos que se llevan un disgusto al comprobar que en los estantes de muchos de los que ahora enarbolan la bandera de la poesía ellos no están. A quién vamos a engañar, ninguna revolución estalla sobre una base sólida y organizada, quizá eso es algo que aún tenga que venir. Nuevos públicos de la poesía, seguid creyendo en ella, seguid siendo las corrientes virtuales que agitan todo esto, seguid corriendo a las librerías, seguid dándoles calor a aquellos jóvenes y locos que nos han devuelto la magia. Solo un apunte más: dejad que esos libros menos bonitos, menos jóvenes, esos que no corrieron por ninguna red social, escritos cuando los muros no se habían derribado, abriguen a los recién nacidos.

Poesía soy yo, “poesía eres tú” y esa es la clave de esta nueva revolución de las letras: cualquiera puede ser poesía -ojo, no confundamos “ser” con “hacer”-, cualquiera puede mirarse en ese espejo, cualquiera encuentra sin querer un retal de su vida ahí dentro. Como para no encontrarlo, como para no salir herido de muerte –o de vida- cuando un ejército de versos abre fuego contra tu pecho. Sálvese quien pueda –o quien quiera-.

Como decía la poetisa mexicana a la que debe su nombre una de estas recién nacidas editoriales: “Nada hay absoluto, todo se cambia, todo se mueve, todo revoluciona, todo vuela y se va”.  Todo ha cambiado, la cultura se ha movido, la revolución está en marcha. Quiera Frida equivocarse en el final de sus versos y que la poesía vuele, pero vuele para nunca irse, vuele para no ahogarse, para no estancarse en el barro social, vuele en círculos sobre las cabezas de aquellos que nunca creyeron en ella o, lo que es lo mismo, que nunca creyeron en la vida. Y se la devuelva. Solo Escandar Algeet podría concluir mejor: “Que la poesía pague los destrozos”.

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