Nureyev, el bailarín del encanto decadente

Blanca Usón//

Desde Nikinsky no se veía nada igual. Ese joven nacido en un tren de Siberia quedaba suspendido demencialmente en el aire, prácticamente no pisaba el suelo. Occidente se plegó a su arte y él se abandonó a los placeres de una vida de apátrida en París. Dejó de volar un 6 de enero de 1993, consumido por el sida.

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Marzo, día 17. Corría el año 1938 cuando un viejo tren camino a Irkusk presenció el nacimiento de aquel bailarín que consiguió hacer sombra al mismísimo Nijinsky. Había llegado al mundo Rudolf Hametovich Nuriev –más conocido como Rudolf Nureyev–, aquel que, con un tour en l’air perfecto, subió hasta el firmamento de las grandes estrellas para, lentamente, descender a los infiernos en los últimos pasos de su vida.

Era la época dorada de la Rusia comunista y de los terribles gulags siberianos. El hambre y la miseria campaban a sus anchas. Y así, en medio del aire contaminado por la industria petrolera, un niño enclenque y desnutrido, de apenas cinco años, esperaba en la estación de trenes de Ufá, capital de República de Baskortostán, Rusia. Intentaba recordar los olores de aquel primitivo vagón donde nació, algún nimio detalle que le hiciera viajar a otros mundos.

Nureyev durante su época de explendor

Nureyev durante su época de esplendor

El ensimismamiento duraba hasta que percibía la sombra de algún hombre que surgía entre los andenes. Pero duraba poco: se daba cuenta pronto de que aquel viajero no era su padre, el hombre con el que soñaba alzándolo en brazos en la estación. Hamet, el amado padre, era un “gran” comisario del Ejército Rojo. Orgulloso de su cargo, poco le importó que su familia pasara terribles miserias mientras él, en Leningrado, labraba una absurda carrera política que de nada le sirvió.

Cuando el desconocido progenitor por fin volvió a la casucha de seis metros cuadrados en la que vivían, Nureyev, de seis años, ya sabía que jamás se bajaría de un escenario. Los primeros pasos no fueron sencillos para el bailarín cuya técnica marcaría un punto de inflexión en los cánones establecidos hasta entonces. Las constantes humillaciones de sus compañeros de colegio, jalonadas de la palabra “nenaza”, y las palizas que su padre le propinaba casi a diario no consiguieron arruinar la vocación de Nureyev: la hicieron más fuerte, casi invencible. Quizá fue su propio padre el que convirtió al dulce Rudolf en el implacable Nureyev, ese coreógrafo cimarrón y promiscuo que abofeteaba a sus bailarinas cuando estas se equivocaban en los caprioles marcados…

El joven bailarín presentaba una técnica pobre e imprecisa, debido a la mediocridad de las clases recibidas hasta entonces, cuando llegó con diecisiete años a las manos de Alexander Ivanovich Pushkin, el profesor que pulió el diamante.

Nureyev, un bailarín odiado en Rusia y venerado en el resto del mundo

Nureyev, un bailarín odiado en Rusia y venerado en el resto del mundo

Él le regaló la disciplina indispensable de un bailarín clásico. Se pasaba horas en media pointe alta, estudiaba e interiorizaba los petite pas concienzudamente, enseñaba a hablar a sus manos por medio de gráciles movimientos, perfeccionaba combinaciones imposibles de entrechat quatreUn entrenamiento propio de un atleta de élite que hizo del andrógino tártaro una delicia en el escenario.

Pushkin no fue el único en dar grandes lecciones al bailarín: su mujer, Xenia, una atractiva rubia báltica, se encargó de enseñarle a Nureyev los esplendores del sexo. Rudolf tenía una belleza cautivadora: un cuerpo estriado por los músculos, duras líneas en los hombros, labios carnosos, sonrisa arrebatadora, media melena rubia que caía sensualmente sobre sus ojos… Una pálida promesa de la danza que se abandonó pronto a una intensa y más que promiscua actividad sexual por la que acabó contagiándose de sida. Un triste borrón que ensombreció la que hasta entonces había sido –o parecido– una espléndida existencia.

No obstante, el mayor salto de Nureyev no se produjo en el escenario, sino en el momento en que desertó de su madre patria. Harto de la persecución de los agentes de la KGB, el pájaro del ballet alzó el vuelo huyendo de la asfixiante prisión soviética. Se convirtió en un apátrida, un nómada odiado en Rusia y venerado en Occidente

“Procedemos a informar de que el 16 de junio de 1961, Rudolf Hametovich Nureyev, nacido en 1938, soltero, tártaro, no afiliado al Partido, natural de Ufá, artista del teatro Kirov de Leningrado, que fue miembro de la compañía cuando estuvo de gira en Francia, traicionó a su patria en París. Nureyev violó las normas de conducta de los ciudadanos soviéticos en el extranjero, salió y regresó al hotel a altas horas de la noche. Estableció relaciones con artistas franceses, entre los que había conocidos homosexuales. Pese a las conversaciones de carácter cautelar mantenidas con él, Nureyev no cambió de comportamiento. En noviembre de 1961 fue condenado in absentia a siete años de trabajos forzados. Además, se ha decretado que tras el repudio público efectuado por Hamet Fasliyevich Nuriev, el 21 de enero de 1962, cuando denunció con vehemencia las acciones de su hijo, se le permitirá seguir siendo miembro del Partido”. Comunicado oficial publicado en febrero de 1962. Fuente: El Bailarín, Colum McCann.

Nureyev al final de su carrera artística

Nureyev al final de su carrera artística

Nureyev fue un hombre libre que, a menudo, incurrió en excentricidades e insolencias. En él reinó un desagradable comportamiento que emborronó su espléndida imagen en el escenario. Aunque cabe apuntar que, en el terreno social, al bailarín poco le afectó su mala educación ya que, gracias esos ademanes grandilocuentes, se metió en el bolsillo a todo aquel que quiso: Jacqueline Onassis, los Radziwill, Mick Jagger, Andy Warhol, Talitha Pol… Dicen las malas lenguas que Excercises in free love, de Freddy Mercury, fue una oda del cantante a la aventura que mantuvieron, y de la que cabría sospechar la transmisión de la enfermedad que se llevó a ambos artistas.

Pese a las decenas de hombres –y bastantes mujeres– que formaron parte de la vida sexual, y rara vez sentimental, de Nureyev, cabe hacer un alto en la relación que el heredero de Nijinsky mantuvo con la prima ballerina del Royal Ballet of London, Margot Fonteyn. Se desconoce si entre ellos existió algo más que una profunda amistad, pero es innegable que, cuando los amantes del ballet clásico visualizan de nuevo la coda de Le Corsaire que escenificaron juntos, su piel se eriza y las lágrimas de emoción brotan. Cada vez que realizaban un siempre magnifico pas de deux, un estentóreo aplauso recorría el patio de butacas de la Royal Opera House.

Nureyev también hizo sus pinitos en la televisión. El bailarín fue el encargado de impulsar el decadente Muppet Show, el programa protagonizado por la Rana Gustavo y Sam el Águila, entre otros personajes. En una de sus apariciones, bailó una parodia grotesca del Lago de los cisnes con la Cerdita Peggy. Inevitable no soltar una carcajada cuando el bailarín descubre que su enamorada Odette no es otra que la enorme marioneta. Nureyev era el Midas del siglo XX, convertía en oro el suelo sobre el que bailaba.

Rompió además con los estereotipos que siempre han rodeado al modo de vida de los bailarines clásicos. Las grandes sumas de dinero que ganaba las gastaba en banquetes enormes, uno de sus grandes placeres. Cabe suponer que era algo relacionado con la infancia famélica que pasó. El bailarín no se privaba de ningún lujo. Nureyev derrochaba y la jet set neoyorquina rezaba por recibir una invitación a las abochornantes bacanales que el bailarín organizaba tras cada espectáculo. Era el rey de la fiesta y sus excentricidades escandalizaban a cualquiera. Sirva como ejemplo la escena en la que Rudi, como cariñosamente le llamaban, se afeitó el vello púbico con la navaja de Andy Warhol, y luego éste vendió el pelo del bailarín al mejor postor. Increíble, pero alguien lo adquirió. La “rudimanía” se extendía por el mundo mientras él gozaba de una vida extravagante sin reparar en uno de los peligros que la década de los ochenta trajo consigo: el VIH.

Bailaré incluso cuando estén enterrándome

Bailaré incluso cuando estén enterrándome

Se veía venir y, desgraciadamente, acabó cumpliéndose. La vida del único director ruso de la Ópera de París terminó con un final deprimente. Consumido por la enfermedad, Nureyev se obstinó en seguir en el escenario: “Bailaré incluso cuando estén enterrándome”, decía poco antes de que la muerte le visitara a los 53 años. En 1992, Francia le condecoró con la Commandeur des Arts et des Lettres. Antes, ya había conseguido el prestigioso Chevalier de la Legion d’Honneur.

Rudolf era un esqueleto incapaz de soportar su peso cuando, el 6 de enero de 1993, falleció en la capital francesa. Hasta ese momento, Nureyev gozó de una vida plena en la que bailó hasta que su decrépito organismo dijo basta. Una larga e intensa coreografía con el mismo diablo que le llevó a darse de bruces con la muerte a temprana edad. Y, pese a la descomposición de esa fortaleza, tras un manège en el que sus pies rara vez rozaron el suelo, Rudi trazó un arco con su brazo, reverenció al público y se despidió. El pájaro del ballet dejaba de volar.

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