Abel Azcona, performatizar la infancia (II)

Ignacio Pérez//

En octubre de 2012 estuvo seis horas comiéndose un Corán. Del 5 de julio de 2013 al 15 de agosto, 42 días, permaneció encerrado en un espacio de seis metros cuadrados sin luz en una galería de Madrid. Y, este invierno, se ha hormonado y prostituido como travesti por las calles de Bogotá. Abel Azcona es el responsable de algunas de las performances más salvajes del panorama artístico español. 

 Juegos de cama. Bogotá, 2014. Imagen: Abel Azcona

Juegos de cama. Bogotá, 2014. Imagen: Abel Azcona

“Trastorno límite de personalidad tengo seguro, un trastorno obsesivo compulsivo también, y, a veces, tengo principios de manía persecutoria”. Minuto treinta y dos de la entrevista. A Abel Azcona le queda un dedo de cerveza. Mantiene las piernas cruzadas y los brazos sobre su regazo. Los tiene plagados de tatuajes de flores y animales: en el bíceps y antebrazo izquierdo, un crisantemo azul con una mariposa y dos flores de loto naranjas, y en el derecho, dos rosas rodeadas de otras flores y un tosco pájaro. La manga corta del polo permite adivinar también, en la parte superior del bíceps derecho, una reproducción del famoso grabado La gran ola de Kanawaga, del maestro japonés Hokusai.

De todas formas, no tengo un diagnóstico claro. Podría enseñarte siete papeles con siete diagnósticos distintos”, continúa el artista. “Y esos problemas no se deben solo a mi abandono y a lo que vino después. Mi madre, durante mi gestación, seguía bebiendo y pinchándose heroína. Ahí hay un tema de drogas y alcoholismo fetal. De hecho, estoy bien para como tendría que estar”.

En 2013, el artista no puede más. Sus trastornos se manifiestan cada vez con más fuerza, empieza a mentir compulsivamente y su inestabilidad le resulta insoportable. Quiere paz, descansar, quitarse de en medio durante dos meses. Y, para ello, diseña un proyecto: Dark Room. El 5 de julio, a las cinco de la tarde, Abel Azcona, completamente depilado, emulando a un feto que vuelve a la bolsa materna, se introduce en un espacio de seis metros cuadrados, sin luz, en una galería de arte de la calle Fuencarral. Su intención es pasar allí sesenta días.

Primeros minutos del encierro “Dark Room”. Madrid, 5 de julio de 2013. Imagen: Abel Azcona

Primeros minutos del encierro “Dark Room”. Madrid, 5 de julio de 2013. Imagen: Abel Azcona

Seis cámaras con infrarrojos monitorizan el encierro y permiten al equipo médico seguir en directo los movimientos de Abel Azcona. Diariamente, a las 12:00 horas, se le suministra, a través de una ventanilla por la que no entra la luz, una papilla hiperproteica y un litro de agua. “Es difícil vivir todos los días con esto”, explica el artista. “Quieres tener la capacidad de sentarte en un sitio y leer un libro, y ves que no puedes, que tienes 50.000 cosas en la cabeza y que no puedes pasar de la segunda línea. Quería paz, descansar…. Entonces pensé: si no estoy sometido a ningún tipo de estímulo, no tendré ningún trastorno. Y así fue”.

¿Te preparaste mentalmente para el encierro?

No, el día anterior estaba de cañas. De hecho, me metí con resaca.

Y allí dentro, ¿en qué pensabas?

En nada. En estar tranquilo, en mi vida…

Conceptualmente, describes este encierro como una vuelta al útero materno, como un nuevo comienzo, y como una caverna platónica en la que el protagonista, a pesar de haber descubierto el mundo del exterior, prefiere regresar al engaño de las sombras…

A ver, eso es todo poesía pura. Yo ahí dentro no pienso ni en Platón ni en su puta madre. Lo que pasa es que, en estas cosas, tienes que crear un producto conceptual.

Unos días antes del final del encierro, el equipo encargado de velar por la salud de Azcona publica lo siguiente en las redes sociales: “Permanece postrado en una colchoneta sin prácticamente moverse. Desconocemos si está dormido o sin ningún control de su propio cuerpo. Valoramos la posibilidad de interrumpir el confinamiento debido al desconocimiento sobre su estados de consciencia”. El 15 de agosto, día 42 de encierro, el equipo decide poner fin a la performance y sacar al artista. Según publican los medios nacionales, a Abel lo meten en una ambulancia inconsciente y lo llevan al Gregorio Marañón. Allí, le inyectan un chute de adrenalina. Una vez repuesto, ingresa en la Clínica Psiquiátrica San Miguel. Su estancia dura tres días. “Tuve un equipo muy cobarde”, asevera el artista. “El médico dijo que perfectamente podía haber aguantado los sesenta días”.

Performance “My body, my rules”. Pamplona, verano de 2013. Imagen: Iban Aguinaga

Performance “My body, my rules”. Pamplona, verano de 2013. Imagen: Iban Aguinaga

Repantingado y entre risas, Abel cuenta que se conoce todas las clínicas psiquiátricas de Pamplona. “Una es Alcatraz; otra, la ciudad de la alegría, por las drogas que nos metían; y la tercera, Guantánamo, porque ahí sí que nos maltrataban más”. No sabe decir el número de veces exacto que ha estado en centros psiquiátricos. “¿Nueve? ¿Doce? No lo recuerdo. Algunas estancias han sido cortas, y otras, más largas”. Del ingreso que tuvo a los dieciséis años, sin embargo, sí que se acuerda.

Tras salir de la clínica, el psiquiatra recomienda a Isabel que su hijo adoptivo abandone el colegio del Opus y prosiga su formación en otro centro menos rígido. “No paraba de hacer barbaridades. Cuando no estaba haciendo bullying a alguien, estaba felando a la mitad de mis compañeros de clase en los vestuarios de gimnasia”, reconoce con naturalidad el artista. Finalmente, Abel pasa a la Escuela de Arte de Pamplona.

Un buen día, a los dieciséis años, Abel siente la necesidad de salir a la calle con una silla, ponerla en medio de la Avenida del Ejército de Pamplona, parar el tráfico y gritar. Es su primera performance. Inconsciente y totalmente pulsional, pero la primera. María Jesús García Camón, su profesora de Historia del Arte, se encarga de explicarle lo que, desde el punto de vista de la tradición artística, acaba de hacer: nada más y nada menos que una performance, una acción elevada al rango de arte. “¿Qué iba a saber yo con dieciséis años del fluxus o Abramović?”, aduce Abel Azcona. “A esa edad no tenía ni idea de nada”.

No obstante, a lo largo de sus dos años en la Escuela de Artes, el artista se decanta más

Seropositive. 2014. Imagen: Abel Azcona

Seropositive. 2014. Imagen: Abel Azcona

por los happenings, por las acciones colectivas e impredecibles, que por las performances individuales, intimistas y, en cierto grado, preparadas. Fiel a sus principios, Abel se convierte en el liante mayor de la escuela: un día, asalta con todos los alumnos de la Escuela el Departamento de Educación de Navarra para exigir arreglos en el centro. Otro, organiza con su grupo de happenings una acción contra la Guerra de Irak. El siguiente, llena todo Pamplona con parejas homosexuales besándose. Y el último, extiende treinta colchones por la Plaza del Vínculo y consigue que cuarenta jóvenes duerman sobre ellos durante 24 horas. “En ese momento buscaba algo más colectivo; luego, me di cuenta de que la acción artística podía ser una herramienta más individual”.

A los diecisiete, tras varios intentos de suicidio y un internamiento en psiquiatría, Abel Azcona decide, por su propia supervivencia y vocación de actor, renegar de su vida acomodada en Pamplona y vivir como un indigente en Madrid. Abandona el Bachillerato, rompe completamente la relación con su madre adoptiva y se planta en Madrid con veintitrés euros. “Duermo en un cuarto de bicis en el barrio de Salamanca. El portero iba a sacar la basura y yo me colaba para dormir caliente. También en una pensión de la calle Princesa, un sitio que olía fatal, a pies, y donde dormían cincuenta personas. Allí sufrí varios abusos: primero, los de un cura que, cuando te veía, iba bastante a tocar, y, luego, los de un hombre que, siempre que acudía, se metía conmigo a la cama. Yo no podía decir nada porque, si no, nos echaban. Una vez me quejé de un abuso en un albergue de la Casa de Campo, y no me volvieron a dejar entrar”.

Mass Suicide. Pamplona. Imagen: Abel Azcona

Mass Suicide. Pamplona. Imagen: Abel Azcona

¿Te prostituiste con diecisiete años?

Sí, alguna vez sí. No una prostitución clara en la que te dan el dinero en la mano. Pero sí. He estado con gente de 50 años que me ha pagado la comida al día siguiente.

“Sí, he utilizado el sexo como recurso”, reconoce el artista. Y no solo para fines materiales, podría añadirse a esa frase. En 1993, la psicoterapeuta estadounidense Nancy Verrier formuló por primera vez el concepto de “herida primaria” en niños adoptados. Verrier partió de la idea de que los bebés no entienden de permanencia: cuando perciben que su madre no está, temen que se haya ido para siempre. En el caso de los bebés adoptados, ese temido abandono ocurre y lo saben, y eso hace que sus conexiones neuronales se desarrollen de una forma distinta.

Biological Meeting III. Bogotá, 2014. Imagen: Abel Azcona

Biological Meeting III. Bogotá, 2014. Imagen: Abel Azcona

Piensan continuamente que van a ser de nuevo abandonados y desarrollan una gran facilidad para sentirse rechazados. Algo que se agrava si los cambios de familias son frecuentes y tienen que estar permanentemente adaptándose para no ser de nuevo abandonados.

Azcona mantiene que es un claro ejemplo de “herida primaria”. Tajante, asegura que no tiene la capacidad de empatizar ni de establecer vínculos emocionales sanos con nadie. “Tengo amigos a los que conozco desde hace nueve años, y, si mañana se mueren, pues no pasa nada. Sé que no sufriría”. ¿La causa de esta inhumanidad? La de siempre: la “herida primaria”. La misma justificación tienen las relaciones que Abel mantiene con personas que no le excitan nada para olvidarse por un rato de su soledad y miedo al abandono. “He llegado a ir a vomitar en mitad del sexo al baño”, “¿que a qué achaco esto? Pues a unas carencias tremendas. No tengo familia, no tengo nada. Y llega un momento en el que necesitas formar parte de algo”.

Esas relaciones forzadas inspiraron el proyecto Voyeur. A lo largo de todo 2014, Abel Azcona mantuvo encuentros sexuales con cuarenta hombres vinculados al mundo del porno gay, la prostitución masculina, el cruising, las aplicaciones con fines sexuales… Los encuentros se fotografiaron y dieron como resultado cien instantáneas artísticamente muy cuidadas. “Son fotos bonitas, que están bien; aparte, los tíos son los típicos buenorros con el culo bien puesto. Solo se ve lo bonito, pero detrás hay una historia dura: a mí no me apetecía hacerlo”.

¿Eres bisexual?

No soy nada de eso. Soy queer. Si te sirve, follo tanto con mujeres como con hombres, pero me gustan más las mujeres, me siento más atraído por ellas.

Entonces, ¿por qué forzarte a hacer esto?

Para crear un paralelismo con mi vida real, una denuncia de mi existencia. Yo hago eso para llenar unas carencias, pero esas carencias las tengo por algo.

Rubén y Abel en Voyeur. Barcelona, 2014. Imagen: Mano Martínez

Rubén y Abel en Voyeur. Barcelona, 2014. Imagen: Mano Martínez

De nuevo, la herida primaria.

Un año vagando por Madrid, y Abel consigue rodearse de las personas adecuadas. “Sí, siempre he tenido la suerte de que, ya sea por intereses sexuales u otros, he tenido a gente que ha querido estar a mi lado”. Gracias a esos mecenas, a los dieciocho años, Abel consigue un trabajo de camarero en un buen sitio, vuelve a dormir en un piso y comienza a pagarse la carrera. “Soy diplomado en Artes Escénicas, y, luego, empecé Historia del Arte por la UNED. Tengo dos carreras”.

El teatro, la antítesis de las performances, el arte guionizado, continuamente repetido y obsesionado por parecer real, centró la actividad artística de Abel Azcona durante sus años en Madrid. “Hice dinero con él, la verdad”, asegura el artista. A los veintidós años, tras otro intento de suicidio y un máster en Chicago durante el cual consumió éxtasis prácticamente todos los días, Abel volvió al redil de las performances.

En octubre de 2012, una de sus performances, curiosamente una que nada tiene que ver

Jihad 191. España. Imagen: Abel Azcona

Jihad 191. España. Imagen: Abel Azcona

con su abandono, le obliga a llevar escoltas durante un año. Abel, que en esos momentos se encuentra en Berlín, se come un Corán entero en seis horas. Busca representar literalmente la necesidad humana de “alimentarnos de ficción, mentiras, miedo”, denunciar que todos los dogmas son alimentos prefabricados, y lo que realmente consigue son amenazas de muerte. Sí, pueden quitarle la vida en cualquier momento, pero, al menos, sus necesidades económicas están bien cubiertas por una temporada. Un accionista danés paga por la performance en su conjunto 225.000 euros: por el concepto, 75.000; por el vídeo de seis horas en el que aparece comiéndose el Corán, 75.000, y por las 37 fotografías que le realizan, otros 75.000. “Comenzó a decir que lo quería, que lo quería; comencé a echarme el pegote, a subir, a subir, y, cuando me quise dar cuenta, tenía un colchón económico lo suficientemente grande como para crear lo que a mí me diese la gana”, explica el artista. “Pasé de estar en lugares marginales a colarme en algunos de los mejores museos y salas. Todo por tener dinero. Es triste, pero es así”.

Desde entonces, no ha parado: Centro Pompidou de París, Museo de Arte Contemporáneo de Málaga, MAC de Lima, retrospectiva en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, inauguración de la Feria Internacional de Arte Contemporáneo Donostiartean, talleres por medio mundo…

 ¿En algún momento dejarás este mundillo de barbaridades?

 Sí, dejaré este mundo, pero lo dejaré del todo. Y creo que es necesario hacerlo dentro de mi propia obra. Estoy vomitando mucho y llega un momento en el que lo que quieres es explotar del todo. Explotar del todo y manchar mucho, para que la gente entienda de verdad mi crítica y lo que se siente. No estoy diciendo mañana ni pasado, pero…

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