Abel Azcona, performatizar la infancia (I)

Ignacio Pérez//

En octubre de 2012 estuvo seis horas comiéndose un Corán. Del 5 de julio de 2013 al 15 de agosto, 42 días, permaneció encerrado en un espacio de seis metros cuadrados sin luz en una galería de Madrid. Y, este invierno, se ha hormonado y prostituido como travesti por las calles de Bogotá. Abel Azcona (Madrid, 1988) es el responsable de algunas de las performances más salvajes del panorama artístico español. En ellas no solo ve una forma de ganar dinero; cree en su poder purificador, catártico, introspectivo. Sobre todo, a la hora de comprender y soportar su propia historia.

Biological Meeting, Abel Azcona. Contemporary Art Center of Huarte, Pamplona

Biological Meeting, Abel Azcona. Contemporary Art Center of Huarte, Pamplona. Imagen: Abel Azcona

Victoria tendrá ahora 44 años. Mide metro y medio, tiene la piel tostada y heredó la nariz aguileña de su abuela argentina. Se crió en un pequeño pueblo al lado de Denia, Valencia, y es la responsable de que Abel Azcona se haya hormonado y prostituido como travesti durante dos meses en Bogotá, de que 139 personas hayan pagado por acariciarlo, besarlo, penetrarlo e, incluso, quemarlo con velas, o de que por poco se haya ahogado con una soga en Madrid y Houston.

Victoria, más concretamente la Victoria que, con dieciocho años, cogió un autobús a los Sanfermines de 1987, se prostituyó en ellos, se quedó embarazada (probablemente de un norteamericano) y siguió consumiendo alcohol y heroína durante los nueve meses siguientes, es la musa indiscutible de Abel Azcona. Prostituyéndose, Abel quiere experimentar lo que sintió esa joven aquella semana en Pamplona y establecer así un vínculo con ella. Estrangulándose con una soga y bañándose en una mezcla de alcohol, barro y heroína, el performer, de 26 años de edad, recrea el cordón umbilical y el líquido amniótico en el que se movió un feto que, en palabras de Azcona, “no debería haber nacido”.

Finalmente, nació. Y lo hizo en Madrid, en la Clínica Montesa, en mayo de 1988. Al enterarse, Manolo, la pareja de Victoria en ese momento, bajó desde Pamplona hasta la capital. Es él quien se hizo cargo del bebe y se lo llevó. Su madre, Victoria, no lo quería. Justo el día en el que la recién parida iba a abandonar la clínica, las monjas le dijeron que, aunque fuera a abandonarlo, tenía que ponerle un nombre. Para facilitar las cosas, le sacaron una lista de nombres cristianos. Victoria no se lo pensó mucho y eligió el primero de la lista. Resultó ser Abel, segundo hijo de Adán y Eva, y primera persona que, según el Génesis, murió en la tierra, a manos de su propio hermano. Azcona, el apellido, tardará todavía en llegar.

“Todo esto lo sé porque localicé a una de las monjas que estuvo presente y me lo contó”, explica el artista performance por enésima vez en su vida. Es 29 de junio y son las tres menos cuarto de la tarde. Siete meses han pasado desde que se le realizara esta entrevista a Abel Azcona. El artista se encuentra sentado en un banco acolchado y empotrado a la pared de una de las salas del Café Iruña, en la céntrica Plaza del Castillo de Pamplona. Justo hoy acaba de llegar de San Francisco. Mira abstraído una caña mientras le da vueltas con los dedos. Desde que ha pisado España, ya se ha bebido tres.

Museum of Modern Art of Bogotá (Colombia)

Museum of Modern Art of Bogotá (Colombia). Imagen: Abel Azcona

Lleva desde los dieciocho años investigando a Victoria y el porqué de su abandono, intentando reconstruir lo que pasó en esos Sanfermines y lo que sucedió en aquella sala de la Clínica Montesa. “Ahora, con recursos económicos, tengo un detective privado”, cuenta. Si no fuera por la hebilla plateada de su cinturón, vestiría enteramente de negro: polo de manga corta negro, pantalón de traje negro, zapatos pulidos, brillantes. Erguido, mide algo más de metro setenta. Clava sus ojos azules en el interlocutor, casi sin pestañear. Se rapa los laterales y el castaño oscuro con bastantes briznas rubias domina en su pelo y barba.

Nadie pidió explicaciones a Manolo por aparecer en Pamplona con un bebé. Directamente dijo: “mi hijo”, y Abel pasó a formar parte de la familia. Vivían en la calle de los Descalzos y era la abuela la que cuidaba de los diecisiete niños de sus tres hijos; por cuestiones de drogas y robos, Manolo y sus dos hermanos estaban continuamente entrando y saliendo de la cárcel.

Hasta los cuatro años, Abel no existió -por lo menos para el Estado español-. Fue a esa edad cuando Manolo se dignó a acudir al Registro Civil e informar a las autoridades de que supuestamente tenía un hijo. Un niño de cuatro años que iba desnudo por la calle, que podía estar perfectamente dos días sin aparecer por casa, que defecaba en los pies de las señales y que pasaba hambre porque, a veces, no había nada que comer.

 ¿Y ese niño era feliz?

Sí, yo creo que sí. A esa edad no valoras… No percibes lo que es bueno de lo que no lo es

No obstante, la ingenua felicidad del niño salvaje se ensombrece con lo que el artista cuenta a continuación. “Si estaba las doce horas con un cliente, me tenía las doce horas metido en el armario”, “por cada miga que manchaba, me pegaba una hostia”. El sujeto omitido de estas frases es Arantxa, nueva pareja de Manolo de 17 años, prostituta, drogadicta y encargada de “cuidar” a Abel durante las estancias de Manolo en prisión. “Recuerdo una cocina grande y blanca, muy blanca. Y tener mucha hambre porque no me daban de comer casi nada o no había casi comida. Entonces, llegaba ella y traía consigo sobaos Martínez, que ahora no puedo ni verlos. Los ponía en medio de la cocina y me los ofrecía, pero antes me decía que acababa de limpiar la cocina y que, por cada miga que tirara, me pegaría una hostia fuerte. Obviamente, yo, un niño de tres años, con hambre y abriendo un paquete de sobaos, manchaba. Me daba las correspondientes hostias y, como al final manchaba tanto, acababa quitándome los sobaos y comiéndoselos ella”.

Pero las sombras no se quedan ahí. “Si el cliente quería pagar un poco más a Arantxa, tenía opción de estar conmigo”, “también recuerdo un abuso concreto por parte del abuelo, el bigotes, un señor gordo que no hacía nada más que estar sentado en el sofá”, relata Abel.

En los últimos meses,el artista ha hablado con más de cincuenta personas víctimas de abusos sexuales, y de esas conversaciones han surgido dos proyectos: “Visibles” y “The Shadow”

Abel Azcona en un parque en Pamplona. Proyecto The Shadow. Imagen: Abel Azcona

Abel Azcona en un parque en Pamplona. Proyecto The Shadow. Imagen: Abel Azcona

El primero, desarrollado en Bogotá el pasado mes de diciembre, lo conforman fotografías de adultos y jóvenes que, en algún momento de su vida, han sufrido abusos sexuales. Al lado de cada instantánea se expone una carta de la víctima dirigida a su agresor. El segundo, armado en Pamplona durante los meses de noviembre y diciembre, surge de un recorrido que hizo Azcona por distintos parques de la capital navarra con 29 adultos con historiales de abusos. Se fotografiaron los treinta parques visitados, cada uno relacionado con la infancia de alguna de las víctimas, incluida la del propio artista.

Materialmente, la irrupción de Isabel en la vida del futuro artista fue positiva; mentalmente y a largo plazo, no tanto. Hija de una familia conservadora, pudiente y ligada al Opus de Navarra, Isabel, estudiante a punto de finalizar Trabajo Social, sentía la necesidad de ayudar a los demás, y vio en el pequeño y desarrapado Abel la oportunidad perfecta para llevar a cabo su buena obra cristiana.

A Manolo le parecía perfecto y, asiduamente, dejaba que Isabel se llevara a Abel a casa de sus padres. Allí descubrió lo que era comer hasta hartarse, estrenar ropa nueva, recibir regalos… “Y claro, con tres años siempre quería ir con ellos”, recuerda Azcona.

A los cuatro años, los Servicios Sociales retiraron definitivamente la custodia de Abel a la familia de Manolo, e Isabel inició los trámites para conseguir la adopción de su obra de caridad. Se la denegaron la primera vez y el pequeño fue condenado a una diáspora de familias de acogida y pisos tuteladas. Prácticamente nadie le quería: era un niño de seis años que mordía, pegaba y robaba a sus profesores. Al final, no les quedó más remedio que dar la pre-acogida a una joven Isabel de 24 años, y, tras comprobar que medianamente funcionaba, le concedieron la adopción definitiva. Abel tenía siete años y tuvo que acostumbrarse a una nueva palabra: Azcona.

El niño que pegaba y mordía lo tenía todo: sesenta euros para salir cada fin de semana, iba vestido entero de Quicksilver, vivía en un piso de 140 metros del barrio pijo de San Juan… No llevaba tan bien lo de ir jueves, viernes, sábados y domingos a misa, o cursar estudios en un colegio de fomento del Opus. No iba a clase, y las pocas veces que acudía, se dedicaba a hacer burradas. Aun así, sacaba nueves. Isabel, viendo que aquello no era normal, lo llevó al centro de Valladolid especializado en hiperdotación. Resultado: “coeficiente intelectual de casi 180”, asegura Azcona.

En prácticamente todas las tragedias griegas, hay un momento fatal en el que el protagonista descubre o le son revelados datos sobre su pasado que destruyen la idea que hasta ese momento tenía de sí mismo. Edipo, por ejemplo, descubre que ha matado a su padre y que se acuesta con su madre, y el príncipe egipcio Moisés, que, en realidad, es hijo de esclavos hebreos. Ese momento se llama anagnórisis, y Abel, como en toda tragedia que se tercie, también tuvo uno. Fue durante la adolescencia. La relatividad infantil se esfumó y Azcona tomó plena conciencia de que había sido abandonado, maltratado y abusado.

Y se negó a ignorarlo otra vez. “Me hacían rezar todos los días por lo afortunado que era, por lo buena que era mi madre adoptiva. Me decían que era el niño más afortunado del mundo y yo pensaba: ¿afortunado de qué? Me han violado, me han maltratado, me han abandonado. Sí, tengo dinero, tengo cariño, pero también tengo un pasado que ha dejado secuelas y que estáis intentado borrar”, explica el artista atropelladamente, con rencor.

“Y eso, con quince años, peta”. Y peta con varios intentos de suicidio. Al periodo crítico de la adolescencia y el recuerdo del pasado, se unen su “herida primaria”, los problemas mentales y la relación tormentosa con Isabel. “No podía aguantar el dolor, quería morirme. Cargué toda mi ira contra mi madre adoptiva. Me sentía solo, no podía vivir. Y era porque realmente no entendía algo que sí que entiendo ahora: que no tengo la capacidad de crear vínculos afectivos con nadie. Es algo que tengo roto”.

¿Cuántos intentos de suicidio has tenido?

Fuertes, tres. Desde tirarme a un coche, desde un piso, hasta tomarme sesenta pastillas. Los fuertes que te digo, a los 16, 17 y 18. Y luego otro con 21.

Continuará…

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