American Way of Lies II

Carlos Gamissans//

Un portal de empleo, una oferta prometedora y una conferencia impartida por un argentino. Fueron estos los tres primeros pasos para conocer la estafa de Amway

Conferencia de AmwayLa conferencia solo había servido para aumentar mi confusión. Tenía que seguir investigando, así que concerté una nueva cita con mi coach. Él quiso que nos viéramos al mediodía, pero le dije que no podía y al final se le liberó la tarde. Llamativo que el horario del destacado miembro de una multinacional girara en torno a mis deseos. Decidí llegar quince minutos tarde para provocarle un poco, pero se mostró tan educado como siempre. Le confesé que su amigo argentino no me había entusiasmado y que el cuento seguía pareciéndome bastante oscuro. Elogió mi capacidad crítica y me confesó que él tampoco se lo creyó a la primera. Sin embargo, ahora se congratulaba por haber abandonado su puesto de ingeniero en la Generalitat para convertirse en un empresario Amway. En doce meses construyó una sólida red de contactos que le permitía embolsarse 3.500 euros al mes y vender en todo el mundo sin moverse del sitio: “Solo es cuestión de tiempo que alcance la categoría diamante, y si tú estuvieras igual de convencido que yo, también lo lograrías”.

La empresa clasifica a sus integrantes por categorías: platino, rubí, esmeralda, diamante… Cuanto más dinero generas, ya sea por lo que compras, por lo que vendes o por lo que compren o vendan tus reclutas, mayor es el brillo de tu virtual escalafón. Este sistema de puntos provoca que muchos comerciales desesperados se compren a sí mismos enormes lotes de suplementos vitamínicos, bebidas estimulantes, cepillos de dientes, champús, detergentes, vajillas o perfumes para alcanzar la siguiente categoría, lo que implica unos beneficios que en ningún caso compensan la inversión de alcanzarlos.

El mentor me aconsejó que empezara por algo modesto que me sirviera para comprobar la calidad de los productos, ya que el mejor argumento para vender es “convertirse en cliente y utilizar tu experiencia personal para explicar los beneficios”. Digamos unos 100 o 200 créditos (1 crédito son casi 2 euros). Con eso bastaría por ahora. Como yo no parecía dispuesto, tuvo que confesar que le canta el alerón y que usa desodorante todos los días. “Antes compraba muchos al año, pero con el nuestro me echo solo un poquito y el bote me dura seis meses por lo menos”. No hacía falta que lo jurase: aquello olía muy mal.

En el juego de la persistencia, en el tira y afloja dialéctico, el ex ingeniero es habilidoso como un comercial redomado. Te arranca un pequeño compromiso sin que apenas te des cuenta. Salió de allí con más datos míos -aunque algunos los inventé-, incluyendo una cuenta de e-mail que no uso a la que me enviaría la invitación oficial de la familia  Amway. Para sellar el pacto tendría que pagar 30 euros y ellos a cambio me proporcionarían una especie de tienda online desde la que comprar y vender. Yo le dije que sí, que ya lo haría, o tal vez que lo iba a pensar, que no prometía nada, pero que en cualquier caso ahora debía marcharme. Hay mañanas en las que pierdo cinco minutos en decidir el color de los calzoncillos que voy a ponerme, así que humildemente creo poder afirmar que el rol de indeciso me sentaba a la perfección.

Cuando llegué a casa revisé mi e-mail alternativo, donde entre toneladas de spam destacaba el kit de bienvenida de la empresa: un PDF plagado de testimonios de gente a la que Amway había cambiado la vida y otro con las diferentes opciones para comenzar a “ahorrar dinero” adquiriendo sus productos -cuanto más compras más ahorras, pero también crece el volumen de la estafa-. En su publicidad utilizan citas inventadas de Bill Gates, Donald Trump o Warren Buffet en las que ensalzan las maravillas del Network Marketing.

Tienda on-line de Amway

Mi presupuesto para realizar el reportaje es de cero euros -inconvenientes de ser freelance-, así que no completé el formulario y nunca llegué a integrarme en esta encantadora comunidad de sanguijuelas. Tuve que decirle a mi mentor que de momento no me interesaba. No se lo tomó muy bien, desde luego. Con el tiempo que me había dedicado, ya me veía como un quilate más en su ascensión a la categoría diamante. Por whatsapp me tildó de cobarde y reprobó mi falta de iniciativa. Pero no me dio del todo por perdido y aún tuvo bemoles de invitarme a su conferencia.

¿Qué mejor manera de concluir mi artículo? En la otra charla, el coach me situó en primera fila -el lugar de los indecisos- y no pude captar lo que ocurría a mis espaldas. Acudo de nuevo al hotel, esta vez armado con cámara fotográfica. La esposa del ingeniero jubilado, todo queda en familia, se encarga de facilitarme el acceso. Me conduce hasta su marido, que me saluda con afecto y me revela una confidencia: está preparando un e-book que adapte al castellano las enseñanzas de Robert Kiyosaki, su gurú favorito: otra golosina más con que engordar la envenenada tarta de Amway.

Le deseo suerte y me siento en una de las últimas filas, atento al flujo de gente que se acomoda a mi alrededor. Diviso al conferenciante de la semana pasada, a su mujer y otros rostros repetidos. Casi todos parecen conocerse de antes, se saludan con familiaridad y cuchichean excitados ante la nueva dosis de palabrería que nos aguarda. Parte del público viste con chaqueta y corbata como si de verdad asistiésemos a un acto solemne. Trabo conversación con el tipo a mi izquierda, un latinoamericano que acaba de ingresar en Amway pero que sabe lo suficiente para repetir como un loro los métodos y beneficios de la organización. 

Mi mentor habla más claro que el argentino, o quizá es solo que ya me he acostumbrado a su voz y las increíbles cifras que salen de su boca. Afirma, por ejemplo, que existen en el mundo tantos empresarios Amway como habitantes de Barcelona y su área metropolitana, como si esta ilusión de ser muchos y estar en todas partes tuviera más efecto persuasivo que cualquier argumento racional.

Una celada del discurso se vuelve en su contra. Pregunta a los asistentes cuántos han cobrado un cheque de la compañía y de inmediato se levanta la casi totalidad del auditorio, revelando así que apenas hay caras nuevas en las que tatuar su emblema. Ya sea por su negra reputación online, por el boca a boca -con irónico orgullo aseguran que la empresa aterrizó en España en 1986, lustros en las que han tenido tiempo hasta de patrocinar y nombrar el pabellón del equipo de baloncesto de Zaragoza– o por la facha tenebrosa que cubre a sus embajadores, Amway cada vez engaña a menos gente.

Listado de productos AmwayLe falta entusiasmo, de todos modos. Habla de sueños y oportunidades que solo se presentan una vez en la vida con tal sosiego que incluso los disparates suenan plausibles, pero carece del brillo y la fuerza de un verdadero maestro de la retórica. Tal vez por ello se ha preparado una sorpresa final. Llegado desde Miami, entre aplausos atronadores y con aspavientos propios del ganador de un Óscar, sube al estrado un tal Nelson que pregona con su voz agudamente caribeña “que la vida es un teatro y que debemos ser actores, no espectadores”. Podría creerlo, pero antes desempeñaría un papel en el teatro del absurdo o en el teatro de la crueldad que en el de Amway, cuyos protagonistas carecen de cualquier atisbo de gallardía y seducción.

Los triunfadores de la empresa, aquellos que han alcanzado al menos la condición de “platino”, suben al escenario -Nelson, en el centro, rodea con su brazo el hombro de mi coach, que sonríe incómodo-, y reciben la más sonada ovación de la tarde. Solo faltan matasuegras, confetis, serpentinas y trompetas para que esto parezca una celebración de fin de año.

Cuando se calma el jolgorio y se reconstruye la intimidad de los círculos, la euforia se apaga como el fulgor de una estrella muerta. Se habla de dinero y, sin el menor disimulo, de captar nuevos seguidores.

-Es mejor llamar por teléfono, te hacen más caso.

-Ya, pero el mío nunca lo coge y le mando whatsapp.

-¿Y si no contesta al whatsapp?

-Siempre nos quedaré el e-mail…

Ya no me tomo la molestia de despedirme. Subo a la recepción del hotel y me apoyo en el mostrador. Se acerca un tipo con pinta de zumbado, que habla español con cerrado acento catalán, y empieza a contarme su historia. Se parece tanto a la de mi mentor, a la del argentino, a la del otro y la del otro que todas se confunden en mi memoria como trozos de puré. “Esto lo tienes que hacer por ti, por tu futuro. A Amway le da igual, ya tiene millones como tú, pero piensa en el beneficio que le puedes sacar…” En su cartera exhibe varios billetes de cincuenta euros. Un rápido movimiento y… la decencia o la cobardía me detienen.

Antes de irme todavía asisto al triste espectáculo de una sectaria en plena faena de conversión. Su víctima es una joven andaluza que no parece decidida, pero sí abierta a escuchar sus embustes.

-Lo que veo difícil es hacer que se vendan todos esos productos…

-Tranquila, tenemos un método que garantiza resultados. Te lo iremos enseñando poco a poco. Vamos a proporcionarte la ayuda que necesitas: cursos, talleres, libros, conferencias… de momento voy a mandarte unos videos muy buenos para que entiendas mejor cómo funcionamos aquí. Mañana me dices si tienes alguna duda y seguimos avanzando. Yo te voy a apoyar siempre, pero al final no olvides que todo depende de ti…

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