American Way of Lies I

Carlos Gamissans//

Un portal de empleo, una oferta prometedora y una conferencia impartida por un argentino. Fueron estos los tres primeros pasos para conocer Amway, una empresa con multitud de productos que se guía por el marketing multinivel para aumentar los beneficios de quienes forman parte de su familia. La labor del vendedor es, como en muchos casos, conseguir vender la mayor cantidad de productos y así mayor ganancia para sí mismo. Sin embargo, lo que en un principio parece el negocio perfecto pronto comienza a transformarse en todo lo contrario con tan solo una búsqueda en Google. Imaginen si rascamos un poco más en sus actividades… Amway: ¿paraíso o estafa?

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Dos actores aficionados que interpretan su rol: yo permanezco callado en la primera fila mientras él gesticula desde el estrado. La misión del orador, de nacionalidad argentina, consiste en convencernos de la gran oportunidad que supone integrarse en la familia de Amway. Según mi mentor, se trata de un empresario exitoso de inspiradora trayectoria, pero yo diría que su destreza para hablar en público apenas supera la de un nervioso estudiante al que obligan a presentar un trabajo en el que no se ha esmerado.

Amway. El nombre no pertenece al ecosistema de marcas de la mayoría de consumidores. Sin embargo, la empresa lleva 65 años en el mercado y acumula unos beneficios cifrados en miles de millones de dólares. O al menos eso asegura la compañía. Se denomina así como abreviatura del American way of life tan cuestionado en tiempos de revisión capitalista, pero cuyo influjo aún subyuga a numerosos individuos con altas ambiciones económicas que pregonan sumisión absoluta al “Dios Mercado”.

El conferenciante prosigue su discurso en un pobre simulacro de los preceptos del storytelling. Resumo su vida más fabulada que fabulosa: un tipo sin empleo, un don nadie insignificante que obligaba a su esposa a trabajar por los dos, descubre la existencia de Amway, una empresa que ofrece a sus partners la posibilidad de obtener ingentes beneficios en función de las ventas que consigan. Gracias al marketing multinivel – nuevo paradigma de los negocios –, no se limita a colocar los productos de la casa sino que además construye una red de contactos que a su vez crean nuevas redes que venden más y más productos y así hasta el infinito –teóricamente-.

Cada venta de un miembro de su red le supone un beneficio en forma de comisión. Tal vez por ello está de excelente humor y no para de hacer bromas que provocan risas inmediatas entre los asistentes -sin embargo, yo jamás había escuchado a un ponente argentino con tan poca gracia-. Dosifica su historia con abrumadores datos sobre el éxito de la compañía: afirma que ya hay en todo el mundo cinco millones de “empresarios Amway” con la misma tranquilidad con que un profesor de instituto diría que ha borrado tres pizarras esta mañana. Ninguna cifra es lo bastante impactante para ilustrar lo fácil que resulta vender sus innovadores productos, amparados por la investigación de científicos entre los que se cuentan varios Premios Nobel, y conseguir grandes sumas de dinero con un poco de ambición y perseverancia.

Intento reconstruir los pasos que me han llevado a esta conferencia sobre “cómo mejorar tu economía”. Supe de la existencia de Amway a través de un portal de empleo. La oferta parecía prometedora, aunque un tanto imprecisa: “Start-Up de Barcelona enfocada en Nuevas Tendencias Económicas y Nuevos Mercados Emergentes busca un partner, no inversionista, con experiencia previa en su propio negocio o conocimientos relacionados en Marketing Digital, Community Manager o Social Media”.

Un poco al bulto les envié el CV -mi actividad periodístico-literaria aún no me permite comprar un yate como los que reposan en el Puerto Olímpico de Barcelona-. Enseguida me llamaron para concertar entrevista. Nos citamos a media mañana en una cafetería de Plaza Urquinaona. De mediana edad, casi calvo, panzudo, el entrevistador parecía un hombre tranquilo y de exquisitos modales, aunque había algo indefinible en él que inducía a la sospecha y suscitaba rechazo.

Pedí un té verde, suspiré hondo y me dispuse a escuchar lo que tenía que decirme, que eran muchas cosas. Me habló del Network Marketing, un revolucionario concepto de negocio que suprimía los intermediarios inútiles y proporcionaba a sus practicantes libertad personal y financiera. Música en los oídos para cualquier desempleado o insatisfecho con su ocupación. Me vi obligado a interrumpir -el “empresario de éxito” no tenía ninguna prisa y ni siquiera prestaba atención a los whatsapp que llegaban sin descanso a su iPhone 5S- para presentar varias objeciones. Si el sistema era tan maravilloso, ¿cómo no se forraba todo el mundo? ¿Qué crisis global podría afectarnos con un paradigma empresarial tan perfecto? Ah, pero él me desarmaba con un discurso bien aprehendido: no invertimos en publicidad, las grandes cadenas de supermercados temen que se conozca nuestro modus operandi porque verían peligrar sus beneficios, hay millones de intereses creados que se esfuerzan en ocultar la mejor manera de aplicar las leyes del mercado…  

Solo después de recrearse en las maravillas de Amway -la pujante Start-Up resultó ser la filial española del invisible gigante norteamericano- y de explicar los efectos fabulosos que me produciría la lectura de ciertos libros de grandes gurús de los negocios que se hicieron multimillonarios partiendo de la nada, se interesó brevemente en quién era yo, cómo me llamaba, qué edad tenía, de dónde había salido… Elogió mi conocimiento del mundo digital y destacó el mérito de haberse granjeado una comunidad de seguidores. “Eso es justo lo que necesitamos, Carlos. Con tantos fans no tendrás ningún problema en vender nuestros productos e ir progresando en el escalafón de la empresa”.

Vagamente entendí que me ofrecía un puesto de vendedor online, aunque él lo sazonaba en términos más prestigiosos como “emprendedor”. Podía, por ejemplo, desarrollar una página hablando maravillas de los productos de Amway, que abarcan nutrición, limpieza del hogar, cuidado personal y un largo etcétera. Cómo cerrar las ventas era asunto mío, aunque él se convertiría en el mentor que necesitaba para obtener beneficios que después compartiríamos como buenos hermanos. Solo recibiría dinero en función de lo que facturara y debía correr con todos los gastos inherentes a mi actividad.

La música comenzaba a desafinar. El coach notó mi falta de entusiasmo, así que prometió enviarme por e-mail unos documentos que me convencerían del increíble potencial escondido en el Network Marketing. Tras interiorizar la información estaría preparado para una segunda entrevista. Le seguí la corriente -parecer estúpido tiene su encanto-, pero estreché su mano con la seguridad de que no volveríamos a vernos y la sensación de haber perdido una hora de mi vida.

Una nueva obsesión se ha apoderado del tiempo y la salud de los gestores de todo tipo de empresas: mejorar la reputación online. Se contratan profesionales expertos en marketing solo para conseguir que el rumor digital de la marca arrulle a los fanáticos de Google -que somos todos-. Unas cuantas búsquedas me sirvieron para descubrir la desastrosa reputación de Amway, que en vano intentan disimular creando blogs o perfiles en foros ex profeso para hablar bien de la compañía.

Entre todos los testimonios destaco el de Eric Scheibeler, que tras diez años de trabajo alcanzó una posición prominente en la organización. Él define esta supuesta oportunidad como el gran “fiasco americano” que ha causado “carreras arruinadas, bancarrotas, ejecuciones de hipotecas y familias destruidas en todo el mundo”. En su e-book gratuito -en inglés- lo explica en detalle, pero en esencia el modelo de estafa consiste en persuadir al vendedor para que adquiera productos Amway, de precios tan desorbitados que ni siquiera se atreven a publicarlos, como se observa en esta captura de pantalla de su web:

Precios de los productos

Mi coach practica lo que se conoce como venta piramidal, prohibida en muchos países -incluso en España, desde 1991-. Así la define el BOE: “Se considera desleal, en cualquier circunstancia, crear, dirigir o promocionar un plan de venta en el que el consumidor o usuario realice una contraprestación a cambio de la oportunidad de recibir una compensación derivada de la entrada de otros consumidores o usuarios en el plan, y no de la venta o suministro de bienes o servicios”. Perfecta descripción de su actividad, pues los productos de Amway solo sirven como pretexto para meter más pollos en el horno, aunque si por un casual se venden, enseguida aseguran su pertinente comisión. Sin embargo ciertos subterfugios, unidos a generosas donaciones a ciertas campañas políticas, permiten que la compañía haya sobrevivido tantos años e incluso prosiga su estrategia de expansión internacional.

Según los datos que maneja Scheibeler, por cada mil comerciales de Amway que pierden dinero, dos o tres -¿los más afortunados o los más implacables?- recuperan su inversión. Porque no les basta con exigir la compra de productos que no interesan a nadie, sino que además les obligan a “formarse” en técnicas de venta mediante costosos cursos y talleres que deben pagar de su bolsillo. En ello basan su negocio los captadores que, como el tipo que me tocó en gracia, pretenden involucrar a los incautos en esta operación en la que siempre ganan y pierden los mismos. Para manipularlos utilizan toda clase de técnicas de presión y, una vez dentro, acosan a los individuos para que reserven más productos o atrapen a nuevos reclutas. El asunto es muy serio. Scheibeler asegura haber recibido cuatro reportes de compradores-vendedores que no han podido resistir y han acabado quitándose la vida.

No tardé en recibir el siguiente email de mi coach:

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También empezó a mandarme whatsapp, no con una frecuencia asfixiante pero sí lo bastante alta para que no me olvidase de la generosidad de su oferta. Sus documentos oscilaban entre lo cómico y lo indignante, por ejemplo este vídeo en que se desprecia a “la gente pobre”, seres inferiores que no merecen ni el dinero que ganan con tanto esfuerzo.

Tras verlo me convencí definitivamente de la necesidad de escribir este reportaje. Porque quizá todavía puedan engañar y quizá yo pueda evitar que alguien -me basta con una persona- desperdicie su tiempo y su dinero en enriquecer a quienes menos lo merecen. Porque el mercado laboral que padecemos empuja a muchos al borde y más allá de la desesperación. Porque, en el fondo, es la incapacidad de los políticos y su corrupción la que alienta este tipo de organizaciones.

El segundo encuentro con mi mentor sucedió en la misma cafetería. Mi intención era mostrarme sumiso a la codicia, fascinado por cada una de sus palabras, pero no pude contenerme y le arrojé a la cara varias preguntas desafiantes. Aunque amenazó con abandonar a su insolente discípulo, no perdió la calma ni levantó el culo del asiento: todo formaba parte de su calculada estrategia de persuasión.

Recurrió al dibujo: un esquema rudimentario de cómo habían cambiado los negocios en el siglo XXI. Trató de asociar Amway con Amazon y Facebook -del primero tomaban su agilidad en el comercio electrónico y del segundo la construcción de redes-. Su última carta consistió en invitarme a una conferencia en un lujoso hotel situado en el barrio del Eixample. Vendría un gran orador e importante miembro del business que me lo dejaría todo cristalino. Mientras tanto debía absorber los videos, e-books y audiolibros que me seguiría enviando a través del e-mail o el teléfono.

Imaginé que la conferencia sería un buen espectáculo, así que acepté la propuesta. No puedo sentirme decepcionado. El esperpento escandaliza aún más de lo que me había figurado. El argentino recurre a preguntas retóricas -¿no te gustaría ser tu propio jefe?, ¿no querrías tener libertad financiera y disfrutar de tiempo libre?, ¿te apetece ahorrar un 30% en tu cesta de la compra?, si a mí me funcionó, ¿por qué no a ti también?- para apelar directamente a la audiencia, que para mi asombro se muestra entusiasmada ante el discurso.

Una chica que también se halla en primera fila recibe de la mano del orador, como premio por asentir a una de sus tramposas preguntas, la bebida energética fabricada por Amway. Mi mentor ya se ha encargado de encasquetármela en la entrada del salón de actos, donde había que pagar siete euros por presenciar la conferencia si se carecía de invitación. Me he tomado media lata hasta cansarme de su sabor dulce y su efecto gaseoso en el estómago. Justo a mi izquierda, atento a mis reacciones y susurrándome comentarios que reafirman las patrañas del orador, mi coach se esfuerza en terminar la suya. No parece que le esté sentando muy bien, pues jadea a intervalos como si cada trago consumiera sus fuerzas. Un combustible artificial que para arder requiere más llamas de las que genera: perfecta metáfora de Amway.

El power point se llena de fotografías de destinos paradisíacos que el speaker ha visitado por gentileza de la compañía. De pronto se encalla en una diapositiva y se siente perdido. Mira de reojo a mi coach, que le da un consejo para reactivar la presentación. En vano trata de recuperar el hilo y el tono. Se levantan murmullos de nerviosismo. El argentino se ha quedado sin palabras y ya no puede disimular la vacuidad de su discurso. Con una mirada tensa pide auxilio a una mujer de pelo plateado que salta a escena, ataviada con varias pulseras y llamativos pendientes verdes.

El nuevo personaje, que se presenta como esposa del orador, intenta levantar el poder persuasivo de la opereta. He de reconocer que al menos utiliza los gestos y la voz con más encanto. Enseguida nos muestra en pantalla a sus hijos adolescentes, ya a punto de introducirse en el universo Amway: declara emocionada que son lo más importante de su vida. Si se siente en deuda con la empresa, asegura, es sobre todo por las oportunidades que abre para su futuro y porque le ha permitido dejar de trabajar para centrarse en su devoto cuidado. El dinero es tan solo la puerta a la verdadera calidad de vida y a la seguridad necesaria para formar una familia como Dios -y Amway– mandan. Amén.  

La mujer vuelve a sentarse entre aplausos y cede la palabra definitiva a su marido. Este ha aprovechado la pausa para fabricar la emoción que habrá de exhibir en el desenlace. Llevo al menos veinte minutos desoyendo sus palabras y fijándome en sus expresiones. ¿Acaso ciertos escrúpulos le impiden interpretar creíblemente su personaje? Me temo que el principal obstáculo no es otro que su propia torpeza. Las contorsiones a que somete su rostro no le habrían servido para pasar un casting ni siquiera en la época del cine mudo, cuando en el gremio de actores imperaba la sobreactuación; el temblor fingido de su voz es como un zarpazo en mi cara.

Hay aplausos que deberían castigarse con el látigo. El speaker los recibe como si hubiera contado un ápice de verdad. Cuando termina, un joven sale al estrado para recordar próximas conferencias cuyas entradas pueden reservarse con antelación. Al finalizar el acto la mayoría permanece en la sala formando corrillos. El coach me presenta al argentino, a otro tipo que se define como escritor y a no sé quién más. Algunos de los presentes parecen excitados, como si de verdad lo que han oído tuviera el poder de cambiarles la vida.

Mi incapacidad para contagiarme de la alegría colectiva me hace sentir marciano. Escapo de mi mentor y curioseo entre los libros que deben servir para captar nuevos adeptos. Me suenan títulos y autores por los materiales que he ido recibiendo en el correo y el móvil. Ojeo tres o cuatro ejemplares y encuentro una colección de decálogos, historias inspiradoras, casos de éxito, consejos prácticos… Así de fácil: millonarios todos.

Llega la hora de abandonar el escenario. Me despido del coach -que será el protagonista de la siguiente charla- procurando aparentar un educado interés en el negocio y dejando abierta la posibilidad de nuevos encuentros. Creo que él piensa que soy duro de pelar, pero que acabaré cayendo bajo sus encantos.

Un simple interrogante me atormenta y me retiene todavía en el hotel: ¿solo yo detecto la fabulación? No me considero un cerebro privilegiado capaz de leer la mente de las personas, pero soy casi el único que en ningún momento ha aplaudido, reído o asentido. ¿Seré un amargado que no sabe disfrutar de los placeres y el dinero fácil?

Me introduzco en un círculo y formulo un par de preguntas para medir la solidez del entusiasmo. El intento queda interceptado de inmediato por un chico tan joven o más que yo, el mismo que había anunciado la próxima ponencia. Me toma del hombro, separándome del resto, y me dice en un susurro, como si se tratara de una cuestión de fe y yo estuviera blasfemando: ¿tienes dudas? Su fanatismo es tan afable que por un momento le creo y casi le respondo que no, que yo también quiero arrodillarme ante el Dios Amway y jurarle sumisión eterna, pero la epifanía dura poco y al instante siguiente lo que deseo es darle un puñetazo y me alejo del hotel a grandes zancadas.

Continuará…

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