Enmascarando a LaMov

Texto: Blanca Usón. Fotografía: Jacobo Yáshyn//

Una versión muy particular del ballet navideño por antonomasia, El Cascanueces, deleitó a los zaragozanos del 18 al 21 de diciembre. El espectáculo con el sello LaMov está caracterizado por la versatilidad de sus componentes, capaces de bailar desde un contemporáneo casi experimental hasta un clásico puramente técnico. LaMov se pone la máscara en un único acto y nos enseña de qué pasta está hecha.

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Entre las puertas angostas del teatro Principal de Zaragoza, un público sediento de espíritu navideño y buen ballet se arremolina. Abrigos de piel, perfumes intensos, llantos infantiles, empujones y risas amigas se entremezclan en el vestíbulo. Apenas queda un cuarto de hora para que la compañía de danza LaMov interprete por cuarta y última vez en la capital aragonesa su versión de ‘El Cascanueces’. Una adaptación del clásico ballet que dista mucho de aquella que Marius Petipa estrenara en el teatro legendario Mariinsky de San Petersburgo el 18 de diciembre de 1892.

Sin darme cuenta, la algarabía se ha ido desvaneciendo pues, poco a poco, el público ha encontrado su asiento y el entorno señorial del patio de butacas del Principal invita al silencio de los asistentes. Cuarto piso, palco central. El gallinero del teatro obsequia con unas vistas formidables del público –aunque no tanto del escenario– y un caballero a la derecha, que ya viene con la lección aprendida, saca unos minúsculos prismáticos del bolsillo y curiosea el ambiente mientras retransmite a su mujer los movimientos de los espectadores. Tal y como ha ocurrido los tres días anteriores, las 924 localidades están ocupadas. El público maño es vehemente con las producciones autóctonas y LaMov lo es al 100%. Víctor Jiménez, director y coreógrafo de la compañía, asegura que esta “puede ser considerada un producto con Denominación de Origen Zaragoza. Aquí nació y creció, y por eso hemos querido estrenar en la ciudad nuestra adaptación del cuento clásico de Hoffmann que, más tarde, Tchaikovsky convertiría en un ballet delicioso”.

Hace menos de tres horas de la reunión con el coreógrafo quien, a pesar de ir vestido con vaqueros y camisa a cuadros, no puede disimular ese en dehors que le delata como bailarín. Francamente atractivo, de ojos soñadores y ademanes pausados, Jiménez dirige a sus ocho bailarines en una barra clásica para calentar motores antes de la última gran noche. Aunque dicta las órdenes con solemnidad –fondue, quinta,  fondue, arabesque…–, se puede apreciar la complicidad del director con su elenco. Los técnicos de luz y sonido hacen las últimas pruebas, la obertura de Tchaikovsky suena de fondo…

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Víctor Jiménez, director y coreógrafo de la compañía, ensaya junto a los bailarines

Por fin apagan las luces y el Principal retumba al ritmo de las partituras del genio ruso. Se abre el telón y la tierna –y excesivamente cándida– Clara, interpretada por la zaragozana María Sordo, baila acompañada por una barra de calentamiento móvil. No hay atrezo, solo María, Tchaikovsky y el juego de luces diseñado por el técnico Javier López, aunque no tarda mucho en aparecer el mágico Drosselmeyer (Alejandro Siveroni) que es tío de la pequeña y, tras varios movimientos rimbombantes muy propios del personaje, da a la niña su regalo de navidad: un muñeco de trapo azul casi más grande que la bailarina, de figura esbelta.

Algún bostezo se intercala con preguntas infantiles bastante molestas para aquellos que intentan poner todos los sentidos en el espectáculo. Cierto es que el principio no es nada asombroso; una solista técnica y dulce, una coreografía lánguida y sobria acompañada por una música de ensueño. Lo que los espectadores desconocen es que esta primera escena no es el plato fuerte: LaMov tiene un as en la manga que no tardará en mostrar.

Siguiendo el libreto, la niña Clara se queda dormida en el centro del escenario mientras asfixia al juguete entre sus brazos. Dong, dong, dong… El péndulo de un reloj canta doce veces, la música advierte de un peligro inminente. Es el momento más terrorífico de_MG_5836-3 la obra: la llegada del Rey de los ratones y sus secuaces… Para sorpresa de los asistentes, los roedores que Hoffmann humanizó en su cuento se transforman en una especie de bailarines-ninja en la coreografía de Víctor. “Nosotros queríamos hacer una reinterpretación del ballet sin abandonar el hilo sentimental de la historia, y por eso le hemos dado una vuelta de tuerca. Esta vez es Clara quien viaja al mundo de los juguetes durante una pesadilla atroz, la misma que servirá de pasaporte para que la pequeña llegue al Reino de las Nieves, donde todo lo que desea se hace realidad”, explicaba horas atrás el director en el patio de butacas mientras los bailarines, jocosos, le tomaban el pelo tras algunos intentos un tanto obtusos del director por posar ante la cámara.

Ha llegado el momento en que LaMov muestra todas sus cartas y el público lo agradece entusiasmado, pues más de uno había comenzado a despistarse. El príncipe Cascanueces, representado por el veneciano Mattia Furlan, acaba de entrar triunfal a rescatar a la frágil Clara –aunque potente María–, ataviado con el traje propio de un soldadito de plomo y con una máscara de belleza asombrosa que le cubre toda la cabeza. Los asistentes enloquecen con el atuendo del Cascanueces y un susurro general se adueña durante unos segundos del viejo teatro. “¡Mamá, es un muñeco!”, rumorea algún niño emocionado que no alcanzo a ubicar en las butacas. Como cabe esperar, el valiente Cascanueces da una paliza a los ninjas, quienes huyen despavoridos dando lugar a un pas de deux que hace las delicias de los más romanticones. Variación que llega a su fin con un beso inocente del que es testigo el resto del elenco que, portando sobre sus hombros caretas dignas de un cabezudo durante las fiestas del Pilar, rodea con ternura a los protagonistas haciendo del momento algo íntimo. Instante del que todos nosotros también somos partícipes.

Estallamos en aplausos y no precisamente porque triunfe el amor, que es algo que todos esperábamos. Víctor Jiménez ha puesto a siete de sus bailarines un auténtico reto en la cabeza: las m_MG_5852-21áscaras, diseñadas por los artistas Bertrand García y Ángel Laín, no solo dificultan la respiración, también la visibilidad. Y como si nada de esto importase acaban de brindar una coreografía exquisita donde una coordinación prácticamente milimétrica ha desempeñado un papel fundamental. “Hemos buscado representar esa dicotomía entre la realidad y la ficción: caras de títere en cuerpos humanos. Una combinación entre la inexpresividad del rostro con el diálogo de una figura coreografiada. Sabíamos que era un reto, pero hemos trabajado duro para saltarlo”, dilucida Víctor Jiménez. Sin embargo, no ha avisado de la potente elocuencia de las máscaras, ni tampoco del poder hipnótico que ejercen al verlas “interpretar”.

El público se ha animado y los bailarines, que lo notan, se crecen por segundos. Como ofrenda a los enamorados y tras la presentación de los, cómo no, reyes de las Nieves majestuosos (Elena Gil y Arturo Naranjo), dan comienzo las cuatro danzas: la del juguete español (Alejandro Longines), la del árabe (Oier López), la del chino (Laura López) y la del ruso (Lucía Muñoz). La chulería torera de Longines, benjamín del elenco, pide las palmas de un público que se ha entregado por completo. Las risas, los suspiros y alguna que otra lagrimilla se hacen hueco en el Principal que baila al compás de los bailarines, de los focos y del mismísimo Víctor Jiménez.

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Y con el clímax de la coda, también llega el final del espectáculo. Llevamos una hora disfrutando de la compañía con un ballet que ha comenzado con discreción y que finaliza con fuerza, calidad, creatividad y arrojo. Clara se ha despertado del sueño y, con ella, todos los congregados saltan de la butaca para aclamar el resultado final. En fila horizontal, los bailarines reverencian el calor recibido y, cuando parece que el telón les va a dar tregua para respirar, la gente pide más. Un par de ramos de flores atraviesan el público y llegan a manos de los bailarines, que ya se han quitado las máscaras. Revelan rostros ruborizados –por el clamor y el cansancio–, pero pletóricos. Esta no es su última representación, mañana viajarán a Jaén, después a Jaca (Huesca), también a Pamplona… Desde Zaragoza se espera con ansia una duodécima producción con sello LaMov. Y hay rumores de que “pecarán”, pero habrá que esperar a que se quiten la máscara.

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