En el nombre del Atleti

María Irún//

A las ocho de la tarde, la procesión comienza. No es que antes la ribera estuviera vacía, nunca lo está. Pero a esa hora empieza la peregrinación, como cada vez que el templo les reclama. Y allí acuden, en masa. Todos poseen un símbolo que les identifica, que les convierte en uno. Todos entonan los mismos cánticos que han escuchado desde pequeños, aquellos que los años no han hecho olvidar. Todos acuden al templo a compartir una misma pasión, a olvidar durante unos instantes la vida real. Todos visten de rojo y blanco, y llegan al estadio Vicente Calderón, donde su equipo de siempre, el Atlético de Madrid, vuelve a jugar esa noche.

El estadio es su templo, y el Atleti es su religión. El Paseo de los Melancólicos les recibe cada día de partido, en tensión. Antes, cuando el equipo jugaba en el estadio Metropolitano, era otro paseo el que veía circular aficionados. Algunos llamaban a esta subida de la avenida de Reina Victoria la Senda de los elefantes, porque en los tiempos en los que el Atleti no ganaba –algunos todavía nos acordamos-, los aficionados salían agitando la cabeza cual paquidermo lamentándose: “Este Atleti…”. Pero volvían, como vuelven ahora al Calderón, por mucho que les decepcione, demostrando una fe inquebrantable en algo que no pueden ver ni tocar, que tan solo sienten.

Hoy el templo está vacío, no hay partido. No hay niños agarrados a la mano de su padre o madre y con una bufanda al cuello, imagen recurrente en cualquier partido de fútbol. No hay puestos de pipas y camisetas, ni se oyen los gritos de los aficionados más pasionales. Solo quienes trabajan día a día en el club, y no golpeando a la pelota, recorren hoy las tripas del Calderón.

Daniel Antolín en el CalderónÉl es uno de ellos. Acudo a la puerta 6, como me dijo, por donde entran los coches al aparcamiento del estadio. Él baja con dificultad de uno de ellos. Me saluda con tranquilidad, con la experiencia de los 50 años que nos separan. Entramos al estadio. Caminamos por los pasadizos que todo coliseo del fútbol tiene, más allá de lo que se ve en la televisión. La cansada vista le engaña, y cuando quiere encender la luz para que encontremos un sitio donde conversar, suele pulsar los botones equivocados. Un aparato que reconoce huellas o la alarma de incendios le hacen desesperarse, de igual manera que el hecho de que en todas las oficinas no haya un asiento en el que reposar. La respuesta es fácil: allí se trabaja, no se descansa. Si se habla, es sobre datos, eventos o publicidades.

En el camino a ninguna parte por las entrañas del Calderón, todo el mundo le saluda. “¿Qué hay, pater?¿Cómo está, todo bien?”, “¡Cuánto tiempo, padre, qué bien se cuida!”, acompañados de apretones de manos o incluso choques juveniles, una estampa cuanto menos curiosa. Desde el encargado de la escuela de alto rendimiento del Atlético de Madrid, hasta la señora de la limpieza, todos le reconocen. No es para menos, lleva 45 años siendo el capellán del club.

Pero hasta un cura tiene un límite en su paciencia. Sabe que compartimos colores, y quiere regalarme un momento único. “Vamos al palco, así ves el campo”, dice, poniendo fin a la búsqueda de un  lugar para la entrevista. Entrar a un campo de fútbol es una experiencia casi religiosa, incluso para quien ese deporte le trae sin cuidado. Un estadio contiene una magia especial, reunida durante años, en la que casi se pueden sentir las lágrimas y las alegrías de quienes allí acuden cada partido. Cuando subes las escaleras que dan acceso a tu butaca, y en esta ocasión al palco de autoridades, es difícil no sentir algo, no importa qué sea.

Desde aquí arriba todo se ve diferente. El estadio, en calma, en silencio, parece otro. Las butacas rojas y blancas, las azules, todas están vacías de gente y de sueños. Nadie grita, porque no toca. No es día de partido. Y el estadio, si no hay partido, descansa. Él, el padre Daniel Antolín, capellán del Atlético de Madrid, nunca descansa del Atleti.

Me invita a sentarme en una de las butacas de primera clase que nunca más disfrutaré. Él lo hace primero, fatigado por el paseo y por las escaleras que hemos subido hasta obtener por fin el premio. Allí recogieron el trofeo de campeones de Liga los capitanes, hace poco, pero ahora solo hay silencio. Y no lo rompemos. Pero la conversación tiene que comenzar en algún momento, así que empiezo por el principio.

-¿Cómo llega uno a ser el capellán del Atlético de Madrid?

Yo nací en Burgos. A los 11 años vine a Madrid a estudiar. En el año 69, conocí a varios jugadores del Burgos en la residencia en la que vivíamos, y más tarde comenzaron a llegar jugadores del Atleti, Gárate entre ellos. Hice amistad con ellos, y empezaron a verme como su “Pater”. No era algo oficial.

Él era ya del Atleti, como toda su familia. Ni uno se libraba del rojo y blanco. Le gustaba mucho el fútbol, y acudía al estadio siempre que podía. Charlaba con los jugadores, rezaba con ellos, y la anécdota se convirtió en una tradición. Nadie le nombró capellán, pero todos lo consideraban como tal. Desde entonces, no ha fallado a ningún partido.

-¿Y qué ocurre si el partido le coincide con una misa?

-Cambio el turno con el resto de sacerdotes. Ellos me hacen esa misa y yo les devuelvo el favor haciendo una suya. Saben que si hay partido, el Atleti es lo primero. No falto nunca a ningún partido en el Calderón. El próximo, aquí estaré otra vez.

Daniel Antolín en el palco del Calderón

Habla con calma, como si cada palabra importara más que la anterior. Sus manos se agitan, tal vez la edad o tal vez el frío que corre en esa parte del estadio en sombra. Sus ojos han visto instantes de la historia de su equipo irrepetibles, tragedias y también milagros. El Atleti no es ni mucho menos predecible, como no lo es aquello en lo que él más cree. Defiende, en varias ocasiones, la necesidad de que el sacerdote y la religión entren en cualquier ámbito de la vida. El padre Daniel decidió que el deporte sería su manera de cumplir con este mandamiento no escrito, y desde hace más de 40 años acompaña al equipo.

-¿Cómo es la relación con los jugadores?

-Yo les tengo mucho respeto, y ellos a mí también. Son humanos, y tienen sus problemas. Si quieren hablar de algo, me llaman. Sí que me gastan muchas bromas. Miguel San Román –portero del Atlético de Madrid entre los años 1961 y 1970-, siempre decía: “Los más santos del Atleti, San Román y el cura”. Tomás, cada vez que entraba al vestuario, gritaba a los demás: “¡Que está el cura, que está el cura!”. Siempre me gastan muchas bromas.

El actual entrenador, Simeone, no se priva tampoco de seguir esta tradición cariñosa hacia el padre Daniel. Se conocieron cuando el nuevo profeta de la afición colchonera era jugador del club, hace ya veinte años. Como todos los argentinos, “viven la religión de una forma diferente”, explica el padre. Simeone, ahora, cada vez que hay partido, le pide que rece. “Hay que rezar más, padre”, le dice. Y si el Atleti pierde, Simeone le reclama al padre Daniel que el cura del otro equipo ha rezado más que él.

Pero él no reza para que el equipo gane, me cuenta. Pide a Dios que todo vaya bien, reza para que no les pase nada, para que los jugadores no se lesionen. Pero nunca para que el equipo gane. Porque si él reza para que gane el Atleti, pero otro cura reza para que gane su equipo, nadie ganaría.

No tiene una función determinada en el club, pero vive con ellos. Les acompaña, y si alguno de los jugadores que forman el equipo le necesita, hablan con él. Ha casado a la mayoría de jugadores y miembros del club, el último al jugador Raúl García. Bautiza a sus hijos siempre que así lo requieren, y celebra funerales de quienes han sentido los mismos colores que él, en el estadio, como ocurrió con el presidente Vicente Calderón, o en la Almudena, como se le encargó por la muerte de Jesús Gil.

El último, y quizás el más emotivo, el de Luis Aragonés, jugador, entrenador y amigo del padre Daniel.

-¿Conocía a Luis?

Teníamos una amistad enorme. Era el tío más chistoso que te puedas imaginar, pero como viniera con el entrecejo para abajo de enfado, ya podías correr… Se nos fue en un año. Después del minuto de silencio que se hizo en el centro del campo, con música, el presidente Enrique Cerezo nos cogió a los veteranos y ,dentro del estadio, me pidió que rezáramos un padrenuestro.

Habla de Luis con nostalgia. Recuerda, como tantos otros, su sentido del humor. Comenta que les decían que se parecían físicamente, y debe ser verdad, porque un día, cuando el padre Daniel cogió un taxi para ir al Calderón, el taxista le pidió un autógrafo. “¡Qué contento se va a poner mi hijo cuando le lleve un autógrafo de Luis Aragonés!, me dijo el taxista. Yo le firmé, qué iba a hacer. Lo curioso es que nuestra firma también se parecía.” Cuenta, después, que Luis le gritaba: “La madre que te parió, cura, me vas a hacer cambiar también la firma”.

Se ríe cuando tiene que decir palabras malsonantes, pero Luis era así. Se ríe porque no está acostumbrado.

-Mi padre era labrador, humilde, y no le oí decir un taco en su vida. Y todos los siete hermanos que somos, somos iguales que él. Ahora se ha perdido ese respeto, y sobre todo el respeto hacia los padres.

-¿Ni siquiera dice tacos cuando se enfada con los árbitros?

-Yo no me enfado nunca con el árbitro. Los conozco a todos, me llevo muy bien con ellos, son las amistades que va dejando el fútbol. Después, cuando te vas a tu casa, sí que piensas que podría haberlo hecho mejor… pero no me enfado. Ni insulto, ni me enfado, es deporte.

No son las únicas amistades que al padre Daniel le ha dejado el fútbol. El portero Leo Franco, ahora en Argentina, le llamó hace poco para pedirle seguir en contacto con él. El jugador y ahora entrenador Michel, quien la semana pasada regresó al Calderón entre insultos por ser madridista, era conocido de la familia, por ser vecinos. Ángel María Villar, el presidente de la Real Federación Española de Fútbol, es muy religioso y eso les une. En todos los actos preparados por la federación se reza, algo abandonado ya en los partidos. Antes, en los momentos en los que los jugadores se preparaban para saltar al campo, se rezaba un padrenuestro y el padre Daniel lo conducía. Ahora ya se limitan a un choque de manos y un “buena suerte”. Los minutos de silencio por la muerte de alguien, ahora se camuflan con música, algo que por la cara que pone no gusta demasiado al padre Daniel. Pero se adapta.

-¿Qué le parece que exista una iglesia maradoniana y que le traten de Dios?

-Una exageración.

-¿Y que los jugadores se santigüen antes de saltar al campo?

-Son supersticiones.

Rechaza esas muestras religiosas que nada tienen que ver realmente con la vivencia de la fe como él la entiende. Él vive de Dios cada día, y es quien mejor sabe separar ambos ámbitos de la vida y juntarlos cuando cree que es necesario. Ha vivido una época en la que la religión llenaba cualquier rincón del país y le extraña que ahora se haya creado tanta separación. Tampoco se enfada, no cambia nunca el tono de su voz, modulada durante años. No se altera; si alguna pregunta no le agrada, no podré saberlo. Cuando le pregunto si siente envidia del fútbol, que cada dos fines de semana logra reunir a 50.000 personas en el estadio que ahora contemplamos, no se molesta. Entiende que el fútbol es un fenómeno de masas, pero no comparte mi opinión de que las iglesias cada vez están más vacías. Su parroquia se llena los domingos, como se llena el Calderón. Sí admite, al final, que lo que ha ocurrido es que sus fieles han envejecido, y que no hay jóvenes que recojan el testigo.

-¿Qué relación cree que hay entre la religión y el fútbol?

-(Suspiro) Unos creen en el equipo, y otros creen en Dios. Es la adaptación de la religión al fútbol. Unos están enamorados del balón, y otros están enamorados de Dios.

Él está enamorado de ambos. Del Atleti, y de Dios. Vive la religión, y disfruta del fútbol, compaginando ambas caras de una misma moneda de igual manera.

El silencio vuelve al palco del Vicente Calderón. Pocas veces ocurre cuando alguien se sienta en él. Hablamos de la temporada pasada en la que el equipo nos dio más alegrías que disgustos, y que él ya no cree que vuelva a ver. Del próximo partido, y de la extraña y puñetera casualidad que hizo que la final de Champions de hace unos meses se perdiera de igual manera que en 1974, con un gol en el último minuto, privando al equipo de proclamarse campeón de Europa en ambas ocasiones. “Un fastidio”, dice. “Es deporte”, me consuela. Él, el padre Daniel, sigue creyendo, en el Atleti y también en Dios.

El cura del Atleti en el Calderón

Salimos del estadio y vuelvo a casa por la orilla del Manzanares. Yo no lo sé entonces, pero unos días más tarde ese lugar se convertirá en el escenario de batalla de doscientos descerebrados que necesitan defender sus colores con palos de hierro y navajas. Yo no lo sé aún, pero el asfalto que piso de regreso a casa se teñirá de sangre y vergüenza nacional. Ellos, los de los palos de hierro y los símbolos fascistas, dicen amar a su equipo, amar el fútbol. Deberían conocer al padre Daniel; él sí que puede hablar en nombre del Atleti, y en nombre del amor al balón.

Anuncios