Bienvenidos al Moulin Rouge, el cabaret más famoso del mundo

Marta Asensio//

Todo comenzó en 1889 en un arrabal de París obsceno y lujurioso. El Moulin Rouge abrió sus puertas y 125 años después sigue ofreciendo dos sesiones cada noche. Más de ochenta artistas demuestran que este espectáculo va mucho más allá del baile del can can.

Fachada del Moulin Rouge de Paris. Imagen: Marta Asensio

Fachada del Moulin Rouge de Paris. Imagen: Marta Asensio

El escenario se abre y aparece un acuario gigante. De su interior, emergen varias serpientes pitón de más de cinco metros. En ese momento, una joven desnuda es arrojada al tanque y los reptiles se enroscan veloces en su cuerpo. Acaban de sacrificar a una virgen.

La potencia de esta escena a los ojos de cualquier espectador y desde luego a los míos, es tan solo un ejemplo de lo que este espectáculo representa. Hace honor a la fama, a la leyenda que acompaña al Molino Rojo. Es ese factor sorpresa, esa teatralidad, lo que logra que noche tras noche y con todo vendido, la gente haga cola a las puertas del local. Público de todas partes del mundo que viste de gala porque así lo exige la etiqueta; aunque con los más de 120 euros que pagas por entrar, deberían permitirte lucir un chándal si tal fuese tu deseo.

Bajo el cartel de ‘Féerie’ (‘Magia’), el título de la función, se accede a este cabaret que tantos bailes desenfrenados y aciagas historias de amor ha protagonizado. Brillo, terciopelo, espejos, balaustradas, luces rojas y numerosas pinturas de Toulouse Lautrec forman un decorado de película.

Fachada del Moulin Rouge. Imagen: Marta Asensio

Fachada del Moulin Rouge. Imagen: Marta Asensio

Decenas de camareros recorren los palcos y mesas envueltos en la cadencia del francés y el descorche del champán. Incluso los baños se asemejan al camerino de una vedette con los nombres de las principales bailarinas, como Jane Avril y La Goulue, escritos en las puertas con letras doradas. Los detalles se cuidan al máximo en toda la sala.  En ese ambiente bohemio, los espectadores toman asiento (los más afortunados también la cena) y aguardan como figuras en un lienzo de la Belle Époque.

Comienza el espectáculo

Se levanta el telón. Una treintena de artistas descienden por las icónicas escaleras del Moulin y así dará comienzo un espectáculo de casi dos horas. Bailarinas de figura perfecta que han de medir más de 1,75 metros con deslumbrantes trajes de plumas y lentejuelas (‘deslumbrantes’ por lo exótico y extravagante, no por la cantidad de tela: aquí el sujetador todavía no ha llegado) desarrollan en perfecta sincronía todo tipo de coreografías. Son chicas jóvenes, rara vez sobrepasan los veinte años, pero ensayan todos los días para que cada paso roce la perfección. Y a juzgar por los gritos y aplausos del respetable, lo consiguen.

Un aspa indispensable de este Molino queda en manos de la música de Pierre Porte con letras de Charles Level, que transmite ese júbilo desenfrenado de la vida nocturna.

Ven, disfruta de París por la noche.

Deja que las alas del Molino nos protejan hasta el amanecer.

Todo se vuelve maravilloso, ¡es mágico!

Bailar como antídoto para burlar la monotonía; la magia como filtro indispensable para ver la vida.

Pero no solo del baile vive el cabaret. Quienes piensan que verán ejecutar el can can no esperan, por ejemplo, un número de patinaje artístico con acrobacias: en una pequeña plataforma, un bailarín hace girar a su pareja. Es como una antigua caja de música, de esas en las que al levantar la tapa una bailarina gira al ritmo: no importa cuántos minutos pases absorto contemplándola, la figura sigue girando. En este caso, el patinador hace girar en el aire a la bailarina sujetándola únicamente con el pie, con una cinta en la frente, con la cabeza… Me estremezco. Es esa emoción que sientes cuando algo va en contra de la física, esa belleza apabullante que dos personas son capaces de transmitir solo con sus cuerpos, ese miedo morboso porque parece evidente que bordea la desgracia. Pero no. La ejecución es perfecta y el éxtasis colectivo. Nadie quiere cerrar la caja de música.

Espectáculo del Moulin Rouge

Espectáculo del Moulin Rouge

Ahora unos piratas toman el control de la nave. Los artistas masculinos derrochan elegancia en cada movimiento (aunque bastante más tapados que ellas). A los corsarios, les siguen gánsteres que tornan en excepcionales acróbatas y contorsionistas. Y con cada cambio de escena, el decorado muda también. Logran trasmitir la ilusión de que esa ficción, su ficción, es la realidad. El público casi forma parte del elenco. No puedo evitar soñar con ser una de las estrellas del Molino, como lo es la pareja de acróbatas que sobrevuelan la sala tal y como se mostraba en la película que protagonizó Nicole Kidman.

La magia del circo

No podía faltar el circo en este espectáculo: domadores, payasos, arlequines… y una decena de ponis. Estos animales, perfectamente uniformados y peinados, desfilan en el Molino desde los ocho meses de vida. Sorprende que veteranos artistas padezcan tantos nervios hasta quedar silueteados en la estela de deyecciones que un payaso recoge tras su paso. Aún así, durante sus dos apariciones, más de uno calcula si sería posible criar uno en su domicilio.

Junto a esa ternura, a los gritos de miedo, la admiración y los escalofríos, no podían faltar las risas en el abanico de emociones. Durante tres actos, primero con marionetas, luego con un perro y por último con voluntarios del público, un ventrílocuo consigue que la sala casi al completo derrame lágrimas de risa. Logra convencer a los asistentes de que un caniche es capaz de cantar ‘Un pasito palante María’ seguido de ‘Frere Jacques’ (es que es un perro políglota).

Y cuando ya la euforia del cabaret se ha contagiado a toda la sala, llega el último giro de las aspas del molino: “le plus célèbre French Cancan du monde”. Este provocador y enérgico baile dio en su día (allá por el año 1890) la fama al Molino frente al resto de espectáculos de la época. En su origen, estas bailarinas eran lavanderas de París: en un período en el que las mujeres tenían prohibido incluso enseñar los tobillos, mostraban su ropa interior en esta danza para desafiar a las autoridades. Los colores de la bandera francesa destellan en las faldas que agitan al ritmo de saltos, volteretas y figuras provocativas. Así, el emblema del cabaret nos recuerda en este acto que aunque la técnica se haya depurado y ya no impresione tanto el atisbar una liga, el can can sigue siendo sinónimo de escándalo.

 Una realidad dual

En todos los aspectos queda claro que ‘Féerie’ apuesta por lo exclusivo y lo sugerente. Las cifras lo avalan: una troupe de 80 artistas que se renuevan con frecuencia pues es sacrificado mantener el ritmo de trabajo; trajes que cuestan una media de 15.000 euros en los que cada pluma se selecciona a mano y se recubren de cristales de gran valor; un carmín rojo diseñado únicamente para las bailarinas del Molino y un total de 250.000 botellas de champán al año que lo convierten en el mayor consumidor privado del mundo. Con esta inversión, no resulta extraño que todo aquel que compra la entrada considere al terminar que ha merecido la pena.

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Pero cuando las luces se apagan y sales a la calle en el corazón de Pigalle al pie del Sacre Coeur, pervive otra historia muy antigua: ‘Les clochards’ de París. El recuerdo del lujo y la ostentación de ‘Féerie’ se difumina con la pobreza de unas calles en las que cada esquina constituye el domicilio de vagabundos. El Molino comparte la avenida de Clichy con decenas de locales sórdidos en los que la piel y el disfrute suponen de un modo bien distinto el negocio principal. El vicio, la hipocresía y el rechazo que Lautrec reflejó en su obra siguen ahí como un aberrante anacronismo. Pero como los planetas en la órbita del sol, siempre hay una cara iluminada y otra en tinieblas. De cualquier forma, saber que esa decadencia fue la que dio lugar al Molino constituye parte de su atractivo.

La maestría capaz de quitar el aliento del Circo del Sol, la delicadeza de una bailarina que se transforma en cisne, el carácter pícaro de los artistas de Montmartre, la magia del circo que te roba sonrisas desde la infancia y el colorido de un óleo exótico y deforme de Toulouse Lautrec: eso es el Moulin Rouge. Y todo ello, junto con tus recuerdos de literatos, pintores, compositores y artistas de la bohemia parisina, configura el alma y la magia del cabaret más famoso del mundo.

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