Títeres de lana: de Lima a Cusco

Esteban Ordoñez//

Crónica de un viaje por las falsas rutas del turismo

Cusco aparecerá en breve. Los turistas examinamos los altibajos de la sierra para cazar el primer rastro de la ciudad. Podemos reconocernos por la nariz pegada a la ventana y las vaharadas que imprimimos en el cristal. Los autóctonos, los que regresan o se desplazan por trabajo, aún no se han desprendido de los auriculares y mastican con gusto los últimos coletazos del sueño.

Pueblo joven. Fuente: Esteban Ordóñez

Pueblo joven. Fuente: Esteban Ordóñez

En estos momentos, la ansiedad por pisar la urbe sagrada no responde a la emoción de un descubrimiento histórico o espiritual. Un ‘spot’ mostraría nuestros pómulos jubilosos y el grito de los cóndores liberando el aire. Nada que ver. La prisa espolea porque llevamos 22 horas de viaje desde Lima con una parada única de cinco minutos. Al bajar, en esa pausa, todo el mundo mea. El autocar dispone de urinarios, sin embargo vamos en tromba a los servicios de la estación, tal vez empujados por el deseo animal de anclar nuestra presencia en cualquier lugar sin nombre. Por lo demás el intermedio permite, a los de vejiga tensa, fumarse un cigarro en cuatro caladas.

El dolor regresa pronto a las piernas a pesar del acolchado ergonómico que abraza la espalda y los gemelos, y justifica los casi 160 soles (44 euros) del pasaje. En Perú todas las actividades sirven al empeño de marcar las diferencias sociales. Los trayectos en avión, por supuesto, solo están al alcance de los que habitan en zonas residenciales con verjas, cámaras y serenos.

De Lima a Cusco el billete medio ronda los 365 soles (100 euros) y el salario mínimo es de 750 soles. El precio de los autobuses varía en función del grado de inclinación del respaldo y de suplementos como televisores o listas de música individuales. Esta vez viajo en uno de alta gama. Igualmente las rodillas se desaceitan y se encallan. Ahora, algunos pasajeros, con un acento ‘sistoleado’ por unas eses silbantes que yo identifico con el deje cusqueño, teclean el móvil y avisan de que los recojan. Cusco, ‘Cosco’, el ombligo del mundo, debe de estar realmente cerca.

Lima y su tramoya

Veintidós horas desplazándonos dentro del mismo país. Lima es un decorado y uno se entera cuando se va. Solo en abandonarla tardamos 90 minutos. La capital se resiste a voltear su rostro caucásico, sus rascacielos de vidrio, su cuadrícula, sus centros comerciales y los mensajes publicitarios bordados con césped y flores en los márgenes de las avenidas.

Allí, cuando anochece, las nubes bajas que ocupan permanentemente el cielo (lo llaman clima de ‘panza de burro’) ocultan las estrellas. Sin embargo, en este lugar hay otro firmamento esparcido por los cerros. Cientos de chabolas de colores tropiezan unas contra otras, pugnan por descender de las montañas que atraviesan la metrópolis. Cuando el sol se esfuma, desde Miraflores, desde Santiago de Surco, desde los distritos afortunados, se divisa a lo lejos un mar de constelaciones suspendidas en la oscuridad. Una belleza extraordinaria y cruel: la noche de los pobres engalana y pone astros a la noche de los cómodos. Al bordear los asentamientos o pueblos jóvenes casi toco lo que me relató Nelly, una empleada doméstica del distrito del Callao: trapos viejos en los tendederos, insectos agotándose sobre huesos implacables, lechugas mustias, ruido de chiquillos, madres flacas y serias, y padres, padres a veces cruzando como sombras. Y luego, con el sol, toses en el barro y la duda, por ejemplo, de cuánto durará el agua de los cubos, de si podrán bañarse o beber té.

Cabaña de los Andes. Fuente: Esteban Ordóñez

Cabaña de los Andes. Fuente: Esteban Ordóñez

Al final el camino cede. Se extingue el Perú de los ‘Starbucks’, los ‘Dunkin Donuts’, los ‘Fridays’, los anuncios de marcas de ropa donde sonríen unas modelos rubísimas y, por extensión, el Perú de las cremas faciales blanqueadoras con nombres como ‘SnowWhite’.

Hay otro país carretera adentro. Hay aldeas formadas por tres o cuatro casas color ladrillo en medio de chacras o cultivos. Desde el autobús, los pueblos cruzan rápido. Vuela un balón de fútbol y debajo, en una calva del terreno, rueda la risa de los niños. Uno de ellos viste una camiseta del Barça. El patetismo me lame y cuando los chiquillos se han esfumado de mis ojos para siempre invento que juegan nerviosos, levantando el barro con los pies descalzos, a ver si chutan, urgentes, a ver si un pase y quizás la gloria chiquita de que sea bueno, corriendo, y marquen gol, corriendo, hermano, y se abracen, y que sea recuerdo con los años bajo las bombillas de la tasca, recuerdo de los que no se dicen pero alivian porque son sencillamente inútiles. Esta tierra propina esos ramalazos mágicos: crees que examinas el paisaje y, en realidad, es él quien te toma el pulso.

Machu-Picchu, garantía de pureza

Los objetivos de las cámaras chasquean por el margen derecho del autobús. La capital de los Incas, hundida en la tierra, amurallada por los montes, recuerda al último trago que espera al fondo de un tazón. Aunque el turista nunca lo reconocerá, exige deglutir su dosis de tradición, de exotismo en rama y sin aliños, y alberga la esperanza de que Cusco lo satisfaga. Los ‘Inka Market’s’ de Lima están bien para atiborrar las maletas y poder detallar a la familia cómo se graban unos dibujos ‘muy quechuas’ en la corteza de las calabazas. Ya abrigadito en casa, uno se las dará de explorador al transmitir una información que el vendedor del mercadillo facilita con absoluta pereza y normalidad. No obstante, desea algo más y casi piensa que el universo debe recompensarlo por el esfuerzo de planear hasta la otra cara del planeta. La gasolina del viajero occidental brota del principio de compra-venta y ahí, Perú ofrece una garantía, un símbolo que resiste los siglos a 2900 metros de altura: Machu-Picchu.

Así que la gente desciende feliz las escaleras del vehículo cuando llegamos a la estación. Atravesamos un local de color incierto donde se amontona un ruido de valijas, de espera, de tachones y boletas quebradas. Las zonas urbanas de este país están hervidas en el barullo. Más de una decena de hombres tapona la salida: “¿Taxi, joven, taxi? ¿Adónde van? ¿Señor? ¿Taxi?”. Una masa: brazos, piernas cortas, ¿taxi?, voces con dedos, camisas sucias, ¿taxi, ya pues, señor? Los más pequeños bajos cuelan codos, hasta una cabeza se infiltra por el hueco de un sobaco. Muchas voces, muchos ojos histéricos y envenados, voces que asustan, que salen de un purgatorio o del maletero de los taxis, taxi, taxi, o qué sé yo.

Aquí los taxistas solicitan al pasajero y no al revés; aquí la mirada del viandante constituye un contrato no verbal. Si te pitan por la calle y les prestas atención un segundo, se sentirán sujetos a ley y te perseguirán, tocarán la bocina repetidamente, insistirán durante metros hasta que aceleren y rezonguen y casi te acusen de traición o de perjurio. Al fondo, mi acompañante ve a un viejo que reposa sobre su coche con un puro sin lumbre colgando de los labios. No tiene demasiado interés en captarnos. Lo elegimos a él.

Nos instalamos en el hostal y apuramos un par de tazas de mate de coca (este brebaje mitiga el mal de altura y está a libre disposición en todos los hoteles). Paseamos por la Plaza de Armas, pero no da tiempo a admirar su belleza, no hay hueco para la autenticidad y la expansión sensorial. Los vendedores de ‘tours’, las ofertantes de masajes, los que cantan las pizzas de los restaurantes, los que exhiben dibujos a grafito y, si los ignoras, tosen: “Coca, marihuana”… Entre todos nos expulsan.

Plaza de Armas. Fuente: Esteban Ordóñez

Plaza de Armas. Fuente: Esteban Ordóñez

Caemos agotados sobre un banco de la plaza. Se aproxima un niño suficientemente inteligente para detectar en nuestro rostro esa mezcla tan extranjera de torpeza, inseguridad y voluntad de fascinación. “Señores, cómprenme”. Abre la mano y muestra unas marionetas lanosas insertadas en los dedos: “Tengo el chancho, la alpaca, la mamá y la llamita”. Le decimos que son muy bonitos, pero que no se moleste, que no llevamos un céntimo. “¿Cómo van a venir sin plata? Sí tienen. Cómpreme un chanchito, no sea malo”. Le aclaro que el monedero se ha quedado en el hostal. El pequeño no desiste. Se sienta en un bordillo, dispuesto a dejarnos reflexionar, como si el acto de sacar un par de soles fuera cuestión de tiempo, igual que la brotadura del maíz. Nos observa de la misma forma que sus ancestros vigilarían el cielo esperando lluvias. Cada dos minutos nos enseña los monigotes. De repente, se le ocurre algo. Rebusca en una bolsita de plástico y nos ofrece un par de caramelos. “Tomen, de regalo”, intentamos rechazarlos. Da igual, insiste. A los pocos segundos: “¿Un chanchito, sí?”. El crío viste un chándal grande y polvoroso. Al remangarse cuelgan bolsas de sus codos. Al fin se marcha, sin éxito. A mitad de camino se detiene, hurga en sus bolsillos y regresa: “Tomen, y no se pierdan allá arriba”. Suelta en nuestro regazo otro par de caramelos. Veo en su ropa agujeros, quemaduras y años que no son suyos. Se va muy sonriente. En fin, el niño acierta, al día siguiente rodaremos hacia Machu-Picchu.  

*Crónica de Esteban Ordóñez, creador del blog de periodismo narrativo Manjar de hormiga

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