Quince años dando la lata

Marta Asensio//

Un espacio dedicado al pop de los 90 inspirado en grupos como El Niño Gusano o los Planetas: esto era lo que buscaba Javier Benito. Con esa idea abrió la mítica sala zaragozana ‘La Lata de Bombillas’, en el número siete de María Moliner. Tres lustros después ha conseguido condesar, en un garito que por fuera parece oscuro, más vatios que ningún otro local de la ciudad

Neska trabaja de noche. Entra y sale de la sala en constante ajetreo. También atiende la terraza exterior. Saluda a conocidos y a desconocidos, les enseña el lugar y, aunque no puede tomar copas con ellos porque no sería adecuado, les contagia la ilusión de sus profundos ojos oscuros que cuentan más de lo que jamás lo harán sus palabras. Su elegante forma de moverse y de serpentear entre la gente llama la atención: son cualidades necesarias para alguien que ha de abrirse camino en el turno de noche. Pero nunca se queja, le encanta su trabajo. Sin embargo, cuando comienza la actuación y la gente se agolpa a pie de escenario, a ella le toca quedarse encerrada tras la barra para no molestar con sus idas y venidas. Lo sabe y lo acepta.

Lo acepta casi siempre. Esta noche no. Esta noche Neska quiere ver el concierto como un espectador más. Así que cuando el dueño se despista, con un trotecillo disimulado y feliz a partes iguales, escapa de su particular prisión entre bombillas y barriles de cerveza y se coloca en primera fila. Por muy ágil que haya sido en la ejecución de la maniobra, suelen descubrirla. El problema es que llama mucho la atención y por muy bueno que sea el artista que actúa, el público prefiere contemplarla a ella: su pelo largo y brillante color caoba, su forma de sentarse en el suelo ajena al mundo que le rodea, la manera en que saca la lengua en una mueca sonriente al disfrutar de la música y ver recompensada su larga jornada laboral… Sí, realmente adora su trabajo, un trabajo no remunerado que eligió ella misma. Y es que durante los años que estuvo en el equipo, Neska, una perrita labrador, fue, en palabras del dueño, la mejor relaciones públicas que ha tenido la Lata de Bombillas.

Esa ayudante de cuatro patas partió este año a los Puertos Grises con los que Tolkien burló a la muerte y forma parte de la luz que envuelve un garito que ni Edison hubiese diseñado mejor.

Javier Benito en La Lata de Bombillas

Javier Benito en la Lata de Bombillas

Precisamente fue este inventor quien justificó en su día: “No fracasé, sólo descubrí 999 maneras de cómo no hacer una bombilla”. A Javier Benito le bastó una sola para hacer de este artefacto un invento deslumbrante: encerrarla en una lata. Y es que es dueño y programador de una sala que, pese a ser de aforo reducido, se ha convertido en un faro imprescindible para iluminar la noche zaragozana.

En sus quince años de vida su escenario ha sido testigo y soporte de todo tipo de grupos. Muchos de ellos, como Amaral o León Benavente, saltaron a la Lata antes que a la fama. Este espíritu visionario a la hora de programar le valió a Javier el reconocimiento a ‘Mejor Programación’ en los últimos Premios de la Música Aragonesa. Sin embargo, confiesa que a la hora de elegir los conciertos no existe una fórmula secreta: simplemente le tiene que gustar y ha de encajar en la línea que programa: pop, rock y estilos hermanos.

Ana Muñoz en concierto

Ana Muñoz en concierto

El elegir solo música en la que confía también permite que el trato con los artistas sea más familiar y se cree una sinergia muy positiva entre ambos. La joven cantante y compositora Ana Muñoz es un ejemplo de ello. Su poesía hecha canción siempre tiene cabida en el local y Javier es una de las personas a las que más quiere. Tanto es así, que cuenta que aunque ahora vive en Madrid y está más lejos de la Lata y de su dueño se empeña en seguir sintiendo que permanecen cerca. “Hay lugares a donde, aunque hayamos sido felices, siempre deberíamos tratar de volver”, reflexiona la cantante. Es precisamente la cercanía lo que más le gusta del local: el escenario apenas eleva a los músicos del suelo y eso beneficia el hecho de que tengan lugar tantos “momentos bonicos y especiales”. Con notable afecto, Ana considera que Javi ha construido un hogar con entusiasmo, ilusión y mucho curro, como hacemos todos con nuestras casas; la diferencia es que él lo ha diseñado para que seamos nosotros quienes entremos a vivir. “¡Y aún nos queda mucho  por bailar y zapatear ahí!” desea la cantautora.

Aunque no es tan fácil con todos los artistas. A algunos les preceden sus exigencias. Los hay que piden dos cartones de tabaco, una botella de whisky que luego se llevan sin abrir, pilas de petaca, toallas negras lavadas una sola vez. Pero para ‘Javi Lata’ -como le conoce todo el mundo- la palma se la lleva Mark Kozelek de ‘Sun Kil Moon’: cuando todavía se podía fumar en los bares, él pidió que no se fumara, que no se hicieran fotos, que no hubiera teléfonos, que no se grabara nada… Y como lleva fama de ser muy marciano y de trato difícil, Javi escribió todo eso en el cartel y añadió: “y no ir al baño”. Como los servicios están detrás del escenario, hay que pasar por un lateral para acceder a ellos y, al ser Kozelek muy místico, eso le habría desconcentrado. Años después, esos carteles aún cuelgan en el estudio de algunos grupos que asistieron como público y les hizo tanta gracia que se los llevaron. Fue una actuación de casi dos horas y la gente aguantó y disfrutó.

La sala cuenta con ‘enlatados’ muy fieles. Es el caso de Gustaff Choos, uno de los mejores fotógrafos musicales de España y gran amigo y colaborador del local. Para él, es un lugar donde descubrir nuevos talentos; apunta que estamos ante uno de esos pocos sitios donde la programación no atiende a listas de éxitos manoseadas por tendencias efímeras, sino a un criterio propio y muy bueno. Lo que no es tan bueno es la cerveza, concreta: “La cerveza de barril es una mierda, pero lo compensa con un buen catálogo de diferentes marcas en botella”. Javi y él, como buenos colegas, siempre se están picando, pero es en esas ocasiones cuando se fraguan colaboraciones como el ‘sleeveface’: un evento en el que el primero ponía la música y el segundo fotografiaba a los asistentes a cambio de una donación para Filipinas. Fue un gran éxito y el fotógrafo confía en desarrollar más proyectos de este tipo.

Iniciativas como esa hacen de la Lata un garito diferente y con encanto. Sin embargo, sorprende que ni el público fiel ni el propio dueño sepan cómo surgió el nombre. No se ponen de acuerdo. Uno de los filamentos fue el grupo de pop El Niño Gusano y su canción ‘El hombre bombilla’. Tienen claro que la bombilla representa la creatividad que persiguen, pero nadie recuerda cómo la envasaron. Quince años después sigue siendo un misterio.

Cuando ya hubo un nombre la decoración se les antojó evidente: colgar una lata gigante del techo, llenarla de bombillas y encargarle la decoración a Óscar San Martín que era quien creaba las portadas de El Niño Gusano – quizá haya una ligera y casi imperceptible obsesión con esa banda-. El resultado fue, cuanto menos, llamativo. Los dibujos de las paredes se han cambiado en tres ocasiones y siempre han corrido a cargo de este diseñador. Actualmente, nada más entrar a la sala, diferentes robots con cabezas ‘abombilladas’ te dan la bienvenida. Más que ilustraciones parecen pegatinas que un niño ha ido colocando por las paredes del garito para custodiarlo y espantar a los malos espíritus que intenten enturbiar la música. Y sin duda cumplen su misión, pues músicos y público coinciden en que resulta uno de los locales con mejor acústica de la ciudad.

Decoraciones de Oscar San Martín

Pero mantener todo esto no es fácil, y menos en los últimos años. Los riesgos son múltiples. En primer lugar, el económico: si pagas cachés a los cantantes -en lugar de ir a taquilla y que solo ganen las entradas que vendan- el conflicto es evidente. Este tema es una guerra candente entre las salas. Para Javi, hay músicos que tienen canciones preciosas, una trayectoria impecable de muchos años y con los que merece la pena jugársela. Si luego sale mal y no venden, ya llorarán juntos en el camerino. Otro problema viene del desgaste que conlleva organizar eventos para un público muy escaso: la Lata ofrece a veces incluso conciertos a la hora del vermut. La inversión no solo de dinero sino de trabajo y esfuerzo es muy grande para que luego acudan solo veinte o treinta personas. Por último, el dueño constata que actualmente Zaragoza está viviendo el mejor momento respecto a programación que ha tenido nunca. Y entre tanta variedad, resulta difícil elegir. Muchas veces el trabajo, la ilusión y la entrega que tanto la sala como los músicos han puesto, no se ve recompensada porque compiten contra diez propuestas más esa misma noche.

La única manera de compensar estos gastos son las ayudas y patrocinios, que se han convertido en la parte más importante del trabajo de un programador. El Ayuntamiento, Ambar, Jagermeister, Coca Cola… quien sea: todo es válido para encender la bombilla. Javier está convencido de que si en este momento le quitaran las ayudas, la calidad de la programación actual sería inviable.

Pero a la hora de hacer balance de estos quince años que tiene su amor, el resultado es sin duda muy positivo. En una sala que no goza de las mejores condiciones respecto a tamaño y disposición, ‘Javi Lata’ ha conseguido actuaciones fuera de lo común. Algunos de los conciertos que recuerda con especial cariño son Scott Matthew, Bart Davenport, Elliot Brood, Damon the Gypsy… Pero son solo algunas chispas de las muchas que han hecho brillar la Lata.

Cantaba el Niño Gusano: Guardó todas sus cosas en una caja blindada. El hombre bombilla se apagó. Quizá el hombre bombilla se apagó, pero La Lata se encendió. Y muchas almas han contribuido a que siga brillando, incluida Neska, la mejor relaciones públicas que ha tenido La Lata de Bombillas.

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