DIEGO PEÑA: EL ROCK AND ROLL DEL HUMOR

Manuela Ramos Cacciatore//

Diego Peña es un hombre a un sombrero pegado. Desde su primera actuación y, después de más de once años, el sombrero sigue siendo el talismán de la suerte del cómico zaragozano que este sábado estrena nuevo espectáculo en su ciudad, “Sombredosis”, un show que nos descubrirá sus ideas y su gran pasión: ser profesional de las risas. Hoy, Diego Peña se quita el sombrero para Zero Grados.

victor peña

Cartel del nuevo show de Diego Peña

Con seis años, su profesora lo subía encima de la mesa para que contara chistes a sus compañeros. “¡Les decía chistes que ni yo entendía! Desde pequeñito mi sueño ha sido hacer reír a la gente y, claro, yo quería ser el payaso de la clase”, recuerda. Con catorce años, sus padres le llevaron al Teatro Principal para ver la actuación del trío catalán Tricicle. “Los había visto en la televisión, pero no era lo mismo. ¡Cómo levantaron al público de sus butacas! Tenían un humor inimitable y… Aún lo recuerdo perfectamente”.  Diego Peña rememora con cariño a sus ídolos de la infancia, de los que tiene todos los DVDs  y un libro- firmado por los tres- que guarda en el fondo de su estantería: “Es la joyita de la casa”.

A esa edad, decidió apuntarse a la Escuela de Teatro de la Estación donde recibió clases de la mano de Marisol Aznar (actriz y guionista del programa Oregón Televisión). Más adelante fue miembro del grupo de teatro “Se vende teatro” -aclara que eran solo siete: seven, siete. Se-ven-de teatro, insiste-, con los que hizo “un par de obras”. Y, a los diecinueve, debutó como humorista: “Mi primer monólogo fue en un antro llamado Big Tabern. Era un garaje con muchas columnas en la zona heavy de la universidad (en Luis del valle). Hice allí mi primera actuación que, por supuesto, yo pensaba que sería mi primera y última actuación. Congregué a la familia, a los amigos, a mis compañeros de clase… Escribí una tontería que hablaba sobre los autobuseros de Tuzsa, y también le di caña a mi madre, que lo vio y lo aguantó”. Esa fue la primera vez que Diego se puso el sombrero.

– ¿Por qué llevas siempre un sombrero?

– (Risa de niño. Mira al suelo, a la mesa y sonríe muy pícaro) Pocos días antes de actuar, había un concierto de La cabra mecánica en el Príncipe Felipe y el Lichis –cantante del grupo- apareció con un bombín en el escenario. Yo lo veía ahí y pensaba: “¡Hostia! que rollo tan guapo lleva”. Así que le dije a mi madre que teníamos que encontrar un bombín para mi actuación. El mismo día de la actuación mi madre me dijo que no encontró ninguno pero, hablando con mis abuelos, me dieron el sombrero que llevó mi abuelo en su boda. ¡Qué gran honor llevar el sombrero de mi abuelo! Lo empecé a llevar siempre hasta que, de tanto llevarlo, se quedó un poco hecho polvo… Entonces Felipe Torres -cómico del grupo Monólogos por la Beneficencia- me regaló otro sombrero, que fue el que seguí llevando. ¡Ahora tengo una colección de sombreros que me trae de cabeza!

– Han pasado once años desde aquella noche y sigues subiendo a tarimas de bares y escenarios de aquí y de allá, has sido guionista del programa de televisión En el fondo Norte (Aragón TV), vas a hacer tu cuarto monólogo para la Paramount Comedy y estrenas “Sombredosis” el próximo sábado 8 de noviembre en el Juan Sebastian Bar. ¿Ha sido suerte o una serie de catastróficas desdichas?

– (Risas) Por casualidades de la vida, empecé a hacer actuaciones semanales en el Lago Ness y veía que a la gente le gustaban mis monólogos, así que di un paso más: entrar en el grupo Monólogos por la Beneficencia. ¡Imagínate! Yo era un criajo de diecinueve años y, ellos ya tenían nombre y apellidos dentro del mundillo: Mariano Bartolomé, José El Niño, Jorge Asín, Charly Taylor… A partir de ahí, he ido poco a poco. Siempre he tenido la sensación de ir pasito a pasito, a lo mío y sin pisar a nadie. Al final, es el público el que decide si te mantienes o te caes del escenario.

Se inclina hacia la mesa y, con acento granadino, dice a quince centímetros de la grabadora: “Gracia’ a la gente, gracia’ a mi público. Seguí’ siendo así por favor, Soi’ genialeh, ¡Oh quiero!”.

– ¡No paras de bromear! ¿Diego Peña nunca baja del escenario?

– En realidad… ¡Me dicen que soy muy tímido y callado! Lo que pasa es que cuando estoy en mi ambiente, suelto a la bestia, me quito el bozal y lo doy todo en los escenarios.

Diego aprendió a ser una “bestia de los escenarios” con la ayuda de Monólogos por la Beneficencia, quienes le enseñaron a mantener al público en tensión, a provocar las risas a su debido tiempo y a “meter el dedo en la llaguita”. Pasó con ellos siete años dedicados, por entero, a ensayar imitaciones, chistes y textos cronometrados. “Cuando preparas algo no sabes cual va a ser la reacción del público. Hay muchas horas que no se ven, pero recompensa cuando la gente se ríe con la mandíbula desencajada al escuchar el chiste que tanto te ha costado. Pero otras tantas, no lo consigues… Hay días en los que tienes que estar muy seguro de que quieres dedicarte a esto porque, muchas veces, te encerrarías en casa a llorar y no volverías en años. Hay momentos muy duros”, confiesa.

– ¿Recuerdas alguno de esos momentos?

– Creo que lo más duro que he hecho en esta profesión fue dejar Monólogos por la Beneficencia. Fue una cuestión personal: Mariano Bartolomé se acostó con mi mujer… ¡No! (Se ríe). Estaba muy a gusto con ellos pero soy un culo inquieto y sentía la curiosidad de ver qué había fuera, de probar hasta dónde podía llegar haciendo mis textos por separado. A veces me preguntan si me llevo mal con Mariano y los demás, pero ¡nada más lejos de la realidad! El buen rollo se mantiene a pesar de que me fuera y, siempre que he estrenado alguna obra en teatro, ellos han estado en primera fila, apoyándome.

De la banqueta y el micrófono de los bares pasó a los focos del teatro. “Disfruto de las dos por igual, pero tal vez, estoy un poco más influenciado por las actuaciones de mis ídolos, Faemino y Cansado y, puestos a elegir, elegí teatro”.

– Te toca elegir de nuevo: ¿Faemino o Cansado?

– ¡Buf!… (Se agita como un niño inquieto en la silla)¡Es que no se pueden separar! Faemino no sería Faemino sin Cansado y, ¡Cansado no sería Cansado sin Faemino!… ¡Va! Si me mojo… Si me mojo… (Piensa durante un segundo mientras se balancea en la silla). Faemino. Sí, Faemino. (Pausa) Pero… La dialéctica diarreica y compulsiva de Cansado contra las caras de Faemino… ¡Es como elegir a papá o mamá!

Entre bambalinas de teatros, ha tenido la oportunidad de codearse con humoristas de la talla de Chiquito de la Calzada, “un señor hiperactivo de 80 años, que consiguió que todo un país dijera ¡Hasta luego Lucas!  y que me firmó un casette que guardo como un tesoro”; Joaquín Reyes, “un trabajador incansable que ha logrado triunfar con un humor tan diferente que ya forma parte de la historia” y Leo Harlem, “la persona más enérgica, auténtica y capaz de hacer que te mees de la risa solo con hablarte”.

Hace ya unos años se le abrieron las puertas de un nuevo escenario. El canal Paramount Comedy le ha dado el empujoncito a la gran pantalla, pero es consciente de que “es más complicado llegar a traspasar el cristalito”. Este canal de cómicos ha conseguido que el “stand-up” americano forme parte de la historia de nuestro humor. En este tipo de formato, el humorista se enfrenta al público con solo un micrófono y una banqueta. Dani Mateo, Goyo Jiménez, o Jesús Vaquero, fueron los primeros cómicos en incorporar el “stand-up” a sus actuaciones. Ahora, Paramount Comedy ha escogido a Diego Peña para que siga la estela de estos humoristas. Él se siente cómodo dentro de este formato que arrasa desde hace cincuenta años en Estado Unidos. “Aquí en España, había monologuistas como Gila o Andrés Pajares que hacían monólogos de diez minutos, pero no es lo mismo”, afirma. “Paramount Comedy ha ayudado muchísimo a acercar el género “stand-up” al público”, afirma.

– ¿Crees que la programación actual está desterrando uno de los roles más importantes del humor, la denuncia social?

– Totalmente.  Están desapareciendo todos los programas de humor en televisión. Da rabia porque, sean programas mejores o peores, es humor y la televisión debería apostar por las risas. No me explico que no haya un programa como el de Buenafuente, pero sí hemos tenido dos programas de famosetes tirándose al agua desde un trampolín. Y a la vez un Gran Hermano, un Expedición por Marruecos, un Hombres, Mujeres y viceversa… Ya vale.  Además, el humor tiene que servir para que te rías pero también para que te des cuenta de las cosas de la vida. Todo se puede mirar con sentido del humor pero hay que hacer pupa. Los humoristas tenemos ese deber y, en este sentido, creo que hemos involucionado un poco. Ahora hay cosas de las que no se puede hablar y, antes, no pasaba nada por decirlas. Hay un sketch de Martes y Trece que se llama “Mi marido me pega”. Ese sketch se estrenó una Nochevieja en Televisión Española y ahora mismo eso no se podría hacer, sería inviable. Y la tele tiene mucha culpa de eso.

Para un cómico como Diego la palabra “censura” está fuera de su vocabulario. “Yo soy partidario de hacer humor sobre cualquier cosa: política, chistes sobre el Holocausto, las barrabasadas más burras que se te ocurran… Siempre controlando la situación en cada momento, pero se debe hacer humor de todo ¡y más aún en el monólogo! que es el rock and roll del humor”, aclara. Para él, el monólogo es el género que ha “desajustado” los esquemas de nuestro humor: “Siempre hemos conocido el humor de otra manera, con chistes, con dúos cómicos, con sketches… Y de repente, surge el monólogo, que rompe con todo eso”.

No admite ni censuras ni recortes que disminuyan la cultura de la sociedad. “El ministro Wert debería pensar que un país sin cultura es un país abocado al desastre más absoluto”, reflexiona. “Me da miedo pensar en las generaciones futuras, porque sin cultura y sin educación, no van a saber qué hacer. Es algo muy serio porque se está creando una cultura elitista, que debemos impedir. Lo que nos toca ahora es pelear para revertir la situación”. Y, es que, si Diego Peña no hubiera tenido a su alcance toda la riqueza cultural en la que se crió, reconoce que ahora mismo no sabría que quería dedicarse al mundo del espectáculo.

– Hablando de tu niñez y, en honor a Quintero, ¿qué opina tu niño interior?

– (Risas) Mi niño interior opina que me estoy haciendo mayor.

– ¿Te da miedo crecer y que se acaben las risas?

– No, no, no. No me da miedo porque todo está muy en el interior y, una cosa es la edad que tengas y otra es la mentalidad. Muchos de los humoristas que yo he admirado y que ahora son mayores  coinciden en que lo mejor de un cómico, lo mejor que hace y lo mejor que escribe, es a partir de los cuarenta. Les oigo hablar con orgullo de esto y digo: “¡Hostia! Me va a apetecer jugar a esto y ver como evoluciona todo…”

– ¿Y cómo crees que va a evolucionar?

– Creo que se me va a ir la olla completamente y acabaré desnudándome en mis actuaciones y desplumando pollos… Yo estoy esperando ese día y, estoy seguro de que va a pasar (Se ríe). Por eso (otra vez se agacha y habla a la grabadora imitando a Troy McClure), “no tienen que dejar de ver mis actuaciones amigos, tienen que seguir yendo al teatro porque, el día menos pensado…” (Se para en seco y se aleja de la grabadora) Es como Sabina, que vas a ver sus conciertos para ver si llega el día en que le da un jamacuco en el escenario y tú estás ahí para verlo… (Vuelve a acercarse a la grabadora y continúa imitando al personaje) Pues conmigo pasa lo mismo, porque cualquier día me dará un jamacuco y podrán decir que ustedes estaban allí.

Termina su frase con una amplia sonrisa a la grabadora, como si el público le estuviera viendo en directo , sonríe como un niño al que le acaban de hacer un regalo sorpresa. No sabe qué le deparará el futuro y tampoco quiere darle importancia; él seguirá haciendo lo mismo que lleva haciendo once años: Sacar sonrisas de su chistera.

Autor Manuela Ramos

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