El lugar donde habitan las leyendas

Dan Tarodo//

Nos encontramos justo en el ecuador de la XXXI olimpiada de la Era Moderna, periodo de 4 años entre dos ediciones de Juegos Olímpicos. Los medios de comunicación se hacen eco minuto a minuto de todo lo que ocurre en el estadio: las marcas, la emoción, la gloria, la decepción… Sin embargo, lo más cotidiano se nos escapa. ¿Cómo viven los deportistas el día a día de esas dos semanas mágicas?

Andrés Mir (hockey hierba) en el centro de la villa olímpica de Londres. Fuente: A. Mir.

Andrés Mir (hockey hierba) en el centro de la villa olímpica de Londres. Fuente: A. Mir.

Cuenta la leyenda que los dioses de la antigua Grecia vivían en un monte que conectaba con los cielos: el monte Olimpo. En su honor, se celebraban unos juegos deportivos que encumbraban a sus héroes elevándolos casi al nivel de los que moraban en aquel idílico monte. Su recuerdo se perdió, pero la modernidad lo devolvió a la vida.

El estadio se ha convertido con el paso del tiempo en el centro de la épica del mundo moderno. El deporte es su vehículo. Y los atletas, sus héroes. Esta es la historia de ese punto de encuentro donde se unen las vidas de los que forman el sueño olímpico. Ese lugar, alejado de los focos y de las cámaras, donde la paz reina como reflejo del mítico monte heleno. Un lugar que es uno y muchos a la vez pues, como si se tratara de la isla de Perdidos, se va desplazando en el tiempo y en el espacio y aparece solo una vez cada cuatro años. Barcelona, Atlanta, Sídney, Atenas, Pekín, Londres, Río… Como reverso humano de la cara heroica del estadio, se erige una fortaleza legendaria donde solo deportistas, técnicos y voluntarios pueden entrar: la villa olímpica.

La villa se materializó por última vez en Londres, hace dos años, en el mes de julio del pasado 2012. Sin embargo sus coordenadas se decidieron mucho antes. En 2005, cuando Madrid competía con la capital británica por albergar los Juegos de la XXX Olimpiada, el mítico lugar donde los atletas iban a vivir comenzaba a gestarse como un boceto en diversos planos. El tiempo, la arquitectura y las almas de los atletas hicieron de esos bosquejos una realidad. Una villa como cruce de caminos de almas luchadoras que conviven. Un lugar donde los flashes y micros no llegan. Un refugio cuyos muros guardan con recelo la cotidianeidad de los días –probablemente– más importantes de su carrera deportiva. Sensaciones que solo nos pueden contar sus protagonistas: aquellos elegidos que conformaron la villa la última vez que el fuego sagrado ardió en el pebetero, creando ese pequeño Olimpo en el corazón del imperio británico

Sugoi Uriarte (judo) coincidió en los comedores con leyendas del baloncesto como el estadounidense Lebron James. Fuente: S. Uriarte.

Sugoi Uriarte (judo) coincidió en los comedores con leyendas del baloncesto como el estadounidense Lebron James. Fuente: S. Uriarte.

Entre la muchedumbre que llegó a ese lugar de Londres los primeros días estaba Sugoi Uriarte, judoka vitoriano que participó en la categoría de menos de 66kg. Sugoi rememora el momento de acceder al lugar, convertido en un auténtico fortín por motivos de seguridad. “Había mucho control policial y nosotros estábamos como locos por ver todo: la habitación, el comedor, el gimnasio…”, explica emocionado por el recuerdo.

Su historia es dura, de esas en las que parece que la diosa de la victoria burla a los héroes como si se tratara de una broma del destino. Sugoi llegó muy preparado a la ciudad del Támesis. Reconoce que el día anterior a su competición estaba tranquilo, descansó y estuvo un rato corriendo para dar el peso, variable importante a la hora de estructurar las categorías en las disciplinas de artes marciales. El 29 de julio arrancó con victoria. Una tras otra, ronda tras ronda. Hasta llegar a la semifinal. Ahí se truncó la posibilidad de metal seguro (oro o plata) pero aún quedaba el bronce. Un combate épico, contra el surcoreano Jun-Ho Cho, tan igualado que llegó a la “prórroga”. Tras no hacer ninguno de los contendientes un golpe de oro los árbitros hablaron para decidir el encuentro. Sugoi perdió por decisión unánime de los jueces su última oportunidad de lograr el bronce en Londres, un desatino que marcó totalmente su estancia en la villa ya que fue uno de los primeros en competir. Fue uno de los días más tristes de su historia deportiva: “No dormí nada durante tres noches dándole vueltas al combate”, reconoce apesadumbrado.

Sin embargo, antes del fatal desenlace, el judoka tuvo la oportunidad de conocer y convivir con ídolos de su otra gran pasión: el baloncesto. Aficionado del Baskonia, el vitoriano recuerda con ilusión una conversación sobre básquet con dos jugadores de élite, Marcelinho y Splitter, mientras echaban una partida al billar en uno de los pocos momentos de relax que tenían durante las competiciones. “La gente en general era muy maja, hay muy buen rollo entre todo el mundo”, afirma con nostalgia.

A pesar de la grata compañía y el buen ambiente, el sabor amargo de su “medalla de chocolate”, no le permitió alargar su estancia en la villa. Sugoi no aguantó a ver la ceremonia de clausura y se marchó de Londres tan solo cinco días después de su competición. “Sentía algo raro… pena pero, a la vez, después de lo que me había pasado por el bronce, quería desaparecer de la olimpiada. Cada vez que veía a alguien con una medalla me daba mucha envidia”, confiesa el vitoriano.

Quién sí conoció la sensación de colgarse un metal al cuello y subir al podio fue Andrea Blas. La jugadora de waterpolo zaragozana formó parte de la selección que hizo historia logrando una medalla de plata. En ese momento contaba con tan solo 20 años, Andrea nació pocos meses antes de que la flecha de Antonio Rebollo encendiera el pebetero de Barcelona 92. La aragonesa asegura que, cuando entraron en la villa, tanto ella como sus compañeras de equipo “flipaban con todo”. Andrea añade: “Después de la ceremonia de inauguración, que fue un momento insuperable, lo que más nos marcó fue el momento de entrar en la villa. Es algo único”.

Una vez asentada en el refugio legendario, su rutina era muy similar todos los días. “Entre entreno y entreno estábamos en la habitación o íbamos a dar una vuelta por la villa o al centro comercial que había al lado”, expresa la waterpolista. La historia de la selección femenina de waterpolo es una carrera de fondo. Un equipo joven, en el que la media de edad es de 24 años, que poco a poco, durante esas dos semanas del verano de 2012 se fue forjando una leyenda. Encuentro tras encuentro, se plantaron en la final contra EEUU, un duro rival con el que empataron en la ronda previa pero que lamentablemente no pudieron vencer en la prueba definitiva. “Al terminar el partido fue un poco duro, pero no duró mucho, enseguida nos dimos cuenta de lo que habíamos conseguido, habíamos hecho historia y eso era magnífico”, asegura Andrea. En ese momento de euforia, ni ella ni ninguna de sus compañeras de selección sabían todavía que esa plata se tornaría en oro en el mundial de Barcelona de 2013 y en el europeo de Budapest de 2014, resultados que hacen soñar con el primer cajón del podio olímpico en Río.

Después del baño de plata, llegaron los momentos de celebración con la familia y, algo que está al alcance de muy pocos: poder vivir la villa más allá de la competición. Una nueva dimensión de este espacio, más lúdica y con la sensación del trabajo recompensado. La waterpolista zaragozana detalla: “Después de acabar nuestra competición tuvimos tiempo de ir a animar a nuestros chicos, hacer turismo, ver Londres de noche –ríe–, y pudimos ir a ver la final de baloncesto, algo fantástico también”.

Precisamente el carácter multidisciplinar de los Juegos Olímpicos permite que los propios deportistas puedan ser espectadores de deportes muy distantes de los suyos propios. Sin ir más lejos, uno de los partidos de Andrea, tuvo como entre las gradas a alguien muy especial. A otro aragonés olímpico. Se trataba de Andrés Mir, jugador de la selección española de hockey hierba, equipo que acabó en un meritorio sexto puesto.

Andrés llegó en el primer grupo de la expedición, ya que los deportes de equipo son los que más tiempo tardan en desarrollarse, y por ello pudo vivir las dos semanas olímpicas íntegramente. Cuando se le pregunta por cómo era el lugar donde vivía, explica detalladamente, con cierta emoción en sus palabras: “Nosotros, estábamos al lado de Italia y Estados Unidos y teníamos casi un edificio para nosotros. La planta 4 eran cuatro apartamentos pues eran tres de hockey y uno era de entrenadores. Por horarios, tampoco
coincidíamos tanto con otros deportes, solo en los momentos de relax”.

La selección española de hockey hierba reunida en uno de los grandes comedores que suponen el punto de encuentro de miles de deportistas. Fuente: A. Mir.

La selección española de hockey hierba reunida en uno de los grandes comedores que suponen el punto de encuentro de miles de deportistas. Fuente: A. Mir.

La villa tiene un poder igualador, desde el mayor medallista de todos los tiempos hasta el último clasificado de la última prueba, todos están ahí. Este sentimiento donde mejor se aprecia es en el comedor, punto clave de la villa que todos mencionan en sus testimonios. Todos los habitantes de este “Olimpo moderno” coinciden en que los comedores eran enormes, casi como campos de fútbol, y en ellos comparten largas mesas todos los deportistas. Andrés lo describe así: “Nosotros, al ser deporte de equipo, quedábamos a una hora para comer, pero el comedor es inmenso y coincidías a veces con españoles y a veces no. Si veías a algún español siempre saludabas, o comentabas qué tal había ido la competición”. Los llamativos chándales de la delegación española, diseñados por la firma rusa Bosco, ayudaban mucho a esta identificación, tal como bromeaba Sugoi Uriarte cuando le pregunté por el tema.

Mir recuerda también la magia de los fortuitos encuentros en los pasillos del comedor. Esos encuentros fugaces que hacen accesibles a los ídolos más lejanos. Aún así el jugador de hockey zaragozano reconoce que había deportistas que eran intocables: “Como Ussain Bolt, por ejemplo, no te podías hacer ninguna foto, no podías ni saludarle casi porque iba como con guardaespaldas…”. Sin embargo, otros a pesar de su condición o veteranía, se mostraban como uno más del clan olímpico. “Kobe Briant firmó autógrafos a todo el mundo, se hizo fotos, no sé… Dices, hostia, una persona tan grande que haga estas cosas… es muy emocionante”, recuerda Andrés con un brillo especial en los ojos.

Las camas de la villa estaban cubiertas por un edredón estampado con los 39 pictogramas que representan las disciplinas practicadas a lo largo de los JJOO. Fuente: A. Mir.

Las camas de la villa estaban cubiertas por un edredón estampado con los 39 pictogramas que representan las disciplinas practicadas a lo largo de los JJOO. Fuente: A. Mir.

Al margen de este trasiego de deportistas de casi todas las disciplinas, vivió sus primeros juegos Francisco Cubelos, Paco para los amigos. Nacido en Talavera de la Reina, con tan solo 19 años tuvo la oportunidad de convertirse en héroe olímpico y lograr un diploma en piragüismo, en concreto en la especialidad de K-1 de 1000 metros. El escenario de su experiencia olímpica no fue el estadio, ni sus aledaños, sino un paraje distinto, cerca del canal de Eton Dorney. Un lugar casi bucólico donde se celebraron las competiciones de remo y de piragüismo en aguas tranquilas. Un lugar, quizá, demasiado tranquilo para un chaval de 19 años que llega Londres con ganas de comerse el mundo, algo que supuso para el talaverano un pequeño jarro de agua fría al inicio de su aventura olímpica. “Hasta el día de antes yo no sabía que íbamos a estar en otra villa. Era una villa solo para remeros y para piragüistas, bastante más pequeña de lo que me esperaba y cuando pude compararla con la villa grande, no tiene ni punto de comparación. Pero bueno, aun así estaba muy a gusto y tenías todo lo que querías y más, a cualquier hora del día y lo bueno es que no había nada para distraerse”, comenta Paco.

El kayakista castellano manchego llegó a su hogar olímpico, con las competiciones bastante avanzadas (el 5 de agosto) ya que el piragüismo suele ser uno de los últimos deportes en competir. La minivilla para palistas y remeros era pequeña pero en ella había gente muy grande: Cubelos tuvo allí la oportunidad de ser vecino del mayor medallista de la historia olímpica, David Cal, que atesoraba cuatro metales al llegar a Londres y se volvió con cinco. “David es el estandarte, ya no solo del equipo de piragüismo, sino de todo el equipo olímpico español, tenerlo ahí pared con pared es un lujo que pocos deportistas puede tener y yo estoy muy orgulloso de ello”, explica con emoción.

Una vez acabó sus competiciones, el equipo de piragüismo al completo viajó hasta la denominada por Cubelos villa grande. De entre todas las construcciones que había dentro del recinto, un edificio reclamó la atención del joven talaverano. “Me da un poco de cosa decirlo, pero tenía ganas de ir a la villa olímpica por aquello de ver el McDonalds que era gratis. Llegamos a la villa grande un día antes de la clausura y fuimos directos al McDonalds…” confiesa. Después de las duras competiciones y el tiempo de sacrificios, es el momento de premiarse con esos pequeños placeres que están prohibidos en tiempo de competición. “Estuve un día entero en la villa y solo comí en el McDonalds. Me acuerdo de ir con Saúl Craviotto, que acababa de conseguir la medalla de plata y pedimos entre los dos no sé si fueron 20 hamburguesas, diez para cada uno. Y nos las terminamos, por supuesto”, asegura risueño.

Después de 15 días llenos de vibrantes momentos, la llama olímpica se apagó en Londres. Los diferentes deportistas se dispersaron, con metal o sin él, pero satisfechos por todo lo vivido en ese lugar mágico. Los edificios que conformaban la villa descansan ahora vacíos, como si fueran los vestigios de un lugar mítico que en otro tiempo estuvo lleno de vida, esperando una resurrección. Y es que no es que la villa viaje en el tiempo o en el espacio, la villa surge allí donde vayan los deportistas. Cada atleta es un engranaje de esta gran maquinaria, que cuando se pone en marcha se convierte en ese lugar de encuentro donde no hay distinciones culturales o deportivas. La magia espera latente su regreso, faltan apenas dos años. El 5 de Agosto de 2016, al abrigo de una nueva llama prendida en el templo de Hera, la villa volverá a renacer en Río de Janeiro, cuando caras nuevas y viejos conocidos se reúnan una vez más para vivir como humanos mientras luchan como héroes.

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