Belchite, entre la muerte y el silencio

María Irún//

El día 24 de agosto de 1937, las tropas republicanas comenzaron a aproximarse a Belchite. Era un intento desesperado de evitar que los soldados franquistas se hicieran con Zaragoza, o al menos retrasar la pérdida de una plaza fundamental para el devenir de la Guerra Civil. Ese día comenzaba la batalla de Belchite, una de las más cruentas de la lucha entre españoles por razones que aún es difícil entender. El pueblo quedó completamente destruido. Ahora pueden visitarse sus escombros, rodeados solo por silencio.

La calle Mayor del pueblo viejo de Belchite. Fuente: M.I

La calle Mayor del pueblo viejo de Belchite. Fuente: M.I

Pablo era médico por entonces. Pero 1937 no era un buen año para ser médico. Ni Belchite un buen lugar para ser destinado por el ejército franquista en la Guerra Civil española. Ni la batalla de este pueblo zaragozano era un buen momento para hacer amigos. Simplemente, porque sabías que todos iban a morir.

Eso dice Pablo Uriel en No se fusila en domingo, sus memorias de guerra. Si algo le marcó, fue que el noventa por ciento de las personas a las que conoció allí estaban muertas tres meses después. La guerra le cogió remontando el Ebro en piragua, cuando estaba destinado en La Rioja en 1936. Y le remató en Belchite.

Ni 1937 era un buen año para ser médico, ni Belchite un buen lugar para ejercer la profesión. Seis mil muertos lo corroboran. Seis mil vidas perdidas en un pueblo que antes de la guerra contaba con 3.800 habitantes. Pablo Uriel cuenta, en su libro, el silencio que abatía al pueblo cuando él llegó. El mismo silencio que hoy se percibe. El silencio de la muerte y de la vergüenza.

Pisar las calles del pueblo viejo de Belchite en la actualidad es temerario. Ya no por el peligro a un desprendimiento, a que una piedra castigada por la guerra te alcance la cabeza. El verdadero reto es entrar al escenario de una de las más atroces batallas en España sabiendo que vas a salir con una herida en el corazón.

El silencio sigue presente. Los edificios, que en 1937 sufrían los continuos ataques de morteros y fusiles y aguantaban con la dignidad y tozudez propias de un aragonés, ya no albergan la muerte en su interior. Al menos, es lo que queremos pensar. Pagamos por la visita, nos asombramos con las historias que allí nos cuentan, como si de un guion hollywoodiense se tratara. Pero no es un guion, es la realidad.

Quizás sea eso lo que provoca la herida. Llega un momento de la visita en que frenas el deseo de conocimiento histórico, o al menos debes hacerlo. Y piensas que sobre ese camino, desde el que contemplas las paredes agujereadas y los edificios derruidos, alguna vez hubo un joven soldado que disparaba por una bandera que no serviría para limpiar todas las lágrimas de su madre o de su futura esposa cuando recibiera la noticia de su muerte.

Belchite es mágico. Y nada tiene que ver con los fenómenos paranormales que dicen que allí suceden –teléfonos que cambian de hora, cantos de niños, focos que explotan-. Es algo más allá. Mientras la guía explica de manera formidable cómo los soldados apilaban los cadáveres en un pozo por falta de espacio, o cómo los soldados franquistas trataban de escapar del sitio provocado por los republicanos, cualquiera puede tener la sensación de estar viviendo la batalla. De que las balas silban y se estrellan en las paredes, de que las mujeres lloran y los heridos gritan de dolor desde la iglesia.

La iglesia es precisamente el lugar en el que Pablo Uriel desarrolló su trabajo. Sin vendas, ni agua siquiera, tuvo incluso que realizar una amputación con una sierra y un cuchillo de cocina. Así, hasta la noche del 5 al 6 de septiembre, cuando los soldados sublevados se rindieron ante el avance republicano que había comenzado el 24 de agosto. Allí trataba de alargar la vida a los heridos que llegaban a sus manos, pero, para su frustración, rara vez lo conseguía. Hasta que la construcción no pudo soportar más los bombardeos, y las bóvedas cayeron.

La fachada de esa iglesia conserva la dignidad, a pesar de todo. En la puerta se puede leer una estrofa de una jota escrita por un vecino del pueblo, pero si la atraviesas la poesía se acaba. Ruinas, agujeros de bomba, y una historia que debería avergonzar al más inconsciente. Allí se apilaban los heridos, con la cabeza abierta o torniquetes que no podían superar los tres días. Las campanas avisaban de un próximo bombardeo. Pablo recibía a los heridos en la puerta de la iglesia para realizar las primeras curas, y después la mayoría solo podía rezar. Dormir se antojaba complicado, por no decir imposible.

La calle Mayor es lo único que queda en pie, prácticamente. Cuando acabó la guerra, Franco aseguró a los habitantes del pueblo viejo de Belchite que sus casas serían reconstruidas. Mientras tanto, deberían vivir en unos edificios construidos justo al lado del arrasado municipio. Sin embargo, el caudillo cambio de opinión más tarde. En una clara estrategia propagandística, decidió que no se procedería a la reconstrucción de Belchite, pues todo el mundo tenía que conocer la crueldad de los soldados republicanos al destruir el pueblo y las vidas de todos los que allí vivían. Los datos, sin embargo, demuestran que unos y otros sesgaron vidas por igual.

Al final, poco importa quién fuera el culpable. El resultado es un pueblo abandonado, destruido, arrasado. Los pocos, muy pocos, que sobrevivieron a la matanza no pudieron hacerlo en sus casas. Aunque según explica la guía de la visita, es probable que ninguno quisiera volver a donde vivieron el mayor horror de sus vidas. Muchos ni siquiera quieren hablar de ello, y simplemente se limitan a aconsejar que no repitamos los mismos errores.

Pablo Uriel fue apresado por los republicanos en Belchite, pero, como ocurrió con muchas monjas y otros presos del bando nacional, no fue asesinado. Pasó ocho meses en el Monasterio del Puig, para después ser trasladado a Serra hasta el final de la guerra. Al terminar el conflicto, regresó a Zaragoza y fue galardonado con la medalla de Sufrimientos por la Patria. Quizás el nombre de esta medalla sea lo más acertado de todas las barbaridades que pueden leerse en sus memorias de guerra.

Belchite es ahora sobrecogedor. El silencio de la muerte sigue presente, también el de la vergüenza. Una vergüenza entendible cuando sabemos que es probable que bajo la tierra que pisamos esté enterrado el cadáver de un joven que, sin saber muy bien por qué, fue enviado a luchar al frente a matar a sus hermanos. O que justo sea ese el lugar en el que un hijo mató a un padre. O en el que una trabajadora mujer murió sepultada por los escombros de la casa que ella misma había levantado, y que una bomba cruel le arrebató.

“Pueblo viejo de Belchite, ya no te rondan zagales, ya no se oirán las jotas que cantaban nuestros padres”, puede leerse en la puerta de la iglesia, escrito en pintura blanca. Aquellos días de agosto de 1937, a Belchite le robaron su juventud a golpe de mortero. Ahora es Belchite quien roba el aliento a quien pisa sus escombros.

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