La corbata de Beatriz Preciado

Astrid Otal Beltrán //

Si alguien la viera de espaldas dudaría si es una mujer. Casi siempre vestida de negro, con un estilo desenfadado, como quien coge cualquier pantalón y camiseta del armario sin pensar. Y si se girara puede que aún desconcertara más: a veces se anuda una corbata al cuello y se pega un fino bigote postizo. Aunque sus rasgos faciales, su voz y su gestualidad delatan su sexo, cuesta definirla. Porque Beatriz Preciado no es ni un hombre ni una mujer, es algo más: una transgénero queer, una jesuita de extrema izquierda, una bio-mujer que se estuvo administrando testosterona durante cerca de un año. Unas denominaciones complicadas que escapan de binomios.

 

Beatriz collado en una de sus conferencias. // Fuente: ensaiosdegenero.com

Beatriz Preciado en una de sus conferencias. // Fuente: ensaiosdegenero.com

Beatriz Preciado Ruiz (Burgos, 1970) nació en una ciudad dominada por el franquismo católico. Hija única de un empresario y de una costurera se educó en un colegio no mixto y tradicional. Pero las cosas salieron al revés de lo esperado. Sus padres, religiosos y de derechas, vieron que la niña modelo de colegios caros que querían no aparecía por ningún lado. No era fina, ni recatada, ni le gustaban los chicos, ni se iba a comportar como ellos hubiesen deseado. Cuando tenía diez años alguien llamó a su casa y le dijo a su madre: “su hija es una marimacho” y colgó. A partir de ese momento, Beatriz Preciado sintió que su madre se convertía en un detective privado: leía sus cuadernos, revisaba sus bolsillos, la interrogaba constantemente.

La señora Ruiz jamás imaginó que su hija pudiera llegar a ser lesbiana; antes hubiera preferido que fuera una “furcia cualquiera”. Por eso cuando recibió la llamada, comenzó el temor. Su madre se inventaba cualquier opción para eludir enfrentarse a la verdad. Le preguntaba si se drogaba, si robaba dinero, si abortaba. Le decía que si abortaba su padre moriría del disgusto. La amenazaba con que si llegaba a quedar con chicos de ETA no saldría más de casa. Paranoias delirantes hasta que Beatriz Preciado confesó. Preciado expresa que se lo dijo con crueldad: “me gustan las chicas. Soy lesbiana, tortillera, bollera, marimacho, soy un chico, pero tú no te das cuenta”. Toda la feminidad en la que le habían querido encorsetar se la echó en cara: “y no quiero vestir con las faldas que tú me compras. No quiero esos zapatos. No quiero esas camisas con lazos. No quiero esas horquillas. No quiero ponerme sujetador. No quiero hablar como las niñas. Ni quiero tener novio. No quiero casarme. No quiero peinar las muñecas. No quiero ser guapa. No quiero quedarme en casa por la noche. No quiero que me trates como a una niña”. Su padre también lloró.

Preciado es, desde hace más de doce años, una filósofa referente del movimiento queer, teoría que se reapropia de un insulto -marica- para transformar la burla en poder. La filosofía le enseñó que ningún texto es sagrado, que todos los textos se pueden modificar, deconstruir. Por eso se dedica a desacralizar los textos, a hacer ver que lo que se creía natural solamente es algo normalizado. Los aprendizajes filosóficos los comenzó cuando ganó un concurso organizado por el Opus Dei. El premio consistía en estudiar filosofía en una universidad de esa institución o en una católica no opusina. Terminó decantándose por la última porque le parecía un mal menor, pero al entrar descubrió que la universidad jesuita de Madrid estaba inmersa en pleno apogeo de la filosofía y teología de liberación donde se leía a Marx. De ahí que en parte se sienta jesuita; las gratas experiencias le marcaron.

Beatriz Preciado se hizo experta en la invención de nuevas prácticas de subjetivación. Entiende el cuerpo como una tecnología de inscripción al que se le añaden nociones de hombre/mujer, heterosexual/homosexual. Pero esas nociones -como ella defiende- simplemente son ficciones políticas, establecidas por discursos médicos-jurídicos que intentan determinar qué es normal y qué se debe censurar. Su deseo por desnaturalizar las identidades asentadas se plasmó en su ensayo Manifiesto contra-sexual (2002), en el que abandona las definiciones del régimen heterosexual para concluir que esencialmente somos cuerpos parlantes, no hombres ni mujeres, sino personas sin género capaces de configurar el propio yo sin catalogaciones anticipadas.

La filósofa nunca quiso vivir en el régimen heterosexual, siempre se salió de la norma; prefiere las opciones que no se ajustan a los ideales de sexualidad e identidad de género instaurados, aunque estar fuera conlleve presión y violencia. Escapa de los binomios opuestos que esconden jerarquías y reivindica las posibilidades infinitas de deseos, prácticas y estéticas.

Ella no quería ser Marilyn Monroe, ni obedecer al dictamen de la belleza. No quería ir a la moda ni cuidarse el cabello. Su película favorita jamás será Lo que el viento se llevó. No utiliza tacones ni maquillaje; la apariencia física poco le importa y todavía echa de menos su antigua mandíbula. A los cuatro años le diagnosticaron una deformación maxilofacial que se acentuó con el tiempo. En su adolescencia fue –como ella misma se describe en Testo Yonki- “un monstruo miope de mentón pronunciado, de brazos y piernas largos y dramáticamente delgados”. Pero se gustaba así, aunque en su casa no se hicieran fotos. Cuando cumplió 18 años le operaron, pero la operación funcional necesaria de su mandíbula se convirtió también en una operación estética. Su imagen había cambiado y, aunque todos le decían que estaba estupenda, ella no se encontraba en el espejo. En una entrevista al periódico El País declaró: “mi cara no es el espejo del alma, es el espejo de la medicina plástica de la España de los ochenta”.

Ha viajado para explorar. Se doctoró en Filosofía y Teoría de la Arquitectura en la Universidad de Princeton e hizo un máster de Filosofía Contemporánea y Teoría del Género en Nueva York. En 1999 se trasladó a París y actualmente es profesora de Historia Política del Cuerpo y Teoría del Género en la Universidad París VIII. Frecuentemente coge aviones para impartir seminarios en el MACBA de Barcelona. Pero no acaba aquí, cuando tiene huecos se implica en las causas que defiende, y en una de ellas conoció a Virginie Despentes, su actual compañera.

Era la primavera del 2000 cuando grupos de extrema derecha forzaron al Gobierno francés para que prohibieran Fóllame, película de Virginie Despentes, en los cines. El film creaba la historia de dos prostitutas convertidas en asesinas en serie. Nada más censurarse en los cines, se crearon grupos de apoyo, y allí acudió Beatriz Preciado. Se encargó de organizar, imprimir y repartir 200 folletos para protestar; una de las fotocopias fue para Despentes, pero esa vez no hizo nada para intentar acercarse. Volvieron a coincidir cinco años más tarde en un concierto de Lydia Lunch, justo cuando había comenzado a administrarse testosterona como experimento. Escribió que se cruzaron “en un momento fractal, al borde de una tragedia tecnogriega: ella acababa de empezar a salir con tías, yo [Beatriz Preciado] acabo de empezar a tomar testosterona. Ella se está volviendo lesbiana y yo me estoy volviendo algo distinto de una chica”. Dos días después se acostaron en un hotel de Pillage; a los cinco días, en el Terrace Palace.

Beatriz Preciado se enganchó a Virginie Despentes como uno se engancha a la cocaína. Era adicción. La segunda vez que se citaron fue en el mismo lugar en el que se grabó una escena de Fóllame. Pero no una cualquiera. Las dos prostitutas de la película bailaban juntas después de que una le hubiera dicho a la otra: “propongo que sigamos juntas”. Y Beatriz Preciado trasladó esa frase a su propia escena.

Cuando se encuentran ella siente que toman cuerpo los textos de los que se ha nutrido. Viven junto a Monique Wittig, Judith Butler, Virginie Woolf, Pasionaria. Y follan de manera contrasexual, abarcan todo el cuerpo: el cuello, el brazo, las piernas. A veces se colocan el arnés con el dildo, como manera de disfrutar y decirle al mundo que su invención supone el final del pene como origen de la diferencia sexual. No tienen envidia del falo porque guardan varios en un maletín. Es una práctica subversiva más.

La testosterona consistió en un experimento que culminó con la publicación de Testo Yonki (2008). El ensayo pretende desarticular el capitalismo farmacopornográfico, el negocio de producción que –según la teoría de Beatriz Preciado- mueve el mundo en la actualidad. Ese capitalismo se sustentaría en la industria farmacéutica y la industria audiovisual del sexo para conformar los cuerpos, sus deseos y los afectos. Ese modelo emitiría la identidad, las relaciones y los sueños que se han de consumir. Y la configuración del cuerpo que se ha de tener. De allí la silicona, la anorexia, la Viagra, el Prozac.

La testosterona sería un fármaco más, pero con un uso restringidos a los hombres. La dosis que se administró (50 mg cada vez) no modificó su aspecto: no le creció barba, ni masa muscular, ni le cambió la voz. Pero sí produjo en ella las ganas de comer, de practicar sexo, cambió su ritmo biológico de sueño y la capacidad de esfuerzo físico.

“Pero la testosterona no es masculinidad. En realidad, nada permite afirmar que los efectos producidos por la testosterona son masculinos. Lo único que podemos decir es que hasta ahora han sido en su mayoría propiedad exclusiva de los bio-hombres”, concluirá Beatriz Preciado. Para ella, su consumo no difiere del consumo de progesterona concentrada en la píldora, y no depende de construcciones de género que influyen en la forma de pensar y actuar. Afirmó que “nos confrontamos aquí directamente a la producción de la materialidad de género. Aquí todo es cuestión de dosis, de regularidad, de miligramos, de forma y modo de administración de la molécula, de hábito, de praxis”. La testosterona –según Preciado- no es distinta de cualquier otro chute.

Cuesta definir a Beatriz Preciado, porque no es un hombre ni una mujer, es algo más: una transgénero queer, una jesuita de extrema izquierda, una bio-mujer que se estuvo administrando testosterona durante cerca de un año. Unas denominaciones complicadas que escapan de binomios. A los siete años ya se dibujaba casada con una mujer cuando le pedían en su escuela de monjas que imaginara su futura familia. Después, siguió con su tarea de poner el mundo del revés. La primera psicoanalista que le atendió en su adolescencia le dijo que lo que ella quería era echarle un pulso a Dios. Puede que lo haya conseguido.

*Testo Yonki desmonta la forma de capitalismo que impera en la actualidad. Aquella que, según Beatriz Preciado, no produce otra cosa más que la especie misma. Su discurso es una combinación de ideas con experiencias personales que las atestiguan. La corbata de Beatriz Preciado, una reseña-semblaza-ensayo, ha utilizado como fuente principal de información esa publicación.

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