Odisea de una rave en tres minutos y 44 segundos

Berta Jiménez//

Las raves son una forma de expresión efímera, pasajera. Fiestas libres, fugaces que tienen lugar en zonas abandonadas o alejadas de los núcleos urbanos. Van acompañadas de música tekno y se desvinculan íntegramente del sistema. Aunque en España no están tan extendidas como en el resto de Europa, existe una gran representación. Todo el mundo ha oído hablar de alguna pero ¿Cómo se viven exactamente?

Un paso. PUM. Dos pasos. PUM, PUM. El subwoofer, que cada vez suena más cerca, parece sincronizarse con el ritmo al que tus zapatillas se llenan de tierra. Ya es de día, son más de las 8 a.m. del 1 de enero del 2014. Pradera a un lado, un campo al otro lado. Los escasos coches que pasan por la carretera se oyen ya remotos. Estamos en ninguna parte. Hemos dejado de andar y ante mí se erige la puerta de una casa en ruinas. El cosquilleo de la incertidumbre corretea por mi estómago y un montón de preocupaciones estúpidas desordenan mi cerebro.

De pronto, como si la fiesta me lanzase una invitación, comenzó a sonar, con una base de jungle, Quieres de Kase-O, Kami y R De Rumba: “Concédeme un instante, quizás me encuentres interesante…” Y me entregué a la rave.

“Luchar por el derecho a la fiesta es algo más que una parodia de la lucha radical: es una manifestación de esa misma lucha, adecuada a un tiempo que ofrece televisiones y teléfonos como medios de contactar y tocar a otros seres humanos, como vías para “estar ahí”.

                                                                                                                      Hakim Bey

Fotografía del documental Heretik: We Had A Dream

Fotografía del documental Heretik: We Had A Dream

A pesar de no haber bebido prácticamente y de llevar toda la noche de fiesta no puedo parar de saltar. Miro a mi alrededor. Rastas, crestas, pelucas, pañuelos y melenas se agitan al unísono. Las paredes de cemento están llenas de grafitis y en una de las esquinas se alza el muro de altavoces. Es una fiesta libre, se rompe el concepto de divertimento como mercancía: no hay precio de entrada, no hay prejuicios por la forma de vestir y por supuesto puedes llevar tu propia bebida. Se pierde esa necesidad de consumo. No es solo una fiesta ajena al sistema, sino que se trata de una fiesta que lo denuncia. Tal vez por ello, estas free parties, están tan perseguidas. El CzechTek de 2005, un teknival que se celebraba en la República Checa cada año, marcó un antes y un después de esta represión. Como muestra Il Respiro del Mostro, un documental sobre los travellers en Europa -personas cuyo modo de vida es el nomadismo para descubrir nuevos espacios que liberar con una fiesta-, el despliegue de policía aquel año fue desmesurado. La jornada finalizó con un joven muerto, 180 heridos y 60 detenidos a causa de la carga policial. “Con la represión no reprimen el hecho de que bailes delante de un altavoz, no reprimen el hecho de que te emborraches, te drogues o la líes. No es eso. Quieren reprimir, y lo están haciendo, la libertad de expresión. El crear esa energía que no se puede controlar”, decían. Me recordó a una de las fotografías del Colectivo Democracia en ARCO 2014: We protect you from yourselves. La paradoja del antidisturbios como generador de disturbios. “Qué te voy a contar si van a por nosotros”.

Fotografía Colectivo Democracia. Order, 2013.

Fotografía Colectivo Democracia. Order, 2013.

No sé describir la fiesta, pero me encanta esta sensación. Es como girar la bola del mundo didáctica, apuntar con el dedo y soñar con desplazarte allí: esa magia. Es igual que la pareja que se esconde, desnuda, tras la cortina de un lugar público: ese morbo. Es el alumno contestatario que se rebela ante su dogmático profesor y se va de clase: esa lucha. Es la burbuja de chicle que consigues hinchar más de lo normal: esa ilusión.

Un grupo de personas que deciden “liberar un espacio” hacerlo autónomo por una noche, una jornada o varios días, para después desaparecer sin dejar estela. Es a lo que el teórico Edwin Prévost  denomina “psicogeografía” y al efecto que tiene este entorno  en el individuo. Crear una nueva forma de relación y de diversión en un espacio viejo con un uso nuevo y transitorio. Se trata de una forma de convergencia pura de las tecnologías con las personas –la música tekno y los asistentes- donde se disfruta de forma colectiva pero de espaldas al sistema. Esta clase de  fiestas se han relacionado siempre con el consumo masivo de drogas. “Quieres que te pague las drogas? ¿Quieres dialogar?”  Recordemos las palabras del ex presidente de Francia -donde las rave parties son mucho más abundantes y han generado debates políticos a lo largo de su historia-, Nicolas Sarkozy, quien afirmaba que “Une teknoparty ne doit pas être une drogue party”. Es decir, que una “tekno-fiesta” no debe ser, o convertirse en una “droga-fiesta”. Miro a mi alrededor y, sí, hay personas que sin lugar a dudas han consumido sustancias. De hecho un chico con rastas, con la altura, cara y actitud de un duende, me acaba de acariciar el pelo. Ni siquiera lo conozco, pero aun así su mano se ha paseado por algunos de mis mechones. Está disfrutando. Mis amigos me dicen: “seguro que va de M”. Es posible, no creo que a nadie, en su estado natural le pueda producir tanto placer un cabello -a menos que se trate de un fetichista del pelo-. Algunas de las pupilas en esta fiesta son muy grandes, pero no lo suficiente para llamar la atención. No más que en cualquier otro ambiente joven ya sea discoteca, pub o bar. “¿Fiesta? ¿Desenfreno?” Tal vez  lo único que cambia es que aquí no se consumen drogas caras y el lugar de la cocaína lo ocupa el speed.

Fotografía del Documental Il Respiro del Mostro

Fotografía del Documental Il Respiro del Mostro

Las sustancias pueden llegar a ser una llave muy potente. Pero si no sabes qué puerta abre…eres tan solo un idiota con una llave.

Il Respiro del Mostro

Me llama la atención una de las chicas. Lleva un vestido de fiesta ajustado y tacones que desvelan que ha pasado su nochevieja en un cotillón. Ahora, con los ojos cerrados, mueve la cabeza, y su pelo largo y rizado ondea de un lado para otro. Es como si hubiera hecho lo que se supone que tiene que hacer: pagar 60 euros, ir con su grupo de amigos a una barra libre y bailar y reír con los hits del momento; para más tarde coronar su primer día del año, con este paréntesis que rompe el orden del párrafo de su día a día. Parece como si se purificase, ella y toda esta gente, para ser capaces de afrontar 365 de rutina. ”Vivir un sueño despierto, amanecer en el desierto del mundo que has visto. No quieres ver el resto”

Estoy muy a gusto. Hay varias “terrazas”: zonas abiertas dentro de la casa que el propio deterioro ha generado y que hacen que sea posible disfrutar de las vistas. Estamos en un lugar privilegiado… Mi canción sigue sonando. Me encantaría guardar este momento para siempre, pero no puedo hacerlo. Si pidiera eso rompería el carácter efímero de la rave. “¿Quieres parar la saeta del reloj que te sujeta?”

Sin duda, lo más mágico de estas fiestas es su clandestinidad. El hecho de que te enteres de que hay una. El hecho de ver el cartel  que la anuncia, sólo te hace conocedor de la fecha. El resto de la información es solo una mera sugerencia: “Zgz área”, “Zaragoza”, “Pide info”, “Busca info”. Ni rastro de un contacto, de un nombre, de unas iniciales, de un mote. Solo una pista, un esbozo imposible de interpretar, un rompecabezas sin solución, un final abierto. La impotencia de tener ante ti un oráculo mudo. El único camino es conocer a la persona indicada, escuchar la conversación idónea o un golpe de caprichosa casualidad. Si no fuese así, estas fiestas no serían posibles. Para empezar porque las fuerzas de seguridad llegarían antes que los asistentes, y por tanto, no se celebrarían, y para continuar… Si todo fuese evidente, dejaría de ser una rave. “¿Quieres saber quién soy?”

Y es que la rave constituye la deconstrucción de la fiesta tal y como se concibe en la actualidad; esa jerarquía del artista como ídolo y el público como masa fanática. Es una fiesta libre, una fiesta horizontal. Desaparece la figura de “estrella” para dejar que sea el muro de altavoces el que toma el protagonismo, la propia música. Todo el mundo baila ante ellos, se mueven de forma repetitiva o no, como si se tratase de un acto tribal. Bailan ante su tótem -los altavoces- como  seres primitivos, con la misma fuerza, espontaneidad e inocencia. “La pasión del primer día…”

 

A mí la música sigue derritiéndome, como si del bafle brotase un agujero de gusano que me trasladase a otro tiempo y a otro espacio. No llevo ni cinco minutos pero me siento como si acabase de encontrar mi lugar. No pienso volver a una discoteca.

“Tu camino es tuyo, si quieres yo me quito…”

 

Cambian el vinilo.

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