Arrojo y miedo

Santiago Peribáñez//

Aunque esté en una jaula, el león siempre es el rey de la sabana. Incluso dormido, impone. Sus zarpas se mueven en sueños. La piel se tensa con cada respiración. El león fue la gran imagen de los exploradores, un sueño recurrente para los niños. Ahora, en su carpa del circo, solo atrae indiferencia.

Buscar su despacho en la facultad de Económicas es un sendero en el que cada paso duele. Parece diseñado para no ser recordado. La luz que entra por la ventana tiene color propio. Los libros y carpetas abiertas respetan una simetría silenciosa. Y la fiera en reposo, majestuosa, en el centro de la escena. Pedro Arrojo. Doctor en Ciencias Físicas, profesor titular del departamento de Análisis Económico. Figura del antitrasvase, premio Goldman –el Nobel del medio ambiente–, siempre al límite entre la polémica y la cruel sinceridad. Primer zarpazo: “Vosotros, los jóvenes, sois la vanguardia. Y si no sois vosotros, ¿quién carajo va a ser?”. Es imposible salir ileso frente a un león.

Pedro Arrojo, premio Goldman de Medio Ambiente, considerado por muchos el Nobel de la Ecología. Fuente: rrppuni.blogspot.com.es

Pedro Arrojo, premio Goldman de Medio Ambiente, considerado por muchos el Nobel de la Ecología. Fuente: rrppuni.blogspot.com.es

Ahora todos le piden hablar del decrecimiento, “la única salida” a la crisis. “No hay otra. Si nos gusta bien; si no, también”. Cuando habla del tema, no quiere que parezca que sigue la moda. Arrojo llegó mucho antes. “Hace cinco años hablar de austeridad era una gilipollez de abuelos o una cosa antiprogreso.; si no consumimos, ¿cómo vamos a producir todo eso?”. La metáfora del decrecimiento se encarna en el caracol: un giro más de su concha haría aumentar su tamaño 16 veces. Todo lo que pudiera comer o conseguir con este cambio no se traduciría en una mejora, sino en luchar por mantenerse. La sociedad humana se enfrenta al mismo problema: por mucho que produzca no crecerá más allá de un límite. De hecho, los recursos de este planeta no pueden ofrecer el actual nivel de vida de Occidente a toda la población mundial. “No es posible ni democrático mantener fuera del progreso a la inmensa pobreza del planeta para proteger nuestro sistema del bienestar”, asevera Arrojo.

Arrojo se explaya recostado en su sillón, con la distancia que enseñan años de docencia. Más que un rugido, su tono es un llano ronroneo. Una suavidad que contrasta con la violencia de su discurso. Tea Party, extrema derecha, Hitler. “Todo eso debería darnos miedo, debería ponernos en alerta porque aflora esta tentación que puede convertirse en algo más que una tentación”. Un impulso muy fácil de seguir: “como no hay para todos, que haya para mí. Y entonces lo de la democracia terminará siendo una cosa bonita para hablar”.

“La sociedad moderna es una sociedad muy compleja, que ni siquiera se explica desde el marxismo. Una lógica de clase dominante, otras clases, algunas clases… no, no. Esta sociedad es mucho más compleja”. Si se le da el terreno suficiente, el león domina en cualquier escenario. Se mantiene en su sillón, en el centro de un plano imaginario, como un presidente del Congreso que mira impertérrito al vacío. Pero siempre hay una chispa que le hace saltar: el 15-M. “Cuando yo me bajaba a acampar a la plaza del Pilar, a escuchar, porque no me atrevía a hablar, lloraba algunos ratos de puro déjà-vu. Lloraba con la gente diciendo cosas que a mí me sonaban naíf desde mi actual perspectiva, pero que era lo que dije cuando tenía la edad de la gente que estaba hablando. Si la sociedad es injusta, tenemos el deber y el derecho de cambiarla”. El león se estira, bosteza enseñando los dientes. Se incorpora en el sillón y empieza a gesticular, a envolver un regalo con las manos. El pasado sale a escena. “Cuando pienso en mis tiempos en la universidad, los recuerdo mucho más interesantes que los que hoy os toca vivir. Eran los jóvenes de la universidad los que ponían en un brete las estructuras sociales de dominación, de explotación, que había en la época y que sigue habiendo. En ese sentido, sí que es verdad que yo me siento como una generación muy afortunada”. Pero no hay orgullo en su mirada. Parece apuntar hacia otro lado.

Pedro Arrojo mostró una furibunda resistencia contra el Plan Hidrológico del segundo Gobierno de Aznar. Fuente: www.magis.iteso.mx

Pedro Arrojo mostró una furibunda resistencia contra el Plan Hidrológico del segundo Gobierno de Aznar. Fuente: http://www.magis.iteso.mx

Los sueños negros

La pregunta viene obligada. ¿Cuándo nace ese compromiso político? Existe una fecha concreta y la rememora sin que parezca extraño. “Los recuerdo porque los he soñado, son como mis pequeños sueños negros”. La herida le toca de lleno, ese día de 1969 en que, al trasladarse a la Universidad de Zaragoza, le preguntaron:

–       ¿El año pasado qué tal en Granada?

–       Ah, muy bien, fui delegado.

–       Ah, pues yo también. ¿Y cómo te fue, te detuvieron?

–       ¿Por qué iban a detenerme?

–       Aquí nos detuvieron a todos los delegados y nos sometieron a tortura.

–       ¿Qué tontadas dices? ¿Cómo que te sometieron a tortura?

–       Sí, veinte días en comisaría sin derecho a abogado ni médico y nos sometieron a tortura para ver si éramos comunistas, para ver de qué organización éramos…

–       ¿No me jodas? ¿No me digas?

–       Sí, sí, mira.

Ahora el rugido del león sí que no pasa de un mero susurro. Levanta las zarpas con lentitud, como si pesaran mucho. Continúa con la exposición, reteniendo cada palabra antes de soltarla. Las palmas tiemblan en el aire, inertes. “Le habían metido palillos de dientes bajo la uña. Todavía tenía las cicatrices, las rayas debajo de la uña. Y esa imagen… he soñado con esa imagen. Han sido un sueño recurrente”.

El tiempo se para por unos segundos mientras Arrojo ordena un pedazo de su vida. Ha bajado las manos, pero las ha dejado sobre el ordenador, como si fuera a utilizarlas muy pronto. Vuelve a la universidad, un día del mismo 1969, con asamblea estudiantil y policías en el campus. “Y entonces yo salí. Una movida aquello, con todos los policías corriendo por ahí y los otros gritando cabrones. Pensé: yo no soy de estos comunistas, yo no soy de estos malos, a mí no me van a hacer nada. En efecto, por la carita de gilipollas que tenía, nadie dio orden contra mí”. A pesar de la broma, ni siquiera sonríe.

“Pero una chica que tenía delante de mí, pum, la agarraron entre dos, y mientras uno, que era el que mandaba, la sujetaba por detrás de los brazos, le mandaba al otro: ¡A las tetas! ¡A la boca! Una paliza de muerte delante de mí, a tres metros. Me quedé paralizado”. Y entonces la fiera tiene que parar porque las lágrimas inundan su relato.

Entrecortado, con la cabeza baja y las manos bajo las gafas, sigue luchando con el recuerdo. “Eso lo he soñado tantas veces… Una paliza de muerte. La chica chillando, sangrando. En ese rato pensaba: ¿dónde mierda está Dios? ¿cómo no cae un rayo del cielo?”. Arrojo suelta la última frase de un tirón, como si arrancara una tirita. Levanta la cara y mira al frente. Intenta sonreír. No lo consigue.

“Entonces volví al Cerbuna y entré al comedor porque era la hora de comer. Estaba en el hall, esperando, y apareció una compañía de grises. Nos pusieron a todos contra la pared y escogieron al azar”. Arrojo cierra los ojos. “A uno, un tío que hacía medicina y que no conocía de nada –a pesar de los años, lo está viendo ahora mismo–, lo pusieron delante de nosotros y dijeron: a este le vamos a dar una paliza de escarmiento para todos vosotros, comunistas de mierda. Entre cuatro guardias le dieron una paliza. Allí, en el suelo, pim, pam, pim, pam”. Arrojo está inclinado sobre la mesa, pero no domina la situación como antes. Trata de llegar a donde no puede. “Yo en ese momento pensaba, cristiano como era: tengo que hacer algo. Ponerme encima de él… que me peguen parte de los palos a mí… que haya otros que hagan lo mismo, que nos repartan los palos… Pero en ese momento yo ya no me podía mover. No podía andar, no podía mover ni un músculo. Me desmayé y me desperté en la enfermería al cabo de media hora”. La fiera se convulsiona en su asiento. A pesar de la distancia, todavía hay miedo en su mirada.

Desde hace más de diecinueve años, Pedro Arrojo profundiza en el campo de la Economía del Agua. Fuente: www.iisd.ca

Desde hace más de diecinueve años, Pedro Arrojo profundiza en el campo de la Economía del Agua. Fuente: http://www.iisd.ca

Poco a poco recobra su calma. “A partir de ese día, todo era pensar: ¿qué pasa en este mundo? ¿Por qué sucede esto? ¿Qué puedo hacer para cambiar esta sociedad, para hacerla más justa, más democrática?”. El miedo le impulsó a actuar, como una fiera que ruge para proteger a su manada. Pero todavía queda un cabo suelto: la movilización contra el Plan Hidrológico Nacional. ¿Qué llevó a Pedro Arrojo a bordo de un barco para descender el Ebro en 1993? “Cuando hablas con la gente de pueblos que van a ser inundados, cuando finalmente deciden hablar, primero, lloran. Lo que me acabó de arrebatar fue la emoción de ver llorar a la gente, ver el destrozo que supone el hecho de que te borren tu realidad, tu pueblo, tu valle”. En la vida de Arrojo se sucedieron las manifestaciones en Madrid y Barcelona, los homenajes en el delta del Ebro, los premios internacionales.

Como rey de la sabana, el león no se sirve de la modestia; no quiere compasión ni admiración. Tiene suficiente con ser él mismo. “Me dicen que soy una persona sacrificada, entregada, pero no tienen razón. Soy una persona egoísta, llámalo egoísmo inteligente. No obstante, si quieres ser feliz a base de puro egoísmo, lo vas a tener muy difícil. Cuando nos sentimos queridos, cuando te sientes compensado en ese cariño, es mucho más fácil ser feliz. Y es ayudando a los demás cuando es más fácil ser feliz”. Este es uno de los puntos básicos del decrecionismo que ahora pregona frente a los “crédulos” que defienden la innovación tecnológica como un gran aliado –la etiqueta “crédulos viene de los propios decrecentistas–. No habrá una “utopía tecnológica” con máquinas que salven al ser humano.

Es tarea del hombre controlar la explotación del planeta y abandonar el crecimiento por el crecimiento, colocando los derechos sociales y medioambientales en el centro de la vida diaria. “Esos cuidados a los demás, ese tiempo que pasamos con nuestra familia y que nos hace felices no pasa por tener dos coches en vez de uno o por tener cuatro televisiones de plasma, sino por otras cosas más profundas. Esto que ya sabemos debemos transformarlo en la práctica social y económica dominante”. Cambiar el mundo impone respeto, pero el león ya se enfrentó a sus miedos con valor y mucho arrojo en el pasado. Mañana volverá a demostrar por qué merece su corona.

Anuncios