Las primeras horas en el Festival del Desierto

Redacción//

El Monegros Desert Festival vuelve un año más para acoger a miles de jóvenes forofos de la música tecno. Ellos pasarán las próximas 20 horas disfrutando de este espectáculo que ya va por su 20 aniversario.

Vista del desierto de Los Monegros. Imagen: Marina Turrión

Vista del desierto de Los Monegros. Imagen: Marina Turrión

No se ve absolutamente nada. Los neumáticos avanzan dificultosos y levantan una terrible nube de tierra. Ya van cinco kilómetros de camino de grava y pequeñas piedras que tintinean contra el cristal de cuando en cuando. Aunque estamos a punto de llegar no se percibe ni el más mínimo indicio de música. ¿Dónde se esconden esos 300.000W prometidos? De pronto la nube de polvo se diluye y observamos nuestro destino. Tras un océano de furgonetas, caravanas y todo tipo de automóviles -que brillan y esperan, bajo el sol, que en 20 horas alguien les vuelva a hacer rugir- parecen distinguirse las carpas del templo de la música tecno que un año más vuelve al paraíso monegrino para animar a más de 40.000 asistentes de todas las nacionalidades.

Kilómetros y kilómetros de paisaje liso y seco. Un entorno de utopía, por ser tan extraterrestre y remoto y porque, inevitablemente, recuerda a la fotografía de la serie británica del mismo nombre. El campo es tan abierto que parece que se juntan los horizontes opuestos y que, sólo esta porción de tierra conforma el mundo. Y nada más. Sorprende, siempre buscamos el exotismo lejos de casa, Y con ir a Candasnos, a una hora de trayecto de Zaragoza, te encuentras con la 9º maravilla paisajística. Estamos en Monegros, el festival del desierto. La fiesta inunda el aparcamiento, maleteros que esconden en su interior impresionantes equipos de sonido ambientan la tarde en el parking. Olas de Dr. Martins, bikinis, disfraces, pintura corporal y banderas se agolpan en fila para acceder al festival. Una vez dentro corren, saltan y giran sobre ellos mismos: la euforia de una larga espera que al fin, termina.

Carteles de madera que indican las zonas del festival. Imagen Marina Turrión

Carteles de madera que indican las zonas del festival. Imagen: Marina Turrión

Los 31 grados centígrados, el cielo nublado y la brisa monegrina, que de vez en cuando nos azota el pelo, permite que la jornada sea mucho más llevadera. Un gran espacio con tres escenarios, un gran cartel y un importante despliegue de seguridad ante nuestras narices. Se han instalado numerosos puntos de descanso y bebidas– chill-out, terrazas cubiertas, descubiertas-, pensadas para la comodidad de los asistentes, y por supuesto, para su consumo. Primero hay que cambiar euros por monegrinos, la moneda del festival, sin embargo, al tratarse de una divisa tan extraña, solo se puede cambiar de 10 en 10, es decir, que o bien te gastas 10 euros o te gastas 20, pero nada de términos medios. Las monedas vienen metidas en pequeñas bolsas de plástico, con un cierre en la parte superior, que inevitablemente, evocan a aquellas en las que se transportan sustancias prohibidas. Un montaje muy comercial que, sin embargo, todavía hace guiños a sus orígenes, aquella rave de 200 personas que empezó hace 20 años, aunque solo en detalles de decoración como cintas de colores o carteles de madera.

Escenario Burn. Imagen: Redacción

Escenario Burn. Imagen: Redacción

Como todavía son las seis de la tarde, ninguno de los artistas que encabeza de cartel – Skrillex, Steve Aoki, Boysnoize- está pinchando. En el escenario Burn, el más grande, una instalación de tres pantallas proyecta imágenes de círculos, repetidas, al son de la música. El house inunda las cabezas y miles cuerpos se mueven al unísono. A ambos lados, enormes zonas de descanso, de venta de bebidas y comida. A pesar de que este era la joya del festival, no impresiona tanto como Elrow Stage una construcción de setas gigantes que cubre la pista, acompañada de multitud de flores que inundan hasta la mesa del dj. Como si se tratase de un retablo barroco, sientes el horror vacui, uno muy ácido –en todos los sentidos- en el que uno se siente en otro plano astral, uno de alucinaciones chillonas y ensoñación.

La verdad es que no conocemos a ninguno de los artistas que actúan, y aquí es donde toma protagonismo la magia de descubrir ese “grupazo” que marcará tu festival. Es en el escenario más pequeño, el Bacardi, donde descubrimos al grupo holandés, Dope D.O.D. Hip-Hop y dubstep perfectamente fusionado que hace que el público salte sin parar, alce las manos y chille entusiasmado. No hace falta pegarse al altavoz, todos vibramos por dentro, es la magia del sonido. El ambiente sigue mejorando, y cada vez hay más gente, desgraciadamente, aunque esto solo acaba de empezar, tenemos que irnos.

Escenario Elrow. Fuente: Marina Turrión

Escenario Elrow. Imagen: Marina Turrión

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