El Tío Sam: barras y barro

Paz Pérez//

Hoy los habitantes de la ciudad de Miami miraban hacia arriba, vacilantes y temerosos de las nubes que avanzaban sin ser conscientes de qué día era. El Día de la Independencia, o más conocido como el 4 de julio.  Las constantes tormentas que ha traído el huracán Arthur no han sido sus únicas preocupaciones. Durante el día ha circulado el rumor de que Obama había sido asesinado por dos disparos limpios, y entre los murmullos se podía distinguir también otro apellido, Kennedy, que encogía su corazón de nuevo.

Miami celebra el Día de la Independencia

 

Pero la incertidumbre no ha impedido que todo siga su curso. Las banderas de barras y estrellas – ya habituales en las calles de Miami- se han colgado en las casas desde primera hora. Hoy es el día en que todos los tópicos americanos cobran su sentido en la mente de cualquier europeo: el patriotismo oxidado y con bandera, las tradicionales barbacoas en el jardín o el consumo desmesurado.

Y todo este resplandor americano que casi ciega al recién llegado, se debe a que en un día como hoy, hace ya 238 años, los padres fundadores lanzaron un experimento de nación, los Estados Unidos de América, aquel difícil proyecto de país se ha convertido hoy en la primera potencia del mundo. Y eso, por supuesto, es motivo de celebración.

John Adams, Francis Lewis, Patrick Henry o, el más conocido, George Washington son algunas de las muchas firmas que figuran en la declaración de Independencia que sostenía la idea de que todos hemos sido creados iguales y, por ende, estamos dotados de ciertos derechos inalienables al ser humano: la vida, la libertad o la búsqueda de felicidad. Pero no incluyeron, en aquella maravillosa lista, el acceso a la sanidad gratuita y universal. Aquí la sanidad no es para todos porque se interponen los billetes e, incluso, en un hospital público como el Jackson el dinero entra antes que el paciente.

La tradición en Miami dicta realizar un tranquilo y familiar picnic por la mañana. Cuando Steve estaba a punto de llegar, con su cesta ya preparada en el maletero, un coche volcó sobre él. Steve no tiene seguro médico, sencillamente, porque ‘no daba abasto con todo’. En este país, incluso en un día en el que se celebra ser americano, no tener seguro supone que solo puede ser atendido para alejarle del peligro de muerte, una vez que esto se ha logrado, debe salir del hospital, casi, inmediatamente.

Para poder salir le prestan una silla de ruedas, pero sólo hasta la puerta. Después llegar hasta el coche es problema de Steve. Por suerte, no está solo, y sus amigos han acudido en su ayuda. A Steve le recorre un dolor intenso por el cuerpo, y a mi parece golpearme con igual fuerza cuando escucho a la jovial enfermera despedirse desde la puerta con un “Happy Independence Day” y un desenfadado movimiento de mano, que se siente como una bofetada. Steve esboza una mueca a modo de respuesta y apenas logra pronunciar ‘you too’ mientras le cargan despacio hacia el coche.

Steve sale por la puerta del hospital con una deuda de 15 mil dólares. Por suerte, el Hospital Jackson es público, lo que aquí significa, que puede pagarla a cómodos plazos sin intereses.  Unos 50 dólares al mes durante 30 años. Pero Steve ahora no piensa en eso,sino en que como él comenta aliviado ‘he vuelto a nacer, porque Dios me ha salvado’.

Torpemente le insinúo que EEUU podría tener la sanidad pública como en Europa. Pero él se ofende: ‘Eso es de comunistas”sentencia “aquí con el dinero que recibes de tu esfuerzo eliges si quieres pagar seguro o no, eso es la libertad”.  Y cómo él, piensan millones de personas en EEUU. A pesar de ello,  la reforma de la sanidad ha sido quizá el mayor logro del gobierno de Obama, que ha conseguido que se asegure a los más necesitados. Una tarea nada fácil en un país que tiene la sanidad más cara del mundo y una estructura asentada en los modelos privados.

Hoy, la tarde en Miami está dedicada a las compras. La más inteligente es la del coche,  un medio indispensable en la ciudad, que reduce su precio hasta el 50% en el fin de semana del cuatro de julio.  En uno de los comercios abarrotados de gente que camina rápida como cualquier otro día, pregunto al dependiente si hoy no libra por ser el día que es y él me responde con una carcajada: “¿No eres americana verdad? Si no sabrías que este país se construyó con trabajo”.

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Desfile de carrozas en Miami

Y aunque este 4 de julio ha comenzado diferente a lo esperado, hoy sigue siendo motivo de celebración. Un día en el que las calles son extrañamente ruidosas. En un ciudad donde, salvo South Beach, todo es muy tranquilo, las personas ríen sin pudor vestidas con trajes extravagantes –pelucas de colores llamativos conjuntadas con ropas que parecen salidas de los años  70- mientras caminan hacia el anual desfile de carrozas. Un evento donde los cuerpos del Estado se pasean en viejos cadillac y saludan bajo   sus sombreros alargados y estrellados. El tema del desfile es la libertad –Freedom is the Key– representada únicamente por sus banderas y, sobre todo, mucho country recorriendo Crandon Boulevard. El patriotismo es un sentimiento en América que se asemeja a la fe, nadie sabe de aquellos a los que pregunto, cómo se independizó el país, pero nadie duda que es una gran nación omnipotente. Un patriotismo que no se ha importado en España salvo cuando entra en juego la selección de fútbol. Y tras el estrepitoso fracaso en el Mundial de Brasil, quizá, ni eso.

En Miami Beach, los especialistas en montar fiestas del condado, todo se multiplica: gogós medio desnudas -y sobra decir que- tapadas burdamente con la bandera americana bailan al ritmo de su patria en altos cajones de madera en medio del paseo, los afroamericanos sacan sus oros más valiosos y lucen sus coches más estridentes. Otros hacen música con cartones mientras los latinos, haitianos y negros bailan sobre los sonidos. Ellos son los que mejor cumplen la aparente norma de este festivo; llevar prendas con la bandera americana.

El  país de  las oportunidades se mezcla con la pobreza continua sobre las calles. “Happy 4th july. I’m hungry and homeless. Please help” se lee en un cartel de cartón junto a un semáforo de una de las carreteras principales. Y no es el único. América hoy celebra su valentía mirando hacia otro lado ante el sufrimiento de sus asfaltos. Hoy no es un día para detenerse en la miseria. Hoy ni mañana tampoco, probablemente.

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Indigente buscando en la basura en el barrio Downtown

Y llega la noche y lo más esperado, los fuegos artificiales. En esta ciudad, lo bonito no es ir a verlos a la playa, sino divertirse con los hijos lanzándolos sin ton ni son, como sucede en algunas ciudades españolas la noche de San Juan. Casi como en fin de año, se espera a una hora acordada para comenzar, así que se planea que la barbacoa  termine antes. Y como si de una orquesta ensayada se tratase todos comienzan a celebrar el día con pólvora al unísono. Es curioso que uno pueda ver desde su jardín los fuegos que lanzan sus vecinos a apenas diez metros de distancia. Los perros en seguida comienzan a ladrar de un lado a otro, corriendo desaforadamente. Y el estallido constante en el cielo se mezcla con los aullidos de las asustadas mascotas.

Aunque muchos eligen también la opción de ir a verlos a Miami Beach, Down Town o cualquier otro barrio que los organice. Sobre todo la gente joven que no busca un cuatro de julio familiar sino fiestero.  Beber, escondiendo la botella en la característica bolsa marrón, diluyendo en cada trago el patriotismo de la fiesta. Como en cualquier otro lugar, hay un momento en que el 4 de julio se convierte solo en una excusa para salir de fiesta. Son las 3 am y desde un barrio residencial aún pueden verse algunos fuegos alumbrar la noche del 4 de julio, la fiesta más importante de los americanos que viven también millones de extranjeros.

 

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