Puras posesiones

Clara Salvador//

En las Purity Balls, las niñas se comprometen ante sus progenitores a preservar su virginidad hasta el matrimonio. Una forma más de subordinación al sexo masculino: del padre al marido y tiro porque me toca.

Fotografía del proyecto Purity, de David Magnusson. Fuente: D.M

Fotografía del proyecto Purity, de David Magnusson.

Por mucho que lo parezca, esta niña y este hombre no son marido y mujer. Aunque en esta ceremonia, repleta de elegancia y romanticismo, se intercambien anillos y votos, esto no es una boda. Lo que se muestra en esta imagen es a un padre junto a su hija, en una de las llamadas Purity Balls o ‘fiestas de pureza’, celebradas anualmente en los Estados Unidos. En ellas, las niñas se comprometen a mantener su castidad ante dios –y ante sus padres­–, hasta que encuentren al hombre digno de casarse con ellas.

Hace algunas semanas, estas ceremonias dieron mucho que hablar en España debido a un ‘project’ del fotógrafo sueco David Magnusson, que retrató a varios de sus protagonistas en Louisiana, Colorado, Arizona y Texas durante 2010 y 2011 –en Europa no se han producido movimientos similares, aunque existe un club de castidad en Granada–. Lo que este artista pretendía reflejar en sus fotografías era el modo en que la cultura que nos rodea modifica nuestros valores y cambia radicalmente nuestros objetivos vitales. Y es que, según los seguidores de la tendencia ‘purity’, surgida en Colorado (EEUU) en 1998, son las chicas las que con frecuencia deciden asistir a estos eventos para prometer mantenerse puras hasta el matrimonio.

La afirmación suena un tanto inverosímil, especialmente cuando hay niñas que participan en su primera Purity Ball a los cinco años. ¿Cómo puede alguien de esa edad ser consciente del compromiso que está realizando y de lo que implica? La influencia de la familia y del entorno –reducido a otros clanes de idénticos valores y a la iglesia del barrio– determina las creencias y el comportamiento de estas niñas, también en el futuro. Están educadas en el amor ciego por el padre, llegando a idolatrarlo. Así, los hombres que algún día contraigan matrimonio con ellas deberán parecerse a sus suegros y cumplir con sus expectativas. Es más, deberán superar una inspección paterna antes de poder cortejar a las chicas. Es evidente que las decisiones tomadas en estas circunstancias no son libres ni plenamente conscientes, ya que para ellas no es posible elegir. Para permanecer dentro de la familia, no existen más opciones que el camino moralmente aceptable, que no es otro que el de la castidad.

En el documental The Virgin Daughters, creado por Jane Treays en 2008, aparece un testimonio revelador. Jessica, educada dentro del ‘movimiento de pureza’ de Colorado, vivió una infancia plena, caracterizada por el cariño y la atención de su familia. Sin embargo, tras una adolescencia marcada por la vergüenza y los tabúes en torno a los chicos, a los 19 años rompió su promesa de castidad. Y no sólo eso, sino que además se quedó embarazada por no haber recibido educación sexual alguna. Pese a que perdió el bebé, a los 27 años aún permanece distanciada de su familia, especialmente de su madre, que no ha vuelto a confiar en ella. Cree que Jessica todavía no es capaz de pensar por sí misma. Irónico, teniendo en cuenta que actualmente convive con su nueva pareja –sin haber pasado por el altar–, y no busca la aprobación de nadie.

Sin embargo, una de las declaraciones más controvertidas del documental es la de Randy Wilson, fundador del movimiento. Wilson afirma que toda mujer se hace una pregunta que debe ser contestada: “¿Soy hermosa?” Si las niñas no encuentran la respuesta en sus casas, saldrán a buscarla a la calle, con todos los peligros que eso entraña (como enfermedades venéreas o… rupturas del corazón). De modo que este padre se esfuerza a diario por convencer a sus cinco hijas de que son realmente hermosas, al tiempo que destaca las cualidades de sus dos descendientes varones como líderes y hombres de honor. A lo largo de todo el documental, se reitera el término “tesoro” para referirse a las niñas de las Purity Balls. Porque eso es lo que son: tesoros, objetos dignos de la atención –y la posesión– de los hombres, y nada más.

Lo que subyace tras este movimiento es la idea de que la mujer es un ser inferior que necesita una figura que la guíe, proteja y elija por ella el camino correcto. Y esa figura sólo puede ser la de un hombre. Por tanto, es el padre quien ha de escoger al marido perfecto, hecho a su imagen y semejanza y capaz de tomar su relevo. Estas creencias son perjudiciales no por la preservación de la virginidad, sino por su imposición a las mujeres, esclavas cuyo fin no es encontrar el amor, sino tener un amo.

Por otra parte, ¿qué ocurre con los matrimonios que, después de todo, no sean felices?, ¿podrían romperse? En todo caso, tras una separación, la mujer ya habría perdido su pureza… ¿Y qué hay de las lesbianas, bisexuales, transexuales, etc. que crezcan en estas familias? El movimiento ‘purity’, además de patriarcal y sexista, es profundamente homófobo, al dar por sentado que las chicas deben reservar su amor, su virginidad e incluso su primer beso exclusivamente a un hombre.

¿Cómo hablar de tolerancia hacia una cultura que coarta de esta manera la libertad de las mujeres, eliminando su derecho a elegir qué hacer con su propio cuerpo y obligándolas a permanecer para siempre unidas a un marido? Virgen o no, casada o no, se es por decisiónpropia, ponderada y no condicionada.

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FICHA TÉCNICA DEL DOCUMENTAL:

– Título Original: The Virgin Daughters

– Año: 2008

– Duración: 47 min.

– País: Reino Unido

– Directora: Jane Treays

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