Benvinguts a Barcelona, la puta

Eduardo Naudín//

Yo fui Johny Thunders, la última novela de Carlos Zanón, nos adentra en la decadencia de Barcelona para mostrarnos la historia de Mr Frankie. Drogas, miseria, muerte y rock&roll son protagonistas en este relato.

Yo fui Johnny Thunders nos cuenta la historia de Francis, conocido en los 80 como Mr Frankie, el puto amo de una escena musical en la que ostentar un mote hortera y clavarse una aguja en el brazo eran síntomas de autenticidad. Pero todo aquello murió. La música. Su grupo. Sus amigos. Su novia. Su otra novia. Todo muerto. Todo menos sus deudas.

Nuestro héroe extoxicómano regresa a la casa de su aquejado padre para recuperar el tiempo perdido, encontrar un trabajo y meterle un poco de pasta a su exmujer. Casi todo en la vida de Francis lleva el prefijo ex. También sus hijos, a los que no ve desde hace años.

La última novela de Carlos Zanón (Barcelona, 1966), aunque intercala lúgubres paisajes de la explosión del punk catalán, nos sitúa en las cloacas de la Barcelona actual, no menos decadente; una ciudad que duerme bajo una gran estelada mientras la clase obrera se agolpa frente a los supermercados para recoger la comida caducada que les lanzan después del cierre. Es la otra cara de la meca del moderneo ibérico, es el ojeroso rostro de los desahucios, del paro, de los recortes, de la precariedad generalizada.

El Ginardó, la barriada donde creció Mr Frankie. Fuente: Sherko Kurdi García.

El Ginardó, la barriada donde creció Mr Frankie

Pero en la Barcelona subterránea de Artur Mas también hay gente a la que las cosas les siguen yendo bien, como, por ejemplo, a los viejos gánsters de casino y coca. Y es con esa ralea con la que Francis se ve obligado a tratar para poner un plato de comida a sus hijos y a su irritable padre, un charnego comunista al que los tiempos han superado.

El aire costumbrista que asume Yo fui Johnny Thunders embellece los cánones de la novela negra sin renunciar a la clásica atmósfera del género: turbia, cortante y espesa. La narrativa de Zanón es un nudo en el estómago que cada vez se hace más grande. Una jeringuilla apuntalada entre ceja y ceja que no te permite cerrar los ojos. Trágica como una resaca invernal que dura cien años:

Xavi sale por la boca del metro, cruza el paseo Maragall y enfila la calle Agregació. En una de esas calles repletas de talleres  y puticlubs está el local que busca. El barrio es tan gris como el cielo de aquella mañana, de cazo de leche de los de antes, aquellos en los que su abuelo calentaba el desayuno y metía tropezones de pan. Los locales tienen nombres idiotas –Sheik, Arlequín, Dólar- y Xavi cree adivinar qué ganado hay dentro –putas bizcas y clientes tarados- en un mundo de caspa y terciopelo rojo, abrasado de manchas de licor y semen triste.

El escritor catalán se mueve con clase y sin ambages por las zonas más oscuras de la prosa contemporánea al tiempo que destila un lirismo bien dosificado que te golpea, y te golpea y, cuando menos te lo esperas, te vuelve a golpear al ritmo que marca su refinado sentido del rock & roll.

La muerte ronda cada esquina del libro. Es una muerte seca y marrón, de pisos baratos, descarada, una muerte sucia y solitaria, también moral; es el viaje al fin de la noche de una generación que se metió hasta el fondo de aquella trampa mortal llamada punk. Un relato cruel y evocador exento de moralina o autocompasión. Demoledor.

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Yo fui Johnny Thunders. Carlos Zanón. RBA. Serie Negra. Barcelona. 2014 (320 páginas)

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