Érase un cuento

Raquel Martínez//

Ni el bueno es tan bueno ni el malo es tan malo. Los mensajes de los cuentos de hadas transcienden el maniqueísmo y se convierten en las primeras lecciones que aprenden los más pequeños.

“Y vivieron felices y comieron perdices”. La princesa ha encontrado a su príncipe, el malo ha recibido su castigo y la paz ha vuelto al reino. El mensaje de los cuentos de hadas parece simple: el bien siempre va a triunfar sobre el mal. Un apuesto caballero revivirá a Blancanieves, otro despertará a la Bella Durmiente y un tercero encajará el zapato de cristal en el pie de Cenicienta. Ni siquiera hace falta un príncipe, basta con el cazador de Caperucita o la hermana de Hansel. Pero, debajo de la victoria de héroes y heroínas sobre madrastras, hermanastras, brujas, lobos y monstruos, se esconden cientos de significados ocultos anteriores al tiempo de “érase una vez”.

Los cuentos de hadas no siempre han sido cuentos de hadas. Hasta el siglo XVII no eran más que historias, mitos y leyendas populares que se transmitían de boca en boca y reflejaban la realidad de la época; en ellos las miserias, los maltratos y la sexualidad se entremezclaban con príncipes y princesas.  Charles Perrault y los Hermanos Grimm  fueron de los primeros que decidieron plasmar estos cuentos en papel; pero su copia no fue idéntica. Con el fin de adaptarse al público infantil que atraían sus publicaciones, decidieron eliminar los elementos cruentos de las versiones populares para construir cuentos morales con una función educativa. Si hubiera llegado al siglo XXI la versión original de Caperucita en la que se come la carne y se bebe la sangre de a su abuelita engañada por el lobo y, después, le hace un strip-tease antes de meterse en la cama con él, los niños no hubieran leído Caperucita hasta alcanzada una edad adulta.

La Caperucita de los Hermanos Grimm

La Caperucita de los Hermanos Grimm.

Sin embargo, no todo era de color de rosa en los cuentos de hadas: los malos tenían uno de los papeles principales. Con ellos, se introducían expresiones universales como el egoísmo, el miedo, la envidia o la vanidad, a la vez que presentaban a los niños soluciones a los conflictos existenciales con los que tenían que lidiar en su camino hacia la madurez. No fue hasta el siglo XX, con Bruno Bettelheim en Psicoanálisis de los cuentos de hadasque se analizaron cómo los cuentos de hadas transmitían un contenido pedagógico beneficioso para el público infantil.”Los cuentos de hadas muestran una manera de afrontar la vida, los miedos y las dificultades” sostiene Elvira Luengo, experta en literatura infantil. De esta forma, se daba respuesta a la pregunta de cómo era posible que los cuentos que reflejaban el inconsciente colectivo de los siglos XVII y XVIII, sobrevivieran al paso del tiempo. Pero es que los niños son niños y sus temores más profundos son los mismos sea el año que sea.

De esta forma,  Hansel y Gretel les da un empujón hacia la independencia y mitiga el miedo al abandono de sus progenitores, a la vez que les enseña los valores de comprensión y ayuda entre hermanos; en el otro extremo se encuentra Cenicienta, de cuyo triunfo, afirma Bettelheim en su obra, “el niño extrae sus exageradas esperanzas respecto al futuro, que vendrá a contrarrestar las penas que experimenta cuando se ve atacado por la rivalidad fraterna”. Otro tipo de problemas existenciales se tratan en Caperucita, de donde no solo se extrae la lección de no hablar con extraños y obedecer siempre a los padres, sino que también se recomienda no ceder a la tentación y al poder de la seducción encarnados en el lobo; tentación en forma de manzana en la que cae Blancanieves y le sumerge en un profundo sueño. Solo el príncipe podrá salvarla ante la atónita mirada de los siete enanitos que tanto la habían querido. En este cuento de hadas el amor masculino se convierte en la alternativa perfecta al afecto femenino: si la madre no da cariño, el padre lo hará.

Blancanieves rodeada por los hombres de su vida: el Príncipe y los siete enanitos

Blancanieves rodeada por los hombres de su vida: el Príncipe y los siete enanitos.

El bueno y el malo

El componente de tragedia en los cuentos de hadas es, por lo tanto, necesario para simplificar la vida de los niños. El filólogo francés Julián Muela así lo cree: “no está mal que el niño pase por situaciones de angustia porque así aprende que el ogro no existe, pero que existe el mal y hay personajes malvados de los que hay que aprender a alejarse”. ¿Cuántos niños han llorado con la muerte de la madre de Bambi? A ningún padre le gusta que sus hijos lloren pero “en el fondo es bueno porque los cuentos le van a mostrar situaciones de las que tienen que tener cuidado en la vida real” afirma Muela. Para él, si Caperucita no tuviera lobo perdería su contenido pedagógico porque “¿Dónde se aprende el mal? Porque el mal existe”.

Sin embargo, la tragedia no dura eternamente, porque todos acaban “felices y comiendo perdices” gracias a la actuación de un héroe. Al filólogo hispánico Fermín Ezpeleta le parece acertado este tipo de desenlace: “al hablar de niños pequeños parece que no está mal el final feliz, ayuda mucho y suele ser de agradecer”. Por otra parte,  Julián Muela hace hincapié en la necesidad de un héroe que venga a restablecer el orden que conlleva el perfecto desenlace: “se puede llamar crisis económica y necesitar a un Mesías que nos salve o se puede llamar princesa y necesitar a un príncipe que la salve. Seguimos teniendo un pensamiento mítico de que en situación de desamparo necesitamos a alguien; el problema es encontrarlo”.

Otro de los aspectos que se han criticado de los cuentos de hadas ha sido la polarización de sus personajes, unos personajes planos que no dejan lugar a la ambigüedad. Sin embargo, aunque se hable de maniqueísmo, para Elvira Luengo es necesario: “el niño cuando es muy pequeño tiene que saber lo que está bien  y lo que está mal y darle modelos muy claros. Aprende los valores universales como la justicia, la maldad o la avaricia con los personajes típicos de los cuentos de hadas”.

 

Un machismo anticuado

Cenicienta fregando el suelo de la casa de su madrastra.

Cenicienta fregando el suelo de la casa de su madrastra.

Todos estos valores y contenidos pedagógicos han otorgado el poder de la inmortalidad a los cuentos de hadas. Pero con su eternidad han arrastrado también los ideales propios de la sociedad en la que se crearon. El arquetipo de la princesa pasiva que espera dormida a ser salvada por un  príncipe valiente y apuesto ha quedado pasado de moda. “La mayoría de la cuentística viene del siglo XVII y XVIII en Europa y arrastra versiones anteriores de la tradición popular. En estos siglos  la sociedad es clara y marcadamente machista, por lo tanto, las situaciones que presenta y el tratamiento de la mujer es clara y marcadamente machista” explica Julián Muela. De esta forma, “subyace un arquetipo de la mujer inferior al hombre, muy tradicional, dependiente del marido y orientada a la boda final” corrobora Fermín Ezpeleta.

Esto explica que Blancanieves pudiera vivir con los siete enanitos a cambio de limpiar su casa; que Cenicienta fuera como una sirvienta más; o que el papel de la Bella Durmiente se limitara a dormir. Mujeres que no pueden derrotar al mal sin la ayuda de un héroe. Aunque no todos los personajes femeninos de los cuentos de hadas carecen de carácter: tanto las madrastras de Blancanieves y Cenicienta como la madre de Hansel y Gretel someten a sus maridos a su voluntad y se convierten, de esta forma, en las malas malísimas de la historia. Tras anular al hombre, son libres de matar a su hijastra, obligarla a limpiar las cenizas del hogar o abandonar a sus propios hijos en medio del bosque. El mensaje es claro: la mujer no debe tener más poder que el hombre porque eso solo llevará a la tragedia” corrobora Fermín Ezpeleta.

Pero los siglos han pasado y la sociedad actual transmite otros valores completamente distintos: el de una mujer activa, capaz de valerse por sí misma y en igualdad de condiciones con el hombre. Por eso, “los cuentos de hadas han hecho muchísimo daño al modelo de mujer actual y de igualdad social porque, en general, los patrones y los roles son absolutamente misóginos, el papel del padre es fuera de casa y de la mujer en casa y teniendo hijos” afirma rotundamente la experta en literatura infantil. Sin embargo, para el profesor de filología hispánica “el niño sabe perfectamente que una cosa es el mundo de la ficción y otro el mundo real, no se deja engañar”. Afirmación que apoya el filólogo francés “no sé cómo lo hacen, pero, desde que un niño te dice: “cuéntame un cuento papa”, sabe que ha pasado la frontera y que una cosa es la vida real y otra lo que le vas a contar. Es un clic que tienen en la cabeza: lo entienden como una fantasía y lo reciben como tal”. Sin embargo, Elvira Luengo asegura que “aunque el niño sepa que es ficción reproduce los mismos modelos que ve en los cuentos de hadas, por lo que es importante ofrecerle otros modelos”. Para ella, “si el niño ha visto siempre el papel de la mujer a la que se maltrata y se apalea en los cuentos sin que pase nada, tiene una cierta costumbre adquirida y puede verlo más o menos con cierta normalidad. De ahí vienen muchos de los problemas de violencia y abusos sexuales”. Por lo tanto, como afirma Julián Muela “no puedes enseñar la misma moral que la del cuento popular; no puedes tener a Blancanieves limpiando toda la vida, los enanos también tienen que trabajar… en la cocina”.

Los mediadores, es decir, los que leen el cuento al niño, que suelen ser los padres y maestros, son los que tienen el papel de denunciar y hacerle ver que eso sucedía en el pasado, pero que no es la situación real. “Si dejáramos en manos de los cuentos su educación, les estaríamos haciendo un flaco servicio: coger un manual del siglo XVII para enseñar a un niño de ahora” explica Julián Muela; aunque para él es necesario conocer la cultura que se desprende de los cuentos de hadas ya que “hay que conocer el pasado para superarlo”.

 

Las hadas se modernizan

Por otro lado, hay escritores que han decido modificar aquellos estereotipos desfasados de los cuentos de hadas de forma que la figura del mediador deja de ser indispensable. Es el caso de la escritora catalana Nunila López y la ilustradora aragonesa Myriam Cameros conLa Cenicienta que no quería comer perdices”. En este cuento se retoma la historia de La Cenicienta para crear un nuevo arquetipo: el de la princesa vegetariana, a la que no le gustan ni los príncipes ni los zapatos de tacón; y lo que es más importante: es capaz de salvarse a sí misma.

Una Cenicienta del s.XXI

Una Cenicienta del s.XXI

Otro de los que se han aventurado a retomar los cuentos de hadas y adaptarlos al siglo XXI ha sido Roald Dahl con una Blancanieves ladrona y unos enanitos ludópatas; una Caperucita que mata al lobo y se hace un abrigo con su piel; y una Cenicienta que, tras ver cómo su príncipe decapita a sus hermanastras, le pide a su hada madrina algo muy difícil y poco frecuente: “un compañero honrado y buena gente”.

También hay quienes piensan que es más interesante que el siglo XXI cree otros cuentos folclóricos que enseñen otro tipo de moral, es decir: crear su propia cuentística. Sin embargo, como afirma el filólogo francés: “tendemos a modificar lo que ya existe porque inventar algo nuevo es más difícil: es más fácil convertir al ogro del cuento tradicional en un personaje gracioso, agradable y ‘majete‘”

Eso es precisamente lo que se hace en el cuento postmoderno. Un ejemplo es Shrek, donde el ogro es un héroe, contradiciendo al arquetipo de héroe guapo y aventurero de los cuentos de hadas. “Casi identificamos más al héroe por la apariencia que por el fondo” afirma el Doctor en Comunicación Audiovisual, Pablo Cano, autor de una tesis sobre la película de Shrek. En este cuento se hace una parodia de los estereotipos tradicionales, a los que se cambian de sitio en la historia con el fin de “dar una visión más compleja y menos maniquea de la sociedad actual” explica Pablo Cano. Para él este tipo de cuento es todo un hallazgo: “nos permite poner en tela de juicio lo que nos han contado. Hemos modernizado los personajes de los cuentos clásicos y los volvemos a vivir como una experiencia completamente nueva tras haber borrado lo que no valía para autentificarlos”. Con los cuentos tradicionales los niños lo tenían fácil para distinguir entre el bien y el mal: el mal era lo feo y el bien lo bello. Sin embargo, Shrek enseña que eso no es así: los personajes más buenos son los más feos. El famoso ogro no es un héroe por su aspecto físico, sino por ser bueno, justo y sacrificarse por los demás; “no es valiente ni es malvado porque sea feo” recalca el autor de la tesis.

Con Shrek el ogro deja de ser tan ogro

Con Shrek el ogro deja de ser tan ogro

Sin embargo, cuentos como Shrek no deben significar el abandono de los cuentos de hadas; si no los hubiésemos leído nos perderíamos en la literatura de la postmodernidad. ¿A quién le haría gracia que Shrek dijera “esa chica muerta fuera de la mesa” cuando los siete enanitos colocan a Blancanieves dentro de la ciénaga?

Tanto los cuentos de hadas  postmodernos como los tradicionales y sus nuevas versiones enseñan a los más pequeños lecciones y valores útiles en su camino hacia la madurez. Justo antes de quedarse dormidos, los niños pueden aprender que no hay que fiarse ni de lobos ni de ancianas con manzanas, que la princesa puede preferir zapatillas a tacones de cristal o que el héroe también puede ser un ogro muy feo. Y que, al final y de momento, todos “viven felices y comen perdices”.

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