Música, drogas y la vehemencia

Sonia Linacero//

Estos días se cumplen cinco años de la muerte de Antonio Vega. Aprovechando el aniversario, se va a estrenar un documental sobre su vida. Se han publicado muchos artículos recordando al músico, ensalzando su trayectoria, su sensibilidad, su genialidad, su espíritu, su magnetismo, su… todo. Absolutamente todo.

A mí, que me encanta Vega, que adoro sus rimas y sus melodías, que me electriza la piel con sus acordes de guitarra y con el relato de su vida a través de sus letras, me asombro al ver cómo la crítica, durante años, antes y después de su muerte, ha tratado su drogadicción con gran vehemencia. Parece ser que la familia está molesta con el resultado final del documental porque “la película es el retrato de un drogodependiente que tocaba la guitarra y componía y no la de un gran músico que tenía sus adicciones. La grandeza de Antonio como músico no está reflejada en este documental”. Que tenía sus adicciones, dice. Casi 30 años de adicción no es cualquier cosa. Omitir esa parte de su persona sería un documental sesgado.

La mujer del héroe

La heroína, la mujer del héroe. Eso no puede ser malo. Tiene que ser superior, pensaban aquellos jóvenes a finales de los 70. Experimentaron de una forma masiva y autodestructiva. Aquel tsunami llegó sin manual de instrucciones, sin precauciones de uso, sin un ‘qué hacer si se toma más dosis de la recomendada’, sin un antídoto que contuviera a ese monstruo que se apropiaba de todo aquel que lo retara.

Durante años, el consumo de drogas relacionado con la creatividad, con la expresión, con el vínculo entre el interior del creador y la representación de su arte, ha gozado de cierta permisividad. En España, sobre todo durante el último cuarto del siglo XX, y aún hasta ahora, y en diferentes frentes artísticos, la asociación entre drogas y buen rollo siempre ha estado presente; se contaba (y se cuenta) con ellas, invitadas de honor en muchas fiestas. La cocaína entre la jet, la heroína y los porros entre los nuevos modernos. Había gente que se pasaba noche tras noche en vela y el consumo de sustancias -alcohol, pastillas y caballo- no era ningún secreto. Años después, los que sobrevivieron a aquello por no haber tenido contacto, haber tenido cabeza, o algo de lucidez y sobre todo mucha fuerza para salir de aquel infierno, coinciden en decir que se abogó por una aceptación entusiasta de las drogas duras y sus pésimas consecuencias.

Centrémonos en la música. Desde que aparecieran los primeros grupos, se peinaran las primeras crestas y se empezara a usar la purpurina como maquillaje, el goteo de víctimas ha sido constante. El primer batería de Los Secretos, Pedro Antonio Díaz, seguiría los pasos de Canito, su predecesor en Tos y perdería la vida en un accidente de circulación en 1984. Pepe Risi, Enrique Urquijo, Tino Casal, Carlos Berlanga, Eduardo Benavente, los Costus,… murieron o bien de sobredosis, hepatitis o SIDA. Estos son los nombres conocidos. Porque los famosos tenían un montón de seguidores anónimos que querían ser igual de ‘molones’ que ellos.

Fue una época de luces y sombras. Las primeras se presentan en forma de grandes canciones que son inmortales. Las segundas, permanecen como fantasmas: muertos y gente muy tocada. Años de contradicciones que, por un lado, las ganas de vivir eran enormes y la vitalidad desbordante. Por el otro, se negaba el futuro y sólo se tenía en cuenta el instante, atrapados bajo las patas del caballo, coceando a discreción. Las muertes por SIDA o por sobredosis han asolado tanto a los ‘popies’ de corbata delgada como a los ‘ultramodernos’ y ‘punks’ de barrios periféricos. Los que más amaban la libertad cayeron presos en sus garras.

A algunos músicos, como es lógico, se les lloró. Pero los medios y parte de la profesión también los repudió, por su adicción. Se les tachó de jóvenes descontrolados, consentidos, al capricho que el estatus familiar les permitía, algunos sin la necesidad de andar por los bajos fondos de la sociedad. Y a otros se les veneró, pese a su adicción. Se les permitió que mantuvieran el vicio durante más de tres décadas sin manchar su nombre ni su fama. Llegando incluso a generar frases del tipo: “Con esa personalidad que tenía, con su sensibilidad e intimismo, no era difícil que se enamorara de la heroína, la droga que hace encerrarte en un mundo en el que solo estás tú y tu obra”. Y así componían esos temas tan geniales y la crítica los trataba con vehemencia.

El nexo común

En el primer caso, se puede situar a Antonio Flores, que desde bien temprano se subió a lomos de un potro sin domar, y que sufrió, como todos, la desolación y desesperación del agujero negro de la heroína. También era un poeta, cargado de una sensibilidad asombrosa, guapo, fuerte, cariñoso, genial, según sus cercanos. Y ahí estaba la Faraona, justificando la enfermedad de su hijo, protegiendo a su retoño hasta la muerte, algo que Antonio no pudo afrontar, y después de quince días sin su madre, “se le fue la mano”. Canciones como ‘No dudaría’, ‘Arriba los corazones’ o ‘Siete vidas’ salieron de su cabeza. El mejor disco que ha grabado Rosario, lo compuso Antonio para su hermana. Y sin embargo, toda su creatividad y sensibilidad, aunque tocada por el caballo, no le valió el reconocimiento que se merecía. Tan solo unos pocos tuvieron el valor de hacerlo, enfrentándose así a la crítica musical y social de los noventa.

Enrique Urquijo será recordado más como el músico al que encontraron tirado en un portal con una jeringuilla enganchada al brazo, que como el cantante de Los Secretos. Y como él unos cuantos.

Y nos vamos al caso contrario. Otro Antonio, en este caso Vega. Que sí, que era un genio, que su sensibilidad desbordaba, que ha pasado a la historia como el mejor compositor de pop español e imprescindible en el panorama musical en España. Pero también galopaba, y más deprisa, el que más, más lejos y durante más tiempo, casi 30 años, a lomos de ese caballo desbocado, y que para poder subirse a él todos los días, tenía que pasearse por lo peor de ese submundo: los poblados del extrarradio. Como cualquier otro yonqui que tuviera que mantener el vicio. Sin embargo, cuando murió, y cinco años después, se le recuerda como el que compuso las letras más sensibles, enigmáticas y trascendentes del pop. Y sí, es cierto que fue eso, como también es cierto que estaba enganchadísimo y que se movía a golpe de capricho. Y la profesión le veneraba, le consentía todo, su adicción ocupaba un segundo plano, el medio justificado por el fin.

Con Camarón pasó prácticamente lo mismo. El ‘Maestro’, el que mejores ‘quejíos’ emitía, el que internacionalizó el flamenco y lo llevó a los escenarios más prestigiosos del mundo, el que grabó con la Royal Philharmonic Orchestra, intocable, inviolable, también se dejó atrapar por los mismos garfios. Y su vicio pasó prácticamente inadvertido. Todo el mundo lo sabía, de todos era conocido, y de la misma manera se silenció; o por lo menos se trató poco. Tanto Vega como Camarón murieron de cáncer en un hospital, no de sobredosis en un portal. Pero podía haber ocurrido en cualquier momento.

A Vega y Camarón se les ensalzó hasta situarlos en lo más alto. A Flores lo justo, tratándole de chico débil y excesivamente protegido por su madre. Urquijo tirado en un portal. Eran genios tocados por una varita mágica. Autores de canciones que no deberíamos dejar de escuchar nunca. Todos músicos, todos poetas, todos grandes. Todos heroinómanos. Pero los textos en los que se trata la vida de cada uno de ellos no cuentan con un equilibrio a la hora de abordar su lado oscuro. Parece que unos tan solo tontearon y otros se inmolaron con la heroína.

Yonquis de primera y de segunda. La heroína. La mujer del héroe. Ese tsunami que destruye todo lo que encuentra a su paso. Ciega ante la familia, negocios, amigos, trabajo, hijos, madres… ante todo. Arrasa con todo. Pero la creatividad y el arte a veces se encuentran a gusto mecidos en la grupa de ese caballo cuando va al paso, pletóricos al trote y desbocados cuando galopa. Para unos un infierno, para otros un lugar reservado en el paraíso.

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